Prohibido pedir deseos Capítulo 18 · Abril
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Capítulo 18 · Abril

Abril

Observaciones: Niebla. Como mirar dentro de un vaso de leche.

El martes dejó de nevar a las siete y diez. A las ocho y media salió el sol sobre un metro y treinta y un centímetros. Lo medí en el mismo sitio, con el mismo palo y con gafas.

Llevábamos día y medio encerrados y ya había costumbres.

Él cargaba la estufa y abría el camino, que cada mañana amanecía medio cerrado.

Uno de los dos subía a la azotea con el termo de agua templada, y cuando me tocaba a mí no rascaba.

Él hacía las sopas. Yo hacía el café, a cucharadas rasas, y él decía que un café no necesitaba decimales.

Por la noche, si yo encendía el frontal en blanco para buscar algo, decía «desde cero» sin abrir los ojos.

La caja de los tapones seguía cerrada.

—Roncas —le dije en el desayuno.

—¿Mucho?

—Empiezas a los once minutos de dormirte. Paras si te toco el hombro.

—¿Y los tapones?

—No me los he puesto.

Siguió mojando el pan. Tardó un poco en volver a masticar.

Aquella mañana, mientras él paleaba, le puse grafito a la bisagra de la puerta de la estufa. Lo saqué de la punta de un lápiz, con el destornillador pequeño. Chillaba desde octubre. Dejó de chillar a la tercera vez que la abrí.

A las once me sacó fuera.

—Ven, que hoy se ve.

En el borde de la Muela el viento de la noche había barrido la nieve y se podía andar. Abajo estaba el pueblo, once kilómetros de carretera que no se distinguían del monte, y encima de los tejados blancos subían los humos, derechos.

—Treinta y uno —dije.

—Treinta y dos. Hay uno detrás de la iglesia que desde aquí no se ve.

—Señaló con el guante—. El gris gordo es mi madre, que quema carrasca.

El blanco de al lado, la Benita, que la enciende con piñas porque no puede con los troncos.

Aquel que sale a golpes es Marcelino. No la enciende hasta que tiembla la perra.

Los tres del río son las naves de Toño. El ayuntamiento no echa: Fermín no pone la calefacción hasta que hay pleno.

—Te sabes treinta y dos chimeneas.

—Tú te sabes ochenta y ocho constelaciones, con quién se acostó cada una.

—Las mías no cambian de dueño.

—Las mías tampoco mucho.

—¿Cuál es la tuya?

—Aquella, la que no echa. —Bajó el brazo—. Es que estoy aquí.

Me quedé mirando un tejado sin humo, allá abajo. Luego volvimos por nuestras propias pisadas.

A mediodía cruzamos a la sala a cambiar los discos. Él descolgó el fijo y marcó de memoria.

—Madre. Escucha, que esto lo sabes tú la primera.

—Me miró. Asentí—. El domingo, a las siete y doce de la tarde, cayó una piedra en la Luna y la doctora la cazó con los dos telescopios.

La primera en tres años. —Escuchó—. Como una ciruela.

No, desde ahí no se ve. —Escuchó más—. Las siete y doce de aquí.

En su hora son las seis y doce, que ella va con una menos. No, madre, no es que llegue tarde.

Colgó.

—Dice que enhorabuena y que comas.

—No le has dicho quién llevaba el Pequeño.

—Eso lo cuentas tú, que eres la que firma.

Ese día cociné yo. Sabía hacer una cosa: huevos fritos con puntilla, que me había enseñado mi padre en el hornillo de la trastienda, entre un cliente y otro. Hice cuatro. Nacho se comió los suyos mojando pan, despacio, y no dijo que estaban buenos. Dijo que al día siguiente los hacía yo otra vez.

Después le pasé el resumen de la noche para que revisara las horas de los visitantes. Era una página. Lo miré leer, porque nunca me había fijado en cómo leía. Fue derecho a la última línea. Luego subió.

—Has empezado por abajo.

—Siempre empiezo por abajo.

—¿Los partes?

—Lo tuyo. Tus correos. —Dejó la hoja en la mesa—. Desde hace dos años.

Lo dijo mirando el papel. Ya le distinguía esa voz. Era la del domingo, la que no llevaba nada detrás.

—Arriba ponías lo que había que hacer, y eso no se movía de ahí. Abajo, alguna vez, quedaba una línea que no mandaba nada. Empecé a mirar primero ahí, por si acaso. Casi nunca había. «Confirme recepción». Pero alguna vez sí.

—¿Cuántas?

—No las he contado. La que cuenta eres tú. —Casi sonrió—. Un «gracias», en agosto de hace dos años. Y una vez que escribiste «enfoqe» y al minuto mandaste otro correo con la palabra bien puesta y la firma. Ese lo tengo guardado aparte.

—¿Por una errata?

—Porque te dio apuro. Hasta ese día yo le mandaba el parte a un instituto. Desde ese día se lo mandaba a alguien que se equivocaba con prisa y lo arreglaba al minuto.

—No sabía que eso se notaba.

—A ti se te nota todo. No pones una palabra de más y se te nota igual.

—Se frotó la barba—. Me gustabas antes de verte la cara, Abril.

Por cómo escribes. Luego llegaste, un martes, con el bar cerrado.

Al día siguiente te vi. Eras más bajita y más seria de lo que yo había pensado, y me gustaste lo mismo.

Eso es lo que quería decirte el domingo. Me pareció largo.

Tardé en contestar. Tenía que enseñarle una cosa y no me dejaba bien.

Abrí el portátil y busqué la hoja. «Muela_respuestas». La giré hacia él.

—¿Qué es?

—Tú. Tres años de ti. En la primera columna, la hora a la que yo te mandaba algo. En la segunda, la hora a la que contestabas. La tercera resta.

Bajó con el dedo sin tocar la pantalla. Había aprendido. Eran cuatrocientas doce filas hasta octubre.

—Cincuenta y dos minutos —leyó al pie.

—De mediana.

—¿Y eso está bien?

—Es lo tuyo. Yo decía que era para optimizar. —Señalé otra celda—. Los martes, nueve.

—Los martes libraba y subía igual. Aquí arriba no tenía a nadie que me entretuviera.

—Eso no lo ponía la hoja.

—Miraba el correo cada rato. —Se quedó mirando el nueve—. Por si acaso.

—Vine un martes por eso. Era el único dato que tenía de ti.

—Y te encontraste el bar cerrado.

—Los martes cierra.

Se rio. Yo también, un poco, y luego no.

—Te puse un sonido distinto en el móvil, para no mezclar tus correos con los del instituto. Sabía lo que tardabas un lunes y lo que tardabas con nieve. Y en tres años no te pregunté de qué era la N.

—¿Y lo que te ponía al final de los partes?

—Eso no tenía columna. —Me costó—. Te mandé que te limitaras a los campos y luego iba derecha al último. Lo leía dos veces. No sabía dónde apuntarlo.

Abrió un poco la boca y no hizo nada con ello.

—Te medía —dije—. Es lo que sé hacer con la gente. Saber cuánto tarda.

—¿A quién medías antes que a mí?

Nadie me lo había preguntado así.

—A mi padre. En una ferretería.

Se lo conté por orden.

Ferretería Lasarte, en Las Fuentes. Mi padre llevaba la caja en una libreta de muelle y sumaba mal.

A los doce años le corregí una suma un sábado, delante de un cliente, y la caja cuadró por primera vez en el mes.

Mi madre me pasó la mano por la cabeza y dijo: «Menos mal que tú no das guerra».

Mi hermano tenía ocho años y la daba toda.

Esa semana había estado en urgencias por un clavo en el pie, que en una ferretería tenía mérito.

Desde entonces las cuentas las llevé yo.

A las dos bajábamos la persiana y yo contaba.

Billetes, monedas, vales. Mi padre me miraba desde el taburete, con las gafas subidas.

Cuando yo decía «cuadra», soltaba el aire por la nariz.

Mi madre preguntaba desde la trastienda y luego decía «menos mal». A mí me llegaba eso, que respiraban.

—Pero te querían —dijo Nacho.

—Mucho. No es eso. Me lo decían con tres frases. «Contigo da gusto». «Tú no das guerra». «Tú te apañas».

—¿Y si no cuadraba?

—Cuadraba siempre. No probé a ver qué pasaba.

No dijo nada. Miró la estufa. Le quedaban brasas para media hora y no se levantó.

—«Tú te apañas» fue también lo que me dijeron cuando me fui tres años a Chequia. No vino nadie a la estación porque era sábado y había que abrir. No me pareció mal. Lo apunté como un dato y me llevé la maleta.

—¿Y ahora los ves?

—En Navidad. El día que subí aquí paré en Las Fuentes a comprar la lotería. Estaba a dos calles de la ferretería y no entré. Me habrían preguntado si necesitaba algo y les habría dicho que no.

—¿Y necesitabas?

—No lo sé. Contesto que no antes de pensarlo.

—¿Y fuera de casa?

—Sangüesa, mi director de tesis. Antes de Chequia. Cuatro años en el despacho de al lado. Entraba cada mañana con un problema y yo se lo resolvía antes de comer. Era amable. Me llevaba a los congresos y me presentaba como su mano derecha. En cuatro años no me preguntó qué quería hacer yo después.

—¿Y qué hizo?

—El método con el que saco los espectros es mío: la idea, las noches y las cuentas. Se publicó en 2018 con su nombre delante. Me enseñó él la prueba de imprenta, contento.

—¿Y el tuyo?

—Segundo. Me dijo que así lo leería más gente. Era verdad.

—¿Qué le dijiste?

—Que gracias.

—Pues escríbele ahora. —Se paró solo—. Perdona. Sigue.

—Podía no haberme puesto. —Oí lo que acababa de decir—. Por eso el artículo de este invierno es mío. El primero con mi nombre delante y sin el suyo.

—Y por eso lo de anoche. Quién llevaba cada telescopio.

—Sí.

—Yo creía que era por ordenada.

—También.

Fuera la nieve se había puesto azul. Miré el reloj. Eran las cinco y diez.

—En casa de mis padres aguanto hasta que he arreglado todo lo que hay roto —dije—. Un grifo, la impresora, el móvil de mi madre. Luego miro la hora. Esta mañana le he puesto grafito a tu estufa y no me lo había pedido nadie.

—Ya he visto que no chilla. Echo un poco de menos el ruido.

—Puedo quitárselo.

—No. —Le dio una vuelta—. ¿Y aquí? ¿Miras la hora?

—Aquí llevo dos días sin poder arreglar la carretera.

—La acabas de mirar.

—Catorce veces desde el desayuno.

—¿Las cuentas?

—Todo.

Se quedó un rato callado. Yo conocía sus silencios de antes de un chiste. Aquel era otro.

—De eso no sé decirte nada —dijo—. No sé arreglarlo.

—No te lo he pedido.

—Ya. Pues te digo otra cosa, que no arregla nada.

El sábado de la trufa, cuando aquella mujer te preguntó por la eme y tú le soltaste los quinientos cincuenta años luz, y ella dijo «ah».

Yo estaba a diez pasos. Se te quedó una cara que no te había visto.

No te había salido. —Buscó la palabra y no la encontró—.

Ahí. Me entraron unas ganas de soltar el telescopio que no te cuento.

—Lo arreglé a los diez segundos.

—Ya. Pero yo ya estaba.

No supe qué contestar a aquello, y no contesté.

Me levanté y me senté a su lado, en el banco, del lado de la estufa. Me pasó el brazo por detrás sin mirar, con el gesto de coger una manta. Olía a ajo y a leña. Le toqué la mano que le colgaba de mi hombro, las grietas de los nudillos, una por una.

—En mi casa la caja no ha cuadrado nunca —dijo—. La lleva mi madre de cabeza. Siempre sobran cinco euros y nadie sabe de quién son. Ella dice que ya aparecerá el dueño.

—Eso no es contabilidad.

—No. Es un bar.

Me reí. Luego me besó, o lo besé yo, sin puntillas, sentados en el banco. Duró lo que quisimos.

Fuera se hizo de noche. Seguíamos en el banco, yo con la espalda contra su costado, mirando la raja naranja de la estufa.

Entonces caí en que no sabía qué hora era. La tenía en la muñeca. Me quité el reloj sin mirarlo, fui hasta mi colchón y lo metí en la bota izquierda, donde por la noche iban las gafas.