Prohibido pedir deseos Capítulo 16 · Abril
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Capítulo 16 · Abril

Abril

¿Lo ha visto?

A las siete menos dos minutos el campo del Pequeño empezó a irse hacia la izquierda.

—Se va —dije.

Nacho ya estaba de pie. Salió sin el gorro. Por la puerta abierta quedó una espalda azul junto al telescopio, y en la pantalla de la derecha la Luna volvió a su sitio de un salto corto.

—¿Ahí?

—Ahí.

Entró, se sentó en la coja y volvió a pegar su silla a la mía. Llevábamos trece minutos de ventana y esa había sido toda la conversación.

Yo tenía dos pantallas con el mismo trozo de Luna, el oscuro. A la izquierda, el Grande. A la derecha, el Pequeño. Encima, el reloj que alguien había colgado en mi hora antes de que yo llegara. Fuera quedaba una raya naranja al oeste, y la Luna bajaba.

Me quedaban setenta y siete minutos. Las Leónidas me habían dado setenta en total.

La regla era sencilla y la había escrito yo.

Un punto de luz en una pantalla no era nada: un rayo cósmico en el sensor, el reflejo de un satélite.

Un punto en las dos, en el mismo sitio y en la misma centésima, era una piedra que acababa de chocar contra la Luna. En tres años no había visto ninguno.

A las siete y doce apareció un punto blanco en la pantalla de la izquierda, abajo, cerca del borde.

Apareció a la vez en la de la derecha.

—Dieciocho doce —dijo Nacho.

—Dieciocho doce —dije yo.

Lo dijimos uno encima del otro, leyendo el mismo reloj. El punto ya no estaba. Había durado menos que la palabra «doce».

No grité. Con el bólido de noviembre había gritado. Aquello tenía que comprobarlo antes de que fuera verdad.

Abrí las dos grabaciones en el portátil y las retrocedí hasta el minuto. Las puse una junto a otra, con la hora del receptor al pie de cada una.

Grande: 18:12:37,42. Pequeño: 18:12:37,42.

El mismo fotograma y el siguiente, en los dos telescopios. El punto caía a un dedo del cráter del pico, el de octubre, en las dos imágenes. No se movía de un fotograma a otro, y un satélite se habría movido. Un rayo cósmico habría dado en un sensor, no en dos que no compartían ni el cable.

—¿Es? —preguntó Nacho.

—Espera.

Lo comprobé otra vez, de abajo arriba. Salió igual.

—Es uno.

Quise apuntarlo. Cogí el bolígrafo y la hora me salió torcida, con un siete que parecía un uno. Me miré la mano. En la sala hacía once grados y yo tenía los dedos calientes. Me temblaban igual.

—Apúntalo tú —dije—. A mí no me sale la letra.

Le di el cuaderno. Escribió «18:12:37 UT» y debajo, sin que yo se lo dictara, «En los dos». Me lo devolvió abierto.

—¿Se puede contar?

Tenía cien personas subiendo en hora y media. Vi lo que le costaba preguntarlo. Era un hombre que contaba las cosas antes de que acabaran de pasar.

—Todavía no. Hasta que lo reduzca.

—Vale.

—Nacho. —No sabía cómo seguía la frase, y yo siempre sabía cómo seguían—. Es el primero que veo.

—Me lo dijiste en noviembre, con el cielo cubierto.

—Ha salido en la tuya.

—En la mía.

Le agarré la manga del plumífero, por encima de la muñeca. Quedaba una hora de ventana y pasé casi la mitad así, con una mano en el ratón y la otra en su manga, mirando dos pantallas donde no volvió a saltar nada. A las ocho menos veinte tuvo que salir a dar otro toque y se la devolví.

A las ocho y cuarto la Luna estaba a doce grados y escribí «ventana completa». Era la primera de la campaña. Cerré la cúpula con mis diez pasos al revés.

Luego hice una cosa que en octubre me habría costado una discusión. Salí al Pequeño, arranqué la cinta del «13 DIC», desenrosqué mi cámara y puse su ocular. Nacho bajaba ya hacia la barrera con la linterna roja. No me lo había pedido.

Desde la explanada la barrera no se veía.

Me quedé delante del mosaico, con la puerta abierta.

Era mi manera de mirar la barrera. A las nueve menos tres minutos oí el silbato de Jara, un toque largo.

Abajo tenía que haber treinta y tantos coches entrando en el ensanche con las luces puestas.

En las cámaras 2 y 4 no entró nada. Apunté la llegada en el registro: 19:57 UT.

Subieron a pie. Los vi salir de la última curva en fila, cien luces rojas una detrás de otra, sin un faro. Delante iba Jara. Nacho venía el último.

—¿Y el guía? —preguntó uno de los primeros.

—Atrás, de escoba —dijo Jara—. Esta noche abro yo.

Lo dijo para que él lo oyera. Él lo oyó y siguió contando cabezas.

Venían cenados. Se notaba en que nadie preguntó por el frío y en que olían a ajo desde lejos. Jara los colocó, hizo la cuenta de los veinte minutos y no tuvo que volver a empezarla ni una vez.

—¿Y la científica? —preguntó una mujer mayor—. ¿Ha cazado algo, o solo cuenta líos?

Nacho abrió la boca. Me miró. La cerró.

—Eso lo dice ella cuando toque, señora.

Lo vi morderse la lengua tres veces más antes de las diez. Era el mejor cuento que había tenido en siete años y lo llevaba en el bolsillo, con la lista.

A las nueve y media conté lo de los gemelos, que eran hijos de la misma madre y de dos padres distintos, la misma noche, y uno de los padres era un cisne.

Conté lo de Faetón, el chico que le cogió el carro al padre sin saber llevarlo, y dije que lo que iba a caer esa noche eran trozos suyos.

Duré veinte minutos. Después ya no hizo falta entretener a nadie.

Las Gemínidas salían de encima del pinar y cruzaban despacio, blancas, algunas con cola. A las once caía más de una por minuto. A medianoche, dos. La gente dejó de gritar con cada una porque no daba tiempo.

—Una estrella, un deseo —oí decir a Nacho—, y esta noche sí vale repetir.

Hice la cuenta. Cien personas a dos por minuto eran doce mil deseos por hora. No dije nada.

A las once y media me buscó un hombre joven con un gorro de borla.

—¿Usted es la de los cotilleos? Necesito un favor. Le voy a pedir a mi novia que se case conmigo. Aquí, cuando caiga una gorda. Mi hermano hace la foto.

—Enhorabuena.

—Con flash. Si no, no sale nada.

—Con flash no.

Me salió igual que salían las normas en octubre. Vi su cara y vi lo que venía detrás. Un flash eran unos segundos de mis cámaras y veinte minutos de los ojos de cien personas. También era la pedida de aquel hombre, que no iba a repetirse el martes.

—Espere —dije—. Esto no lo decido yo sola.

Fui a por Nacho. Estaba en el Pequeño, enfocando las Pléyades para una señora.

—Hay uno que quiere pedir matrimonio con flash.

—¿Quién?

—El de la borla.

—Sergio. Viene con Noelia y con el hermano. —Se lo sabía de la lista—. ¿Para qué quiere el flash?

—Para la foto.

—No. Lo quiere para que a ella se le vea la cara cuando diga que sí.

Era verdad y yo no lo había pensado.

—Para eso no hace falta un flash —dije—. Hacen falta dos segundos de exposición, la cámara apoyada y que ella no se mueva.

—Y luz.

—Roja. De esa tenemos cien.

Nos miramos. Habíamos tardado lo mismo.

Lo demás lo hizo cada uno por su lado. Yo le puse al hermano la cámara encima del escalón de madera, le quité el flash en el menú y le dejé los dos segundos.

Nacho fue de grupo en grupo, hablando bajo.

Cuando Jara diera un toque de silbato, todo el mundo apuntaba su linterna a la pareja de la borla.

A las once y cuarenta y uno cruzó una Gemínida de las largas. Jara pitó.

Se encendieron cien luces rojas a la vez sobre dos personas. Sergio ya tenía una rodilla en la losa.

—¿Qué hace toda esta gente? —dijo Noelia. Luego lo vio a él—. Pareces un semáforo.

—¿Eso es que sí?

—Eso es que sí. Levanta, que está helado.

Aplaudieron con los guantes puestos, y no sonó. A alguien se le encendió un móvil para grabarlo.

—¡Desde cero! —dijeron noventa y nueve.

Miré la foto en la pantalla del hermano. Se les veía la cara a los dos, roja y un poco movida. Encima, en la esquina, había salido la estela.

—Mi cámara 2 la tiene que haber cogido entera, con su hora —le dije a Sergio—. Las 22:41. Si está, se la mando.

—¿Las diez?

—Tú súmale una —dijo Nacho.

A la una menos veinte Nacho se me puso al lado. Miraba hacia el sur, abajo, y no al cielo.

—Se tuerce.

Yo veía el cielo más limpio del año.

—¿Qué miras?

—Que el aire se ha parado y huele a mojado. Y que ahí abajo ya no hay estrellas hasta dos dedos del suelo. Hace diez minutos las había.

—¿Cuánto queda?

—Una hora. Hora y cuarto. Me los llevo ya, que con treinta coches en esa carretera quiero margen. Te lo digo, como quedamos.

—Dicho está. Bájalos.

Lo apunté: «Incidencia. Bajada adelantada por aviso del técnico».

Jara dio dos toques. Nadie protestó mucho. Habían visto más estrellas fugaces que en toda su vida y tenían los pies helados.

Antes de bajar con ellos, Nacho se paró delante de mí. Llevaba la lista en una mano y las llaves del todoterreno en la otra.

—Yo los acompaño a pie hasta la barrera y cuento que salgan todos. Luego subo a por el todoterreno y bajamos detrás, tú conmigo. O subo y me quedo. Si me quedo, mañana de aquí no baja nadie. Igual pasado tampoco.

—Yo me quedo. Hasta que se cubra tengo lluvia, y es la mejor hora.

—Eso ya lo sabía. Te pregunto por mí.

Busqué una razón de trabajo para pedírselo. Las cámaras iban solas. El techo del Pequeño sabía correrlo yo. No encontré ninguna.

—Quédate —dije—. No te necesito para nada de esto. Quédate.

Jara miró a su primo, me miró a mí y se calló. En Jara eso era una opinión.

—Media hora —dijo Nacho.

Los vi bajar, la fila roja al revés. A la una y doce oí el silbato, largo, igual que a la llegada. Apunté la salida real: 00:12 UT. La programada era la 01:00 UT, las dos de aquí.

Nacho volvió a la una y media, andando, con la barba blanca de escarcha.

Nos tumbamos en la explanada, encima de dos mantas y debajo de cuatro. Las Gemínidas salían ya de lo alto y caían hacia todos los lados. No las conté. Para eso estaban las cámaras.

—¿Tú has pedido alguno? —preguntó.

—¿Un deseo? No. Yo juego a la lotería.

—¿Y no es lo mismo?

—La lotería da resguardo.

Se rio hacia arriba, echando vaho.

—¿Qué número?

—El 58.317. Desde 2011. Lo compré con lo primero que cobré dando clases.

—¿Y ha tocado?

—Una terminación, en 2016. Veinte euros. Llevo un registro. —Pasó una larga, de lado a lado—. Sé que no sirve para nada. Lo llevo igual.

—Yo le digo a la gente que pida y no he pedido en la vida.

—¿Por qué?

—Porque estoy trabajando. —Lo pensó—. Y porque si pides y no sale, ya sabes que lo querías.

Tenía su hombro contra el mío, igual que en la sala, y el frío nos entraba por los pies.

A las dos menos diez sonó el fijo de la sala. Fue él y volvió corriendo.

—Cien abajo. Dice Jara que los ha contado dos veces.

—Jara sabe contar.

—Eso dice ella.

A las dos me cayó un copo en el cristal izquierdo de las gafas. Miré el reloj. A las dos y cuatro la cámara 5 dejó de ver estrellas, y luego las otras. La lluvia había durado hasta que se cubrió.

Recogimos la explanada entre los dos. Él corrió el techo del Pequeño. Yo entré las mantas y el escalón. Ninguno le dijo al otro lo que le tocaba.

En la sala copié los dos vídeos del destello en dos discos y me guardé uno en el bolsillo del forro. Él rellenaba el parte.

—En observaciones, ¿qué pongo?

Una pregunta así ya me la había hecho una vez, para salir del paso. Esta vez esperó la respuesta con el boli quieto.

—Lo que ha pasado.

Escribió. Lo leí al revés, desde el otro lado de la mesa. «Destello a las 18:12 UT, en los dos telescopios. Cien visitantes, cien abajo. Nieva desde las dos».

Dejó el boli.

—La otra noche me dijiste una cosa y te contesté con otra. Te contesto ahora.

Esperé el chiste. Había sitio para uno.

—A mí también. Desde antes del 18. Me gustas cuando cuentas moviendo los labios, y cuando dices que no a un flash y luego vienes a buscarme. Me da miedo, porque tú ya has visto el dos y medio y todavía no has visto lo demás. Y si sale mal, no voy a decir que era una broma.

No puso nada detrás.

—Eso no tengo manera de comprobarlo —dije.

—No.

—Me vale.

Me quité las gafas, porque se me iban a empañar, y las dejé encima del teclado. Luego di el paso, me puse de puntillas y esta vez no hablé.

Tenía la boca caliente y la nariz helada. Sabía al anís de los mantecados de su madre. Los brazos le colgaban, sin saber si podía. Le cogí las dos manos y me las puse en la espalda.

—Las tengo heladas —dijo contra mi boca.

—Ya lo sé. No las quites.

Las dejó donde estaban. Entonces me besó él, despacio, con el mismo cuidado con que enfocaba para cada persona de una cola.

La nieve de la barba se le deshacía y me mojaba la cara. Le bajé la cremallera del plumífero hasta la mitad, la misma que el otro día había soltado, y metí las manos dentro, contra el jersey. Estaba caliente. Se le movieron las costillas.

—¿Bien? —preguntó.

—Bien. Sin gafas te veo borroso.

—Mejor.

—No. Acércate más.

Se acercó más.

Cuando paramos yo seguía de puntillas y me dolían las pantorrillas.

—No puntúa —dije.

—Menos mal.

No se movió del sitio.

—Hay un palmo ya —dijo, mirando hacia el ventanuco. Yo, sin gafas, no veía ni el ventanuco.

—¿Cuándo pasa la quitanieves?

—Primero hacen la general y luego los pueblos. Esto es lo último de la provincia. Hasta el jueves no sube.