Prohibido pedir deseos Capítulo 8 · Nacho
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Capítulo 8 · Nacho

Nacho

Retirado con agua templada. No he rascado. He querido. Cuatro bajo cero, sin viento. N. Villarroya

El primero que no quiso soltar el móvil fue Toño, y Toño tenía motivo.

Toño tiene tres naves de cerdos al otro lado del río y una alarma que le salta en el teléfono si se para la ventilación.

Una noche de agosto se le paró, no oyó la alarma y perdió ochenta.

Desde entonces duerme con el móvil debajo de la almohada y su mujer en la otra habitación.

Eso en Torrelucero lo sabe todo el mundo.

La doctora lo sabía desde el viernes, porque se lo había contado Jara.

—En la explanada no le llega la señal —le dijo ella—. En la caja, sí. Si salta, salgo y le aviso.

—¿Tú?

—Yo. No me voy a mover de al lado.

Toño le puso el móvil en la bolsa del nueve como quien deja a un crío en la guardería el primer día.

Eran las siete y ya era de noche. Por poniente quedaba una raya clara. Jara estaba en la entrada con una caja de cartón de las de las patatas y veinte bolsas con su número. La doctora llevaba la lista en una mano y el silbato colgado del cuello, por encima del forro polar.

Yo aquello lo había firmado el martes. Puse tres pegas y firmé igual.

Ella llevaba arriba desde las cinco. Desmontó su cámara del Pequeño, que eran dos horas de trabajo del día 30, y la guardó en su caja sin una queja.

Puso mi ocular. Esperó a que asomara Saturno, lo enfocó con sus gafas puestas y volvió a cruzar dos tiras de cinta encima de la rueda.

Escribió «NO» otra vez. Le salió la misma letra.

No había cenado, y de comer no llevaba nada.

Subieron en siete coches. Los de la peña fueron los primeros en entregar, que para eso se habían apuntado los primeros, y traían una cesta de mimbre tapada con un paño. La doctora buscó en sus once páginas. De cestas no decía nada. Marcelino traía a la perra. De perras tampoco.

A la Benita le tocó la bolsa catorce. Enfocó a la doctora de arriba abajo con la linterna que le había prestado yo, que todavía era blanca.

—¿Tú eres la de Zaragoza? Qué delgada estás.

—Su linterna —dijo la doctora, y le puso el celofán.

—A las diez me llama la chica.

—Lo sé. A las diez estoy yo al lado de la caja.

El último fue Fermín. Fermín lleva el grupo del pueblo y sin teléfono no sabe qué hacer con las manos. Lo metió él mismo en la bolsa del veinte, la cerró y la sostuvo un momento más de la cuenta.

—Que conste que lo entrego.

—Consta —dijo la doctora, y lo apuntó.

Jara llevó la caja a la sala en cuanto Fermín soltó el suyo.

La doctora les puso a cada uno dos capas de celofán rojo en la linterna, con una goma.

Tendió una cuerda entre dos estacas, a seis pasos del Pequeño.

Colgó los cuatro carteles con bridas. Con la luz roja se leían bien, que es más de lo que puedo decir de los de la Diputación.

Explicó las normas una sola vez, leyéndolas.

Un toque, cambio de turno. Dos toques, todas las luces fuera.

Silencio junto al telescopio. Nadie toca la rueda.

Veinte personas la miraban de cerca por primera vez. Ella miraba la lista.

A las siete y media sopló el primer toque.

Yo no había oído nunca ese silbato. No es un silbato, es una sirena con cordón. La perra de Marcelino se puso a ladrar y no paró en un minuto. La Benita se llevó la mano al pecho. Uno de la peña gritó «¡fuera de juego!» y se rieron los otros diecinueve.

—Turno uno —dijo la doctora, como si no hubiera oído nada.

El uno era Chema, el de la peña. Se agachó sobre el ocular.

—Se ve gordo.

—¿Gordo cómo? —pregunté.

—Como cuando voy sin gafas.

—¿Y las gafas?

—En casa.

Se me fue la mano a la rueda. Es un gesto que tengo hecho desde 2019, dos dedos y un cuarto de vuelta, sin mirar. Los dedos tocaron cinta.

—Es Saturno —le dije—. Hazte a la idea.

Se hizo a la idea. Dijo que era muy bonito.

El dos tampoco llevaba gafas. El tres sí las llevaba, vio perfectamente y lo contó tan alto que la doctora señaló el cartel de «SILENCIO» con la linterna.

—¿Y tú no se lo arreglas? —me preguntó Fermín, por lo bajo.

—No se toca.

—¿Desde cuándo?

—Desde el martes.

La doctora se metió en la sala de control, al lado de la caja. Duró dentro un cuarto de hora.

El pueblo tiene setenta vecinos en invierno.

Veinte estaban arriba. Los otros cincuenta estaban abajo, en el bar de mi madre o en su casa, preguntando en el grupo qué tal iba el simulacro.

Cada pregunta hacía vibrar veinte bolsas a la vez dentro de una caja de cartón.

Desde la explanada sonaba como un enjambre.

Se abrió la puerta.

—¡El doce! Le llama «Cuñado».

El doce era Marcelino. Fue, habló y volvió. La perra ladró a la ida y a la vuelta.

—¡El once! «Banco. No coger».

—Pues no lo cojas —dijo la del once.

—Tengo que avisar. Lo dice el papel.

Decía el número y leía el nombre de quien llamaba, tal como lo tenía guardado cada uno.

En un pueblo eso es leer el diario de la gente en voz alta.

Supimos que Chema tiene a su suegra como «Mando».

Supimos que alguien le debe dinero a mi madre, porque la tiene guardada como «Pilar Osa DEBO 40». El del diecisiete no salió de la cola.

La doctora probó a arreglarlo. Abrió la puerta y los hizo pasar a todos, para que cada uno silenciara en el suyo el grupo del pueblo.

Para eso había que desbloquearlos. Veinte vecinos en la sala de control, con veinte pantallas encendidas debajo del ventanuco que da a la azotea.

Chema tenía cuarenta mensajes sin leer. Fermín aprovechó para contestar tres.

—¡Luces! —dijo ella.

—Si nos lo has dado tú, maja —dijo Fermín, sin dejar de escribir.

Sopló dos toques, allí dentro. La perra, desde fuera. Recogió los veinte móviles uno por uno, antes de que nadie hubiera silenciado nada, los volvió a embolsar y echó a los vecinos a la explanada. La caja seguía vibrando igual.

A las ocho y veinte gritó:

—¡El nueve! «ALARMA NAVE 2».

Toño cruzó la explanada corriendo, con la linterna roja dando botes. Era la puerta, no la ventilación. Llamó a su mujer desde dentro, la mujer bajó a cerrar y Toño volvió blanco. La doctora había cumplido. También llevaba media hora larga sin ver su propio ensayo.

Los turnos iban con retraso, porque el silbato lo tenía ella y ella estaba de centralita. A la quinta salida se lo colgó a Jara.

—Pita tú.

Jara pitaba flojo, como quien pide perdón. No se enteraba nadie y los turnos se alargaron más.

El silencio junto al telescopio lo rompía la doctora cada cuatro minutos.

La veía por la puerta abierta, con la caja delante y el mosaico de sus cinco cámaras a la espalda. No lo miraba. Dejé la cola un momento y me acerqué.

—Dame la caja a mí y sal tú.

—Les he dicho que no me movía de aquí.

—Se lo has dicho a Toño.

—Se lo he dicho a veinte.

No la saqué de ahí. Me volví a la cola con las manos en los bolsillos.

A las nueve menos diez gritó:

—¡El veinte! «Maribel Diputada».

Fermín echó a correr. Tiene cincuenta y ocho años y yo no lo había visto correr desde las fiestas de 2015. Volvió a los diez minutos más ancho de lo que entró y no contó qué quería la Maribel.

A la Benita le saqué el escalón de los críos para que se sentara y le eché una manta por los hombros. Eso no venía en el papel y no pedí permiso.

Le tocó a las diez. Llevaba dos horas y media esperando. Se levantó del escalón, se agarró a mi brazo y pegó el ojo.

En ese momento se abrió la puerta de la sala y apareció la doctora con un móvil en la mano. Sonaba y estaba encendido. Desde la explanada, a oscuras, aquella puerta era un faro.

—¡Benita! Su hija.

—¡Luz blanca! —gritó Chema.

—¡Pítale, Jara! —dijo otro de la peña.

Jara miró el silbato, miró a la doctora y sopló dos veces. Esta vez con ganas. La perra, la sirena y el pueblo entero aplaudiendo.

—Tarjeta amarilla —dije yo.

Fue un chiste fácil y lo hice porque se reían todos. Ella se quedó parada en la puerta, con el teléfono iluminándole la cara desde abajo. No dijo nada. Yo dejé de reírme antes que los demás.

Tapó la pantalla contra el forro.

—Benita, tiene que venir aquí. Fuera de la sala se corta.

—Yo de aquí no me muevo, que me ha costado dos horas y media. Cógelo tú y dile que estoy bien.

Lo cogió.

—Teléfono de Benita. —Escuchó—. No, no se ha caído. Está mirando Saturno. —Escuchó más y levantó la cabeza hacia nosotros—. Pregunta que qué ve.

—¡Una mancha! —gritó la Benita, sin despegar el ojo—. ¡Dos horas y media para una mancha!

La doctora tardó en pasarlo.

—Dice que una mancha.

—¡Y dile que no estoy sola! ¡Que estoy con todo el pueblo, y con la del reglamento, que nos tiene muy bien organizados!

Eso no lo pasó. No hizo falta. Lo había oído ella y lo habíamos oído todos.

Dejó el móvil encima de la caja, con la hija dentro, y cruzó la explanada. Se paró delante de la cinta. Luego me miró a mí, y no era la cara del chiste.

Arrancó las dos tiras de un tirón. Las dobló pegadas, con el «NO» hacia dentro, y se las guardó en el bolsillo.

—Enfóqueselo.

Dos dedos y un cuarto de vuelta.

—¡Ay! —dijo la Benita—. Que tiene una raya. Que Saturno lleva una raya, como un sombrero visto de canto.

La doctora volvió a la puerta y cogió el teléfono.

—Dice que tiene una raya. —Escuchó—. Sí, señora. Son los anillos.

Ahí se acabaron los números. Chema dijo que él quería verlo otra vez, pero bien.

Fermín dijo que a él aún no le había tocado.

La cuerda la pisaron todos. Se hizo la cola de siempre, la que se hace sola, con la gente pegada al de delante y hablando.

Yo iba dando el cuarto de vuelta a cada uno.

No había tenido las manos tan ocupadas en toda la noche.

Los de la peña destaparon la cesta. Había dos tortillas, longaniza y una bota.

—La cena de Ánimas —me dijo Chema—. Que nos la debías.

Fermín se subió al escalón de los críos.

—Se somete a votación suspender el reglamento hasta después de cenar. El que esté a favor, que levante la linterna.

Se levantaron veinte luces rojas. Y una más, la de Jara.

—Queda suspendido.

La doctora estaba en medio, con sus once páginas contra el pecho. Podía haber pitado, pero el silbato lo llevaba Jara. Podía haberse metido en la sala. Se quedó donde estaba.

La Benita cortó un trozo de tortilla, lo puso en una servilleta y se lo llevó.

—Come, hija, que estás helada.

Se lo comió de pie, en cuatro bocados, sin soltar el papel. La Benita le cortó otro.

A las once menos veinte pasó.

Las Táuridas son pocas y lentas. Aquella salió de encima del pinar, naranja, gorda como una bengala, y cruzó hacia el oeste sin ninguna prisa. Duró lo que se tarda en decir un nombre largo. Al final se partió en dos. Durante ese rato hubo sombras en la explanada.

Nadie encendió nada. No había nada que encender, estaba todo en una caja. Veinte personas quietas, a oscuras y calladas en la explanada de la Muela. Era lo que pedía el papel, y el papel estaba suspendido.

—¿Lo has visto?

Me lo gritó a mí, desde el otro lado, por encima de todo el pueblo.

—Lo he visto.

Abril ya corría hacia la sala. Fui detrás.

Dentro estaban la luz roja y la caja, que por una vez no zumbaba. Ella se sentó delante de su estación y tecleó la contraseña. La pantalla dijo que no. Tecleó otra vez, más despacio. Otro no.

—¿Qué pasa?

—La estación guarda el vídeo entero diez minutos. Luego se queda con un recorte. Uno así lo quiero entero. —Levantó las manos del teclado—. Y a la tercera se bloquea, y para desbloquearla hay que llamar a Zaragoza.

Tenía los dedos blancos hasta el segundo nudillo. Más de tres horas de bolsas, de teléfonos y de un silbato de metal, a cuatro bajo cero. Intentó cerrarlos y se le quedaron a medias.

—No me obedecen.

—Trae.

Le cogí las dos manos y las metí entre las mías. No froté. Con las grietas que tengo, frotar es raspar. Apreté y esperé.

Ella no me miró. Miraba el reloj de la pantalla.

—Quedan siete minutos.

—Vale.

Estaban heladas de verdad, como algo que se ha quedado fuera toda la noche. Le cabían enteras dentro de las mías. Fuera cenaba medio pueblo y ladraba una perra. Dejé de oírlos.

—Tienes las manos como una lija —dijo.

—Son las que hay.

—No las quites todavía.

No las quité.

—Cinco minutos.

Movió un dedo dentro de mis manos, y luego otro. Yo fui contando los que movía. No se me ocurrió ningún chiste. Tampoco lo busqué.

—Ya.

Las sacó. Tecleó con dos dedos, letra por letra. La pantalla dijo que sí.

Salió en las cinco cámaras. En la 2 y en la 4 se veía además la explanada, negra, con veinte bultos mirando hacia arriba.

—Las cinco limpias. Con veinte personas ahí fuera.

Guardó el vídeo. Luego cogió las once páginas y las dejó boca abajo en la mesa.

—La versión 1 no vale. Ha funcionado todo lo que no estaba escrito.

—Mañana sube Bielsa —dije—. La tiene firmada encima de la mesa.

—Pues habrá que decirle que no sirve.

—Se va a llevar un disgusto. A Anselmo le gusta mucho un papel firmado.

—Se lo digo yo.

—Se lo decimos los dos.

Me miró para ver si iba en serio. Yo también quería saberlo.

Del tú no dije nada.

A las doce entraron a por los móviles. Los repartió ella, por número, y esta vez nadie protestó.

Toño le dio las gracias por lo de la alarma.

La Benita le cogió la cara con las dos manos, que es lo que hace con los críos, y le dijo que gracias por la raya.

Abril se dejó. No supo qué hacer con los brazos.

Jara se fue con el silbato puesto y nadie se lo pidió.

Arrancaron los siete coches, y la 2 y la 4 se pusieron blancas un minuto.

Abril lo miró y apuntó en el cuaderno: «Coches: sin resolver».

Cuando se fueron miré mi teléfono. Fermín había escrito en el grupo allí mismo, de pie junto a la caja, nada más recuperar el suyo.

«Simulacro superado. Hemos visto Saturno con raya y una bola de fuego. La Reglamento nos ha quitado veinte móviles y nos ha devuelto los veinte. Hay que repetir».

Debajo ya había nueve respuestas. Mi madre preguntaba desde el bar quién era la Reglamento. Jara había contestado antes de salir: «La de arriba».

Abril seguía tecleando a un metro, con los dedos otra vez de su color. No se lo enseñé.