Prohibido pedir deseos Capítulo 4 · Nacho
12%

Capítulo 4 · Nacho

Nacho

Bielsa subía los jueves. El resto de la semana dirigía el observatorio desde Teruel, que es como llevar un bar por teléfono: se puede, pero el café lo pone otro.

Los jueves llegaba a las nueve menos cuarto con su termo y una carpeta de gomas, se metía en el despacho del fondo del pasillo y arreglaba la semana a base de reuniones.

Una reunión para la avería. Otra para ver quién pagaba la avería.

Le quedaban cuatro años para jubilarse y tenía pensado llegar sin haber firmado nada que se le pudiera volver.

Aquel jueves la reunión éramos nosotros dos, y faltaban dos horas.

La doctora no se levantó de la silla. Copió la noche en dos discos, uno detrás de otro, y a cada uno le pegó una etiqueta con la fecha y con su hora, la de Greenwich.

Luego sacó del bolsillo del forro polar una galleta partida, se comió una mitad mirando la barra de la copia y guardó la otra.

Mi madre ve eso y cierra el bar para ponerle un plato.

Quiso imprimir un papel para la reunión. Se lo vi hacer y no me dio tiempo a avisarla. La impresora de arriba se come los márgenes, y la resolución del comité le salió sin la primera letra de cada renglón. La miró un rato largo. Probó otra vez, con el mismo resultado.

—En el ayuntamiento imprime bien —dije.

—Son las siete y cuarto.

—Ya. Lo decía por decir algo.

Dobló las dos hojas mancas y las tiró a la papelera. Se llevaría el portátil.

Yo fui a hacer café, que era lo único que podía ofrecerle sin que me dijera que no tocara.

Para hacer café hay que abrir el cajón de debajo de la cafetera, que es donde están los filtros. Debajo de los filtros estaba lo que estaba. Abrí lo justo para meter dos dedos, saqué un filtro como quien saca una cartera ajena y cerré con la rodilla. Ella estaba a metro y medio, de espaldas.

—Ese cajón roza —dijo sin volverse.

—Es viejo.

—Se le ha salido la guía de la izquierda. Por eso suena. Con un destornillador son dos minutos.

—Ya lo miraré.

Tenía razón. La guía llevaba salida desde 2019 y yo, que arriba lo arreglaba todo, esa no la había arreglado. Pensé que una mujer que oye de espaldas una guía salida no iba a tardar mucho en abrir ese cajón. Pensé en cambiar los papeles de sitio. Para cambiarlos había que sacarlos delante de ella.

Le dejé el café junto al teclado. Se lo bebió entero, que ya era algo.

A las siete y media recogió el portátil, el cuaderno y las llaves del coche y salió sin decir adónde. La seguí hasta la puerta. Fuera estaba todo blanco de escarcha, y ella rascaba el parabrisas del Ibiza con un rascador de gasolinera que aún llevaba la etiqueta colgando.

—¿Adónde vas?

—A las nueve en su despacho. Con esta carretera hay que salir ya.

—El despacho de Bielsa está al fondo del pasillo.

Dejó de rascar. Llevaba limpio medio cristal, el del conductor, en franjas rectas.

—¿Y por qué no lo ha dicho?

—No has preguntado. Has salido muy decidida.

Miró el cristal a medias y luego me miró a mí. No me reí, y me costó.

—¿Eso es nuevo? —pregunté, por el rascador.

—Lo decía su parte. Hielo en la carretera a primera hora.

Me acordaba de esa línea. La puse en observaciones, el día 5, porque no era cosa de las cámaras y en algún sitio había que ponerla. No se me ocurrió que alguien fuera a parar en una gasolinera por ella.

Rascó también la otra mitad. Dijo que un cristal no se deja a medias.

Dentro volvió a su silla y repasó el correo del director, que eran dos frases, como si pudiera llevar anexos.

A las nueve menos cuarto oímos el coche de Bielsa.

En el pasillo, antes de llamar a la puerta, la doctora se paró.

—¿Va a decir usted algo ahí dentro?

—Lo que me pregunten.

—Yo le he preguntado dos cosas y no ha contestado ninguna.

—Ya.

Llamó ella.

El despacho del director tenía una mesa, tres sillas, un teléfono fijo y un calendario de una caja de ahorros que ya no existe, parado en un mes de marzo.

Bielsa nos sentó enfrente, uno al lado del otro, como en el colegio.

Tenía sesenta y un años y miraba por encima de las gafas, cansado ya a las nueve de la mañana.

Sacó de la carpeta el correo de ella, impreso, con la foto del tablón grapada detrás. Lo dejó en mitad de la mesa, a la misma distancia de los tres.

—Lo he leído dos veces. Está muy bien explicado.

—No lo escribí para explicarlo bien —dijo ella—. Lo escribí para que se arregle.

—Ya, ya. A eso vamos.

No íbamos. Bielsa empezó por los papeles.

El observatorio es del instituto, y el instituto le dio a la doctora cinco noches por resolución de su comité.

Hasta ahí, ella. Las visitas son de la fundación, que es de la Diputación, y la fundación tiene firmado con el instituto un convenio de 2019 para traer público. Hasta ahí, yo, que cobro de los dos.

—Y un servidor en medio —dijo Bielsa—, que no es quién para decir cuál de los dos papeles pesa más.

—Yo sí. —Ella abrió el portátil y lo giró hacia él—. El tiempo de telescopio lo concede el instituto. La fundación no puede vender una noche que el instituto ya ha dado. Ciento treinta y siete tomas veladas y una calibración sin hacer. Eso es lo que costó la del miércoles.

Al lado del portátil dejó seis páginas grapadas. Eran las mismas que me había tendido en la explanada y yo no había cogido. Bielsa las hojeó. Estaban limpias, sin una raya. Yo me sabía de memoria dónde iban las rayas.

—Llame usted a Zaragoza y que se lo digan. —Le acercó el fijo, con cable y todo—. A mí me quita un peso.

Llamó. Dio su nombre, preguntó por la gerente, esperó. Yo le miraba la mano que no sujetaba el teléfono. La tenía abierta encima de su cuaderno, con los dedos separados, como quien no deja que se vuele un papel. Escuchó mucho y habló poco. Apuntó dos líneas.

—Gracias —dijo, y colgó.

Bielsa esperaba. Yo también.

—Dicen que el convenio está en vigor y que vale lo mismo que mi resolución. Que ninguno pasa por encima del otro.

Lo dijo entero. Nosotros no habíamos oído nada del otro lado.

—Pues ya lo ve —dijo Bielsa, con alivio.

—Lo veo. Entonces quiero saber otra cosa. —Se lo decía al director, no a mí—. La fundación no elige las fechas a ciegas. Alguien le dijo que esas cinco noches estaban libres. ¿Quién?

Bielsa miró por la ventana. Fuera había un pino.

—Doctora, aquí no hemos venido a buscar culpables. Hemos venido a buscar un papel.

Yo miraba el calendario de la caja de ahorros. Me puse a echar la cuenta de cuántos marzos llevaba ahí colgado. Bielsa me había abierto una puerta y salí por ella sin hacer ruido. Ella esperó un poco más, por si alguno de los dos añadía algo, y apuntó otra línea. No vi cuál.

—El papel es este —siguió Bielsa—. Quiero un protocolo.

Cómo se reparte la explanada, quién usa cada telescopio y a qué horas, qué luces se permiten.

Escrito y firmado por los dos. Si el 17 de noviembre no lo tengo encima de esta mesa, esa noche no sube nadie.

Ni sus telescopios, doctora, ni tus sesenta y dos, Nacho.

—Sesenta y dos entradas son mil setecientos treinta y seis euros —dije.

—Pues ya sabes lo que te juegas.

—¿Y lo que me juego yo? —dijo ella.

—Una noche de cinco. Por eso van a firmar los dos.

—¿Y las otras tres?

—El mismo papel vale para todas. Si sale bien en noviembre, nadie lo vuelve a tocar.

Ella lo apuntó. Llevaba un día entero despierta y la letra le seguía saliendo recta. Lo único que se le notaba era que apretaba más el bolígrafo.

Bielsa se quitó las gafas y se frotó los ojos.

—La Diputación lleva años pidiéndome para estas cosas un responsable científico con nombre y apellidos.

Alguien que firme. Es un cargo sin sueldo y no lo ha querido nadie.

Si lo tuviéramos, esto lo habría parado él a tiempo y yo estaría desayunando.

—Se puso las gafas—. No lo tenemos. Los tengo a ustedes.

Ella no contestó a eso. Pasó una hoja.

—Lo otro no espera a noviembre. Sin calibrar no puedo medir en las Leónidas aunque haya protocolo. Necesito dos noches antes de fin de mes, con Luna y con los dos telescopios. El viernes 30 y el sábado 31. Una para montar las cámaras y enfocar. Otra para medir.

—El sábado 31 hay visita —dije—. Cuarenta personas.

Lo dije antes de pensarlo. Me alegré, porque pensándolo no lo habría dicho, y ella se habría enterado por otra hoja en otro tablón.

Se volvió hacia mí.

—No está en la lista de la sala.

—Es otra lista. La Noche de Ánimas. La fundación la vende todos los años.

—Pues el viernes —dijo Bielsa.

—Con una noche sola monto y no mido. No me sobra ninguna.

—¿Y con los cuarenta a un lado, sin molestar? Cuarenta no son cien.

Ella tomó aire para contestar. Me adelanté.

—Cuarenta son quince coches y la misma cola en el Pequeño, Anselmo. Es lo del miércoles con menos gente.

Bielsa me miró como si hubiera hablado la silla. Yo a él no le llevaba la contraria nunca, entre otras cosas porque nunca decía nada que se pudiera contrariar. La doctora me miró también, un segundo, y volvió al cuaderno.

—Eso lo arreglan ustedes. —Bielsa abrió las manos—. Para eso es el protocolo.

Nadie dijo nada. Yo me sabía la lista del 31. Iban los Marqués, los de Valencia, que repetían. Iba una pareja de Cuenca que lo había pedido por su aniversario. Iba un hombre de Sagunto que sube solo todos los años por esas fechas y nunca ha dicho por quién.

A todos esos los esperaba yo el sábado.

—El sábado lo quito —dije.

Bielsa me miró por encima de las gafas, ahora sí con atención.

—¿Tú? ¿Y a la Maribel qué le vas a contar?

—Que el sábado el telescopio pequeño no está.

—Te va a preguntar por qué.

—Pues se lo diré.

—Llámala ahora, anda. Que te conozco, y mañana tienes a la Benita o a quien sea.

Me levanté.

—Por escrito —dijo la doctora.

—¿Cómo?

—Que lo ponga por escrito antes de llamar. De palabra ya me dio ayer las Leónidas.

Bielsa empujó hacia mí un taco de hojas con el membrete del instituto. Busqué un bolígrafo. En el bolsillo del plumífero llevaba uno y, al lado, un papel de comandas doblado por la mitad. Saqué el bolígrafo.

Escribí: «El viernes 30 y el sábado 31 de octubre no hay visitas. Los dos telescopios son de la doctora Lasarte. N. Villarroya». Ella lo leyó de lado, desde su silla.

—«Son de» no. Ponga «quedan a disposición de».

—¿Qué más da?

—Que no son míos. Son del instituto. Yo solo los tengo concedidos.

Taché y lo puse como decía.

—Y las horas.

Añadí: «Desde que anochece hasta que amanece». Firmé otra vez, por si la primera no valía para lo de abajo. Ella dobló la hoja y la metió en el cuaderno, entre dos páginas ya escritas.

Llamé desde la sala de control. La Maribel coge siempre al segundo tono, que es otra manera de mandar.

—Nacho. Dime que no es por el correo que me ha reenviado Anselmo.

—Es por eso. El sábado 31 no puede haber visita. Hay que devolver las cuarenta.

—¿Cómo que no puede? Si en mayo me dijiste que las cinco estaban libres.

—En mayo te dije que sí sin mirarlo bien.

No era verdad. Lo había mirado muy bien. Pero era más verdad que todo lo que le había dicho a nadie en cinco meses, y de momento no me daba para más.

—Pues míralo bien ahora. Cuarenta devoluciones son mil ciento veinte euros, y a mí en diciembre me cuentan visitantes, no telescopios.

—Lo sé.

—Las llamadas las haces tú. Los cuarenta, uno por uno, con tu voz y tu nombre. Y esa noche no la cobras.

—Me parece justo.

—No te he preguntado si te parece justo. —Se calló un momento—. El 17 de noviembre quiero a mis sesenta y dos arriba, Nacho. Lo que firméis entre vosotros es cosa vuestra.

Colgó ella. La Maribel te cobra lo que rompes y ni un euro más.

Cuarenta llamadas a tres minutos son dos horas, y eso si nadie me cuenta su vida. Me la iban a contar todos.

Volví al despacho. Ninguno de los dos se había movido.

—Hecho. El sábado no sube nadie.

—¿A cambio de qué? —dijo la doctora.

—De nada tuyo.

Me miró como había mirado esa noche las cámaras, esperando a ver cuál se ponía en blanco.

—Bueno —dijo Bielsa, y cerró la carpeta con las dos gomas—. Pues el protocolo. ¿Para cuándo tengo un borrador?

—Eso son tres líneas —dije yo.

—Catorce páginas —dijo ella—. El lunes.