Capítulo 3 · Abril
Abril
A las ocho menos diez de la tarde del miércoles yo era el coche número veintitrés de una fila.
Los había contado en las curvas, cuando se veían las luces de freno de todos a la vez. Veintidós delante. Por el retrovisor, otros nueve, y seguían entrando desde el desvío del pueblo. La carretera de la Muela tiene once kilómetros y no lleva a ningún sitio que no sea el observatorio.
Pensé en una obra y luego en un accidente. Ninguna de las dos cosas explicaba las sillas plegables que llevaba atadas a la baca el coche de delante.
En el último repecho había una barrera levantada y, sujeto a la barrera con bridas, un cartel impreso: «Noches de la Muela. Oriónidas. COMPLETO».
Lo leí una vez. Con esa bastó.
Había dormido nueve horas, que no era lo normal. Por la mañana bajé al bar con el termo lavado y una mujer de pelo gris me puso delante un café y dos tostadas sin preguntarme qué quería. Le pregunté por el técnico del observatorio.
—Arriba —dijo, y se llevó el termo.
El resto del día lo pasé en la habitación comprobando el equipo.
El programa decía subida al anochecer. Decía también que esa noche no había nada que medir en la Luna, porque estaba iluminada al ochenta por ciento y con tanta luz un destello no se distingue.
La noche era para otra cosa: apuntar los dos telescopios al mismo trozo de Luna, poner sus relojes de acuerdo y dejarlos listos para noviembre.
Calibrar. Para calibrar dos telescopios hacen falta dos telescopios.
La explanada estaba llena.
Conté treinta y cuatro coches, casi todos con las luces largas puestas mientras maniobraban.
Cada vez que uno giraba, el haz subía por la fachada y barría la azotea, donde estaban mis cinco cámaras.
Había gente con el móvil encendido a la altura de la cara y gente con linternas.
Bajo el techo corredizo, alrededor del telescopio pequeño, una cola doblaba dos veces sobre sí misma.
Unas cuarenta personas. El resto esperaba turno sentado en sillas plegables, tomando algo caliente en vasos de cartón.
La cúpula del telescopio grande estaba cerrada.
Aparqué donde pude, apagué las luces antes de parar el motor y fui a la sala de control. La puerta estaba abierta y el fluorescente, encendido.
Alguien había despejado media mesa. Había una silla puesta delante, y la segunda pantalla tenía abierta mi estación, con las cinco cámaras en mosaico. En la pared colgaban dos relojes. Uno marcaba las ocho y cuatro. El otro, las seis y cuatro.
El segundo llevaba mi hora.
No tuve tiempo de pensar en el reloj. En la pantalla, el recuadro de la cámara 2 se puso blanco, entero, y tardó cuatro segundos en volver. Después la 4. Fuera maniobraba otro coche.
Apunté la hora en el cuaderno y salí.
—Perdone. ¿El técnico del observatorio?
La mujer a la que pregunté llevaba una manta de cuadros por los hombros y era la última de la cola.
—¿Nacho? Ese, el del gorro.
—Busco a N. Villarroya.
—Pues ese, hija. Nacho.
Ni Nicolás, ni Norberto, ni Nemesio.
Estaba junto al telescopio, de espaldas, con un plumífero azul que había sido de otro azul y un gorro de lana. Lo oí antes de verle la cara. Hablaba con una niña subida a un escalón de madera.
—¿Ves una raya, donde se acaba lo blanco? Pues ahí está amaneciendo ahora mismo. Si estuvieras allí de pie, verías salir el sol.
Era una buena explicación.
—¿Y hace frío?
—Más que aquí. Y eso que está lejos: cuatrocientos mil kilómetros, kilómetro arriba, kilómetro abajo.
—Trescientos ochenta y cuatro mil —dije—. De media.
No había pensado decirlo. Las cifras se me escapaban.
Él se volvió. No tenía cuarenta años. Me había pasado, y por bastante.
—Dieciséis mil arriba, dieciséis mil abajo —dijo. Había hecho la resta sin pararse—. Tú eres la doctora.
—¿N. Villarroya?
—Nacho.
La niña bajó del escalón y subió un niño más pequeño. Él acercó la mano a la rueda del enfoque y la corrigió con dos dedos, a ciegas, mientras me miraba a mí. Tenía los nudillos agrietados. Del cinturón le colgaba un mosquetón con más llaves de las que caben en un mosquetón.
Yo llevaba preparado «buenas tardes».
—Necesito este telescopio —dije.
—Oiga, que hay cola —dijo un hombre detrás de mí.
—No vengo a mirar.
—Eso dicen todos.
Nacho se rio. Yo no.
—Necesito este telescopio y el de la cúpula, los dos a la vez, y la explanada sin coches. Lo tengo concedido por el comité para esta noche. Está en el programa.
Lo llevaba en la mano, grapado. Se lo tendí. Él tenía las dos manos ocupadas, una en el niño y otra en el ocular, y las seis páginas se quedaron en el aire entre los dos.
—Y yo tengo cien personas con la entrada pagada.
—¿Quién les ha vendido esta noche?
—La fundación.
—¿Sabía la fundación que la noche estaba concedida?
—La fundación sabe lo que le cuentan.
—¿Y quién se lo cuenta?
—¡Nacho, que no se ve nada! —dijo el niño.
—A ver, déjame. —Se inclinó sobre el ocular—. Es que te has comido la Luna con la frente. Un paso atrás.
El niño dio un paso atrás. Mi pregunta se quedó donde estaba.
—A la una se van —me dijo, todavía agachado—. A la una es tuyo. El Grande te lo abro ahora si quieres.
—Uno solo no calibra nada. Y a la una no me sirve. Montar la cámara en este y enfocar son dos horas. Para las tres la Luna estará detrás de su cúpula.
—Pues mañana.
—Mañana no es la noche que me concedió el comité. Esta sí.
Se incorporó. Me sacaba una cabeza y no hizo nada con ella.
—Entonces cierre la cola a las diez —dije—. Monto de diez a doce y calibro a medianoche, con la Luna todavía a treinta y cinco grados.
—A las diez tengo a sesenta sin mirar.
—Sesenta entradas. ¿A cuánto?
—A veintiocho.
—Mil seiscientos ochenta euros.
—Que no tengo yo. Los tiene la fundación.
—Pues llame a la fundación.
—Arriba solo hay cobertura en la sala de control.
—Vaya a la sala de control.
—¿Y la cola?
Miramos los dos la cola. La cola nos miraba a nosotros. Un señor había abierto una fiambrera y repartía tortilla sin perder palabra.
Todas mis soluciones costaban dinero, y ninguna el mío.
—¿Recibió usted mi programa?
—Lo recibí.
—¿En abril?
—En abril.
—¿Y lo leyó?
Detrás de nosotros la cola avanzó un puesto.
—Si quieres te cuelo —dijo—. Tengo mano con el que organiza.
Era un chiste. Lo reconocí porque después de decirlo me miró la boca, a ver si funcionaba.
—Los faros —dije—. Empiece por los faros.
—Los faros te los quito.
—¿Cuándo?
—En cuanto acabe este crío.
No esperé al crío.
El primer coche era un todocamino blanco con el motor en marcha y las largas clavadas en la fachada. Di con los nudillos en la ventanilla.
—Apague las luces, por favor.
—Es que estoy cargando el móvil.
—El móvil se carga con las luces apagadas.
Las apagó. El segundo no discutió. El tercero estaba vacío y con las de posición puestas, y le dejé una nota en el parabrisas con la hora. En el cuarto, un hombre me preguntó si yo era de la organización.
—No.
—Pues lo parece.
Todavía subían los últimos. Me puse el frontal en luz roja, me planté a la entrada de la explanada y fui mandándolos a la derecha, de espaldas a la fachada, de uno en uno.
Nadie me había dado ese puesto. Nadie me lo quitó.
Una mujer bajó la ventanilla para darme las gracias por la organización de este año, que el pasado había sido un desastre.
Desde la entrada se oía la cola. Él le repetía lo mismo a cada grupo, con las mismas pausas:
—Una estrella, un deseo, y no vale repetir.
La mujer de la manta de cuadros iba diciendo nombres en voz alta, uno por cada estrella que creía ver. Llevaba cinco.
Una Oriónida es un grano de polvo del cometa Halley. Entra en el aire a sesenta y seis kilómetros por segundo y se quema mucho antes de llegar al suelo. No concede nada. No fui a decírselo. Aquella mujer no me había hecho nada, y además iba ya por el sexto nombre.
Cuando volví la cabeza, Nacho estaba mirándome desde el telescopio con un niño en brazos. Levantó el pulgar. No se lo devolví.
Volví a la sala de control, que era el único sitio con cobertura, para escribir al director. Junto a la puerta había un tablón de corcho. Al entrar la primera vez no lo había mirado.
Tenía dos hojas. Una era una lista de cien nombres. La otra llevaba el membrete de la fundación:
«Oriónidas, 21 oct: COMPLETO. Leónidas, 17 nov: 62. Gemínidas, 13 dic: 88. Úrsidas, 21 dic: 9. Cuadrántidas, 3 ene: 37».
Las leí de arriba abajo. Eran mis cinco noches, con mis cinco fechas, y al lado de cada una había un número de personas.
Hice una foto.
A las siete y diez de mi reloj mandé el correo.
Tres párrafos y dos adjuntos: la resolución del comité y el tablón.
Empezaba así: «A las 18:04 UT de hoy he encontrado treinta y cuatro vehículos y unas cien personas en la explanada».
Lo demás eran consecuencias. No puse en copia al técnico. Pensaba decírselo yo.
Después me senté delante del mosaico y empecé a marcar.
Una luz blanca vela la toma de ese momento, no la noche.
Cada vez que un recuadro se ponía blanco, yo apuntaba cámara, hora y duración.
La 2 y la 4 miraban hacia la explanada y se llevaban casi todo.
La 1, la 3 y la 5 miraban al otro lado y seguían limpias.
Aquello tenía arreglo: las tomas veladas se tiran y las demás valen.
Lo que no tenía arreglo estaba fuera, debajo de un techo corredizo, con una cola delante.
A las diez menos cuarto del otro reloj entró él.
No dijo nada. Fue al interruptor y apagó el fluorescente.
—Da a la azotea —dijo en la oscuridad—. Por el ventanuco de arriba.
Tenía razón. Era la primera cosa que alguien hacía esa noche a favor de mis cámaras, y me molestó no haberla hecho yo.
—La luz roja está en el segundo cajón de la mesa.
La saqué y la encendí.
—He escrito al director —dije—. Con la resolución del comité y una foto de ese tablón. Se lo digo yo para que no se entere por otro.
—¿Me has denunciado?
—He descrito lo que hay.
Asintió despacio, como quien oye un parte del tiempo que ya se esperaba.
—Están las cinco —dije. El tablón apenas se veía, pero los dos sabíamos dónde estaba.
—Están las cinco.
—¿Y cómo pensaba decírmelo?
Tardó. Metió una mano en el bolsillo del plumífero y la dejó ahí.
—Mirándote a la cara. Con más tiempo que hoy.
—Ayer me dejó una nota. Ahí cabía.
—Cabía.
Me quedé sin la frase siguiente.
—Para noviembre lo arreglo —dijo—. Las Leónidas las tienes.
—¿Lo arregla con quién?
—Con quien haga falta.
—Eso no es un nombre. —Esperé. No dio ninguno—. ¿Lo del reloj es cosa suya?
—¿Qué reloj?
—El de mi hora.
Miró a la pared como si lo viera por primera vez.
—Ese lleva ahí un rato —dijo, y se fue con su cola.
El último coche bajó a la una y diecisiete. Las once y diecisiete en mi reloj. Marqué la última toma velada, la número ciento treinta y siete, y cerré la lista.
Nacho entró con las mantas dobladas en un brazo.
—Ya está. Todo tuyo.
—La Luna está a veintisiete grados y bajando.
—¿Y si te ayudo a montar?
—Seguirían siendo dos horas. Con usted, dos y cuarto.
Soltó el aire por la nariz. No llegó a ser una risa.
—Esa me la he ganado.
Dejó las mantas encima del archivador, menos una. Se quedó de pie junto a la cafetera, con una mano en el cajón de debajo, y por un momento pareció que iba a abrirlo. No lo abrió.
—No toque nada —le dije.
—De lo tuyo no toco nada que no me mandes. Desde 2023.
Hasta donde yo sabía, era verdad.
Colgó la manta en el respaldo de mi silla, sin rozarme, y no dijo para qué era.
—Puede irse.
—Tengo que cerrar yo. Las llaves son estas.
—Acabo cuando amanezca.
—Pues cuando amanezca.
Sacó del primer cajón de la mesa una hoja con cinco campos impresos. La reconocí. Llevaba tres años recibiéndola por correo.
—El parte —dijo—. Hoy te lo doy en mano.
—No hace falta.
—Nubes, ninguna. Viento, norte, flojo. Humedad, cuarenta y uno. —Escribía de pie, apoyado en el archivador—. ¿Incidencias?
—Ciento treinta y siete.
Lo apuntó tal cual.
—¿Observaciones?
Ese campo era el suyo. Nunca me había preguntado qué poner. No contesté, y él lo dejó en blanco y puso la hoja a mi lado, boca arriba.
Se sentó en la otra silla, la que cojeaba, con los brazos cruzados y el gorro puesto.
—Va a aguantar raso hasta que amanezca —dijo al rato—. Sobre las seis entrará algo de aire.
—¿Lo dice la previsión?
—Lo dice el viento.
—El viento no es una fuente.
—Lleva tres años siéndolo. Va en los partes.
No le dije que el día antes yo había comprado un rascador de hielo por una línea suya, ni que sus aciertos los tenía apuntados en una hoja que no pensaba enseñarle.
La Luna se puso. No di la hora por buena hasta verlo en la cámara 3, que es la que mira al oeste.
El cielo se quedó negro de verdad y las cinco cámaras empezaron a ver lo que yo había subido a ver.
Una Oriónida entra rápida y deja una estela fina que dura un segundo.
Las fui contando. La 4 cogió una con la estela partida en dos, y moví la silla hacia la pantalla sin darme cuenta.
Estuve a punto de decir algo en voz alta. Miré hacia la otra silla.
Se había dormido. Tenía la barbilla en el cuello del plumífero y las manos metidas debajo de los brazos. Dormido no hacía chistes. Calculé que llevaba despierto desde antes que yo, con cien personas encima, y dejé de calcular porque no era asunto mío.
Cogí la manta del respaldo y me la eché por las rodillas. Olía a suavizante.
Al clarear tenía treinta y nueve Oriónidas limpias y ciento treinta y siete tomas para tirar. No tenía calibración. De la primera noche me llevaba la mitad, y la otra mitad había que buscarla en otra fecha con este hombre delante.
A las cinco y dos de mi reloj sonaron dos teléfonos a la vez, el mío y el suyo. Nacho se despertó con la mano ya en el bolsillo.
Era un correo del director.
«A las nueve, en mi despacho. Los dos».