Prohibido pedir deseos Capítulo 14 · Abril
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Capítulo 14 · Abril

Abril

Admito que el viento no avisa. Desde hoy, apunte en el parte la racha máxima de cada noche y su hora. No abro un campo nuevo: va dentro de «viento». A. Lasarte

El sábado a las siete y cuarto conté cien personas en la explanada. La ciento uno estaba a la entrada, dentro de un coche con el motor en marcha, y Nacho le hablaba por la ventanilla.

No oí lo que decían. Vi su linterna roja moverse de lado a lado, despacio. Tardó cuatro minutos. El coche dio la vuelta y bajó, y él vino con la lista doblada en el bolsillo.

—Eran cuatro, de Castellón. Los he apuntado para mañana.

—¿Y si mañana está lleno?

—Mañana ya está lleno con ellos.

Me lo había preguntado la noche anterior, con la versión 4 recién firmada y el boli todavía en la mano. «Mañana hay cien y estoy solo con Jara. ¿Puedes subir?». Era la primera pregunta suya a la que yo podía contestar que no. Contesté que sí.

No había Luna. Salía a las seis de la mañana, un hilo, y yo no tenía nada que medir con los telescopios. Las cinco cámaras trabajaban solas. Mi tarea era la cola del Pequeño.

Cien personas a cuarenta segundos por ojo eran una hora y siete minutos. Estábamos a cuatro bajo cero. Nacho enfocaba Saturno para cada uno, con sus dos dedos y su cuarto de vuelta, y Jara vigilaba las luces con el silbato colgado. A mí me tocaba que nadie encendiera un móvil para matar la espera.

A los veinte minutos la fila daba pisotones y miraba al suelo. Había tres manos metidas en tres bolsillos, alrededor de tres pantallas.

—Oiga —dijo una mujer con dos gorros—, ¿y eso de ahí arriba que parece una eme?

—Casiopea. Cinco estrellas. La del medio está a quinientos cincuenta años luz.

—Ah.

Volvió a mirar al suelo. Yo había contestado a lo que me habían preguntado y no había servido de nada. Lo noté igual que notaba una toma velada.

—Era una reina —dije—. De Etiopía. Tenía una hija guapa y no supo callárselo.

La mujer levantó la cabeza. El de detrás también.

—Fue diciendo por ahí que la niña era más guapa que las ninfas del mar. Las ninfas eran cincuenta y tenían padre. Fueron con el cuento a Poseidón, y Poseidón les mandó un monstruo a la costa.

—¿Por un comentario? —dijo un hombre.

—Por un comentario. El marido es ese de al lado, el que parece una casita. Cefeo. Preguntó a un oráculo qué hacía, y el oráculo le dijo que atara a la hija a una roca para que se la comiera el bicho. La ató.

—Hala —dijo una niña.

—A Cefeo ya ven lo poco que brilla. La hija es Andrómeda. Está ahí, casi encima de nosotros, con los brazos abiertos. Entonces pasó Perseo, que volvía de otro lío con la cabeza de una señora en una bolsa.

—¿De qué señora?

—De Medusa. Esa es otra historia y él tampoco queda bien. Vio a la chica, vio al monstruo y, antes de desatarla, fue a hablar con los padres. Primero cerró la boda y luego sacó la espada.

—Como mi yerno —dijo alguien, y se rieron cuatro.

—En el banquete se presentó el tío de la novia, que la tenía prometida de antes, con doscientos amigos. Perseo sacó la cabeza de la bolsa y los dejó de piedra. A los doscientos. Hubo que acabar de cenar entre estatuas.

—¿Y la madre?

—La madre es la eme. La colgaron ahí sentada en su silla, y la mitad del año está boca abajo. Para que aprenda. Perseo es aquel, hacia el pinar, con la bolsa todavía en la mano. El monstruo es aquel grupo bajo, hacia el sur. Están los cinco, colocados como en una foto de boda.

Nadie miraba al suelo. Eso lo noté antes que lo otro. Lo otro era que la fila se había doblado. Ya no apuntaba al Pequeño. Me rodeaba a mí.

—¿Y el Toro? —preguntó el hombre.

—El Toro es Zeus. Casi todo es Zeus. Le gustó una chica que paseaba por la playa, se disfrazó de toro blanco para que se le subiera encima y se la llevó nadando hasta Creta. Lo que le contó a su mujer no consta en ninguna fuente.

—¿Tenía mujer?

—Hera. Por eso hay tantas constelaciones. Cada vez que ella lo pillaba, alguien acababa colgado ahí arriba. Casi nunca él.

—La del bar —dijo Jara, que había dejado de vigilar las luces—. Cuenta la del bar.

—La Osa está ahora baja, por el norte. Era una chica que se llamaba Calisto.

Zeus se disfrazó de la jefa de ella para acercarse.

Cuando Hera se enteró, convirtió en osa a la chica.

A él, nada. Luego Zeus la subió al cielo agarrándola por la cola, y por eso la tiene tan larga, que las osas no tienen.

Hera aún fue a pedirle al mar que no la dejara bañarse nunca.

Y no se baña. Desde aquí la punta de la cola toca el horizonte a las nueve y media y vuelve a subir. Lleva así tres mil años.

—Como el bar —dijo Jara—. Que tampoco cierra.

—Los martes —dije.

Se rieron más de cuatro.

A las ocho y cuarto oí a Nacho desde el Pequeño.

—¿Siguiente?

No había siguiente. Tenía el telescopio enfocado y a nadie delante. Los cien estaban conmigo, y los de atrás pedían que hablara más alto.

Yo no sabía hablar más alto. Sabía repetir.

Lo conté todo otra vez para los del fondo, y para entonces los de delante ya tenían preguntas.

Una señora quiso saber qué decía el cielo de los tauro.

Le dije que de eso no sabía, que yo solo contaba con quién se había acostado Zeus, que estaba mejor documentado.

Un hombre con bufanda dijo «perdone» y me corrigió.

Era catedrático de griego, jubilado. En la versión más antigua, la que presumía de guapa era la propia madre.

Tenía razón. Yo llevaba mes y medio corrigiendo las cifras de todo el pueblo y él me corrigió delante de cien personas. Lo apunté.

—¡Mañana a la misma hora! —gritó el alcalde. Había subido con entrada, la primera que pagaba en su vida, y me la había enseñado.

—Eso se lo preguntas a ella, Fermín —dijo Nacho.

Lo dijo desde el Pequeño, sin levantar la voz. La firma no tenía ni un día.

El alcalde se volvió hacia mí con las manos abiertas.

—¿Mañana, maja?

—Mañana a las siete y media. Veinte minutos, y luego hacen la cola.

No hicieron la cola hasta las nueve.

El domingo a las once y diez de la mañana había una reseña nueva. Cinco estrellas. «Subimos por el telescopio y nos quedamos por la astrónoma, que cuenta el cielo como si fuera su escalera». Hablaba de mí, como la primera mala. Esta la leí tres veces.

Bajé a comer a las dos. Con la feria no quedaba un sitio, y mi mesa estaba libre. Jara le había puesto encima una servilleta escrita a boli: «RESERVADO».

—Reglamento —dijo Marcelino desde su taburete—. Dice el alcalde que anoche pusiste verde a medio cielo.

—A Zeus, sobre todo.

—Pues cuenta la del bar, que esa nos toca.

La conté. Chema dejó las cartas. Pilar salió hasta la puerta de la cocina, secándose con el trapo, y oyó lo de Hera y el mar sin moverse.

—Media vida debajo de ese letrero —dijo al final— y resulta que es una pobrecica a la que no dejan ni lavarse.

—Las estrellas del letrero están mal puestas —dije—. La cola dobla al revés.

—Las pintó el herrero.

Volvió a la cocina. A los diez minutos yo tenía delante un plato de huevos con trufa que no había pedido.

Esa noche hubo que hacer dos pases porque los de atrás no oían, y el lunes iban a ser tres.

Nacho tenía que venir a pedirme gente de diez en diez para el Pequeño.

El catedrático volvió con su mujer. Los cuatro de Castellón preguntaron al llegar por «la de los cotilleos».

Alguien me pidió lo de Perseo «como ayer, con lo del yerno», y lo del yerno no era mío.

En dos noches no medí nada ni arreglé nada. Me pidieron otra.

El lunes a mediodía La Osa olía a trufa hasta la escalera. Había gente de pie hasta la puerta, en mi mesa comían cuatro apretados y yo estaba en la esquina de la barra, junto a la cocina, donde menos estorbaba.

Pilar salió de la despensa con una ristra de ajos al hombro y dos libros contra el pecho.

—Nacho.

No gritó. Pilar no gritaba. Nacho dejó el grifo de la cerveza abierto un segundo de más.

—Esto estaba detrás del saco de la harina.

Eran el Mecánica de la portada nueva y el cuaderno de tapas azules. Se los había llevado él el viernes, al irse. No le pregunté adónde.

—¿De quién es?

Nacho me miró. Fue menos de un segundo.

—De la doctora.

Pilar se volvió hacia mí. El libro de arriba tenía harina en el lomo.

—¿Tuyo, maja?

En la portada ponía «Mecánica» y debajo «Grado en Física. Segundo curso». Dentro del cuaderno estaba la letra de él en todas las páginas. Estaba también la mía, con cinco «otra vez».

Hice la cuenta. Si decía que no, Pilar abría el cuaderno. Detrás de mí había cuarenta personas comiendo huevos con trufa, y seis días antes yo le había dicho a él que aquello no era mío para contarlo.

—Mío —dije—. Me lo dejé el viernes.

—¿En mi despensa?

—Se lo di a Nacho para que me lo guardara. Arriba hay humedad.

Era la segunda mentira y me salió mejor que la primera. Eso fue lo que peor me sentó.

Pilar miró la portada.

—Mecánica. ¿Esto tú no te lo sabías ya?

—Se olvida.

—Pues tenlo en tu cuarto, que aquí coge olor a ajo.

Sopló la harina del lomo y me los dejó al lado del plato. Volvió a la cocina. No miró a su hijo. No supe si eso era bueno.

Nacho cerró el grifo.

—Abril.

—Ahora no.

Me acabé los huevos. No iba a dejarle a Pilar un plato a medias además de mentirle.

En mi cuarto abrí «Osa_deuda» y añadí una fila. Concepto: una mentira, dicha dos veces. Acreedor: Pilar. Luego abrí el cuaderno por la última página escrita.

El problema tres estaba hecho. Ocupaba dos páginas, con la escalera dibujada, la pared y todas las cuentas. No había un signo comido. En una esquina tenía una mancha de aceite.

Subí a las cuatro, una hora antes que él, con el libro y el cuaderno en la mochila. Cuando entró en la sala de control, yo tenía el cuaderno abierto encima de la mesa.

—Firmaste el viernes —dije—, a las once y cinco de la noche. Hoy es lunes.

—Ya lo sé.

—«Ni el nombre». Has usado el mío para mentirle a tu madre. Y yo he dicho que sí delante de ella, mientras me comía sus huevos. Llevo siete semanas en su casa sin que me cobre.

—Te lo iba a preguntar.

—No había tiempo de preguntar. Por eso no se hace.

Se sentó en la silla coja. Se quitó el gorro y lo sostuvo con las dos manos.

—Si mi madre sabe que es mío, pregunta por qué ahora.

—¿Y qué?

—Que detrás de por qué ahora viene por qué no entonces.

—Entonces se quemó la cocina.

—La cocina se abrió en junio. —Le dio una vuelta al gorro—. Tú me preguntaste por septiembre. No te contesté bien.

Esperé. Con él había aprendido que esperar funcionaba mejor que el silbato.

—En primero éramos ciento veinte. Yo aprobé con cincos.

Aquí había sido siempre el listo, el de la Pilar, el que iba a ir a la universidad.

Allí levantaba la mano y había veinte que ya lo sabían.

Cuando se quemó la cocina bajé a ayudar, y a la semana era otra vez el que sabía hacerlo todo.

Poner un enchufe, hablar con el del seguro, alicatar.

En junio se abrió. En septiembre no volví.

—¿Te lo pidió tu madre?

—Mi madre no me ha pedido nada en su vida. Dije que había que pagar la obra y la gente me dio las gracias. No he sacado a nadie del error.

Lo repasé como una serie. No sobraba ningún punto.

—¿Y los exámenes de ahora?

—Mientras no me presento, no he suspendido.

—Tampoco has aprobado.

—Ya.

Fuera empezaba a oscurecer. En el mosaico se encendió la primera estrella, en la cámara 5.

—Un dos y medio en diciembre no es un dos y medio en febrero —dije—. Y el problema tres está bien. Lo has hecho sin mí.

—De noche, en la despensa.

—Se nota. Tiene aceite.

Casi se rio.

—A tu madre no vuelvo a mentirle. La próxima vez dices que es tuyo o no dices nada. Y los libros se quedan arriba.

—Vale.

—«Vale» ya me lo has dicho antes.

—Lo sé. —Se puso el gorro—. Lo siento. Lo del nombre y lo de la barra.

No le contesté que no pasaba nada, porque pasaba. Cerré el cuaderno y lo dejé encima del libro, en la mesa.

Esa noche conté tres veces a Casiopea y dejé a Zeus peor que nunca. A la una y cuarto se fue el último coche, con Jara dentro.

Nacho corrió el techo del Pequeño y entró a rellenar el parte. Yo doblaba mantas. Por encima de su hombro vi que el bolígrafo no se paraba en el cuarto campo.

Desde el 18 de noviembre, en el quinto ponía «Ninguna». Esa noche escribió una línea.

«Observaciones: el Toro no era un toro».

—Has vuelto a escribir ahí —dije.

—Había algo que observar.

Dejé las mantas en la silla buena.

Yo había dicho «me apetece» el 18 de noviembre, a las tres de la mañana, en la explanada. No lo había retirado. Esa tarde él me había contado una cosa que yo no tenía que comprobar. No había pasado antes.

Me acerqué. Estaba de pie junto a la mesa y aún sostenía el parte. Se lo quité y lo dejé en su sitio. Le puse la mano en la cremallera del plumífero, a la altura del pecho. Olía a humo de carrasca y a frío.

—Lo del 18 sigue en vigor —dije.

Me miró la boca. Yo ya estaba de puntillas.

—¿Esto puntúa?

Lo dijo sonriendo. Tenía gracia. En la explanada habría hecho reír a cien personas.

Me quedé con los talones en el aire. Repasé lo que acababa de pasar. Yo había dicho una cosa y él le había contestado a la profesora.

Bajé los talones. Quité la mano.

—Abril. —Ya no sonreía—. Era una broma.

—Ya lo sé. Las distingo.

Cogí la mochila y el frontal. Él no se movió de junto a la mesa. Tampoco dijo nada más.

—Buenas noches, Villarroya.