Capítulo 20 · Nacho
Nacho
La máquina se oye desde la tercera curva. Suena como un tractor al que le han puesto delante la puerta de una nave, y sube sin prisa porque sabe que sin ella no pasa nadie.
El jueves la oímos a las nueve menos diez, con los mantecados del desayuno a medias.
—Ya está —dijo Abril, y se acabó el mantecado.
La lleva un tal Germán, de Alfambra, que no ha saludado a nadie en veinte años. Lo suyo es dar la vuelta en el ensanche de la barrera. Ese día subió hasta la explanada, porque Fermín lo había llamado dos veces, y nos pitó desde la cabina. En Germán eso es mucho.
Dejó la carretera limpia y un todoterreno enterrado, que era el mío.
Sacarlo nos llevó hasta las diez y media.
Abril calculó los metros cúbicos y esta vez no los dijo en voz alta.
Paleó a mi lado, con mi gorro puesto y la bufanda hasta las gafas.
Cuando asomó el retrovisor le dio dos golpes con el guante, como a un animal.
Arrancó a la tercera.
Luego hubo que cerrar arriba. Ella cambió los discos y se guardó en la mochila los de las cuatro noches.
Yo purgué el grifo del pasillo, vacié la olla y barrí la ceniza.
Dejé leña cortada para dos días, que es lo que se deja siempre para el que sube después, aunque el que sube después sea uno mismo.
Faltaban los colchones. En noviembre los recogí yo y los metí en el primer dormitorio, uno encima de otro. Los miré, juntos delante de la estufa, con las mantas de la fundación dobladas encima.
—¿Los recojo?
—Si los separas habrá que volver a juntarlos —dijo ella desde la puerta—. Es trabajo doble.
Los dejé como estaban. La caja de los tapones siguió en la mesa, sin abrir. La otra, la del botiquín, la metió ella en la mochila, con los discos.
—Es de la fundación —dije.
—Caduca en marzo. Alguien tiene que aprovecharla.
Antes de salir la vi sacar el reloj del bolsillo de la mochila y ponérselo. Lo abrochó en el agujero de siempre sin mirarlo. Me dije que para bajar a un pueblo hace falta saber la hora, y es verdad.
Bajamos a veinte, por un pasillo con paredes más altas que el coche. En la curva del manantial frené antes de que hiciera falta.
—Aquí es donde frenan todos —dijo Abril.
—Yo el primero.
Hablamos poco. Ella llevaba la mochila entre los pies y una mano encima de mi rodilla, quieta, como la lleva alguien que no se ha dado cuenta de que la ha puesto. Puse la mía encima y no la moví ni para cambiar de marcha. Cambié con la izquierda cruzada, que no se debe.
Entramos en la plaza a las doce y cuarto. El Ibiza seguía donde lo dejó, con un sombrero de medio metro. Fermín había mandado limpiar un camino de la fuente al bar y otro del bar al ayuntamiento, por ese orden.
Yo tenía pensado cómo iba a ser. Entrábamos, saludábamos, yo me metía detrás de la barra, ella se sentaba en su mesa, y a media tarde cogía a mi madre aparte en la cocina. Lo demás, lo que saliera.
No dio tiempo. Abril entró delante, se bajó la bufanda y el bar entero le miró la cabeza.
Llevaba mi gorro. El gris, el de los ochos. En este pueblo los gorros de mi madre se conocen como se conocen los coches.
Marcelino lo miró desde su taburete. Chema lo miró con las cartas en la mano. La Benita, que con las cataratas no distingue un siete de un uno, lo distinguió a la primera.
—Reglamento —dijo Marcelino—. Ese gorro lo conozco yo.
—Es de Nacho.
—¿Y él lo sabe?
—Me lo ha puesto él.
Se pudo oír la tele. Jara, detrás de la barra, secaba el mismo vaso desde que habíamos entrado. No dijo nada, que era lo prometido. No lo dijo con toda la cara.
—Entonces, ¿estáis o no estáis? —preguntó Marcelino, que no ha dado un rodeo en su vida.
Abril me miró. No me preguntaba qué contestar. Me avisaba de que iba a contestar ella.
—Estamos.
—Pues no será por falta de papeles, que lleváis dos meses firmando.
Fermín ya tenía el móvil fuera.
—¡Esto hay que ponerlo!
—En el grupo no, alcalde —dijo Abril.
—Mujer, si lo sabe ya todo el bar.
—El bar puede saberlo. El grupo tiene ciento cuarenta.
Fermín me miró a mí, por si yo le daba permiso. Otras veces se lo habría dado solo por no verle la cara.
—Es de los dos —dije—. Y uno de los dos ha dicho que no.
Guardó el móvil. Le costó.
—Lo de la pedida sí que lo puse —dijo, para consolarse—. Treinta y siete corazones.
—En Torrelucero se pide con luz roja —dijo Chema— y se liga con protocolo.
Se rieron. Abril también.
Jara me rozó al pasar con la bandeja.
—No he dicho ni mu —me dijo bajo—. Me ha costado un riñón.
—Te lo he visto en la cara.
—Pues que conste.
Mi madre había salido a la puerta de la cocina con el trapo al hombro. Miró el gorro. Me miró a mí. Volvió a entrar.
Fui detrás.
La cocina de La Osa es estrecha y tiene dieciséis años, que son los que hace que se quemó la otra. Las baldosas de detrás de la plancha las puse yo. Me quedé de pie junto a la torcida, que era donde me pillaba.
—Madre.
—Dime.
—La doctora y yo estamos juntos. Desde el lunes.
Siguió picando ajos.
—Ya lo he visto. Lleva el gris.
—Quería decírtelo yo.
—Pues ya me lo has dicho. —Echó los ajos a la sartén—. Le queda grande. Le haré uno a su medida, que tiene la cabeza pequeña.
—¿Y no dices nada más?
—¿Qué quieres que diga? Come poco y trabaja mucho. Lo demás lo sabrás tú. —Removió—. La habitación la tiene cogida para tres meses. Van dos.
—Ya lo sé.
—Pues eso. Saca los platos, que hay gente.
Saqué los platos.
Abril estaba ya en su mesa, la de dos, con el portátil cerrado. La Benita le había puesto delante la tortilla de los huevos que mi madre le guardaba desde el lunes, y no se iba a mover de allí hasta verla comer.
—Y lo otro —dijo Chema—. Lo que cazasteis. Que tu madre dice que es una ciruela.
Miré a Abril. Aquello también era de los dos, y habíamos quedado en que lo contaba yo.
Lo conté. Lo conté como cuento las cosas, empezando por otro lado: por la silla coja, por las dos pantallas y por el reloj con una hora menos.
Dije que a las siete y doce del domingo, que en la hora de ella son las seis y doce, saltó un punto en las dos pantallas a la vez.
Que duró menos que un estornudo. Que ella no gritó, y que cuando una persona así no grita es que la cosa es gorda.
—Ocho centésimas —dijo Abril, con la boca llena.
—Ocho centésimas. Una piedra como una ciruela, a treinta y cinco kilómetros por segundo, contra la Luna. La primera que caza en tres años.
—¿Y tanto lío por una ciruela? —dijo Toño.
—A esa velocidad te tumba una nave —dijo Abril.
—Ah, bueno.
—¿Y eso se ve por el Pequeño? —preguntó la Benita.
—No, Benita. Ya pasó.
—Pues vaya. Para una cosa que cae.
—El Pequeño lo llevaba Nacho —dijo ella luego, para todos—. Si no llega a estar en esa silla, no hay nada. Hacen falta dos.
No estoy acostumbrado a que eso lo diga otro. Lo suelo decir yo, de mí. Me puse a secar vasos.
—¡El nuestro! —dijo Fermín—. Esto lo tiene que oír la Maribel. El lunes es el pleno.
—La Maribel ya tiene su cuadro —dije.
—Un cuadro no es una ciruela, majo.
Lo dejé ahí. Fermín no lo dejó, pero se le notó menos.
Mi madre salió a dejar el pan. Se paró detrás de Abril, le quitó el gorro sin pedir permiso y le puso las dos manos en la cabeza, una a cada lado, como mide los melones.
—¿Qué hace? —me preguntó Abril con los ojos.
—Te está tomando medidas —dije.
—Cincuenta y cuatro —dijo mi madre, para sí, y le devolvió el gorro—. Come, maja.
Abril tuvo un momento el gorro en las manos, con una cara que no le conocía. Luego se lo puso y comió.
Fue un día bueno. Comimos tarde, ella en su mesa y yo de pie, y me pasó media tortilla por encima de la barra sin que nadie se lo pidiera.
Le quitó la nieve al Ibiza con la tapa de una olla que le dejó mi madre, y arrancó a la primera, lo que la ofendió un poco en nombre de mi todoterreno.
Subió a ducharse y bajó con el pelo mojado y sin mi gorro, y me di cuenta de que lo echaba de menos en esa cabeza.
Trabajó toda la tarde junto a la estufa, con las tiras de colores en la pantalla, mientras la peña jugaba al guiñote a dos metros y nadie bajaba la voz por ella.
No pidió silencio. Hace dos meses lo habría plastificado.
Chema se asomó a la pantalla entre mano y mano.
—¿Y eso qué es? ¿Banderas?
—Lo que arde en cada una —dijo ella—. A las de abajo les falta esta raya.
—La sal —dije yo desde la barra.
—El sodio.
—La sal —dijo Chema, y ya no hubo manera. A las siete lo sabía todo el bar: a las estrellas del domingo les faltaba la sal, y la doctora lo tenía retratado.
A media tarde se acercó a la barra a por agua.
—¿Dónde duermes hoy? —le pregunté, bajo.
—Arriba, en la del balcón. Es mi habitación.
—Está encima de la cocina de mi madre. Tiene diecinueve peldaños y uno suelto, y mi madre los oye todos.
—¿Y tu casa?
—Mi casa lleva cinco días sin estufa. Está a tres grados. Una casa de piedra tarda un día entero en enterarse de que la has encendido.
—Pues enciéndela hoy. —Bebió—. Mañana ya se habrá enterado.
Se volvió a su mesa. Íbamos a dormir con una plaza de por medio después de cuatro noches, y lo había resuelto ella en tres frases.
Yo la miraba desde la barra, entre comanda y comanda.
Me puse a hacer una cosa que no hago, que es pensar en lo que viene sin que nadie me lo pregunte.
En febrero se hiela la fuente del todo y los críos patinan con los zapatos.
En marzo vuelven las grullas por encima de la Muela, de noche, y se las oye sin verlas.
En agosto son las Perseidas, que es cuando sube más gente, y ella no las ha visto nunca desde arriba.
Luego otra vez las Oriónidas, con el pueblo oliendo a leña nueva.
La vi en esa mesa en todas. Un año entero, con su enchufe.
No se lo dije. Sabía lo de la habitación, que eran tres meses e iban dos. Sabía que había una fecha, porque me lo dijo ella en noviembre con la cartera abierta, y no le pregunté cuál.
A las siete el bar se quedó flojo. Me senté enfrente de ella con dos cafés.
—El martes es el sorteo —dijo.
—Aquí se ve entero. Mi madre abre a las ocho y media aunque sea martes y pone la tele alta. Se canta hasta la pedrea.
—Me lo ha contado Jara. —Sacó la cartera—. Quiero que vayamos a medias.
El décimo estaba detrás de un carné con su foto. Sacó las dos cosas para llegar a él. En el carné había una fecha en letra pequeña, y la leí. Treinta y uno de enero de 2027. Ahora sabía cuál.
No pregunté. Aquel no era el día.
Puso el décimo encima de la mesa. El 58.317.
—¿Cuánto es? —Me llevé la mano al bolsillo—. Diez.
—Nada. No te lo vendo.
—Abril, que tú apuntas hasta las sopas.
—Esto no lo apunto. Lo escribo, que es distinto.
Cogió una servilleta del servilletero. La alisó con el canto de la mano. Me dio risa.
—¿Qué?
—Que las servilletas eran lo mío.
—Por eso.
Escribió con su letra de imprenta, sin torcerse. «El décimo 58.317 del sorteo del 22 de diciembre de 2026 es a medias entre A. Lasarte y N. Villarroya. Lo que toque, a partes iguales. Si no toca, también».
—¿También qué?
—También a medias.
—¿La mitad de nada?
—Firma.
Firmó ella primero, a la derecha, con la fecha y su hora. Yo firmé a la izquierda, con la N. de un trazo. Esta vez la leí dos veces. Eran tres líneas.
—La servilleta para ti —dijo—. El décimo lo guardo yo, que lo llevo comprando quince años y sé dónde está.
Lo metió otra vez detrás del carné. Yo doblé la servilleta en cuatro y me la guardé en la cartera, con el carné de conducir.
A las ocho y diez le entró un correo. No era mi sonido. Ya sabía que tenía uno.
Lo miró. Se le quedó la cara de las pantallas, la de antes del domingo.
—¿Qué pasa?
Me lo enseñó ella, sin que se lo pidiera.
«Abril: ¿Puedo llamarte mañana por la mañana? Tengo una cosa que te va a interesar. Un abrazo. Emilio».
—¿Emilio es Sangüesa?
—Sí.
—El de 2018.
—El de 2018.
—¿Y qué quiere?
—Que le resuelva algo. Siempre es eso.
—¿Lo vas a coger?
—Sí. —Tecleó con un dedo—. Le contesto que a las diez.
Dejó el móvil boca arriba, al lado del café, y miró el reloj.