Capítulo 17 · Nacho
Nacho
Lo he visto.
La puerta del módulo abre hacia dentro. Lo digo porque el lunes a las nueve y cuarto fue lo único que tuvimos a favor.
La abrí y no había fuera. Había una pared blanca que me llegaba por encima del cinturón, con la forma de la puerta marcada, tan lisa que daba pena tocarla. Detrás seguía cayendo.
—Un metro —dije.
—Un metro y cuatro. —Abril había clavado el palo de la escoba en la pared y le arrimaba la cinta métrica—. O y catorce. Sin gafas no distingo el uno.
Iba en calcetines, con mi gorro puesto. Las gafas se le habían quedado en la sala de control, encima del teclado, a cuarenta pasos y un metro de nieve. A las cuatro había cruzado la explanada agarrada a mi brazo y no las echó en falta. Yo creí que iba agarrada por gusto.
De la noche cuento lo que hay que contar. Arrastré los dos colchones hasta la sala de la estufa y los puse como en octubre, uno a cada lado, a la distancia que entonces me pareció decente. Abril miró la distancia. Cogió el suyo por una esquina, lo arrastró alrededor de la estufa y lo pegó al mío.
—Es por el cargador —dijo.
El enchufe estaba en la otra pared.
Se durmió vestida, a media frase, con la frente en mi cuello y el reloj puesto. La caja de los tapones se quedó cerrada encima de la mesa. A las siete me despertaron los pies, cargué la estufa y vi que se le había salido uno de los suyos, con el calcetín de rayas. Esta vez se lo tapé.
Me temía la mañana. Me temía que amaneciera la doctora y me diera los buenos días con la hora de Greenwich. Amaneció buscando las gafas a tientas por mi colchón. Me encontró la cara antes que las gafas y me besó en la boca, a ojo, un poco desviada.
—No veo nada —dijo luego. Y era verdad.
El grifo del pasillo no dio agua. Abril lo abrió, esperó y lo cerró.
—En octubre estaba a dos grados de dejar de salir. Ya los ha bajado.
Ese chiste era mío. Se lo hice la primera noche y no se rio. Lo había tenido seis semanas guardado para devolvérmelo.
Pusimos nieve a derretir en la olla grande. Mientras tanto hizo inventario encima de la mesa: una docena de huevos, una hogaza, dos ristras de ajos, un chorizo, medio queso, café, pimentón y la caja de mantecados.
—Tres días y medio —dijo—. Cuatro si desayunamos mantecados.
—Mi madre me dio para una semana.
—Tu madre no ha dividido.
—Mi madre no divide. Echa de más y luego pregunta si ha sobrado.
Las gafas seguían en la sala. La pala estaba en la leñera. La leñera está a quince metros de la puerta, y para llegar a la pala hacía falta una pala.
Empecé con el recogedor de la ceniza.
—Quince metros de largo, medio de ancho y uno de alto —dijo ella desde la puerta, con una manta por los hombros—. Siete metros cúbicos y medio. Recién caída pesa unos cien kilos el metro. Setecientos cincuenta kilos. ¿Cuánto coge ese recogedor?
—Abril.
—Medio kilo. Mil quinientas paladas. Te lo digo para que sepas cuándo acabas.
—Gracias.
—De nada.
A la palada doscientas salió con la tapa de la olla y se puso a mi lado.
No veía dónde echaba la nieve y me echó la mitad en las botas.
Tardamos una hora en llegar a la leñera y otra, ya con pala, en abrir los cuarenta pasos hasta la sala.
El todoterreno era un bulto. El Pequeño, otro.
En la azotea las cinco cámaras llevaban cada una su gorro.
El fijo sonaba cuando entramos. Sonaba, según supe, desde las ocho.
—¿Tenéis leña? —Mi madre no saluda por teléfono.
—Para una semana.
—¿Comida?
—La que me diste.
—¿Y la chica?
Abril estaba a dos pasos, limpiándose las gafas con el forro polar, por fin con ojos.
—Bien. Trabajando.
—Dile que los huevos de la Benita se los guardo.
Colgó, que tampoco se despide. No preguntó dónde había dormido nadie.
No había soltado el teléfono cuando volvió a sonar. Era Bielsa, desde Teruel.
—¿Están ustedes bien?
—Estamos bien, Anselmo.
—¿Hace falta que yo decida algo?
—No.
—Mejor. —Se le oyó el alivio por el cable—. Llámenme si hay novedad.
Miré a Abril. Novedad había una, del domingo a las siete y doce.
—A Bielsa se lo digo yo, por escrito, cuando esté reducido —dijo ella—. Hasta entonces no hay novedad.
En el móvil, que ahí dentro coge, tenía catorce llamadas de mi madre y doscientos mensajes del grupo.
El alcalde había colgado la foto de la pedida, roja y movida, con un letrero: «En Torrelucero se pide con luz roja».
Debajo avisaba de que la máquina de la Diputación no subía a la Muela hasta el jueves.
Y había un mensaje de Jara fuera del grupo, para mí solo.
«¿Cuántos colchones?».
Se lo enseñé a Abril. Otras veces me lo habría guardado y habría contestado una gracia.
—¿Qué le vas a decir?
—Lo que tú quieras.
—No. Lo que queramos. —Se puso las gafas—. Yo no lo voy a escribir en ningún grupo. Tampoco lo voy a negar si me lo preguntan de frente.
—Jara pregunta de frente.
—Pues a Jara, la verdad. A tu madre, lo que ella pregunte.
—Mi madre no pregunta.
—Entonces nada.
—A mi madre se lo digo yo —dije—. Abajo, cuando bajemos. Por teléfono no.
—Me parece bien. Los libros siguen sin ser de nadie más. Y el destello no se cuenta hasta que yo acabe de reducirlo.
—Cuando acabes, mi madre la primera. Lleva dos meses subiéndote sopas.
—Tu madre la primera. Y lo cuentas tú, que lo cuentas mejor. Con la hora bien puesta.
—¿Y tú qué quieres que no se sepa?
Lo pensó. Se lo vi pensar.
—De anoche no me da vergüenza nada —dijo—. Me la daría que el alcalde se enterara antes que yo.
Abrió el cuaderno para apuntarlo. Buscó la página, puso la fecha y paró con el boli en el aire. Lo cerró.
—Esto, de palabra.
—¿Te fías?
—Voy a probar.
A Jara le puse «Dos». Contestó al momento: «¿Juntos o separados?». Eso era de frente. Le puse «Juntos».
«Ya era hora. No digo nada. Tampoco va a hacer falta».
El techo del Pequeño es de chapa y corre sobre dos raíles. Con un metro encima no corre, y si se deja, se comba. Lo limpiamos entre los dos, ella con la pala desde abajo y yo con la escoba desde la escalera.
Estaba arriba cuando me dio una bola en la nuca. Me volví. Abril estaba a seis pasos, con las gafas puestas y otra bola en la mano.
—He corregido por el viento —dijo.
—No hay viento.
—Por eso te he dado.
Le tiré una y fallé por un metro. Ella no falló ninguna de las tres siguientes. Lo dejé ahí, que tengo una edad.
Después subí a la azotea con el termo de agua templada. Me siguió hasta el pie de la escalera.
—Sin rascar.
—Llevo desde enero de 2024 sin rascar.
—¿Y queriendo?
—Todos los inviernos.
Reducir, que yo creía que era hacer algo más pequeño, es quitarle a una noche todo lo que no es la noche. Lo hizo en la mesa de la estufa, con el portátil y los discos. Yo pensaba hacerle las sopas y no molestar.
Antes de empezar me enseñó el punto. Lo puso grande, fotograma a fotograma. Uno negro. Uno con una mota blanca. Otro con la mota más floja. Uno negro.
—¿Eso es todo?
—Eso es todo. Ocho centésimas.
—Tres años por ocho centésimas.
—Y dos telescopios. —Se quedó mirando la mota—. Con uno no existe.
La vi no hacer nada durante un minuto entero, que en ella es mucho. No toqué nada. Luego dijo «bueno» y abrió el programa.
—Siéntate. Esto lo vas a hacer tú mejor que la máquina.
Lo primero fue casar los dos vídeos. Cada fotograma llevaba al pie la hora del receptor, y había que emparejarlos uno a uno, el del Grande con el del Pequeño. Me enseñó una vez. La segunda lo hice yo y me pasé de uno. La tercera salió.
Luego me puso delante las dos Lunas, la del Grande y la del Pequeño, una al lado de la otra. Parecían la misma. La del Pequeño estaba corrida unos píxeles y girada un pelo.
—Para saber que el punto cae en el mismo sitio hay que poner una imagen encima de la otra, sin que sobre nada. El programa busca cráteres y tarda cuarenta minutos. En el borde oscuro se equivoca.
—¿Y yo qué hago?
—Me dices cuál es cuál.
Eso sí lo sé. Llevo siete años diciéndole a la gente «¿ve el del pico?
, pues a su izquierda». Le marqué tres cráteres en una y los mismos tres en la otra, con el dedo en la pantalla, y ella me limpió la huella con la manga sin decir nada.
Movió, giró y encajó. El error le salió de tres décimas de píxel.
—¿Eso es mucho?
—Eso es mejor que el programa.
Lo dijo tecleando, sin mirarme. No hizo falta más.
Luego vinieron las tomas veladas. Las cámaras habían grabado ocho horas y había que marcar cada rato en que algo que no era el cielo había metido luz. Ella tenía la hora de cada mancha. Yo tenía quién.
—Las 21:14 de las mías. Cámara 4. Diez segundos.
—Las diez y cuarto. Un mechero. El hermano de Sergio, que se fue a fumar detrás del Pequeño creyendo que no lo veía nadie.
—Pon «mechero».
—Pongo «mechero (cuñado)».
—Los cuñados no son una categoría.
—En una pedida, sí.
Lo dejó puesto.
—22:41.
—Esa es la pedida. Las linternas no te hacen nada. El del móvil, sí.
—Cuatro segundos. —Marcó—. La estela está limpia. Siguiente: 00:03. Ocho segundos.
—Bajando a la barrera. Uno que se alumbró el suelo con el teléfono en la curva. Le di una voz.
—Y desde la 01:04, todas.
—Eso son las nubes.
—Eso lo sabía yo.
Trescientas ochenta y seis Gemínidas limpias hasta que se cubrió, y veintidós segundos velados en ocho horas. En octubre le velaron las Oriónidas hasta que bajó el último coche, y los coches eran los míos.
A media tarde paró delante de una columna de números y estuvo un rato sin teclear.
—¿Qué es?
—La energía. Lo que brilló, y de ahí lo que pesaba la piedra. —Tecleó—. Como una ciruela. A treinta y cinco kilómetros por segundo.
—¿Te ayudo?
—En esto no. Esto es mío. —Lo dijo seca, como si alguien se lo hubiera discutido alguna vez—. Tú has alineado y has marcado. En el artículo vas en los agradecimientos, con lo que has hecho. Y lo tuyo no lo firma nadie más.
—Me parece bien.
—Ya. Te lo explico igual.
A las cinco calenté otra olla. Abril dijo que llevaba dos días con el pelo oliendo a humo y que eso sí le estorbaba para pensar. Se arrodilló delante del barreño, con el forro puesto y el cuello vuelto hacia dentro, y me dio el cazo.
—Despacio. —Eché—. Más despacio. Ahí.
Tenía el pelo corto pegado a la nuca y una vértebra que le salía un poco, la de arriba. Tuve que mirar el cazo. Le eché el agua tres veces y le sequé yo el pelo con la toalla, que nadie me lo había pedido. No protestó.
—Ya piensas mejor —dije.
—Un doce por ciento.
Antes de que anocheciera le mandé a la Maribel las cifras desde la sala. Gemínidas: cien de cien, bajada adelantada cuarenta y ocho minutos por nieve, sin incidencias. Contestó que apuntado y que el cuadro se cerraba al día siguiente.
A las siete Abril se levantó a por agua, pasó por detrás de mi silla y me besó en la nuca, encima del cuello del jersey. Me di la vuelta. Aquello duró bastante más que un vaso de agua. Tenía sus manos frías debajo de mi jersey y las mías debajo de su forro, y por una vez no las llamó lija.
Paró ella. Me apoyó la frente en el pecho.
—Me quedan tres horas para acabar lo del destello. Si sigo con esto, no voy a estar aquí. Voy a estar en el fotograma cuatro mil.
—Pues acaba.
—Acabo esta noche. Lo demás son tres días de espectros, y esos no se escapan.
—Mañana es martes. Los martes libro.
—Aquí arriba.
—Aquí arriba. Así no me encuentra nadie.
Se rio contra mi jersey. Luego volvió a su silla y a su columna, y yo hice las sopas.
A las once y veinte dijo «ya está».
—Mañana se lo puedes contar a tu madre. A ella la primera.
No cerró el portátil.
—Falta guardar una cosa.
Era el trozo del destello: ocho segundos de dos Lunas juntas, con el punto en medio. Escribió el nombre del archivo despacio. La fecha, la hora con sus centésimas, y se paró.
—¿N. o I.?
Hacía dos semanas que había visto las etiquetas de las cajas. No me lo había preguntado hasta entonces.
—N.
—Nacho no es un nombre.
—Es el mío.
No discutió. Escribió «Grande: A. Lasarte. Pequeño: N. Villarroya» y lo guardó.