Capítulo 9 · Abril
Abril
El jueves a las nueve menos veinte bajé a desayunar y Marcelino, desde la barra, me dijo:
—Buenos días, Reglamento.
Tardé cuatro segundos en entender que era yo. Miré a Pilar. Pilar dejó el café con leche en mi mesa y no aclaró nada.
Me lo aclaró Jara, que llevaba el silbato colgado del cuello.
—Desde anoche. Lo puso el alcalde en el grupo y a las doce y media ya lo decía mi tía.
—Era un protocolo. Un reglamento es otra cosa. Lo aprueba un órgano.
—«La Protocolo» no hay quien lo diga.
—Eso es verdad.
Lo pensé con el café. El miércoles yo le había pitado a una mujer de ochenta y cuatro años y la había tenido dos horas y media esperando. Como mote, me salía barato.
—¿Me lo devuelves? —Señalé el silbato.
—No. —Se lo metió por dentro del jersey—. Tú con esto eres un peligro.
Toño entró a por tabaco y levantó la mano hacia mi mesa, que era más de lo que había hecho nadie en tres semanas. Pilar puso delante de mí un plato con una tortilla francesa.
—No he pedido nada.
—Los huevos son de la Benita. Ha traído media docena para ti a primera hora.
—¿Por qué?
Pilar me miró como si la pregunta estuviera mal hecha.
—Porque vio la raya.
Al coger el tenedor me vi la mano derecha. Tenía en el dorso una raya roja, fina, que el miércoles por la tarde no estaba. Era de una grieta de las manos de Nacho. No me la froté.
Abrí «Osa_deuda». En la fila de los veinte vecinos puse: tortilla, la del miércoles. Añadí otra fila debajo: seis huevos, Benita. La columna del importe seguía vacía en todas. Me comí la tortilla.
Bielsa subía los jueves. Fuimos los dos. La versión 1 estaba donde yo la había dejado el martes, en mitad de su mesa, cuadrada con el borde.
En el pasillo, antes de llamar, me paré.
—¿Vas a decir algo ahí dentro?
Era la misma pregunta de hacía tres semanas, en el mismo pasillo. La otra vez se la había hecho de usted y él había contestado que lo que le preguntaran.
—Que no vale. Te lo dije anoche.
—Lo dijiste anoche. Por eso pregunto.
No protestó. Llamó él.
El director había leído la primera página y la última.
—Firmado por los dos. Pues esto ya está.
—No está. Lo probamos anoche y no funciona.
—¿Y hacía falta probarlo?
—Sí.
—Doctora, yo pedí un papel firmado. No pedí que funcionara.
—No funciona, Anselmo —dijo Nacho—. Lo vi yo. Y lo había firmado yo.
Bielsa nos miró por encima de las gafas, primero a uno y luego al otro, como si hubiéramos cambiado de silla.
Cogí el original de su mesa.
—El martes tendrá otro.
—O el mismo. A mí me da igual cuál.
El viernes subió un colegio de Teruel. Eran cuarenta y ocho niños de quinto y sexto, dos maestras y un conductor que no se bajó del autobús. Subí a mirar y llevé el cuaderno. Quería saber cómo lo hacía él.
No colgó ningún cartel. Los juntó en la explanada cuando ya casi no quedaba luz y les habló sin levantar la voz.
—El ojo tarda veinte minutos en aprender a ver de noche. Veinte. Si alguien enciende algo, lo que sea, un reloj, todos los ojos vuelven a empezar. No es un castigo. Es que el ojo es así. Empezamos ya.
A los seis minutos un niño encendió un reloj. Cuarenta y siete niños se volvieron contra él. Nacho no lo riñó. Miró la hora.
—Desde cero. ¿Cómo te llamas?
—Hugo.
—Pues desde cero, Hugo. Ahora los veinte minutos son tuyos. Cuídalos.
No hubo segundo reloj. Hugo se encargó.
Hablaba cada vez más bajo. Para oírlo tenían que callarse, y se callaban unos a otros. A las siete menos diez había cuarenta y ocho niños quietos y a oscuras en la explanada. Los conté dos veces, porque no me lo creía.
Lo había cronometrado. Doce minutos. Yo, con un silbato y once páginas, no lo había conseguido en tres horas.
Luego los pasó por el Pequeño. A cada uno le daba el cuarto de vuelta, dos dedos, sin mirar, y preguntaba «¿ahora?
» hasta que el niño decía que sí. A la tercera niña ya la llamaba por su nombre.
Cuarenta y ocho niños, cuarenta y ocho enfoques.
Con mi cinta habrían visto bien los que llevaran las gafas puestas.
Lo apunté así: el Pequeño de las visitas y el Pequeño de mis destellos eran dos instrumentos distintos en el mismo sitio. No se podían usar a la vez. Se podían usar uno detrás de otro.
Una de las maestras le preguntó si era astrónomo.
—No. Yo soy el que abre.
La maestra se rio. Yo lo apunté también, porque no cuadraba con lo que acababa de ver.
—La astrónoma es ella —dijo Nacho, y me señaló con la linterna roja—. Y lo mejor lo cuenta ella al final.
Cuarenta y ocho cabezas se volvieron hacia mí. Yo no tenía nada preparado. Nadie me había preguntado si quería contar algo.
Tenía el portátil. Puse la pantalla en rojo, me senté en el escalón de madera y busqué el vídeo del miércoles.
—Esto pasó por aquí encima hace dos noches. Es una piedra como un puño. Va a treinta kilómetros por segundo. De Teruel a Zaragoza, en cinco segundos.
Lo puse a cámara lenta. La piedra cruzaba la pantalla y se partía en dos. Ninguno dijo nada hasta que acabó. Luego pidieron verlo otra vez, y lo vieron cuatro veces.
Cuando arrancó el autobús se lo dije.
—La próxima vez me lo dices antes.
—Ha salido bien.
—No es eso lo que he dicho.
—Vale.
Nos quedamos los dos en la explanada. Eran las ocho y media y el Pequeño seguía apuntando a Saturno.
—¿Tú has mirado por este alguna vez? —preguntó.
—El miércoles, para enfocarlo. Yo trabajo con cámaras.
—Pues mira.
Me agaché sobre el ocular. Vi una mancha, la del último niño.
—¿Ahora?
—No.
—¿Ahora?
—Un poco más. Ahí.
Había dicho «ahí» como los de quinto. Saturno era pequeño y nítido, con la raya de los anillos cruzada de lado a lado. Lo había visto en mil imágenes. El miércoles lo había enfocado y no lo había mirado.
—Ese es el que se comía a los hijos —dije.
—¿Quién?
—Saturno. Le dijeron que un hijo lo iba a quitar de en medio y se los fue tragando según nacían. Cinco. Con el sexto, la mujer le dio una piedra envuelta en una manta, y se la tragó también.
—¿Y no notó la diferencia?
—No miró. Tenía prisa.
Se rio en la oscuridad, casi sin ruido. Yo seguí mirando.
El domingo subí sola a preparar el Grande. Abrí con mi llave y seguí los diez pasos. En el décimo le di a la botonera y la cúpula no giró. El motor zumbaba y no arrastraba. Solté el botón enseguida. Un motor que zumbaba sin mover nada se quemaba.
Llamé a La Osa desde la sala de control. Nacho tardó veintisiete minutos.
Dentro de la cúpula había cinco bajo cero. Escuchó el zumbido con la cabeza ladeada.
—Es el piñón. El motor gira y no lo lleva.
Subió por la escalera hasta la corona, quitó la tapa y metió la mano. Con el guante no cabía. Se lo quitó. Luego se quitó el otro.
Yo sujetaba la luz desde abajo y le iba pasando las llaves. En la ferretería había aprendido que a un hombre subido a una escalera se le notaba la herramienta que iba a pedir. La del trece. La del diez. La Allen de cinco. A la tercera dejó de pedirlas y se limitó a bajar la mano.
Era un prisionero flojo. Lo apretó.
—¿Por qué le dijiste a la maestra que eras el que abre?
—Porque es lo que soy.
—Acabas de encontrar un piñón suelto por el ruido.
—Eso es oficio.
—¿Y qué es lo otro?
—Lo otro es lo tuyo. —Seguía con la cabeza metida en la corona—. Pásame la del diez otra vez.
Se la pasé. No insistí, y me quedé con la pregunta.
—Sin fijador se vuelve a soltar con el frío —dije.
—No tengo.
—Yo sí.
Llevaba un tubo en el estuche, del que usaba para los soportes de las cámaras. Se lo subí. Lo puso, apretó otra vez y esperó con la mano dentro a que agarrara.
Estuvo cuarenta minutos con las manos desnudas en un hierro a cinco bajo cero. Se le pusieron blancas y luego rojas. Un nudillo se le abrió por la grieta y manchó la llave. No paró.
Cuando bajó no podía cerrar los dedos. Intentó coger el mosquetón y se le cayó.
Hice café. Le puse la taza entre las manos y no la solté hasta que cerró los dedos. Tardó.
Le di a la botonera. La cúpula giró.
—Suena distinta —dije.
—Suena como en 2014.
El lunes subí a las siete y media a montar otra vez la cámara en el Pequeño. Era su tercera configuración en una semana: cámara, ocular y cámara.
A las ocho el cielo estaba cubierto de lado a lado. La previsión daba nubes hasta el amanecer. Sin una estrella yo no podía enfocar, y sin enfocar empezaba las Leónidas a ciegas.
Nacho subió con un termo.
—A las diez abre.
—La previsión dice que no.
—La previsión es de Teruel. Aquí a las diez entra el cierzo y lo barre.
—¿Con qué margen?
—Un cuarto de hora.
—¿Y cómo lo sabes?
—Se oye antes de llegar. En los pinos de abajo.
Escuché. No se oía nada.
Podía bajar a cenar y volver al día siguiente, o quedarme por la palabra de un hombre que me había vendido cinco noches. Me quedé. Monté a ciegas, que era lo que se podía hacer sin cielo.
Él me sujetó la luz.
—¿Cómo es un destello? —preguntó.
—Un punto blanco en la parte oscura. Dura menos que un parpadeo.
—¿Y eso qué es?
—Una piedra del tamaño de una nuez que pega contra la Luna a setenta kilómetros por segundo. Si lo ve un telescopio solo, no vale. Puede ser cualquier cosa. Si lo ven los dos a la vez, es la piedra.
—¿Cuántos llevas?
—Ninguno.
—¿En tres años?
—En tres años he tenido cinco cámaras. Dos telescopios para esto no los he tenido nunca.
Apreté el último tornillo. Él no apartó la luz.
—Mañana los tienes —dijo.
Dejé la cámara lista para enfocar.
A las diez menos veinte lo oí yo. Venía de abajo, como alguien arrastrando una lona por el pinar. A las diez menos siete se abrió un agujero por el noroeste. A las diez y cinco estaba raso.
Abrí en el portátil la hoja de sus aciertos y añadí una fila. Él estaba delante y no preguntó qué era.
Enfoqué con una estrella y apunté los dos telescopios a la Luna, que ya iba baja. Crucé dos tiras nuevas de cinta sobre la rueda del Pequeño. No escribí nada en ellas todavía.
La versión 2 la redactamos esa noche, en la sala de control. Cupo en una página.
—¿Una página?
—Una.
Empecé por lo mío.
—El martes necesito los dos telescopios de siete a doce. La Luna se pone pasada la medianoche.
—A las doce se me ha ido la mitad de la gente. Llevan arriba desde las siete, con críos. A las diez.
—A las diez la Luna está a veintiséis grados. Todavía es hora buena.
—¿Y a las once?
—A dieciocho. Por debajo de eso el aire la emborrona.
—Pues a las once. Tú pierdes una hora mala y yo me quedo con sesenta y dos personas que todavía están de buen humor.
Era un buen reparto, y no era mío. Lo escribí en mi hora: «De 18:00 a 22:00 UT, los dos telescopios quedan a disposición de la investigadora. Las visitas ven la lluvia desde la explanada. A las 22:00 UT se retira la cámara del Pequeño, que pasa a las visitas».
Él cogió el bolígrafo y añadió al margen, con su letra: «De 7 a 11».
—Para los de aquí —dijo.
Lo dejé estar.
—¿Y el que encienda el móvil? —preguntó.
—Vuelve a empezar la cuenta. La suya y la de todos.
—Eso es mío.
—Por eso va entre comillas.
Lo leyó entero. Era la primera vez, y era una página.
—¿Y el silbato en qué anexo va?
—El silbato lo tiene Jara. Si quieres un anexo, te lo grapo en una servilleta.
Abrió la boca y la cerró. Se había quedado sin el siguiente.
Firmamos a las once y media del lunes 16.
Cogí el rotulador, salí a la explanada y escribí en la cinta del Pequeño. Esta vez no puse «NO». Puse: «HASTA LAS 22:00 UT».
Cuando volví, su móvil vibraba encima de la mesa. En la pantalla ponía «Fermín Alcalde».
—Dime, Fermín.
Escuchó. Se había vuelto hacia el tablón, donde seguía la lista de las Leónidas.
—Ya.
Escuchó más. Con la mano libre enderezó una chincheta que no estaba torcida.
—Claro —dijo—. Sin problema.
Colgó y dejó el móvil boca abajo, encima de la versión 2.