Prohibido pedir deseos Capítulo 13 · Nacho
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Capítulo 13 · Nacho

Nacho

Dejé la leña en el suelo del pasillo. Con las manos libres no supe qué hacer, y las metí en los bolsillos.

Abril seguía junto a las cajas, con la regleta debajo del brazo.

—¿De cuántas asignaturas te matriculas?

—De tres.

—¿Las mismas cada año?

—Las mismas.

—Cuatro cursos por tres. Doce matrículas. —Movió un poco los labios—. ¿Cuánto cuesta cada una?

—Abril.

—Es para saber de qué tamaño es.

Se lo dije. Hizo la multiplicación sin papel y no dijo el resultado. Esa delicadeza no se la conocía.

—¿Puedo abrirlas?

—Son libros.

—Ya lo supongo. Te pregunto si puedo.

Nadie me había pedido permiso para tocar esas cajas. Tampoco las había visto nadie. Las traía el de la mensajería cada octubre. Yo le firmaba en la barrera, para que no subiera hasta la puerta, y las metía en el dormitorio que menos se usa.

—Puedes.

Me dio mi saco, que estaba encima. Sacó su anilla de alambre y rajó el precinto con la llave de la cúpula.

Fue de la caja más vieja a la más nueva.

De cada una salieron tres libros y un sobre, y los puso encima de mi colchón en tres montones: Mecánica, Electromagnetismo y Métodos Matemáticos. Cuatro de cada.

—Tienes cuatro veces el mismo libro.

—El de este año trae otra portada.

Comparó los dos lomos.

—Es la misma edición.

—En octubre llega el paquete y uno es estudiante hasta que lo abre —dije.

Era una gracia y no le hizo ninguna. Puso la cara de cuando una cámara le da un dato raro y todavía no sabe si es bueno o malo.

—¿Y primero?

—Primero lo tengo de Zaragoza. Me lo dieron por bueno.

—¿Por qué octubre de 2023?

—Me dio por ahí.

Lo dejó ahí.

—¿Cuándo son los exámenes?

—En febrero. En Teruel.

—Quedan nueve semanas. —Dejó la regleta encima de una caja vacía—. El sábado te dije que te debía una cosa y no sabía con qué se pagaba. Yo sé preparar exámenes. Di clases particulares toda la carrera. Es lo que sé hacer.

Eso mismo me había dicho ella a mí la noche del autobús, con otra cara.

—Mañana a las cuatro, en la sala de la estufa. Miércoles, jueves y viernes, dos horas cada día. Trae lápiz, que el boli no se borra. Empezamos por Mecánica.

Se paró sola. Se quitó las gafas, las miró y se las volvió a poner.

—Lo he vuelto a hacer. ¿Quieres?

—Claro.

—Eso es lo que le dices a Fermín.

—Quiero.

No sé si quería. Sé que tenía doce libros en tres montones encima de mi colchón y a ella delante, y que decirle que no me pareció peor que cualquier examen.

—¿Quién lo sabe?

—Tú.

—¿Tu madre?

—Mi madre cree que los martes subo para que no me encuentre nadie. Y es verdad.

—No es mío para contarlo —dijo—. No lo voy a contar.

Cogió la regleta y se fue. La leña la entré yo.

Los martes subía a estudiar. Lo digo así porque así me lo decía yo.

Abría el viejo Mecánica de Zaragoza por el tema uno, y a la media hora había un canalón atascado o una bisagra que pedía aceite.

El observatorio no ha estado nunca tan cuidado como los martes de estos tres años.

Si entraba un correo de Abril, lo contestaba antes de que se enfriara el café.

Cualquier cosa era mejor que el tema uno.

El miércoles llegué a las cuatro menos cinco y ella ya estaba. Había cargado la estufa, con tres troncos donde yo pongo dos, y había despejado la mesa. Encima había una hoja boca abajo, dos lápices con punta y su reloj, que se había quitado de la muñeca.

—Mecánica, febrero de 2024. Lo he bajado de la página de la universidad.

Era el primer examen al que no fui. Tenía la fecha arriba y los márgenes comidos por la impresora.

—El examen es de dos horas. Tienes una, sin libro. Yo estoy ahí.

Se sentó junto a la estufa con el portátil, de lado. No me miró en una hora. Lo sé porque yo a ella sí.

Lo corrigió delante de mí, a lápiz, sin hacer un ruido.

—Dos y medio.

—¿Sobre cuánto?

—Sobre diez. —Giró la hoja—. En el uno planteas bien y te comes un signo. El dos no lo has leído: te piden el tiempo y das la fuerza. El tres está en blanco. En el cuatro has puesto el resultado sin una cuenta, y el resultado está bien.

—Ese me lo sabía.

—Entonces lo has copiado de tu cabeza. No puntúa. Si no escribes el camino, yo no sé si lo sabes o si has tenido suerte.

—Lo sabía.

—Pues escríbelo. —Dejó el lápiz—. Para alguien que lleva tantos años sin hacer una integral, no es mal resultado. Para febrero es un suspenso.

No lo suavizó. Abril no sabe suavizar, y yo creo que tampoco quiere. En el bar, al que falla una jugada cantada se le dice «mala suerte» aunque haya sido burro. Ella te dice el signo que te has comido y en qué línea.

—El dos —dijo—. La cúpula. Cuando sueltas el botón, ¿cuánto tarda en pararse?

—Tres segundos. Algo más si hiela, que la grasa se pone dura.

—¿Por qué no se para en seco?

—Porque pesa dos toneladas y viene lanzada.

—Eso es el problema dos. Escríbelo con letras en vez de con toneladas.

Lo escribí. Tardé veinte minutos y salió.

No dijo «bien». Dijo «siguiente».

A las seis yo tenía la cabeza como cuando descargo el camión de la leña. Ella guardó el examen en una funda, con la fecha, y sacó una hoja en blanco.

—Ahora lo otro. El sábado empieza el puente y lo que hay en la mesa de Bielsa es la versión 2. Se rompió con un autobús.

—Se rompió conmigo.

—Con las dos cosas. —Escribió un cuatro arriba y lo rodeó—. No quiero más relojes. Mientras haya ventana lunar, los dos telescopios son míos. Cuando se acaba, el Pequeño es de las visitas. La ventana la calculo yo y la cuelgo en el tablón, en mi hora y en la del pueblo.

—¿Y en el puente?

—En el puente no hay lluvia y la Luna sale casi de día. No tengo nada que medir con los telescopios. El Pequeño es tuyo las tres noches.

—¿Entero?

—Entero.

Tres noches enteras, y yo no las había pedido. Me pareció un regalo. Tardé un momento en ver que era una cuenta bien hecha. La Luna no estaba, y Abril no reclama lo que no puede usar.

—Falta una línea —dijo— y no es mía.

Me pasó el lápiz.

Sabía cuál era. La escribí con mi letra en su papel: «Cien personas. Ni una más».

—Pon «sin excepciones».

—¿Ni alcaldes?

—Los alcaldes entran en «sin excepciones».

Lo puse. Me costó más que el problema dos.

El jueves fue igual y fue peor, porque ya sabía lo que venía. Me dio un cuaderno de tapas azules, nuevo. Hice seis problemas. Tres me los devolvió con un «otra vez» y uno con dos.

—Aquí pones «más o menos nueve».

—Es que sale nueve y pico.

—«Más o menos» no es una unidad. ¿Nueve qué?

—Metros.

—Por segundo. Sin eso, nueve es un número de la lotería.

Le dije que yo llevaba doce años apuntando un telescopio a ojo y que caía donde tenía que caer.

—Te he visto hacerlo —contestó—. En el examen no vale.

A las cinco puso el reloj boca arriba.

—Diez minutos.

Calenté caldo en el hornillo. Ella se quedó con el tazón entre las manos, sin beber todavía.

—¿Por qué lo dejaste?

—Se quemó la cocina del bar.

—Cuéntamelo.

—Marzo de 2010. Un sábado, a la hora del vermú. Mi madre tenía al fuego la sartén grande de los torreznos y salió a cobrar una ronda. Cuando volvió, el aceite había prendido y la llama estaba en la campana. La campana llevaba la grasa de treinta años. Subió por el tubo como por una mecha.

—¿Hubo heridos?

—Las cejas de Marcelino, que entró con un cubo cuando ya no hacía falta entrar.

Chema fue a la fuente con la manguera y la fuente estaba helada.

Los bomberos tardaron cincuenta minutos, que es lo que hay hasta Teruel si no te cruzas un tractor.

Para entonces lo había apagado la peña con el extintor del Ayuntamiento, que estaba caducado y funcionó.

El cabo pidió un café y no había dónde hacérselo.

Lo cuento bien. Lo he contado muchas veces, y en el pueblo cada uno tiene su trozo: Marcelino enseña la ceja y Chema hace lo de la manguera. Abril se rio en lo del extintor caducado. Ahí se ríe la gente que lee las etiquetas.

—¿Y tú?

—Yo estaba en Zaragoza, en la biblioteca de la facultad.

Me llamó Fermín, que entonces no era alcalde y ya llamaba por todo.

Cogí el último autobús a Teruel y de allí me subió la pareja de la Guardia Civil, que iba a hacer el atestado.

La cocina estaba negra hasta el techo. Mi madre barría. No lloraba ni decía nada. Barría.

—¿Cuánto estuvo cerrado?

—Tres meses. La obra la hicimos un albañil de Teruel y yo. Las baldosas de detrás de la plancha las puse yo. Hay una torcida y mi madre me la enseña todas las Navidades.

—Tres meses desde marzo es junio.

—Abrimos el 19 de junio. Vino medio Teruel.

—En junio hay exámenes.

—No estaba yo para exámenes.

—¿Y en septiembre?

Nadie me había preguntado nunca por septiembre. La historia acaba en junio, con el bar abierto, y ahí se levanta todo el mundo a pedir otra ronda.

—En septiembre había que pagar la cocina —dije—. No iba a dejar a mi madre sola con el crédito.

Eso también lo he dicho muchas veces. Sale solo.

Abril no me dio la razón ni me compadeció. Miró el reloj, que seguía encima de la mesa.

—Yo entré en esa facultad en septiembre de 2010.

Hice la cuenta. Ella ya la traía hecha.

—Quedan dos minutos —dijo, y se bebió el caldo.

Al acabar sacó la hoja del cuatro.

—La cola. Mientras yo mido, ¿qué hace la gente?

—Lo de siempre. Les cuento algo. Lo de las siete hermanas, que son siete y se ven seis.

—Lo cuentas mal.

—Llevo siete años contándolo.

—Dices que una no se ve y no dices por qué. Se llama Mérope. Las otras seis se liaron con dioses y ella se casó con uno de Corinto, un mortal. Dicen que se tapa de vergüenza.

—¿Eso dónde lo pone?

—En los libros que no son de Mecánica.

Escribió «la cola se entretiene con mitos». Hizo la palabra «mitos» con la misma letra con que escribe «enfoque».

El viernes, después de una hora de problemas, volvió a ponerme delante el tres, el que había dejado en blanco.

Lo leí cuatro veces. Era una escalera apoyada en una pared, que resbala. He subido a escaleras toda mi vida y no sabía por dónde cogerla.

Abril esperaba. Sabe esperar. Tenía el reloj encima de la mesa y no lo miraba, que es peor.

—No sabes empezarlo —dijo al rato.

—Dame un momento.

—Llevas doce. Di «no sé empezarlo» y lo empezamos por otro lado.

Eran tres palabras. En este pueblo soy yo el que sabe por dónde va la tubería de la plaza y qué viento trae agua. Esas tres no las tenía gastadas.

Me levanté.

—¿No huele a quemado? Voy a bajar, no vaya a ser la cocina otra vez.

Miró el reloj por fin.

—Quedan cuarenta minutos.

—Mañana hay ochenta comidas de feria y mi madre está sola con Jara.

Lo de las comidas era verdad. De todo lo que dije esa tarde fue lo único.

—La sesión es hasta las seis.

—Me los apuntas.

Los apuntó. La vi abrir su cuaderno mientras yo me ponía el plumífero. El mío, el de tapas azules, me lo llevé debajo del brazo, con el libro.

Bajó a las ocho y cenó en su mesa. No me habló de la escalera. Esperó a que se fuera la peña. Mi madre estaba en la cocina con la radio puesta, limpiando trufa para el día siguiente, y el bar entero olía a eso. A las once Abril dejó una hoja en la barra, al lado del grifo.

—La versión 4. Una página.

Venía de la impresora de arriba, con el margen comido. Tenía cinco líneas. Cuatro las habíamos escrito juntos, entre problema y problema. La quinta no la había visto.

«5. Ninguno compromete el tiempo ni el nombre del otro sin preguntar».

—Esta es nueva.

—La propongo yo. Si no la quieres, se discute.

—Es por el autobús.

—Es por el autobús. Es por el colegio de Teruel, donde me ofreciste delante de cuarenta y ocho niños sin decírmelo. Y es por la versión 3, que mandé con tu trabajo dentro y sin tu firma. Por eso pone «ninguno».

—Lo del colegio te dije que vale.

—Me dijiste «vale» el día 13. El 16 le dijiste «claro» a Fermín. —Lo dijo como el dos y medio, sin rabia—. No me fío de lo que dices. De lo que firmas voy a probar otra vez.

Ya había firmado ella, a la derecha. «A. Lasarte», y debajo la fecha con su hora: 4 de diciembre de 2026, 21:58 UT.

La leí una vez. Era corta y tenía razón, y yo acababa de dejarla con cuarenta minutos de clase y un chiste.

—¿No la lees otra vez?

—Ya está leída.

—Yo lo que firmo lo leo dos veces.

—Tú lo escribes.

Cogí el boli de las comandas y firmé a la izquierda, con la N. de un solo trazo, sin leerla dos veces.