Prohibido pedir deseos Capítulo 5 · Abril
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Capítulo 5 · Abril

Abril

Sus partes incluyen información no solicitada. Limítese a los campos: nubes, viento, humedad, incidencias y observaciones. A. Lasarte

El viernes a mediodía el protocolo tenía cuatro páginas y yo le debía diez al lunes.

Había dicho catorce delante del director sin haber escrito una.

No fue un farol. Tenía la estructura en la cabeza: siete apartados y los anexos.

Lo que no tenía era mesa. La de la habitación del balcón medía lo que un portátil y medio, y debajo estaba el bar, con su molinillo, su televisor y una voz de hombre que cantaba las jugadas del dominó como si fueran goles.

Escribí con los cascos puestos. Apartado uno, luces: roja, y ninguna más. Apartado dos, vehículos. Apartado tres, teléfonos. A las tres de la tarde iba por el cuatro y llamaron a la puerta.

Era la mujer del pelo gris, con una bandeja. Un plato hondo tapado con otro plato, pan y una cuchara.

—No he pedido nada.

—Ya.

Dejó la bandeja encima de la cama, porque en la mesa no cabía, y se fue.

Eran sopas de ajo. Me las comí escribiendo el apartado cuatro, que era el del silencio junto a los telescopios, y no dejé ni el pan. Luego bajé con la bandeja.

—¿Cuánto es?

—¿El qué?

—Las sopas.

—Las sopas no se cobran.

—Pues apúntemelas en la habitación.

—La habitación ya nos apañaremos.

Yo me crie debajo de un cartel que decía «Hoy no se fía, mañana sí».

Mi padre lo tenía colgado encima de la caja y lo cumplía.

Una sopa sin precio me ponía más nerviosa que una factura.

Subí, abrí una hoja nueva y la llamé «Osa_deuda».

Tenía dos filas, habitación y sopas, y la columna del importe vacía.

El sábado me las volvió a subir. Tampoco dijo nada.

Detrás de ella entró una chica con toallas. Veintipocos años, un jersey enorme, el pelo recogido con un bolígrafo. Miró la cama, el portátil y las hojas impresas que yo había ido pegando en la pared con celo, por orden.

—Tú eres la que tiene a mi primo llamando a cuarenta personas.

—¿Su primo?

—Nacho. Y no me llames de usted, maja, que tengo veinticuatro años. Soy Jara.

—¿El técnico es su primo? ¿Tu primo?

—Y esta es su madre. —Señaló con la barbilla a la mujer, que dejaba la bandeja encima de la cama—. Mi tía Pilar. ¿No te lo ha dicho nadie?

—No.

—Aquí no se dice. Se sabe.

Pilar salió sin darse por presentada.

Llevaba cinco días comiendo de la mano de la madre del hombre al que había denunciado al director. Repasé si había dicho algo de él delante de ella. No había dicho nada de nadie, que era mi costumbre y por una vez me venía bien.

—Lleva desde ayer en la barra con la lista —dijo Jara, dejando las toallas—. A la mitad les tiene que explicar qué es calibrar.

—¿Y qué les dice?

—Que es poner dos relojes en hora, pero con telescopios.

No estaba mal. Me lo callé.

Bajé la bandeja yo misma, para ver cuánto era cuarenta. Me quedé en el tercer peldaño contando desde abajo, que era desde donde se veía la barra entera sin que me vieran.

Nacho estaba al fondo, de pie, con una hoja llena de nombres y el teléfono en la oreja. Tachaba con lápiz. Decía «lo siento» sin adornarlo y luego escuchaba un rato largo, asintiendo a alguien que no podía verlo.

Entró un hombre de unos sesenta años con una carpeta debajo del brazo. Medio bar lo saludó por el cargo.

—Nacho, majo. Que me dicen que quitas lo de Ánimas.

Nacho tapó el teléfono con la mano.

—El sábado no hay visita, Fermín.

—Hombre. Que subían los de la peña, que ya le tenían la cena encargada aquí a tu madre.

—Ya lo sé. Los he llamado esta mañana.

—¿Y por cuatro que suban un ratico? A mirar y bajar.

—Ni cuatro.

—¿Y eso quién lo manda?

—Lo he firmado yo.

El alcalde se quedó con la carpeta en el aire. Miró hacia la cocina, como quien busca a alguien con más mando. Pilar secaba un vaso y no levantó la cabeza.

—Pues tú verás —dijo, y se fue sin el «majo».

Nacho destapó el teléfono, pidió perdón y siguió por donde iba. No miró alrededor para ver quién lo había oído.

Subí sin dejar la bandeja. Arriba abrí la hoja de respuestas, la de los tres años, y busqué dónde apuntar aquello. No había columna. Todas eran de tiempo.

El domingo cambió la hora. La mía no. El bar pasó a ir una por delante en vez de dos.

El lunes a las nueve bajé con las catorce páginas grapadas.

Él estaba otra vez al fondo de la barra, con la lista. Le quedaba un nombre sin tachar.

—Los Marqués —dijo—. No cogen. Estarán en el campo.

Le puse el protocolo delante. Pilar me puso a mí un café con leche que tampoco había pedido.

Lo leyó de pie. Pasó el índice, los siete apartados y se detuvo en los anexos.

—«Anexo 2. Colores de linterna admitidos».

—Sí.

—Es una línea.

—Es que es un color.

Pasó otra hoja.

—Aquí pone que todos los coches tienen que estar aparcados antes de que anochezca.

—Para que no haya faros con las cámaras en marcha.

—En noviembre anochece a las seis. La gente sale de trabajar a las siete.

No lo había pensado. Llevaba tres años sin salir de trabajar a ninguna hora. Saqué el lápiz y lo anoté al margen: «Revisar. Horario laboral».

—¿Y esto? Página once. «Ensayo general con público antes del 17 de noviembre».

—Un protocolo que no se ha probado es una opinión.

—¿Con qué público?

—Con el que usted consiga.

Miró hacia la puerta por la que el sábado había salido el alcalde. No dijo lo que pensaba.

—¿Tengo que contestar por escrito?

—Es lo correcto.

Sacó una servilleta del servilletero. Escribió en ella con el lápiz de tachar, apoyado en la barra, sin pensarlo mucho, y me la dio.

«1. Luz roja. 2. El Pequeño, a ratos para cada uno. 3. Lo demás, hablando».

—«A ratos» no es una unidad de tiempo.

—Aquí sí.

—¿Y «hablando»?

—Es lo que estamos haciendo.

—Esto no es un documento.

—Tiene tres puntos. El tuyo tiene siete y no se entiende mejor.

Pilar pasó la bayeta por delante de los dos, despacio.

Saqué la grapadora de la mochila. Puse la servilleta detrás de la última página, la cuadré y la grapé. Encima escribí: «Anexo 4. Contrapropuesta del técnico».

—¿La has grapado?

—Es lo que hay. Dos versiones. El director pidió una.

—Pues habrá que juntarlas.

—Habrá que juntarlas —dije, y me bebí el café.

El martes La Osa cerró. Jara pasó a cambiar las toallas y le pregunté por su primo.

—Arriba. Los martes libra y sube igual. Dice que así no lo encuentra nadie.

Arriba solo había cobertura en la sala de control, que era donde se leían mis correos. Nueve minutos. Ya tenía la causa. La apunté.

El jueves subí pronto, con el sol todavía en la explanada.

Al día siguiente empezaba la calibración y quería dejar las cámaras de vídeo cargadas y los discos vacíos.

El coche del director estaba en la explanada, su despacho tenía la puerta cerrada y la sala de control estaba abierta. El todoterreno no estaba.

En la sala de control seguían los dos relojes. Ahora se llevaban una hora.

Había pasado cuatro días viéndolo llamar. Había visto cómo le decía que no a un alcalde. Decidí hacer café para dos, que era una cosa que yo no hacía.

El cajón de debajo de la cafetera rozó, como el jueves anterior. No lo aguanté dos veces. Lo saqué entero, lo puse encima de la mesa y busqué la guía con el destornillador pequeño de la mochila. Para llegar al tornillo había que vaciarlo.

Quité los filtros.

Debajo había seis páginas grapadas, con la esquina doblada de haberse leído. Las conocía. Las había escrito yo.

En la primera, mis cinco fechas estaban subrayadas en amarillo, una por una. En la segunda, una sola frase: «Noche del 21 al 22 de octubre: calibración conjunta de los dos telescopios. Explanada sin vehículos». La raya era recta y llegaba hasta el punto. En la esquina había un cerco de taza.

Arriba, en la cabecera de la impresión, estaba la fecha de mi envío. Abril.

No arreglé la guía. Me senté con las páginas delante y esperé.

Llegó con leña para la estufa del módulo, la dejó en el pasillo y entró frotándose las manos. Vio el cajón encima de la mesa. Luego vio lo que había al lado.

No hizo ningún chiste.

—¿Cuándo lo subrayó?

—En abril. Cuando llegó.

—¿Antes o después de que la fundación pusiera las noches a la venta?

—Antes. —Se quedó de pie junto a la puerta—. En mayo me llamaron. Me preguntaron si las cinco estaban libres.

—¿Y qué dijo?

—Que sí.

—Con esto en el cajón.

—Entonces estaba encima de la mesa.

Fue preciso. Lo anoté a su favor y seguí.

—Le pregunté en la explanada si lo había leído. Le pregunté quién se lo contaba a la fundación. Se lo pregunté al director con usted sentado al lado. Tres veces, Villarroya.

—Sí.

—¿Por qué?

Tardó. Miró el reloj de mi hora y luego me miró a mí.

—Porque cien personas cada noche pagan el invierno de aquí arriba. Porque la Maribel me lo pidió como lo pide todo, dando las gracias antes. Y porque ellos estaban al teléfono y tú en un correo. Pensé que un correo se arregla luego.

—Ciento treinta y siete tomas. Una calibración. Cuarenta llamadas suyas y la cena de una peña que le ha quitado a su madre. Todo eso costaba un correo en abril. Dos líneas.

—Ya lo sé.

—No. Lo sabe desde la semana pasada. En abril le pareció que salía gratis.

No contestó a eso. Tampoco se fue, que era lo que yo esperaba.

—¿Por qué no lo sacó de ahí?

—Lo iba a sacar la mañana de la reunión. Estabas tú delante.

—Ha tenido una semana.

—Ya.

Metió la mano en el bolsillo del plumífero. Pensé que iba a darme otro papel firmado, y un papel suyo ya tenía.

Se acercó a la mesa y sacó una anilla de alambre con tres llaves. Con la anilla salió un tique arrugado, que cayó encima de mis seis páginas. Lo leí porque lo tenía delante: Teruel, viernes 23, tres copias, seis euros.

—Cúpula, cuadro del motor y esta sala. Te las iba a dar mañana, con la calibración.

—¿Y por qué me las da ahora?

—Porque mañana ibas a pensar que las hice por lo de hoy.

—No se me va a pasar.

—Ya lo sé. Son para que no tengas que esperarme en una puerta.

Me las puso en la mano.

Eran copias de máquina, y a la de la cúpula le habían dejado rebaba en el paletón. Quien la cortó no la pasó por el cepillo. De la tienda de mi padre esa llave no habría salido. Iba a entrar mal.

No le di las gracias. Cerré la mano.