Prohibido pedir deseos Capítulo 15 · Nacho
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Capítulo 15 · Nacho

Nacho

Estuvo dos días llamándome Villarroya. Delante de la gente no. Delante de la gente yo era Nacho, igual que siempre, y nadie notó nada. Me pedía el café, me daba las gracias y se llevaba la taza a su mesa.

El martes de la Inmaculada mi madre abre, porque en fiesta los martes no cuentan. Pasó por la mesa de Abril con la bandeja y le preguntó qué tal iba la Mecánica.

—Despacio —dijo Abril—. El tres ya está.

Lo dijo mirándome a mí. No había dicho ninguna mentira. Lo repasé palabra por palabra.

Mi madre dijo que a ciertas edades ya era mérito y siguió con la bandeja.

El miércoles subí a las cuatro menos diez, convencido de que ella no iba a estar. Estaba. La estufa cargada, el reloj fuera de la muñeca y dos lápices con punta. Abril paga lo que debe aunque esté enfadada. Yo creo que enfadada lo paga más puntual.

—Antes de empezar —dijo—. Tengo tres fechas.

Abrió su cuaderno. Las tenía apuntadas con su hora, igual que apunta las tomas veladas. Me las leyó en la hora de aquí.

—18 de noviembre, la una y diez. «¿Cuarenta de Calamocha o uno de Torrelucero?». 4 de diciembre, las cinco y veinte. «¿No huele a quemado?». 8 de diciembre, la una y media. «¿Esto puntúa?».

Seguidos y con su voz parecían un parte.

—Tus chistes me gustan —dijo—. El del silbato me gustó. Lo de la viruela de la Luna, que lo oí desde la sala, me gustó, y eso que era de la señora del bastón. No hablo de esos. Hablo de estos tres. Los tres los hiciste cuando había algo que contestar, y saliste por ahí.

—Abril.

—No he acabado. El primero me dio igual, yo estaba enfadada.

El segundo me costó cuarenta minutos. El tercero me costó otra cosa.

—Puso el dedo en la tercera línea—. Yo había tardado veinte días en volver a decirlo.

No te estaba poniendo nota. Tú te fuiste por la puerta sin moverte del sitio, y yo me quedé dentro con la pregunta.

Tenía uno. Siempre tengo uno. Era sobre el cuaderno, y era bueno. Lo noté venir igual que noto el cierzo en los pinos de abajo antes de que suba. Lo dejé pasar.

—Tienes razón en los tres —dije.

Esperó, por si detrás venía algo.

—El tercero lo hice porque, si aquello salía mal, prefería que hubiera sido una broma.

—¿Y por qué iba a salir mal?

—Porque ocho horas antes te había contado lo de los ciento veinte.

Apuntó algo corto debajo de la tercera fecha y no vi qué.

—¿Me lo vuelves a decir? —pregunté.

—Hoy no. —Cerró el cuaderno—. Hoy toca el problema cuatro.

—Antes te debo cuarenta minutos, los del viernes. —Me senté—. Quiero acabar esa sesión. Ponme uno que no sepa.

Me puso uno de un péndulo colgado de un carro. Lo leí dos veces.

—No sé empezarlo.

Me salió de un tirón, sin tos y sin anécdota. Abril miró el reloj.

—Has tardado cinco días.

—Cuatro. El martes era fiesta.

Se le movió la boca. No llegó a risa, pero se le movió.

—Dibuja el carro —dijo—. Por ahí se empieza.

A las seis guardó los lápices y sacó la hoja de la Luna, la que cuelga en el tablón con las dos horas.

—Domingo 13. La ventana va de siete menos cuarto a ocho y cuarto, hora de aquí. Hora y media, y la última media hora con la Luna ya baja. No hay otra hasta enero.

—Y yo tengo cien a las siete.

—Cien, en treinta y tantos coches, entrando en la explanada en mitad de la ventana. —Buscó una página de atrás—. «Coches: sin resolver». Lo apunté el día del simulacro y no lo hemos tocado. La versión 4 reparte los telescopios. De los faros no dice nada.

—Que suban antes. A las seis.

—A las seis aún hay luz, y a las siete menos cuarto tengo la cola pisando la losa. Además son cien personas dos horas en la explanada mientras yo mido. ¿Quién les cuenta los mitos? La de los mitos soy yo.

Eso era verdad desde el sábado. Llevo siete años siendo el que cuenta, y en tres noches me había quedado de portero del telescopio. Me habían escocido las tres.

—Las Gemínidas no valen nada hasta las nueve y media —dije—. Salen por el pinar, bajas, y antes la gente pasa frío mirando a un sitio donde no hay nada. Lo veo todos los años. A las siete están arriba por la costumbre, no por el cielo.

—¿Entonces?

—Que cenen. Abajo, en La Osa, con mi madre. Cuando tú acabes, suben.

Se quedó quieta. Es lo que hace cuando algo le encaja.

—Suben todos a la vez —dijo—. No de uno en uno durante una hora.

—En fila, detrás de un coche de aquí. Y con las luces puestas, las de verdad. Esa carretera con las de posición no la subo ni yo.

—Las luces me dan igual hasta la última curva. Después de la última curva, no.

—Antes de la última curva está la barrera. —Me acordé según lo decía—. Los Marqués dieron la vuelta en el ensanche la Noche de Ánimas, con los faros puestos.

—El 31 de octubre a las siete y cuarto yo tenía las cinco cámaras grabando. Si aquellos faros llegaron a la azotea, está en el disco.

Fuimos a la sala de control. Tardó cuatro minutos en encontrar la noche. A las siete y cuarto del 31 de octubre las cámaras 2 y 4 estaban limpias.

—Un coche no son treinta —dijo—. Hay que probarlo.

Cerró la noche del 31 y no se levantó.

—Falta una cosa. El 17 el Pequeño se me fue y yo estaba sola con las dos pantallas. No puedo estar en la sala y en la explanada. El Pequeño lo tienes que llevar tú, la hora y media entera. —Se volvió en la silla—. Te lo pido.

—Entonces no estoy abajo para recibirlos.

—No.

En siete años no había empezado una noche sin estar yo en la puerta.

—¿De cuándo a cuándo? —pregunté.

—De seis y media a ocho y cuarto.

—Pues tengo que pedírselo a Jara. Luego te digo que sí.

Lo probamos el jueves, de noche cerrada. Me dio una hoja con tres horas y lo que tocaba en cada una. Venían en su hora y les sumé una. A las ocho y cinco, cortas. A las ocho y siete, largas. A las ocho y diez, maniobra completa, tres veces. Di tantas vueltas en el ensanche que casi me mareo.

Subí a la sala. Ella no se había movido de delante del mosaico.

—¿Lo has hecho?

—Todo. Con las largas.

—Pues no has existido.

El ensanche es donde da la vuelta la quitanieves. Caben cuarenta coches si los coloca alguien. De ahí a la explanada hay trescientos metros, que con luz roja y en fila son cinco minutos.

Bielsa había leído el borrador esa tarde, de pie, en la puerta de su despacho. Había preguntado si aquello pedía una reunión. Le dijimos que no y se le vio el alivio.

El viernes se lo pregunté a mi madre. Otras veces le he dicho cuántos eran cuando ya estaban sentados.

—Cien cenas el domingo, de siete menos cuarto a ocho y media.

—¿Y me lo dices el viernes?

—Te lo pregunto el viernes.

Dejó el cuchillo.

—¿Y si te digo que no?

—Busco otra cosa.

Me miró como mira la báscula del de la furgoneta. Luego dijo que sopas de ajo, huevos con la trufa que había sobrado y mantecados, a quince euros. Dijo que con los bancos de la escuela cabían sesenta sentados y que los otros cuarenta cenaban en la barra.

Los bancos son del Ayuntamiento, así que también le pregunté a Fermín. Dijo que claro, majo, y que de paso le apuntara a seis de Cantavieja que le habían pedido el favor.

—Está lleno, Fermín. Son cien.

—Hombre, por seis.

—Lo pone el papel. Esa línea la escribí yo.

Se quedó con la boca abierta, como si le hubiera hablado en tiempo universal. Luego dijo que bueno, que para enero.

A Jara le pedí lo otro. Alguien tenía que recibir a los cien abajo, explicarles la cuenta de los veinte minutos y subirlos en fila.

—¿Me lo pides o me lo mandas? —dijo Jara.

—Te lo pido.

—Pues el coche de delante lo llevo yo, y el silbato también.

Empecé a explicarle dónde se atasca la gente, qué se dice en la curva del manantial y cómo se cuenta una fila a oscuras. Jara me dejó hablar un cuarto de hora.

—Nacho. Que sé contar.

Esa noche le dije a Abril que sí.

La Maribel recibió el plan el mismo viernes.

Contestó con una pregunta: la cena, quién la cobraba.

Le dije que mi madre. Dijo que entonces la cena no iba al cuadro y las cien entradas sí.

El miércoles había añadido una fila. «Puente de diciembre: 300 de 300.

Bajas: 0». Debajo no puso nada. En ella eso es un aplauso.

Ese fin de semana la fundación solo vendía el domingo.

El sábado subí a las cuatro. La previsión daba nieve para el lunes por la mañana, de mil metros para arriba.

Me quedé un rato en la explanada. No se movía un pino.

El humo de las chimeneas del pueblo, que desde arriba se ve subir derecho, se había tumbado sobre los tejados.

Abril estaba en la sala, con la versión 5 en la pantalla.

—Entra antes —le dije—. La misma noche de las Gemínidas, de madrugada.

—¿Cuánta?

—De la que cierra la carretera.

—Tienes cien personas arriba.

—Si se tuerce, los bajo antes de la hora y te lo digo. ¿Te parece?

—Me parece. —Abrió la hoja esa que tiene para el cielo. Nunca le he preguntado qué apunta, y me lo figuro—. Las cámaras tienen la lluvia hasta que se cubra. Me vale. Mañana subo contigo. El Ibiza con nieve no baja.

Al anochecer montamos el Pequeño. Ella puso la cámara y yo le di al enfoque los toques que me iba pidiendo, hasta que la estrella fue un punto en la pantalla. Dos horas. Cruzó dos tiras de cinta encima de la rueda y escribió «13 DIC».

La versión 5 era la 4 con un horario debajo.

Cena en La Osa durante la ventana. Salida de la plaza a las ocho y media, todos detrás de Jara y con las luces normales.

Coches en la barrera. El último tramo, a pie y con luz roja.

Bajada a las dos, todos juntos. Abril lo puso también en su hora.

Añadió que la llegada y la salida se anotaban en el registro de las cámaras, para saber qué minutos mirar si algo salía velado.

Ocupaba una página y cuatro líneas. La vi sufrir con las cuatro líneas. Bajó la letra medio punto y cupo en una.

—Léela dos veces —dijo.

La leí dos veces. La cláusula seguía en su sitio, la quinta. El lunes yo me la había saltado en la barra de mi madre.

—La leo y me acuerdo de la despensa.

—Para eso está.

Firmamos. Puso la fecha ella, 12 de diciembre.

—¿Ya te fías? —pregunté.

—De lo que dices del cielo, desde el 16 de noviembre. De lo que firmas, llevo una semana y una despensa. —Tapó el bolígrafo—. De lo que dices, ya te lo diré.

—Eso es de mi madre.

—Funciona.

El domingo subimos a las tres y media en el todoterreno, con sol en la Muela y el aire parado. Abril llevaba la mochila entre los pies.

En la curva del manantial miró la cuneta.

—¿Aquí es donde se atasca la gente?

—Aquí es donde frenan todos a la vez. Se lo he dicho a Jara cuatro veces.

—Te ha oído a la primera.

—Ya lo sé.

Pasamos la barrera. El ensanche estaba vacío y barrido. Lo había barrido yo por la mañana, que no hacía ninguna falta.

—En febrero —dijo ella, mirando al frente—. ¿Vas a ir?

—Estoy en ello.

—Eso no es una respuesta.

—Es la que tengo hoy.

No insistió.

—Lo del 18 no lo he retirado —dijo—. Te lo digo para que conste. Hoy lo primero es la ventana.

—Vale.

—¿De los tuyos o de los firmados?

—De los firmados.

Abrió ella la cúpula. La oí desde la explanada: el cuadro, los cuarenta segundos, la compuerta. Ya no le cuento los pasos. Destapé el Pequeño y no toqué la rueda.

A las seis menos veinte se fue el sol. La Luna quedó al sur, fina, con el resto del disco en gris, que se le ve cuando es tan nueva. Abajo mi madre estaría poniendo cien platos y Jara contando sillas. Tuve el fijo de la sala en la mano y lo volví a colgar.

Abril había puesto las dos sillas delante de las dos pantallas, la buena y la coja, una pegada a la otra.

—La de la derecha es el Pequeño. Es la tuya. Si se va el campo, sales y le das un toque. Si salta algo, dices la hora en voz alta.

—¿Qué buscamos?

—Un grano nuevo en la viruela.

Me reí. Se rio ella también, corto, mirando la pantalla.

Me senté en la coja. Su hombro quedó contra el mío, forro polar contra plumífero, y no lo quitó. A las siete menos cuarto los dos telescopios apuntaban al mismo trozo de Luna, el que no alumbra.