Capítulo 12 · Abril
Abril
Orden nueva: revise los vientos del mástil antes de cada temporal. Antes, no después. A. Lasarte
El lunes a las ocho y diez había dos reseñas, y a las once y veinte había un colegio menos.
La segunda reseña era más corta que la primera.
«Una estrella. Nos tuvieron detrás de una cuerda, como en un museo.
Dentro del museo no había nadie». La había escrito alguien del sábado al que yo no llegué a ver la cara.
El alcalde la pegó en el grupo sin comentario.
Que el alcalde no comentara algo era una novedad, y la gente lo notó.
Lo del colegio lo oí desde mi mesa. A Nacho le sonó el móvil detrás de la barra y contestó con el trapo en el hombro.
—Sí, soy yo. Dígame. —Escuchó—. Cincuenta y cinco, lo tengo apuntado. El viernes. —Escuchó más—. No. Por el telescopio, no. Lo verían desde la cuerda. —Un rato largo—. No, no puedo decirle que el viernes vaya a ser distinto. Lo entiendo. Claro que lo entiendo.
Colgó. Cogió el lápiz de detrás de la oreja, abrió la libreta de las reservas y tachó una línea. No me miró. Tuve que preguntar.
—¿Quién era?
—El colegio de Alcañiz. El del viernes.
—¿Por las reseñas?
—Por la maestra de Teruel, la del día 13. Fue ella la que les dijo que vinieran. Que era lo mejor que habían hecho en el trimestre. —Guardó el lápiz—. Luego han leído lo otro y han llamado para preguntar. No les he mentido.
—No te he pedido que mintieras.
—Ya lo sé.
El colegio venía por una noche que había salido bien, y la noche había salido bien por él. Se iba por una norma que había escrito yo.
Esa tarde abrí la versión 3 y cambié la segunda línea. Donde ponía «mientras haya Luna» puse «durante la ventana lunar». Era lo exacto y arreglaba el sábado. Llevé el cursor a «Enviar». Al lado de mi firma seguía sin haber otra.
No la mandé.
El martes cerró La Osa y hubo Luna llena. Salió por encima del pinar a las cinco y cuarto, redonda, y estuvo arriba toda la noche.
El miércoles llegó la tabla.
La mandaba la diputada al director, con copia a Nacho y a mí. La Maribel no me había escrito nunca, y tampoco esa vez me escribió una carta. Mandó un cuadro.
Noches de la Muela, otoño de 2026. Entradas vendidas, asistentes, devoluciones.
Había una columna nueva, «Bajas», con tres apuntes: Ánimas, 40.
Sábado 21, 9. Colegio de Alcañiz, 55. En la de al lado, sin comentario, estaba también lo otro: «Fuera de lista, 17 de noviembre: 40».
Debajo, en otra fila: «Reseñas de una estrella: 2. Anteriores a noviembre de 2026: 0».
Al pie había tres líneas.
«El pleno de la Diputación vota el programa de 2027 el 21 de diciembre. Lo que se vota es este cuadro. Con ciento cuatro bajas en un mes, yo no sé defenderlo».
No protestaba. No pedía nada. Había puesto los números en columnas y me los había mandado en mi idioma.
Abrí «Osa_deuda» y añadí tres filas: dos reseñas, cincuenta y cinco niños y un cuadro. Por primera vez supe qué poner en la columna del acreedor. En la primera puse «Nacho». En la segunda, «Nacho, maestra de Teruel». En la tercera, «todos».
El jueves subí a cambiar discos. Bielsa tenía la puerta cerrada. Nacho estaba en la azotea, con una llave fija, tensando los vientos del mástil de las cámaras. Había aviso de temporal para el sábado.
Lo vi por el ventanuco, de rodillas contra el viento, comprobando cada tensor con la mano antes de apretar.
Me sonó el móvil a las doce y cuarenta. Era Elvira Aznar.
Elvira me llamaba dos veces al año, y las dos eran por papeles. Tenía cincuenta y dos años, un grupo de seis personas y dinero para cuatro.
—Abril. Te llamo yo antes de que te llegue por carta.
—Dime.
—Pedí la prórroga de seis meses, para que terminaras el artículo con contrato. Me la han denegado esta mañana. No hay partida.
—El contrato acaba el 31 de enero.
—Acaba el 31 de enero.
—Las Cuadrántidas son el 3. Me da tiempo.
—Te da tiempo a observar. A reducir los datos y a escribir, no.
—Lo escribiré igual.
—Sin sueldo.
—Sí.
—Lo siento. Lo he peleado.
—Lo sé. Gracias por llamar tú.
Colgué. La llamada había durado un minuto y cincuenta segundos. Miré el mosaico de las cámaras, que no hacían nada a esa hora, y lo miré un rato.
A partir del 1 de febrero yo era una persona con cinco noches de datos, dos meses de alquiler ahorrados y ningún sitio donde decir que trabajaba.
Saqué la cartera. El carné del instituto caducaba el 31 de enero, lo ponía en letra pequeña debajo de mi foto. Detrás seguía el décimo, para el sorteo del 22 de diciembre. Los miré los dos y los guardé en el mismo orden.
Nacho entró de la azotea con las manos rojas y la llave fija en el bolsillo. Se paró en la puerta.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Tienes la cartera abierta y aquí no se cobra.
La cerré.
—Que a partir de febrero voy a estar más libre que tu Pequeño un sábado con Luna.
No se rio.
—Tú no haces chistes de esos.
—Estoy aprendiendo.
Se quitó el gorro y le dio una vuelta entre las manos.
—Te he visto al teléfono por el ventanuco.
—Era de Zaragoza.
—¿Es malo?
—Es una fecha. Ya la sabía.
No preguntó más. Tampoco se fue enseguida. Llenó la cafetera, hizo café para dos y dejó una taza al lado de mi teclado.
—¿Has comido?
—No.
Sacó del bolsillo del plumífero un bocadillo envuelto en papel de aluminio, con el doblez de su madre. Lo partió por la mitad encima de la mesa y dejó una mitad junto a la taza. Luego volvió a la azotea, a los vientos.
Me bebí el café y me comí el medio bocadillo. Era de tortilla.
El viernes no subió ningún colegio. Subí yo, al anochecer, y lo encontré en la explanada guardando el escalón de madera de los críos.
—Lo he sacado esta mañana —dijo—. No me he acordado.
—Mañana bajo al bar.
—Bajas todos los días.
—A decirlo.
Dejó el escalón en el suelo.
—No hace falta que lo hagas delante de todos.
—Tú lo pediste delante de todos. Lo de los veinte.
—Me obligó Fermín.
—A mí me obligan dos reseñas y un cuadro. —Me subí la cremallera del forro—. ¿Vas a estar?
—Trabajo allí.
—Ya lo sé. Por eso pregunto.
—Voy a estar.
El sábado entró el temporal, con un cierzo que tumbó dos sillas en la plaza, y el mástil no se movió una décima.
Esa tarde bajé al bar. Con aquel viento no había visita.
Llevaba desde el lunes sin sentarme en mi mesa. Nadie la había ocupado. Seguía junto a la estufa, con el enchufe al lado, vacía en un bar lleno, y eso era peor que si la hubieran quitado.
Eran las siete y media. Estaban la peña, el alcalde, Toño, Marcelino con la perra y una mujer a la que Chema llamó Loli. Jara fregaba vasos. Pilar cortaba pan. Nacho estaba detrás de la barra.
Nadie me llamó Reglamento. Lo eché de menos, y eso no lo había previsto.
No me senté. Me quedé de pie junto a la estufa.
—Quiero decir una cosa y no sé hacerlo de otra manera.
El guiñote se paró. El televisor no.
—El día 18 escribí una norma. Nadie a menos de treinta metros de los telescopios y la explanada cerrada mientras hubiera Luna.
La escribí sola, a las cuatro de la mañana.
No le pregunté a Nacho, que es el que recibe a la gente.
No pregunté aquí. La mandé al director y a la fundación como si fuera solo mía.
Marcelino le rascó la cabeza a la perra.
—Ha costado dos reseñas, un colegio de cincuenta y cinco niños y un sábado con cincuenta y una personas detrás de una cuerda. Ese sábado yo no estaba midiendo nada. Me lo avisaron dos veces antes y no hice caso.
Jara dejó un vaso.
—La retiro desde hoy. Ya se lo he escrito al director y a la fundación. Hasta que haya otra, vale la que firmamos los dos.
—¿Y los telescopios? —preguntó Chema—. ¿Ya no los quieres?
—Los quiero. Cuando haya ventana voy a seguir pidiendo los dos. Eso no lo retiro. Lo que retiro es haberlo decidido por todos.
Hubo un silencio, de los de un bar, con cucharillas.
—El autobús lo pedí yo —dijo el alcalde—. Que conste.
—Y yo dije que sí —dijo Nacho, desde la barra. No lo dijo alto.
—Dígale a su hermana que suba el sábado que quiera —le dije a Loli—. No hay cuerda.
—Ya veremos —dijo Loli. Era justo.
—¿Y los móviles? —preguntó Toño.
—Como en la versión 2. El que enciende vuelve a empezar la cuenta de todos.
—Eso estaba bien.
—Eso no era mío.
No hubo más. Nadie aplaudió ni me dio la razón, y lo agradecí. Chema volvió a repartir.
Marcelino me miró desde su taburete.
—Bueno, Reglamento —dijo—. Pues ya está dicho.
Pilar salió de la barra con un plato hondo tapado con otro plato. No me lo dio en la mano. Lo dejó en mi mesa, en la de dos.
Me senté. Eran sopas de ajo.
—¿Cuánto es? —pregunté, por costumbre.
—Ya te lo diré.
A las once el bar se vació. Nacho vino a recoger el plato y no lo recogió.
—Lo tuyo lo has dicho mejor que yo lo mío.
—Lo tuyo han sido cinco palabras.
—Las has contado.
—Siempre.
Se quedó de pie, con el trapo en la mano.
—A ti te hice aplicar delante de tu gente una norma que no habías escrito —dije—. Eso te lo debo.
—Yo te debo una ventana.
—No se compensan.
—No.
—Y sigo sin fiarme de lo que dices. Eso no lo arregla un plato de sopas.
—Ya.
Recogió el plato.
El domingo escribí al colegio de Alcañiz. Le pedí a Nacho la libreta de reservas. Me la dejó abierta por la línea tachada y no preguntó para qué.
No era una solicitud. No llevaba sello ni número de registro, y empezaba por «Les pido».
Les decía que la norma por la que habían cancelado era mía y que estaba retirada.
Que si querían subir antes de Navidad, el guía era el mismo de la maestra de Teruel, y que yo les enseñaría una piedra entrando en el aire a treinta kilómetros por segundo.
Tardé una hora en escribir once líneas.
El lunes la diputada contestó a mi retirada con una línea: «Recibido. El cuadro se cierra el 15 de diciembre». El director contestó con dos palabras. Tomaba nota. El colegio contestó que lo llevarían al claustro.
El martes La Osa cerró y subí a la Muela a por mi regleta.
La había dejado en el módulo B el 31 de octubre, entre los dos colchones, y la necesitaba para la mesa del bar. En la sala común no estaba. Alguien había recogido: los colchones ya no estaban junto a la estufa y el saco de Jara tampoco.
Abrí la puerta del primer dormitorio. Hacía el mismo frío que fuera. Estaban los dos colchones contra la pared, mi regleta enrollada encima y, al lado de la ventana, cuatro cajas de cartón.
Estaban una encima de otra, del mismo tamaño, con el precinto entero. Encima de la cuarta había un saco de dormir doblado, el de Nacho.
No las habría mirado si hubieran estado abiertas. Una caja cerrada cuatro veces era una serie.
Cada una tenía pegada la etiqueta de la mensajería.
El destinatario era el mismo en las cuatro: «I.
Villarroya Gascón. Observatorio de la Muela.
Torrelucero, Teruel». La inicial no era una N.
En tres años yo no había preguntado por la N.
, y resultaba que ni siquiera era la suya.
El remitente era también el mismo: la librería de la universidad a distancia.
Debajo, a máquina, el contenido. «Grado en Física.
Material del curso 2026-2027». La de debajo, 2025-2026. La otra, 2024-2025.
La de abajo del todo decía 2023-2024, y tenía la fecha de envío. Octubre de 2023.
Leí la fecha dos veces.
Oí la carretilla en el pasillo. Nacho entró con leña en los brazos y se quedó en la puerta del dormitorio, igual que se había quedado en la de la sala el día del cajón.
—¿Buscabas algo?
—Mi regleta.
—Está ahí.
—Ya la he visto. He visto también lo de al lado.
No dejó la leña.
Esta vez no esperé sentada.
—¿A cuántos exámenes te has presentado?
—A ninguno.