Prohibido pedir deseos Capítulo 19 · Abril
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Capítulo 19 · Abril

Abril

Volví al banco sin el reloj.

—¿Qué has guardado? —preguntó Nacho.

—La hora.

—¿Y ahora cómo sabes cuándo toca dormir?

—No lo sé.

Me senté. Esta vez no me puse de espaldas contra su costado. Me puse de frente, con una pierna doblada encima del banco, y le miré la cara. Tenía la raja naranja de la estufa en media barba.

Yo las cosas las decía. No sabía hacerlas entender de otra manera.

—Quiero acostarme contigo. Esta noche.

Se le movió la nuez.

—Yo también. Desde el lunes a las siete de la tarde. Y de antes.

—Hay tres pegas.

—Dímelas.

—Hace frío. No hay agua. Y yo subí aquí a medir una lluvia. No he traído nada.

—¿Nada de qué?

—Preservativos.

Tardó un segundo.

—En el botiquín de la sala hay. Los puso la fundación hace unos años, después de un campamento de astronomía para mayores de edad que acabó como acabó.

—¿De cuándo son?

—No lo he mirado.

—Tráelos. La fecha la leo yo.

Se puso las botas sin atar y el plumífero sin cerrar. Eran cuarenta pasos de zanja hasta la sala, de noche, a ocho bajo cero. Lo oí alejarse por la nieve dura. Luego no oí nada.

No conté lo que tardó. No tenía con qué.

Me quedé sola con la estufa y con lo que sabía de él. Sabía cómo enfocaba, cuántos troncos echaba, lo que tardaba en contestar un martes y cómo se le ponía la letra de noche. Tenía cuatrocientas doce filas. De aquello no tenía ninguna.

Arrastré los dos colchones un metro hacia la estufa y les eché encima todas las mantas. Puse un tronco. La puerta de la estufa no hizo ruido.

Volvió con escarcha en las cejas y una caja pequeña en la mano. Me la dio como me daba los partes.

Busqué la letra pequeña a la luz de la estufa.

—Marzo de 2027. Valen.

—El extintor del Ayuntamiento estaba caducado y funcionó.

—Esto no lo vamos a probar caducado.

Se rio, y con la risa se le fue la rigidez de los hombros. Se quitó el plumífero. Me miró el forro polar, cerrado hasta arriba.

Yo no me lo había quitado delante de nadie desde octubre. Tampoco para dormir.

—¿Puedo?

—Puedes.

Bajó la cremallera despacio, con dos dedos, y me lo sacó por los hombros. Debajo llevaba la camiseta térmica. Esa me la quité yo por la cabeza, y las gafas se me torcieron. Tenía la piel de gallina antes de que me tocara.

Antes de tocarme se metió las manos debajo de sus propios brazos y las tuvo ahí.

—¿Qué haces?

—Calentarlas. Vengo de fuera.

Esperé.

Cuando las sacó me las puso en la cintura, abiertas. Seguían frías. Eran ásperas, y esa vez lo áspero me sirvió para saber por dónde iban.

—Las tuyas sí que están heladas —dijo, porque yo le había puesto las mías en el cuello.

—Siempre.

—Tráelas.

Me las cogió y se las metió donde había tenido las suyas, debajo de los brazos, contra las costillas. Estaba ardiendo. Me quedé así, con las manos presas, y él aprovechó para mirarme.

—¿Te quito las gafas?

—No. Quiero verte.

Le saqué el jersey. Tenía el pecho más blanco que las manos, y una raya en el cuello donde acababa el sol de trabajar fuera. En el hombro derecho había una cicatriz corta.

—¿Eso?

—El techo del Pequeño. Te lo cuento luego.

Le besé la cicatriz y después el cuello, donde la raya.

Nos tumbamos encima de las mantas. Se quitó lo demás con los pies, a tirones. Yo me quité lo mío menos una cosa.

—¿Los calcetines?

—Se quedan.

—Se quedan.

Los suyos también se quedaron.

Lo miré entero, el rato que quise. Él me miró a mí, y tampoco se dio prisa. Luego hubo que meterse debajo, porque no se podía de otra forma. Me pasó un dedo por la clavícula, por el esternón, y se paró.

—Dime dónde.

Se lo dije. Le cogí la mano y se la llevé. Aprendía deprisa lo que le enseñaba así, mejor que con un lápiz. Yo aprendí que si le rozaba la nuca con las uñas cerraba los ojos, y que el costado le daba cosquillas y lo negaba.

—Para —dije.

Paró del todo. Hasta de respirar.

—No pasa nada. Es que quiero acordarme de esto por orden.

—¿Lo vas a apuntar?

—No.

—Entonces sigo.

—Sigue.

Me besó la boca mucho rato. Besaba mejor tumbado, sin tener que agacharse.

—Date la vuelta un momento —dijo luego.

—¿Para qué?

—Llevo desde el lunes queriendo una cosa.

Me di la vuelta. Me besó la nuca, donde nacía el pelo, y la vértebra de más abajo. Dejó ahí la boca. Su mano bajó por delante, despacio, y yo dejé de pensar en frases enteras.

—Más despacio —dije.

Fue más despacio.

—No tanto.

Se rio contra mi cuello. Noté la risa en toda la espalda.

—¿Puedo con la boca? —preguntó al rato.

—Puedes.

Me puso boca arriba y bajó por debajo de las mantas, que se levantaron con él y dejaron entrar el frío.

No me importó. Al principio le fui diciendo si sí o si no.

Luego ya no pude decírselo con palabras y se lo dije con la mano en el pelo.

Lo entendió. Tenía el pelo más suave de lo que parecía.

Pensé eso justo antes de no pensar nada.

Subió despeinado, con cara de haber hecho algo bien.

—No digas nada —le avisé.

—No iba a decir nada.

—Ibas.

Las gafas se me habían empañado. Me las quitó.

—¿A la bota?

—A la izquierda.

—¿Por qué siempre la izquierda?

—Porque es la que me pilla más cerca.

Las dejó allí, con el reloj.

Abrí yo la caja. Se lo puse yo. Le temblaba el estómago debajo de mi mano, y eso me gustó más de lo que había calculado.

Fui a sentarme encima de él y se me escapó una rodilla por la raja de entre los dos colchones. Me hundí hasta el suelo frío.

—Es por el cargador —dijo.

Me reí tanto que hubo que esperar. Juntó los colchones con un brazo y me devolvió al sitio con el otro.

Lo hice despacio, a mi medida, y paré cuando lo tuve dentro. Él tampoco se movió. Me sujetaba por las caderas sin apretar y me miraba la boca.

—¿Bien?

—Espera. —Respiré—. Sí. Bien.

Empecé a moverme. Él me siguió, y al poco ya no supe quién seguía a quién. Sin gafas lo veía borroso a un palmo, así que bajé hasta tenerlo a menos. Tenía la frente mojada. No contaba nada.

—Ignacio.

Dejó de moverse.

—Dilo otra vez.

Lo dije otra vez.

Me dio la vuelta con cuidado, sin salirse, y se puso encima con el peso en los codos. Desde ahí marcó él y pedí yo. Pedí más de una cosa. Me las dio todas, y otra que no se me había ocurrido.

Me corrí con la cara en su hombro, apretando los dientes contra la cicatriz. Él tardó un poco más. Me avisó, que me pareció una cortesía, y luego se le fue la voz en mi pelo.

Estuvimos un rato sin movernos. La estufa crujió.

—Peso —dijo.

—No pesas. Espera.

Esperó. Le notaba el corazón contra mi pecho, más deprisa que el mío, y eso también lo dejé sin contar.

—Has estado callado —dije.

—No tenía nada que contar.

—Yo no he mirado la hora.

—No tenías reloj.

Salió de las mantas a quitarse el preservativo y volvió tiritando. Le dejé meter los pies entre los míos. Llevaba un calcetín a medio salir.

—Lo del hombro —dijo, ya tapado—. Hace seis años se salió el techo del raíl con el cierzo y yo estaba debajo. Seis puntos en Teruel. A las diez de esa noche abrí para cuarenta de Sagunto.

—¿Con seis puntos?

—No había nadie más que supiera abrir.

—Ahora hay.

Me apretó un poco más, y al rato tenía el peso de alguien dormido.

No supe cuántos minutos tardó en empezar a roncar. Le toqué el hombro y paró.

Me despertó el frío en los pies. La estufa estaba en brasas. Él dormía bocabajo, con un brazo encima de mi sitio.

Me levanté yo. Me puse su jersey, que me llegaba a medio muslo, y metí tres troncos. La puerta no avisó a nadie.

—¿Has cargado tú? —dijo desde las mantas, con la voz de dormido.

—Tres troncos.

—Con dos basta.

—Con tres no hay que levantarse otra vez.

—Ven.

Fui. Me hizo sitio sin abrir los ojos y me puso la mano en la cadera, donde había estado antes. Olía a humo, a sudor y a mí.

Por la mañana no supe qué se decía. Dije «buenos días» y la temperatura.

—Buenos días —dijo él—. Has dormido con mi jersey.

—Es más largo que el mío.

—Quédatelo puesto. Yo hago el café.

—El café lo hago yo.

—Hoy lo hago yo, con sus decimales y todo.

Lo hizo. Le sobraron dos cucharadas y no se lo dije.

Para calzarme tuve que vaciar la bota. Me puse las gafas. El reloj lo eché al bolsillo de la mochila sin mirarlo.

El miércoles no medí la nieve.

Me di cuenta a media mañana, con la taza en la mano. El palo de la escoba seguía clavado junto a la puerta y yo llevaba tres horas despierta sin acercarle la cinta. No fui. Me dolían los muslos, y no era de palear.

Trabajé igual. Los espectros no se reducían solos.

Él abrió el camino, como cada mañana. Lo miré palear desde la puerta. Hasta el martes yo le miraba las manos. Ese día le miré la espalda, que ya sabía cómo era por debajo del plumífero, y tardé en volver a la pantalla.

—Ven a ver esto —le dije a mediodía.

Se sentó a mi lado con las manos mojadas. Le puse dos tiras de colores en la pantalla, una encima de otra.

—La de arriba es una Leónida de noviembre. La de abajo, una Gemínida del domingo. Cada raya es una cosa que arde. Esta es magnesio. Estas, hierro. Esta amarilla de aquí es sodio.

—En la de abajo no está.

—En esta no. Las Gemínidas vienen de Faetón y algunas llegan muy pobres en sodio. En las Leónidas que he reducido aparece mucho más. Yo esto lo sabía por otros. Vine a verlo con mis cámaras.

—¿Y lo estás viendo?

—En las catorce que llevo reducidas.

Puso el dedo en la pantalla, en el hueco donde tenía que estar la raya amarilla. El lunes le había limpiado la huella con la manga. Esa la dejé.

—O sea, que les falta la sal —dijo.

—El sodio.

—La sal. Como a las sopas de mi madre cuando se enfada.

Lo apunté tal cual en el margen. No iba a ir al artículo.

Por la tarde cruzamos a la sala. Él llamó a su madre, como el martes. Yo solo lo oía a él.

—Comemos, madre. —Escuchó—. Dormido, sí. Ocho horas. —Escuchó más—. Pues será eso.

Colgó y se frotó la nuca.

—Dice que tengo otra voz.

Le escribí a Bielsa cuatro líneas: destello de impacto confirmado el 13 de diciembre a las 18:12:37 UT, en los dos telescopios.

Grande, A. Lasarte. Pequeño, N. Villarroya.

Vídeo y reducción a su disposición. Contestó en veinte minutos.

Daba la enhorabuena, tomaba nota y preguntaba si hacía falta que él hiciera algo. Le puse que no.

A Sergio le mandé el fotograma de la cámara 2, con la estela entera y la hora al pie. Debajo escribí: «22:41:19 UT. Súmele una».

Nacho rellenó el parte de pie. En observaciones puso «A las Gemínidas les falta la sal». Lo dejé como estaba.

Antes de volver al módulo abrí el artículo.

Tenía el título y nada debajo desde octubre.

Escribí el primer párrafo de resultados, seis líneas, y al final una de agradecimientos: quién había llevado el telescopio de cuarenta centímetros y alineado las imágenes.

Era pronto para eso. La puse igual, para que no se me olvidara ponerla.

Esa noche el cielo quedó raso y las cámaras trabajaron solas. Cenamos lo último que no eran mantecados. Luego no hubo que decir nada: me quité yo el forro y él se calentó las manos antes.

Me dormí primero, con los pies entre los suyos. Me desperté cuando el frío me los encontró.

—Ignacio.

—Qué.

—La estufa. Te toca.

—Voy —dijo, y fue.