Capítulo 10 · Nacho
Nacho
Los Marqués llegaron los primeros, a las siete menos diez, con la tortilla en el asiento de atrás.
—¿Ves como sí? —dijo Amparo, y esta vez se bajó a darme los dos besos.
Las Leónidas las tenían. Se lo había dicho yo en la barrera, hacía dos semanas y media, sin saber si era verdad, y había salido verdad. A veces pasa. Uno dice que sí, luego las cosas se ordenan solas y resulta que no ha mentido. Yo llevo media vida fiándome de eso.
A las seis había llamado Bielsa a la sala, desde Teruel, para saber si el papel estaba en su mesa. Estaba. Una página, dos firmas y mi «De 7 a 11» al margen. Dijo «pues adelante» y colgó deprisa, no fuera a tener que opinar.
La noche venía rasa, con el aire quieto y media Luna alta por el sur.
Las Leónidas no salen hasta pasada la medianoche, cuando asoma el León por detrás del pinar, y eso hay que contárselo pronto a la gente para que no se pase cuatro horas mirando al sitio equivocado.
Se lo conté. Había sesenta y dos personas, y las puse donde las pongo siempre que no hay telescopio, en la linde del pinar, que es donde menos aire corre.
A las siete y cinco empecé la cuenta de los veinte minutos.
A los nueve minutos alguien encendió un móvil.
—Desde cero.
Protestaron sesenta y uno. Al dueño del móvil no hizo falta decirle nada.
Funcionaba. Una página, y funcionaba.
Abril estaba en la sala de control con sus dos pantallas. En una tenía el Grande y en otra el Pequeño, y en las dos se veía el mismo trozo de Luna oscura. A las siete y media le llevé un caldo y un trozo de tortilla en una servilleta.
—De parte de los Marqués.
—¿Quiénes son?
—Los de Valencia. Los que se volvieron en la barrera.
—¿Y me mandan tortilla?
—Aquí se manda.
No miró ni el caldo ni la tortilla. Miraba las pantallas como mira mi madre una olla, sin fiarse.
—¿Va?
—Van los dos. —No apartó los ojos—. Es la primera vez.
—¿La primera vez de qué?
—Que tengo dos telescopios apuntando a lo mismo con la Luna así. En tres años.
No levantó la voz. Tenía la mano encima del ratón, quieta, y no la movía.
En la pantalla del Grande saltó un punto blanco y se apagó. Me incliné.
—¿Eso?
—Nada. Un rayo cósmico que ha dado en el sensor. —Señaló la otra pantalla, donde no había saltado nada—. En el Pequeño no está. Para eso hacen falta dos.
—¿Y si sale en los dos?
—Entonces te aviso.
Nunca me había prometido ella nada a mí.
Me quedé en la puerta un momento más de la cuenta, con la boca abierta. No me salió nada.
Salí.
A las ocho menos cuarto oí el motor. Un autobús subiendo en segunda no suena como un coche. Bajé corriendo hasta la entrada de la explanada, con la linterna roja, y le hice señas al conductor para que quitara las luces. Las quitó tarde.
Se abrieron las puertas y se encendieron las luces de dentro.
—¡Desde cero! —gritó uno de los sesenta y dos, que ya se sabía la norma.
Desde cero. Nadie supo a quién echarle la culpa.
El primero en bajar fue Fermín.
—¡Nacho, majo! Cuarenta, como te dije. Los de Calamocha.
La cuenta me la había hecho él la noche antes, por teléfono, cuando yo acababa de firmar.
La Maribel lo había llamado el día del simulacro.
Yo le debía a ella cuarenta entradas de Ánimas, mil ciento veinte euros, y ella tenía cuarenta jubilados de Calamocha que querían ver estrellas antes de que nevara.
Fermín me había juntado veinte vecinos un miércoles de noviembre.
Entre lo que le debía a una y lo que le debía al otro, no encontré por dónde decir que no. Dije lo que digo.
El horario no me lo dio hasta por la mañana. El conductor tenía que estar en Calamocha antes de las doce, por las horas de volante. A las diez, el autobús para abajo. El Pequeño era de las visitas a partir de las once.
Cuarenta personas que habían pagado por mirar por un telescopio se iban a ir una hora antes de que hubiera telescopio. Eso lo sabía yo desde las nueve de la mañana. Tuve el día entero para subir y contárselo a Abril.
Subí a las cinco. Estaba destapando el Pequeño.
—He dejado la versión 2 en la mesa de Bielsa —dijo—. Con tu «De 7 a 11».
—¿Te molesta?
—No. Nunca había llevado un papel mío la hora de otro.
Lo dijo mirando la tapa, no a mí. Yo traía la frase preparada desde la carretera: «Abril, ha salido una cosa». No la dije. Le pregunté si le parecía que iba a entrar cierzo.
—Eso lo sabes tú —contestó, y casi se rio.
Hablamos del viento.
A los de Calamocha los puse al fondo, detrás de los sesenta y dos, lo más lejos que pude de la puerta de la sala.
Repartí las mantas que quedaban, que eran pocas.
Les hablé bajo. Saqué los dos prismáticos de la fundación y a los cinco minutos había una cola para cada uno.
Con cien personas a oscuras nadie cuenta cabezas.
Nadie menos una, y esa estaba dentro, mirando dos pantallas.
—¿Por qué hablamos bajo? —preguntó un hombre con audífono—. ¿Hay alguien durmiendo?
—Hay una científica trabajando.
—¿Y no sabe que hemos venido?
—Está muy concentrada.
Fermín quiso presentársela. Venía orgulloso, con cuarenta personas a su cuenta, y le parecía de mala educación no saludar.
—¿Dónde está la doctora? Que la conozcan, hombre. Un momento solo.
—Ahora no se puede, Fermín. Está midiendo.
—Pues por la ventana.
Me puse entre él y la puerta. Luego hubo tres que pidieron el baño.
El del observatorio está en el pasillo de la sala, a cuatro pasos de la silla de Abril.
Los llevé al del módulo, al fondo de un pasillo sin calentar, los tres juntos y con la linterna.
Tardé diez minutos. Cuando volví, los demás ya no estaban donde los había dejado.
Amparo Marqués sí contó.
—¿Y estos? ¿No era con lista?
—Ha salido así.
—A nosotros en Ánimas, ni con las luces apagadas. —No lo dijo enfadada. Lo dijo como quien apunta un precio—. Ya veo que hay noches que se firman y noches que no.
La presidenta del hogar se llama Encarna, lleva bastón y no ha perdido una cola en su vida.
—¿Y el telescopio, joven?
—A las once.
—A las diez nos vamos.
—Ya. Ahora lo arreglo.
—Pues mientras lo arreglas, vamos cogiendo sitio.
Una cola de jubilados no se forma. Aparece. A las ocho y diez había cuarenta personas en fila delante del Pequeño, pegadas unas a otras por el frío y dando pisotones para calentarse los pies. La losa del Pequeño es la misma losa de la explanada.
Probé a moverlos. Les conté lo de las Pléyades, que ya estaban altas sobre el pinar y son siete hermanas de las que solo se ven seis. Se volvieron a mirarlas sin salirse de la fila. Encarna apoyó el bastón en la montura, que era lo que le pillaba a mano.
Se abrió la puerta de la sala. No hubo portazo. Abril no da portazos. Cruzó la explanada con el frontal en rojo, se paró a dos metros de la cola y contó. La vi contar. Mueve un poco los labios.
—Nacho.
—Dime.
—Hay ciento tres.
—Cuarenta de Calamocha y Fermín.
—La lista es de sesenta y dos.
—Sí.
—El Pequeño se me mueve desde hace doce minutos. La imagen baila, y hace un momento ha dado un salto. Ya no mira donde mira el Grande.
Encarna quitó el bastón de la montura.
Fermín se acercó con las manos abiertas.
—Maja, no te enfades con él. Se lo pedí yo anoche, y bien tarde que lo llamé. Me dijo que claro, que sin problema.
Abril no miró a Fermín. Me miró a mí. Esa cara se la había visto una vez, delante de un cajón.
—Anoche —dijo—. A las once y media. Yo acababa de escribir en la cinta.
—Sí.
—Y dos horas antes me habías dicho «mañana los tienes».
—Los tenías. Hasta las once. Pensé que cabía todo.
—¿A qué hora se van?
—A las diez.
—¿Desde cuándo lo sabes?
—Desde esta mañana.
—Y el Pequeño no es de las visitas hasta las once. —Hizo la cuenta delante de mí, despacio, que es peor que un grito—. Desde esta mañana sabías que o me lo quitabas a mí o se lo negabas a ellos. Has subido a las cinco y me has hablado del viento.
No había nada que contestar. Era exacto.
—Señorita —dijo Encarna—, ¿la que manda es usted? Porque hemos pagado veintiocho euros y este joven dice que ahora.
Abril miró a los cuarenta. Estaban tiesos de frío, con los gorros calados, y la mitad no tenía manta. Miró el Pequeño. Miró la Luna.
—Dame una hora —dije—. Los paso de cinco en cinco, a las nueve y media he acabado y lo vuelves a montar.
—Montar y enfocar son dos horas. A las once y media la Luna está a trece grados. —Lo dijo como se lee un parte—. La ventana se ha acabado a las ocho y diez. He tenido una hora de cuatro.
Fue hasta el Pequeño. La cola le abrió paso. Arrancó la cinta, la que decía «HASTA LAS 22:00 UT», y esta vez no la dobló. Desenroscó su cámara, enrolló el cable y puso mi ocular.
—Que miren. Ellos no tienen la culpa.
Pasó a mi lado con la cámara contra el pecho.
—Enfoca tú. Es lo que sabes hacer.
Enfoqué. Cuarenta veces, dos dedos y un cuarto de vuelta.
Por la puerta abierta la vi guardar la cámara en su caja, con el cable enrollado en ochos, como lo guarda todo.
Encarna dijo que la Luna tenía viruela y que por veintiocho euros ya podían haberla limpiado.
A las diez menos diez el autobús arrancó con las largas, porque el conductor no era de aquí y yo no le había dicho nada, y barrió la azotea de lado a lado.
Fermín se asomó por la ventanilla antes de la primera curva.
—¡Ha salido redondo, majo!
Levanté la mano. No le dije que no.
A las diez pasaron los sesenta y dos. El papel decía a las once, pero ya no quedaba nada que guardar.
Los Marqués vieron la Luna. Pasada la medianoche empezaron a entrar las Leónidas, largas y rasantes al principio, y la gente gritó como grita siempre.
Yo dije lo de la estrella y el deseo. Lo dije mal.
A la una se fue el último coche.
Podía bajar. Abril tenía llaves, sabía cerrar la cúpula y tenía sus diez pasos apuntados. No hacía falta que me quedara. Me quedé.
Estaba en la silla buena, delante del mosaico de las cinco cámaras. La otra pantalla seguía encendida, con el Grande apuntando al sitio por donde se había puesto la Luna.
—¿Lo apago?
—Un telescopio solo no confirma nada. —No se volvió—. Apágalo.
Lo apagué. Cerré la cúpula yo, que por lo menos eso sabía hacerlo sin estropear nada.
Saqué la hoja del parte. Puse las nubes, el viento y la humedad. Luego dije lo que no tenía que haber dicho.
—En incidencias, ¿qué pongo? ¿«Cuarenta de Calamocha» o «uno de Torrelucero»?
No se rio. Ni siquiera hizo como que no lo había oído, que habría sido una manera de perdonarlo.
—Pon las dos. Y la hora. Las ocho y diez.
Las puse.
Estuvimos dos horas sin hablar. Ella marcaba Leónidas en el mosaico y yo no tenía nada que marcar.
Le dejé el termo al lado del teclado. El día de Bielsa le dejé un café en ese mismo sitio y se lo bebió entero.
El termo no lo tocó. La tortilla de los Marqués seguía en su servilleta desde las siete y media.
A las dos el termo se había enfriado y me lo bebí yo.
A las tres menos algo se le encendieron las cinco cámaras a la vez.
—Esa deja estela —dijo, y salió.
Fui detrás, con la manta. Fuera ya no había Luna. La estela se había quedado colgada encima del pinar, verde, torciéndose despacio con el viento de arriba. Abril la miraba con el forro polar y nada más.
La noche de las Oriónidas le colgué una manta en el respaldo de la silla, sin rozarla. Esta vez se la puse yo, por los hombros, y me quedé con las dos puntas en las manos, a la altura de su cuello.
No se apartó. Se dio la vuelta dentro de la manta.
Estaba a un palmo. Tenía la nariz roja y no hacía nada por taparse. Me miró la boca. Lo sé porque yo le estaba mirando la suya.
Me acerqué, o se acercó ella. A esa distancia no se distingue.
—No.
No se echó atrás. Lo dijo ahí, a un palmo.
—Hoy me has costado la primera ventana con dos telescopios que he tenido. Anoche me dijiste «mañana los tienes» y dos horas después le dijiste que sí a otro.
—Abril.
—No he acabado. Me apetece. No quiero nada con alguien que me acaba de costar una observación.
Solté las puntas de la manta.
Busqué algo que decir. Lo único que encontré fue un chiste, y no lo dije.
Se quitó la manta, la dobló en cuatro y me la dio.
—¿Cuántas llevas? —pregunté.
—Veintidós Leónidas limpias. Las cámaras siguen solas hasta que amanezca. —Volvió a la sala y cogió la mochila—. La noche no se ha perdido. Se ha perdido la Luna. No es lo mismo, y lo sé yo. No hace falta que me lo expliques.
—Falta el parte.
—Rellénalo tú. Los campos te los sabes.
Oí el Ibiza hasta la segunda curva.
La hoja estaba en la mesa, con cuatro campos rellenos de mi letra. En el quinto no puse nada.