Prohibido pedir deseos Capítulo 11 · Abril
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Capítulo 11 · Abril

Abril

El mástil se ha movido. Lo sé porque el horizonte ha cambiado tres décimas de grado en las cinco cámaras a la vez. Explíqueme qué ha pasado. A. Lasarte

Había bajado a treinta por hora. En la segunda curva me di cuenta de que seguía notando en los hombros el peso de una manta que ya no llevaba. Abrí la ventanilla hasta el pueblo.

No me acosté. Subí los diecinueve peldaños, dejé la cámara de vídeo en su caja encima de la cama y abrí el portátil con el abrigo puesto. Tenía las cuentas hechas desde la carretera.

La campaña tenía tres ventanas lunares. La de las Leónidas, que era la única de cometa, había durado una hora de cuatro.

Quedaban dos, las dos de asteroide: las Gemínidas, el 13 de diciembre, y las Cuadrántidas, el 3 de enero.

La comparación de cometa y asteroide en la Luna ya no la iba a tener.

Si perdía otra ventana, me quedaba una sola, y con una sola el artículo era medio artículo.

Repasé las versiones. La de la servilleta decía «hablando».

La 1 era mía y había fallado por mis normas.

La 2 era un reloj, una página y la palabra de un hombre, y había durado veinte horas y cuarenta minutos.

Las tres dependían de que alguien hiciera lo que había dicho.

Yo necesitaba una que no dependiera de nadie.

Me salieron dos líneas.

«1. Nadie a menos de treinta metros de los telescopios. 2. Explanada cerrada mientras haya Luna».

Los treinta metros no los había redondeado. Durante la primera hora de la noche, con sesenta y dos personas en la linde del pinar, la imagen no se había movido. La linde estaba a treinta metros del Pequeño.

Con la segunda línea dudé. Lo exacto era escribir «durante la ventana lunar». Pero una ventana había que calcularla, y calcular era interpretar. El martes alguien había interpretado una hora. La Luna encima del horizonte la veía cualquiera sin preguntarme.

Hubo una tercera línea durante dos minutos: «El técnico no acepta visitantes fuera de lista». La borré. Aquello era pedirle algo, y pedirle algo era volver a depender de que lo hiciera.

Debajo puse la fecha de entrada en vigor, que era ese mismo día, y mi firma. La plantilla dejaba al lado un hueco para la suya. Lo borré también.

A las 03:58 UT, que en el pueblo eran casi las cinco, la mandé al director y a la dirección de la fundación, con una frase: «Sustituye a la versión 2, incumplida el 17 de noviembre a las 19:10 UT». A él no se la mandé. No nos escribíamos desde octubre, y además no era una consulta.

De lo de las tres de la mañana no escribí nada en ningún sitio. No había campo.

Dormí tres horas.

A las diez Pilar me puso el café con leche sin decir nada, que era lo normal, y sin mirarme, que no lo era. En la barra no estaba Nacho.

Bielsa había contestado a las nueve y cuarto: «Recibido. Entiendo que el técnico está de acuerdo».

Contesté: «El técnico no ha sido consultado».

A los dos minutos: «Tomo nota».

De la fundación no llegó nada. A mediodía me pareció una buena señal. No se me ocurrió pensar a quién estarían llamando.

Nacho entró a la una con una hoja impresa. Tenía cara de no haber dormido y la barba un día más larga. Puso la hoja encima de mi teclado.

—Me la ha mandado la Maribel. Dice que si esto es una broma.

—No lo es.

—Ya se lo he dicho yo.

No se sentó. Leyó las dos líneas en voz alta, como si no las hubiera leído ya.

—Treinta metros es la linde del pinar. Desde ahí el Pequeño es un bulto.

—Desde ahí no lo mueven.

—El sábado suben sesenta. Familias. Han pagado por mirar.

—El martes habían pagado ciento dos.

No contestó a eso. Yo sabía que no iba a poder, y por eso lo dije.

—Lo del autobús te lo tenía que haber dicho a las cinco —dijo al rato.

—Me lo tenías que haber dicho el lunes a las once y media, antes de contestar que sí. A las cinco ya estaba hecho.

—Ya.

Pasó el dedo al lado de mi firma, donde había estado el hueco.

—¿Tengo que firmarla? —preguntó.

—No hace falta. No es un acuerdo.

—Ya lo veo. —Dobló la hoja por la mitad—. La voy a aplicar, que me toca. Pero te has dejado una cosa. El sábado la Luna está casi llena. Tú con la Luna llena no mides nada. Lo pone en tu programa.

—No es una norma para el sábado. Es una norma.

—Abril.

—No te he preguntado, Villarroya. El lunes pactamos una hora y la firmaste. Me duró un día. Esta no necesita que digas que sí.

Se guardó la hoja en el bolsillo del plumífero, donde guardaba todos los papeles que no sabía dónde poner. Pilar, desde el fregadero, miraba el grifo.

—Vale —dijo Nacho, y se fue a la cocina.

El jueves subió Bielsa. Me recibió de pie, con el termo en la mano.

—La fundación me ha llamado tres veces, doctora.

—¿Y qué le ha dicho usted?

—Que tomo nota. —Se sentó—. La Maribel dice que si quiere usted guerra de papeles, ella tiene un convenio. Yo no quiero guerra de nada. Yo en diciembre tengo que mandar a la Diputación cuánta gente ha subido, y con eso votan lo del año que viene. A mí el número me da igual. A ellos, no.

—La versión 2 la incumplieron ellos.

—Sí. Por eso no le digo que la retire. —Abrió la carpeta de gomas y metió mis dos líneas dentro—. Tampoco le digo que la deje.

Bajé sin saber qué me había dicho, que era lo que él quería.

Esa misma mañana, a las nueve y dos, me había vibrado el móvil. El alcalde me había metido en «Torrelucero Oficial». No había escrito por qué. Lo entendí enseguida: era la manera de que yo leyera lo que se decía sin que nadie tuviera que venir a decírmelo.

Lo anterior no se veía. Me lo enseñó Jara en su móvil, apoyada en mi mesa, pasando con el dedo.

Había ciento cuarenta y dos mensajes desde el miércoles.

Chema: «¿Treinta metros? Desde treinta metros Saturno no tiene ni raya».

Una tal Loli: «El sábado suben mi hermana y los críos desde Teruel. ¿Les digo que traigan prismáticos o que no vengan?».

Toño: «A mí me cogió la alarma. Algo de razón tendrá».

El alcalde: «Calma. Es provisional. Estamos en ello».

Nadie estaba en ello.

Amparo Marqués, que no era del pueblo pero estaba en el grupo: «Nosotros subimos el martes. Esa chica les dio el telescopio a los de Calamocha con sus propias manos, y era suyo. Algo le habrán hecho».

Jara: «Lo ha escrito ella sola. Mi primo no lo ha firmado».

Chema: «Pues que lo firme la Luna».

Pilar no había escrito nada. Tenía puesto un pulgar en el mensaje de la tal Loli.

Lo leí entero dos veces. Luego hice lo que sabía hacer, que era contestar con un dato. Escribí: «Treinta metros es la distancia a la que sesenta y dos personas no movieron la imagen del telescopio durante 45 minutos. No es una opinión. A. Lasarte».

Tardaron cuatro minutos.

Chema: «Ha firmado un wasap».

Loli: «Entonces que no vengan».

Nadie más contestó a lo que yo había dicho. Contestaron a que lo hubiera dicho.

El viernes Jara subió a mi cuarto con las toallas y el silbato.

—Lo de los treinta metros lo entiendo. Lo de la Luna no lo has pensado.

—Lo he pensado. La ventana hay que calcularla, y el martes alguien la calculó por mí.

—El sábado hay Luna casi llena hasta las cinco de la mañana. Tú con esa Luna no haces nada. Lo dice mi primo y no le has dicho que no.

—Si pongo excepciones, alguien las interpreta.

—El martes fue mi primo. La norma se la pones a cincuenta que no han hecho nada.

—Una norma es eso. Se pone para todos.

—Las tuyas. —Dejó las toallas en la cama—. A mí no me mires, que yo te ayudo igual. Pero esto no va a salir regular. Esto va a salir mal.

Se fue. No cambié nada. Tenía dos líneas que no dependían de nadie, y me parecía que eso era justo lo que había que proteger. Alguien tenía que decidir. Me lo dije con esas palabras y me bastó.

El sábado por la mañana Pilar habló, que era raro. No levantó la vista del cuchillo.

—Hoy tenía seis comidas de los que suben por la noche. Me han llamado cuatro para quitarlas.

No dijo más. Dejó el café en mi mesa y volvió al pan.

En «Osa_deuda» añadí una fila: cuatro comidas.

El sábado subieron cincuenta y una personas.

La Luna estaba al ochenta y nueve por ciento y tan alta que la explanada tenía sombras. Yo no tenía nada que medir. Con esa luz la parte oscura era una rendija y un destello no se distinguía. Había subido por las cámaras y por estar. Me pareció que una norma mía tenía que verla aplicar yo.

A las seis medimos los treinta metros. Yo llevaba la cinta métrica. Nacho cogió el otro extremo sin que se lo pidiera y fue andando hacia el pinar hasta que le dije que parase. No nos mirábamos. Los dos sujetábamos la misma cinta y ninguno tiró.

—Una duda —dijo desde la otra punta—. El baño.

—¿Qué le pasa?

—Que está en el pasillo de la sala. A doce metros del Grande.

—Que usen el del módulo.

—El del módulo no tiene luz.

—Con linterna roja.

—¿Los críos también?

—Acompañados.

—Vale. Otra. El techo del Pequeño lo tengo que correr yo. Y recogerlo. Eso es a cero metros.

—Tú eres personal.

—No lo pone.

Tenía razón. Saqué el rotulador y añadí a mano, debajo de las dos líneas: «3. Excepto personal».

—¿Y Jara?

—Jara también.

—¿Lo pones?

Lo puse. La norma que no dependía de nadie tenía ya dos excepciones y una letra distinta.

Tendió la cuerda en la marca.

—¿Corro el techo del Pequeño?

—No se puede usar.

—Para que lo vean.

—Córrelo.

Detrás de la cuerda se quedaron los coches y las familias, con las mantas. En medio de la parte cerrada estaba el Pequeño, solo, con el techo corrido. A treinta metros y con aquella Luna parecía un mueble tapado.

Nacho hizo la cuenta de los veinte minutos, aunque con la Luna no servía de mucho. Contó lo del Toro y lo de las siete hermanas. Lo contó bien. Un niño levantó la mano.

—¿Y por qué no podemos ir hasta el telescopio?

—Porque hay Luna.

—¿Y qué le pasa a la Luna?

Nacho tardó. Yo estaba en la puerta de la sala, a contraluz del rojo, y me vio.

—Que esta noche manda ella.

No dijo quién.

Un hombre con dos críos cogidos de la mano levantó el brazo desde la cuerda, como en clase. Me acerqué yo. El hombre no estaba enfadado. Quería enterarse.

—Perdone. ¿Usted es la científica?

—Sí.

—¿Y qué están midiendo esta noche?

Podía haberle hablado de la campaña, de las ventanas o del martes. Me preguntó por esa noche.

—Esta noche, nada. La Luna está demasiado llena.

—¿Entonces por qué no podemos acercarnos?

—Porque la norma no distingue noches.

—¿Y quién ha puesto la norma?

—Yo.

Me miró un momento. Luego miró a los críos, que miraban el mueble tapado.

—Pues muy bien —dijo, y se dio la vuelta con ellos.

La cría pequeña hizo un catalejo con las dos manos y miró el telescopio por el agujero.

Lo apunté en el cuaderno, con la letra de siempre: «Sábado 21. Luna al 89 %. Ventana: ninguna. Explanada cerrada. Asistentes: 51». Leído así no se sostenía. Lo vi. No lo cambié esa noche. Ya había tenido tres normas que cambiaban en cuanto alguien preguntaba.

Se fueron a las once. La entrada ponía hasta la una.

Nacho recogió la cuerda sin ayuda. Tenía las manos rojas del nailon. Miré hacia otro lado. Cuando pasó junto a mí con el rollo al hombro pensé que iba a decir algo. Yo tenía una respuesta preparada.

—¿Hago el parte o lo haces tú?

No era la pregunta para la que yo tenía respuesta.

—Hazlo tú.

Desde el miércoles el parte lo rellenaba él entero. Yo subía a cambiar los discos por la mañana, cuando no estaba, y me encontraba la hoja en la mesa con los cinco campos de su letra. En observaciones ponía siempre lo mismo: «Ninguna».

El domingo por la mañana terminé de contar el martes.

Las cámaras habían seguido solas hasta el amanecer: ochenta y una Leónidas limpias, once con espectro bueno.

Las tomas veladas por las dos pasadas del autobús eran de antes de que saliera el León y no me quitaban ninguna.

Los coches de la una habían velado unos minutos la 2 y la 4, y las otras tres habían seguido limpias.

Era una noche de cámaras completa, y la apunté como completa.

En la casilla de la ventana lunar puse: «70 minutos de 240. Sin destellos. No válida».

A las once el alcalde pegó un enlace en el grupo. Debajo escribió: «La primera en siete años».

Era la ficha de las Noches de la Muela, con sus cuatrocientas y pico opiniones de cinco estrellas. Arriba del todo había una nueva.

«Una estrella. Fuimos el sábado con los niños. Pagamos 28 euros por cabeza para ver un telescopio desde treinta metros, detrás de una cuerda. El guía es un diez y se nota que no es cosa suya. Preguntamos qué se medía esa noche y nos dijeron que nada».