Prohibido pedir deseos Capítulo 6 · Nacho #2
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Capítulo 6 · Nacho #2

Por la mañana hice sopas en el hornillo, con el pan del jueves.

Se las comió enteras. Dijo que eran las de mi madre con menos pimentón, que es verdad y no lo había notado nadie.

A las diez dio el sol en la umbría. Bajó ella delante con el Ibiza y yo detrás, a veinte por hora, hasta pasar la segunda curva.

Por la tarde subió antes que yo. En el módulo había dejado un saco de dormir que yo conocía, porque es de Jara, y una regleta. Encima de su colchón había una caja de tapones para los oídos.

Ya tenía el dato.

A las siete bajé a echar la barrera. En la Noche de Ánimas no la había echado nunca.

Los faros subieron a las siete y cuarto. Conozco ese coche. Es un monovolumen gris, y la tortilla va siempre en el asiento de atrás, con el cinturón puesto.

—¡Nacho! —Amparo Marqués bajó la ventanilla—. ¿Qué haces con eso echado?

—Esta noche no hay visita, Amparo. Os he llamado nueve veces.

—Al fijo, claro. Si llevamos todo el mes en el apartamento. —Echó un vistazo hacia arriba—. ¿Y qué pasa?

—Están midiendo con los dos telescopios. No puede subir ningún coche.

—Pues aparcamos donde tú digas y apagamos. Si nosotros no molestamos. Nos sentamos con la manta y ni nos acercamos al aparato.

Era verdad. Los Marqués no han molestado nunca.

Vicente ni siquiera habla. Eran dos personas, una manta y una tortilla, y la explanada estaba vacía.

Eché la cuenta de lo que costaba decir que sí.

No costaba nada. Pero había una hoja con mi firma dentro del cuaderno de ella, entre dos páginas escritas.

—No puede ser. Lo he firmado.

—¿Tú? ¿Firmado? —Se rio—. Si tú no has firmado nada en tu vida, hijo.

—Pues ya ves.

—Bueno. ¿Y las Leónidas? Que el Vicente ya ha pedido el día.

—Las Leónidas las tenéis.

—¿Seguro?

—Claro. Dame un móvil, por si acaso.

Me lo dictó y lo apunté en la mano. Entrada tenían, eso era verdad. Lo del papel a medias no se lo conté. Bastante les había dado ya por una noche.

Arriba arrancó un motor. Lo conozco como la tos de mi madre. Era el de la cúpula. Abría pronto, para que el espejo se fuera enfriando, y lo hacía con su llave y con sus diez pasos. En doce años era la primera vez que yo oía ese motor desde abajo.

Amparo también lo oyó.

—¿Hay alguien arriba?

—La doctora. Está abriendo.

—¿Sola?

—Sola.

Se quedó como si le hubiera dicho que mi madre traspasaba el bar.

Vicente dio la vuelta en el ensanche, con cuidado. Se llevaron la tortilla. Amparo no se bajó a darme los dos besos de siempre. Me dijo adiós con la mano desde la ventanilla.

Subí andando los trescientos metros.

Medir se parece a pescar. Había dos pantallas con el mismo trozo oscuro de Luna, un receptor contando centésimas y nada que hacer salvo mirar. El único que se movía era yo, que cada diez minutos subía a la cúpula a darle a la botonera. Con reloj. El suyo.

—¿Qué esperamos? —pregunté a la tercera subida.

—Una estrella. La Luna la tiene tapada desde hace un rato y tiene que salir por el borde oscuro. Sale de golpe. Si los dos relojes van bien, sale en la misma imagen en los dos telescopios.

—¿Y si no?

—Entonces tengo dos relojes y ninguna hora.

Salió pasadas las dos. En una imagen no había nada y en la siguiente había un punto, arriba a la derecha, en las dos pantallas. Ella paró la grabación, volvió atrás imagen por imagen y leyó los dos números en voz alta. Eran el mismo hasta la última cifra.

No lo celebró. Apoyó la espalda en la silla por primera vez en toda la noche.

—¿Eso es bueno?

—Eso es que el 17 se puede medir. —Miró el tablón, donde seguían sus seis páginas con mis rayas—. Si hay 17.

Sacó una galleta del bolsillo. La partió, se comió una mitad y dejó la otra en mi lado de la mesa, encima de un folio. No dijo que fuera para mí. Tampoco había nadie más.

Me la comí.

—Página once —dijo, sin apartar los ojos de la pantalla—. El ensayo. Tiene que ser el miércoles 11. Hay una lluvia pequeña y casi no hay Luna. Necesito veinte personas.

—Veinte.

—Como mínimo. Con menos no se ve por dónde se rompe.

—¿Y de dónde las saco?

—Usted sabrá. Las conoce a todas.

Las conozco a todas. Veinte personas en Torrelucero, un miércoles de noviembre y de noche, solo las junta uno, y lleva una carpeta debajo del brazo. El sábado anterior le había dicho que ni cuatro. Ahora le iba a pedir veinte.

—¿No puede ser con diez?

—No.

—Fermín lleva una semana sin decirme «majo».

—¿Y eso es grave?

—Para pedirle veinte personas, sí.

—Pues tiene diez días.

Recogió a las seis, cuando empezaba a clarear.

Saqué del primer cajón la hoja del parte. Puse las nubes, que no había. Puse el viento, flojo y del norte, y la humedad. En incidencias escribí: «Los Marqués en la barrera a las siete y cuarto. Se han vuelto».

Me quedaba el último campo. Iba a dejarlo en blanco, como el 21.

—Deme.

—¿El qué?

—La hoja. Observaciones.

Se la pasé con el bolígrafo. La puso recta delante de ella, se subió las gafas y empezó a escribir.

Yo llevaba tres años leyéndola cuando ya había terminado. El correo llegaba hecho, con la firma abajo, y yo empezaba por ahí. Nunca la había visto elegir una palabra. Escribía despacio. Se paró a mitad de renglón, miró el tablón, miró el techo y siguió.

Estaba a dos metros de ella. Podía levantarme y leerlo por encima de su hombro.

No me levanté. Iba por el segundo renglón y yo no sabía cómo acababa.