Prohibido pedir deseos Capítulo 7 · Abril
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Capítulo 7 · Abril

Abril

Yo tenía mesa desde hacía una semana. Pilar me había puesto una de las de dos junto a la estufa, con un enchufe cerca, sin que yo la pidiera y sin decir que era mía.

Desde ahí lo oí todo. Hablaron de una farola de la plaza, del precio de la trufa y de si el miércoles entraba cierzo. De veinte personas no hablaron.

El alcalde pagó, dijo «hasta luego, Nacho» y salió. Sin «majo».

—No se lo ha pedido —dije.

—Hoy no era el día.

—¿Qué tiene el día?

—Que ha dormido mal. Se le nota en cómo remueve el café.

—¿Y mañana?

—Mañana cerramos.

—Pues el miércoles.

—El miércoles.

Lo apunté: lunes, no.

Aproveché que Pilar pasaba la bayeta por mi mesa.

—Llevo trece noches en la habitación. Quiero pagar lo que haya hasta hoy.

—Ya te lo diré.

—¿Cuándo?

—Cuando lo sepa.

Se llevó mi taza vacía y trajo otra llena. No la cobró.

El martes La Osa cerró y él subió a la Muela. El miércoles el alcalde desayunó a las nueve y cuarto. Hablaron de la farola, que seguía igual, y de lo otro tampoco. Quedaban siete días.

Yo había dicho que las veinte personas las tenía que pedir él, y era verdad, porque él las conocía. Pero el plazo era mío, y con un plazo mío nunca había sabido esperar a nadie.

El ayuntamiento abría los miércoles de diez a una. A las diez y cinco yo estaba dentro con una solicitud.

Era una página. Objeto: ensayo de un protocolo de visitas. Fecha: miércoles 11 de noviembre, de 18:00 a 23:00 UT. Se solicita: veinte voluntarios mayores de edad. La firmé y le puse el sello del instituto, que llevaba en la mochila.

El alcalde la leyó entera, de pie, con las gafas en la punta de la nariz. Se llamaba Fermín Lahoz. Tenía el despacho lleno de carpetas como la que paseaba por el bar, y en la pared, un bando sobre el horario de la furgoneta de los jueves.

—Maja, esto está muy bien hecho. —Me devolvió la hoja—. Aunque aquí a las seis no sube nadie.

—Es tiempo universal. En Torrelucero son las siete.

—Pues en Torrelucero pon las de Torrelucero. Y además, esto a mí no me lo pides tú.

—Soy la interesada.

—Tú a mí no me debes nada. Ni yo a ti. Así no hay por dónde empezar.

—No le sigo.

—El que me dijo que ni cuatro fue él. Pues que venga él y me diga que veinte.

—El resultado es el mismo. Veinte personas en la explanada.

—El resultado, sí. —Se quitó las gafas—. Lo otro, no.

No entendí qué era lo otro. Entendí que en Torrelucero un favor llevaba su contabilidad, y que en esa contabilidad yo no tenía cuenta abierta.

Se lo dije a Nacho a la una, en la barra.

—Quiere que se lo pida usted.

—Ya lo sé.

—¿Desde cuándo?

—Desde el sábado que le dije que no.

—Entonces lleva once días sabiendo lo que hay que hacer.

—Lo que hay que hacer lo sé. Lo que pasa es que me lo va a hacer decir aquí, con el bar lleno.

—¿Y eso qué cambia?

Tardó en contestar.

—Para ti, nada.

Lo hizo esa tarde, a las ocho y cuarto, que era cuando más gente había. Yo estaba en mi mesa con el portátil. El alcalde jugaba al guiñote con tres de la peña. Nacho salió de detrás de la barra, se paró junto a la mesa y esperó a que acabaran la mano.

—Fermín. Necesito veinte personas el miércoles que viene. Arriba, de noche.

—¿Cómo dices?

Lo había oído. Lo había oído Pilar desde la cocina.

—Que necesito veinte personas.

—A ver si lo he entendido. —El alcalde dejó las cartas boca abajo—. Para Ánimas, ni cuatro. Y hoy, veinte.

—Sí.

—¿Y qué ha cambiado?

El bar se había callado. Hasta el televisor parecía más bajo.

—Nada. Lo de Ánimas lo tenía firmado y lo cumplí. Esto es para probar el papel que nos ha pedido Bielsa. Si el papel no sale, el 17 no sube nadie. Tampoco los sesenta y dos de la Maribel.

—Ya. —El alcalde recogió sus cartas y las ordenó—. ¿Y los de la peña? ¿Esos pueden subir, o tampoco?

Los tres de la peña miraban a Nacho. Nacho me miró a mí. Era la primera vez que alguien me consultaba algo en ese bar.

—Con linterna roja —dije.

—Los de la peña, los primeros —dijo Nacho.

—Hombre. Eso es otra cosa, majo.

Había vuelto el «majo». Miré la hora por costumbre. Las ocho y diecinueve.

Nacho volvió a la barra. Tenía las orejas rojas y se puso a fregar vasos limpios. Pilar le quitó el estropajo de la mano y no le dijo nada.

El alcalde sacó el móvil allí mismo y escribió con un dedo. Jara vino a mi mesa con el suyo y me lo puso delante. El grupo se llamaba «Torrelucero Oficial» y tenía ciento cuarenta miembros, el doble de los vecinos que quedaban en invierno.

«SE BUSCAN 20 VOLUNTARIOS para simulacro científico en la Muela. Miércoles 11, a las 7 de la tarde. Abrigo y linterna. El que quiera, que ponga el dedo».

Los tres de la peña lo pusieron antes de que el alcalde guardara el móvil. A los diez minutos había veintiséis dedos.

—Sobran seis —dije.

—Espera —dijo Jara.

Le dicté las condiciones y las puso ella, porque yo no estaba en el grupo. Luz roja, silencio junto al telescopio y el móvil en una bolsa numerada hasta el final.

Cuando el bar se vació, Nacho vino a recoger mi taza.

—Cuatro minutos —dije.

—¿De qué?

—De pedirlo. Desde que salió de la barra hasta el «majo». Ha tardado once días en empezar y cuatro minutos en acabar.

—A mí me han parecido más.

—¿Por qué le cuesta tanto pedir?

Dejó la taza otra vez en la mesa.

—¿A ti no?

—Yo no pido. Yo solicito.

—Ya me lo ha contado Fermín. Con sello.

—El sello da fecha cierta.

—Y te dijo que no.

Era verdad, y yo no había caído hasta entonces. A mí me habían dicho que no con sello. A él le habían dicho que sí con las orejas rojas.

A la mañana siguiente quedaban veinte dedos. Seis se habían borrado al leer lo del móvil.

Abrí «Osa_deuda» y añadí una fila: veinte vecinos, un miércoles por la noche. No supe qué poner en la columna del importe ni en la del acreedor.

El viernes Jara subió a mi cuarto sin toallas.

—A ti te hace falta alguien que sepa quién es quién. Tú ves veinte nombres. Yo veo a la Benita, que tiene ochenta y cuatro años, y a Toño, que tiene tres naves de cerdos.

—¿Y eso en qué afecta?

—En todo.

Se sentó en la cama, que era el único asiento libre, y repasó la lista con el dedo.

—Seis vienen por la peña, que se quedaron sin cena en Ánimas y la quieren arriba. Cuatro, porque le deben algo a Fermín. La Benita, porque no ha visto Saturno y dice que no se quiere morir sin verlo. Marcelino, porque es gratis. Y los demás, por verte a ti.

—¿A mí?

—Llevas más de dos semanas encima del bar y no has hablado con nadie. Eres la de Zaragoza que tiene a mi primo firmando papeles. La gente quiere oírte.

—Voy a explicar las normas.

—Pues eso.

—¿Y tú por qué quieres ayudar?

—Porque de arriba no he pasado de la explanada. Se lo pedí a mi primo una vez. Me dijo que ya me enseñaría.

—¿Cuándo fue eso?

—Yo tenía veinte años.

Lo apunté también.

Trabajamos delante de la pared, con las hojas pegadas. Pasé a limpio cuatro decisiones. Dos ya estaban dichas, y las cuatro me parecían buenas.

La primera era la hora. La subida a las siete del pueblo, que era cuando la gente salía de trabajar. Eso lo había dicho él, tenía razón y ya estaba cambiado.

La segunda eran los móviles. Una pantalla encendida velaba una toma igual que una linterna. Cada visitante dejaría el suyo en una bolsa con cierre y un número, y las bolsas irían en una caja a la sala de control.

—A Toño le salta en el móvil la alarma de las naves —dijo Jara—. Si se para la ventilación, se le ahogan los cerdos. Y a la Benita la llama su hija todas las noches a las diez. Si no coge, la hija llama aquí. Si aquí no cogemos, llama a la Guardia Civil. En marzo lo hizo.

—En la explanada no hay cobertura. Con el móvil en el bolsillo no se enterarían de nada.

—Ya. Pero lo llevan encima.

—En la sala de control sí hay cobertura. La caja va a estar en el único sitio donde suenan. Si llama alguien, lo veo yo y aviso.

Jara lo pensó.

—Visto así, salen ganando.

Era lo que yo creía.

La tercera fueron los turnos. Cinco minutos por persona en el Pequeño, por orden de inscripción. En la explanada, nadie que no estuviera en la lista. Junto al telescopio, cinco personas como mucho. Las demás, detrás de una cuerda.

—La Benita se apuntó la catorce —dijo Jara—. Eso es más de una hora de pie.

—Sesenta y cinco minutos.

—No los aguanta.

—Si la adelanto, tengo que explicárselo a trece personas.

—No tienes que explicar nada. Es la Benita.

—El orden es el de inscripción. Es el único que nadie puede discutir.

La cuarta fueron las señales. A oscuras no se veían las señas, y con tanta gente hablando no se oía una voz. Hacía falta algo que se oyera.

—¿Una campanilla? —dijo Jara.

—Ya lo pensaré.

Lo pensé el sábado, en Teruel. Compré cien bolsas con cierre, un rollo de celofán rojo, gomas, cuerda y un silbato de árbitro de los que no llevan bola dentro.

Lo elegí por eso. A cuatro bajo cero la bola se pegaba y el silbato dejaba de sonar.

El dependiente me dijo que era el que más se oía de la tienda.

Me pareció una ventaja. Un toque, cambio de turno. Dos, todas las luces fuera.

El celofán lo probé esa noche con mi frontal. Con una capa la luz salía rosa. Hacían falta dos. Corté cuarenta cuadrados.

Los carteles los plastifiqué el lunes en el ayuntamiento, que me abrió el alcalde.

La plastificadora había sido de la escuela, que llevaba ocho años cerrada, y el alcalde la guardaba en un armario con los trajes de la cabalgata.

Tardó en calentarse. Dentro se había quedado media funda con un sol pintado a cera. No dije nada y él tampoco.

Plastifiqué cuatro: «SILENCIO», «LUZ ROJA», «NO TOCAR» y «TURNO: 5 MIN». Negro sobre blanco, letra de palo.

—Te han quedado muy serios —dijo el alcalde.

—Son normas.

La versión 1 la firmamos Nacho y yo el martes 10, en la sala de control. Era su día libre y había subido igual. Me había dejado la silla buena. Él se sentó en la que cojeaba.

En el tablón había una hoja nueva, al lado de mi programa. Era la lista de los veinte, copiada a mano, con tres columnas que no eran mías: «linterna», «frío» y «ojo». En la fila de la Benita ponía «no», «mucho» y «cataratas». En la de Marcelino, «perra».

—¿Qué es esto?

—Quién va a necesitar qué.

—Eso no está en el protocolo.

—Por eso lo he apuntado yo.

Era una tabla. No le dije que estaba bien hecha. La dejé donde estaba.

La versión 1 tenía once páginas. De su servilleta había entrado todo. La luz roja ya estaba en la mía. «A ratos para cada uno» eran ahora los turnos de cinco minutos. Y «lo demás, hablando» era el anexo 6: «Lo no previsto se resuelve de palabra entre los firmantes».

—Has metido «hablando» en un anexo.

—Es donde cabía.

Leyó hasta la página cuatro y paró en el enfoque. Yo lo dejaría hecho una vez, con mi ojo, y sellado con cinta. Si el día 17 no lo podía tocar nadie, el 11 tampoco.

—Cada ojo es de su padre y de su madre —dijo.

—Con las gafas puestas, un ojo corregido enfoca donde enfoca el mío.

—¿Y el que no las lleva?

—Que se las ponga.

Pasó dos hojas.

—¿Y si no sueltan el móvil?

—Lo sueltan. Les doy un motivo: donde lo dejo, suena.

—¿Y el silbato?

—A oscuras no se ven las señas.

—A la gente no se le pita, Abril.

—A la gente se le avisa. Es lo mismo con otro nombre.

No dijo más. Fue a la última página sin leer las del medio y firmó debajo de «Conforme». Hizo la N. de un solo trazo, sin levantar el bolígrafo, igual que en la nota de la maceta.

Firmé al lado.

Di por hecho que estaba conforme. Era lo que ponía.

Dejé el original en la mesa de Bielsa, cuadrado con el borde, para el jueves.

Esa tarde Jara subió a mi cuarto con una caja de las patatas. Las veinte bolsas estaban encima de la cama, numeradas y en orden, con una goma cada cinco. Los carteles, en el suelo, contra la pared. En la mesa no cabía más que el portátil, y encima del portátil estaba el silbato con su cordón.

Lo cogió.

—¿Esta es la señal?

—Para los cambios de turno.

—¿Les vas a pitar?

—Un toque cada cinco minutos.

—¿A la Benita también?

—A todos igual. Es lo justo.

Le dio vueltas en la mano. Se lo acercó a la boca, me miró y no sopló.

—Esto va a salir regular.