Prohibido pedir deseos Capítulo 21 · Abril
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Capítulo 21 · Abril

Abril

Llevo catorce horas despierta. Si escribo alguna tontería, bórrela.

A las diez menos dos minutos yo estaba sentada en la cama, con el móvil encima de la colcha y el balcón cerrado. Había dormido sola, después de cuatro noches, y mal.

Tenía un papel al lado del móvil. En el papel ponía «No puedo. Estoy en campaña». Lo había escrito la noche antes para leerlo si hacía falta. A Sangüesa yo le había dicho que sí durante cuatro años sin darme cuenta de que podía decirle otra cosa, y no me fiaba de mi boca.

Llamó a las diez y cuatro. Siempre llegaba cuatro minutos tarde a todo, para que constara que venía de algo.

—Abril, qué alegría oírte. ¿Dónde te pillo?

—En Teruel. En un pueblo.

—Ya, la campaña. ¿Va bien?

—Va.

—Me alegro mucho. Mira, te cuento rápido, que entro en un tribunal.

—Oí una puerta y pasos por un pasillo que yo conocía—.

El martes me llamó la jefa de operaciones de un observatorio de Atacama.

Hizo la tesis conmigo, antes que tú. Se les ha caído una astrónoma de soporte y necesitan a alguien que sepa de espectros y que no se ahogue cuando algo falla a las cuatro de la mañana. Le di tu nombre.

—¿Le diste mi nombre?

—Claro. Le dije que no he tenido a nadie que resuelva como tú.

Lo dijo con cariño. Era un elogio. Era también la misma frase de cuando yo tenía veintiséis años y él un problema nuevo cada mañana.

—¿Qué es exactamente?

—Soporte. Tú estás en el telescopio para que los que van a observar se lleven sus datos, y te queda una parte del tiempo para lo tuyo. Vives en Santiago y subes por turnos. El sueldo es de allí, que es bueno. Tres años.

—¿Quién decide?

—Ellos. Yo recomiendo, no contrato. Y allí no dependes de mí, que es lo que te estarás preguntando. Dependes de operaciones.

No me lo estaba preguntando. Me lo pregunté entonces.

—¿Cuándo?

—Te incorporas el 11 de enero, en Santiago. Quieren respuesta antes del 23.

—Hoy es 18.

—Por eso te llamo yo antes que el correo. Te escriben hoy. —Se paró en algún sitio—. ¿Y tú en qué andas? ¿Sigues con los impactos?

—Tengo uno. Del domingo. Confirmado con dos telescopios.

—¡No me digas! Eso hay que sacarlo ya, antes de que se enfríe. Si quieres le echo un ojo y lo movemos juntos. Con mi nombre entra antes, ya sabes cómo va esto.

Yo sabía cómo iba. Me lo había enseñado él.

—Lo firmo yo, Emilio.

—Claro, claro. Lo que tú veas.

Nunca se ofendía. Le resbalaba todo con mucha educación, y por eso había sido tan fácil decirle siempre que sí.

—Gracias por dar mi nombre —dije—. La próxima vez pregúntame antes.

—Abril, por favor, si era para bien.

—Ya lo sé. Pregúntame igual.

—Hecho. Te dejo, que me esperan. Piénsatelo, que plazas así no salen.

Colgó. La llamada había durado seis minutos. En la plaza, Marcelino cruzaba hacia el bar con la perra por el camino de Fermín.

El papel seguía en la colcha. Sangüesa no me había pedido nada. Me había dado algo, y para eso yo no llevaba nada apuntado.

Me quedé sentada con lo que tenía.

Hacía tres días le había dicho a Nacho que yo aguantaba en un sitio mientras quedara algo que arreglar.

Sangüesa acababa de buscarme para eso mismo, para que arreglara las noches de otros.

Y había otra cosa, que no cabía en ninguna de las dos frases.

Yo quería ese telescopio. Lo quería como había querido el Grande en octubre, con las dos manos.

Me salté el desayuno. Cogí el Ibiza y subí a la Muela, que tenía discos que cambiar y era lo único que sabía hacer con las manos esa mañana. La carretera era un pasillo blanco. Tardé cuarenta minutos.

Arriba no había nadie. En la sala, la silla buena y la coja seguían pegadas. Cambié los discos. Luego abrí la cúpula con mis diez pasos, sin nada que observar, solo para verlo.

El Grande tenía ochenta centímetros de espejo. Me había parecido enorme en octubre. El otro me lo sabía de memoria, como todo el mundo en mi oficio: cuatro telescopios de ocho metros en un cerro sin una nube. Hice la división. Cien veces más luz.

Estuve un rato con la mano en el tubo frío. Cerré.

El correo de Santiago entró a la una y doce, cuando allí abrían.

Lo firmaba la jefatura de operaciones científicas y era más corto que la llamada.

Astrónoma de soporte. Tres años. Incorporación en Santiago el lunes 11 de enero de 2027.

Respuesta antes del 23 de diciembre. Debajo, el sueldo. Era tres veces el mío.

Lo leí dos veces.

Luego hice las fechas. Las Cuadrántidas eran la noche del 3 al 4 de enero.

El 11 quedaba una semana después. Me daba tiempo a mi quinta noche.

Mi contrato de aquí acababa el 31 de enero, sin prórroga, y entre el 11 y el 31 había veinte días que alguien tendría que arreglar en un despacho de Zaragoza. Eso era un trámite.

Lo que no era un trámite estaba abajo, detrás de una barra, sirviendo cafés. Me había sentado en la coja para leer el correo. No me di cuenta hasta que crujió.

Abrí una hoja nueva. Le puse dos columnas. No supe cómo llamar a ninguna de las dos, y cerré la hoja sin guardarla. No me había pasado nunca.

Bajé a comer a las tres y media. Nacho me puso las sopas y no preguntó. Me miró lo que se tardaba en preguntar.

—Esta noche —le dije—. En tu casa. ¿Ya se ha enterado de la estufa?

—Lleva encendida desde ayer a las nueve.

—Pues esta noche.

Pilar pasó con la bandeja y dejó a mi lado un gorro. Era granate, del color de mi forro, y más pequeño que el gris.

—A ver si te está.

Me estaba. El gris se lo devolví a Nacho por encima de la barra. Pilar ya se iba con la bandeja. Le di las gracias a su espalda y no lo apunté en «Osa_deuda».

La casa de Nacho estaba en la calle de detrás de la fuente, la penúltima. Cuando crucé la plaza a las nueve, salía humo de la chimenea. Conté sin querer. Treinta y tres.

Por dentro era una casa donde todo funcionaba y nada estaba puesto para que lo vieran.

Una cocina con estufa de hierro, una mesa para seis en la que comía uno, las herramientas colgadas por tamaños.

Por la puerta del fondo se veía una cama grande, deshecha de un solo lado.

En la repisa había un reloj parado y, al lado, una servilleta doblada en cuatro, de pie contra la pared, como una foto.

—¿No iba en la cartera?

—En la cartera se deshace.

Había hecho sopas, las suyas. Las dejó apartadas del fuego y se sentó enfrente, con las manos encima de la mesa.

—Cuenta.

Se lo conté por orden. La llamada, la plaza, los tres años, Santiago, el 11 de enero, el 23 de diciembre. Que Sangüesa recomendaba y no decidía, y que allí no iba a ser mi jefe. Que había dado mi nombre sin preguntarme y que se lo había dicho.

No me interrumpió. Lo vi tragar en «tres años».

—Nadie habla por mí —dije al acabar—. Ni para bien.

—Eso lo tenemos firmado.

—Lo tenemos firmado tú y yo. Él no.

Asintió y esperó. Yo no había terminado.

—Hay otra cosa que no sabes —dije—. La fecha de noviembre. Mi contrato acaba el 31 de enero. Mi jefa pidió una prórroga de seis meses y se la denegaron el día que me viste al teléfono. A partir de febrero no tengo sueldo ni sitio.

—El carné —dijo él—. Lo leí ayer, cuando sacaste el décimo. Treinta y uno de enero.

—¿Y no preguntaste?

—Era un día muy bueno.

No se lo discutí. Yo tampoco se lo había dicho en tres semanas.

—¿Tú quieres ir? —preguntó.

—Quiero ese telescopio. Tiene cien veces la luz del Grande. Quiero un sitio donde trabajar en febrero. —Me costó lo siguiente más que la ferretería—. Y quiero esto. Las tres cosas. No sé hacer la cuenta.

—Yo quiero seguir —dijo—. Te lo digo antes de saber cómo.

—Yo también quiero seguir.

Lo dijimos así, cada uno desde su lado de una mesa para seis.

—A mí me da miedo una cosa y te la digo —siguió—. Que te vayas y que esto se te quede en una campaña. Cinco noches y un técnico.

—Esto no es una campaña.

—Eso no tengo manera de comprobarlo.

Era mi frase.

—No —dije.

—Me vale.

—A mí me da miedo otra. Quedarme en un sitio porque hace falta que alguien se quede. Eso ya lo he hecho, y un día miras la hora.

—Yo no te voy a pedir que te quedes.

—No me lo pidas.

Me levanté y me cambié de silla. De las seis usamos dos, juntas, del mismo lado de la mesa. Me cogió la mano y la dejó encima de la suya, sin apretar, donde yo pudiera quitarla.

No la quité.

Luego vinieron las cuentas, que eran mi parte. Abrí el portátil y otra hoja nueva.

—Santiago está a diez mil setecientos kilómetros. Cuatro horas menos en invierno. Un billete son mil euros.

—Yo cobro lo que cobro —dijo—. Con eso no salen muchos.

Yo allí iba a cobrar el triple. No lo dije. Habría sonado a arreglar su sueldo con el mío.

—Luego está lo mío —dijo él—. En febrero tengo tres exámenes en Teruel, y la que me pone el reloj encima de la mesa eres tú.

—El reloj lo puedes poner tú.

—Ya has visto lo que hago yo solo con un libro.

Lo había visto. Un problema en dos páginas, con una mancha de aceite. También había visto cuatro cajas sin abrir.

—Y están las Noches —dijo—. Si falto diez días, no hay Noches. Aparte de ti, no sabe abrir nadie.

Ahí podía haberle dicho por qué. Lo sabíamos los dos.

Lo puse todo en la hoja, una cosa debajo de otra. Distancia. Dinero. Exámenes. Las Noches. Cuatro filas. La segunda columna, la de qué se hacía con cada una, no la rellené.

—No tiene título —dijo él, mirando la pantalla.

—No.

—Tú le pones título a todo.

—A esta no sé.

Se frotó la cara con las dos manos. Cuando las bajó traía una idea. Se la vi llegar como él veía llegar el cierzo. Abrió la boca y la cerró.

—¿Qué?

—Nada. Ya lo pensaré.

No insistí.

Se levantó a poner las sopas al fuego y volvió a sentarse.

—Entonces, ¿qué hacemos?

—Hoy, nada de lo gordo. Quedan cuatro días. Yo no decido esto en cuatro días, con una noche de campaña por delante y habiéndolo hablado contigo una sola vez. Pido que me amplíen el plazo, hasta después de Reyes. El 11 no lo toco, que es cosa de ellos. ¿Te parece?

—Me parece. ¿Y te lo darán?

—No lo sé. Si no lo pido, seguro que no.

Nacho levantó las cejas.

—Y mientras tanto no contesto sin hablarlo contigo. Ni que sí ni que no.

—De acuerdo.

—¿Lo apunto?

—No. De palabra.

Escribí el correo delante de él. Fueron cinco líneas.

Agradecía la oferta. Decía que estaba en mitad de una campaña de observación que terminaba la noche del 3 al 4 de enero.

Solicitaba ampliar el plazo de respuesta hasta el jueves 7 de enero.

La fecha de incorporación no cambiaba. Firmaba A. Lasarte.

Giré la pantalla.

—Léelo.

Fue derecho a la última línea. Luego subió. Lo vi hacerlo y no dije nada.

—«Solicito» —dijo—. Has puesto «solicito».

—A una jefatura se le solicita.

—¿Y a mí?

—A ti te pido que esperes conmigo hasta entonces.

—Espero.

Volví a girar la pantalla. Eran las 22:14 en mi hora, las siete y catorce de la tarde en Santiago. Alguien lo leería antes de irse a casa.

Lo envié.