Capítulo 6 · Nacho
Nacho
El viernes a las cinco y media la doctora estaba delante de esa puerta con su anilla de alambre. Yo venía de la leñera con la carretilla y me paré a mirar.
Metió la llave. Entró hasta la mitad y ahí se quedó.
Eché mano al mosquetón. Fue sin pensar, como quien sujeta una puerta a alguien que va cargado.
—No —dijo ella, sin volverse.
Sacó de la mochila un estuche de tela y, del estuche, una lima plana del tamaño de un lápiz. Miró la llave contra el cielo, que todavía tenía luz. Le dio tres pasadas, sopló y le dio otra.
—Rebaba. El de Teruel no la repasó.
—Me cobró seis euros por las tres.
—Pues le cobró de más.
La llave entró entera. No giró.
Ahí pude callarme. Diez segundos más y habría tenido que pedírmelo.
—Tira del pomo hacia ti. Antes de girar.
Tiró y giró. La puerta se abrió con su ruido de siempre, que yo solo había oído con la mano en el pomo. Desde fuera suena más.
Ella abrió el cuaderno contra la pared y apuntó: «Puerta: tirar del pomo antes de girar».
—¿Hay más cosas así?
—¿Así cómo?
—Que solo sepa usted.
Lo pensé un momento.
—Todas.
No habíamos cruzado una palabra desde el jueves.
Yo había subido a mediodía y había arreglado la guía del cajón, que eran dos minutos, como dijo ella.
Sus seis páginas las dejé encima de la mesa.
En el cajón ya no podían estar y no supe dónde ponerlas.
Ella sí supo. Al llegar las colgó en el tablón con cuatro chinchetas, al lado de la lista de las Leónidas, con mis rayas amarillas hacia fuera.
Dentro de la cúpula el Grande estaba tumbado, con las tapas puestas, como lo dejo yo.
—Primero el cuadro —dije—. La llave pequeña y la palanca gorda. Y esperas.
—¿Cuánto?
—Hasta que deja de sonar a nevera.
Miró el reloj. Subí la palanca. El transformador zumbó, tosió y se quedó en un ruido más fino.
—Cuarenta segundos —dijo, y lo apuntó.
Yo llevaba doce años esperando a que cambiara el ruido. No sabía que eran cuarenta segundos.
Le enseñé la compuerta, que se abre con una botonera colgada de un cable.
Hay que soltar el botón un poco antes del tope, porque el motor empuja de más.
Le enseñé las tapas del espejo, el freno del eje y el mando.
Se lo enseñé como lo hago, que es en el orden en que me pillan las cosas de camino.
Ella iba numerando. Cuando acabé me leyó nueve pasos en otro orden, el suyo, que empezaba por la compuerta y dejaba las tapas para el final.
—Yo las quito antes.
—Si cae algo al abrir, cae en el espejo.
—No ha caído nunca nada.
—Las tapas, al final —dijo, y no lo cambió.
Le di la botonera de girar la cúpula.
—La Luna se mueve y la ranura no. Cuando ves que se va a esconder, le das.
—¿Cuando lo ve dónde?
—En el ocular. Empieza a irse la luz por un lado.
—Para entonces el borde de la ranura lleva un rato tapando parte del espejo. —Miró la ranura de arriba y luego el telescopio—. La imagen pierde brillo poco a poco y a ojo no se nota. Para mirar da lo mismo. Para medir un destello, no.
—Nunca se me ha quejado nadie.
—Nadie le ha medido nada.
Era la tercera vez que me corregía una cosa que yo llevaba años tocando. La primera había sido un cajón.
—Cada diez minutos —dijo—. Con reloj.
Paso diez.
Dejó el cuaderno abierto por esa página encima de la barandilla. Cerró la compuerta, bajó la palanca y se volvió hacia mí.
—Ahora yo. Usted no diga nada.
Lo hizo entero. Tardó el doble que yo y no se saltó nada.
Soltó el botón de la compuerta antes del tope, a la primera, cosa que a mí me costó un motor.
Cuando el Grande se levantó y se quedó mirando a la ranura, ella le puso la mano en el tubo, plana, un segundo.
Después se la limpió en el pantalón y miró la hora.
Yo estaba al pie de la escalera con las manos en los bolsillos. No había tenido que hacer nada. Es una postura que no me sale.
—¿A quién más le ha enseñado esto?
—A nadie.
—¿Desde cuándo abre usted?
—Desde 2014.
—Doce años.
—Nadie me lo ha pedido dos veces.
Lo apuntó también, o apuntó otra cosa.
Montamos sus cámaras antes de que saliera la Luna, que esa noche salía tarde. Una iba en el Grande y otra en el Pequeño, cada una con su cable hasta la sala de control. En medio iba un receptor del tamaño de una caja de zapatos, que le pone la hora a cada imagen.
En el Pequeño ella sujetaba la cámara con las dos manos, encajándola donde va el ocular. Yo estaba detrás, con la linterna roja en la frente.
—Toque.
—¿Yo?
—El enfoque. Un octavo de vuelta. Hacia usted.
Yo llevaba tres años sin tocar nada suyo que no me mandara. Seguía siendo así. Lo nuevo era que me lo mandaba a medio metro y veía si lo hacía bien.
Di el octavo.
—Otro poco. Ahí. No le eche el aliento al cristal.
No se lo eché.
Hacia las nueve se paró el aire.
—Se ha parado el aire —dije.
—Mejor. Vibra menos.
—No es por eso. Cuando se para con el cielo raso, hiela. En la segunda curva hay una umbría, y por la umbría cruza un manantial que nadie ha conseguido entubar. La Diputación dice que es cosa del Ayuntamiento y el Ayuntamiento dice que es de la Diputación.
—¿Se puede bajar o no?
—Ahora sí. A las doce no lo sé. A las tres, no.
Dejó de apretar el tornillo de la cámara.
—¿Y hasta cuándo?
—Hasta que le dé el sol. A las diez.
Esta vez no me dijo que el viento no era una fuente. Miró el Pequeño, con la cámara a medio sujetar, y luego la cúpula.
—Si bajo ahora, me dejo el montaje a medias. Mañana tendría que acabarlo y medir en la misma noche. No cabe.
—Arriba se puede dormir. Hay un módulo con una estufa y dos colchones.
—¿Dos?
—Dos.
—Me quedo —dijo, y volvió al tornillo.
La Luna salió por detrás del pinar pasadas las nueve y media, menguada y amarilla.
Hasta medianoche no iba a estar lo bastante alta.
Ella cenó en la sala de control un bocadillo envuelto en papel de aluminio, con el doblez que les hace mi madre a los bocadillos.
A mí mi madre no me había hecho ninguno.
Me apañé con pan y un trozo de longaniza del módulo.
A las once bajé con el todoterreno a mirar la umbría. Se me fue de atrás en la segunda curva, con las ruedas de invierno puestas. Volví, encendí la estufa del módulo y se lo dije.
—Ya no se baja.
Ella apuntó la hora. Debajo puso otra línea más larga y giró el cuaderno para que la leyera: «Carretera: se avisa cuando se sabe».
—Eso es lo que he hecho.
—Por eso lo apunto.
—¿Va al protocolo?
—Anexo 5.
Después hubo que poner los dos telescopios mirando al mismo trozo. Ella estaba dentro, delante de las dos pantallas, y yo fuera, en el Pequeño, con el mando. Me hablaba por la puerta abierta.
—Tres minutos de arco al este.
—¿Eso cuántos toques son?
—No lo sé. Dé uno y lo mido.
Di uno.
—Un toque suyo son cinco minutos. Tiene el dedo pesado. Dé medio hacia atrás.
—Medio toque no existe.
—Pues invéntelo.
Lo inventé al cuarto intento. Estuvimos así hasta las dos.
A esa hora salía en las dos pantallas el mismo cráter, uno con un pico en medio, del mismo tamaño y en el mismo sitio.
Ella salió a la explanada con un rollo de cinta americana, cortó dos tiras y las pegó cruzadas encima de la rueda del enfoque del Pequeño.
Con el rotulador escribió en la cinta: «NO».
Me había precintado el telescopio. El mío. Lo pensé así, y me acordé de lo que me hizo tachar en el despacho de Bielsa.
A las tres apagó las pantallas y recogió la mochila. Las llaves del coche las dejó encima de la mesa.
El módulo B es la mitad de la residencia que se calienta, y calentarse es mucho decir. Tiene una sala con una estufa de leña en el centro, una mesa, un hornillo y cuatro dormitorios donde en invierno solo se guarda el frío. Desde el cambio de hora no se enciende nada más en todo el observatorio.
La estufa llevaba cuatro horas encendida. Dentro se podía estar sin gorro, que arriba ya es bastante.
Saqué dos colchones de los dormitorios y los arrastré hasta la sala. Los puse uno a cada lado de la estufa, a la distancia que me pareció decente. Ella la midió con los ojos y corrió el suyo un palmo más, hacia el enchufe.
—Es por el cargador.
—Claro.
Arriba hay un saco de dormir, el mío. Se lo ofrecí.
—Es suyo.
—Yo tengo las mantas.
—Yo también.
Cogió tres de la pila de la fundación, las contó y las extendió una encima de otra, con los bordes casados. Fue al baño, que está al fondo de un pasillo sin calentar, y volvió con la cara mojada y los labios blancos.
—El agua de ese grifo está a un grado de dejar de salir.
—A dos. Si fuera uno, no saldría.
Me miró por si era un chiste. Era un chiste. No se rio, y me quedé con él en la mano.
Se sentó en el colchón para quitarse las botas.
Las dejó juntas, con las punteras hacia la puerta, y metió las gafas dentro de la izquierda.
No se quitó el forro polar ni el reloj. Yo me di la vuelta para colgar el plumífero, que no pedía tanto tiempo, y cuando me volví estaba tapada hasta la barbilla.
—¿Ronca?
—No me lo ha dicho nadie.
—¿Hay alguien que pudiera decírselo?
Tardé en contestar más de lo que me habría gustado.
—Últimamente no.
—Entonces no lo sabe.
Apagué la luz. Quedó la raja naranja de la puerta de la estufa.
Se durmió enseguida. Dormía de lado, con una mano debajo de la cara, y no hacía ningún ruido. En tres años de correos, muchos de madrugada, no se me había ocurrido que a alguna hora dormía.
A las cinco me despertó el frío en los pies, que es el despertador del módulo.
La estufa estaba en brasas. La puerta de la estufa chilla si se abre de golpe, así que la levanté un poco por el tirador y metí dos troncos de carrasca, que duran más que el pino.
Ella no se movió. Se le había salido un pie de las mantas, con un calcetín gordo de rayas que no pegaba con el resto de la doctora.
Me quedé un momento agachado junto a la estufa, con el borde de la manta a un palmo de la mano. Luego volví a mi colchón, y ya no me dormí.