Capítulo 2 · Nacho
Nacho
Recibido. Despejado, viento flojo del norte, seis grados. La estación tiene mejores vistas que mi casa. N. Villarroya
Mi madre baja a Teruel todos los martes con una lista que no enseña a nadie. Vuelve de noche con el coche lleno y la lista sin tachar, porque la de verdad la lleva en la cabeza y el papel es para que no le pregunten. Lo cuento porque los martes cierra el bar, y como cierra el bar, yo libro.
Librar, en mi caso, consiste en subir igual.
Aquel martes subí a las nueve con el todoterreno cargado de mantas.
La fundación tiene sesenta para prestar a los visitantes.
De cada sesenta que salen vuelven cincuenta y ocho, y a las otras dos no las ha visto nadie nunca, pero en primavera hay más mantas de cuadros en los sofás de este pueblo que en toda Escocia.
Las lava mi madre los lunes en la lavadora del bar. La fundación paga el suavizante.
Al día siguiente eran las Oriónidas y había cien entradas vendidas. Cien personas son cuarenta coches, una cola de dos horas en el telescopio pequeño y cuatro termos de chocolate. También son dos mil ochocientos euros que no son míos y que la fundación cuenta como si yo los llevara en el bolsillo.
Y esa misma tarde, a la hora que a ella le pareciera, llegaba al pueblo la doctora Lasarte.
Descargué las mantas. Barrí la explanada, que en octubre se llena de piñas y de la gravilla que sueltan los coches al dar la vuelta.
Le eché grasa al raíl del techo corredizo del Pequeño, que con el frío empieza a quejarse como la puerta de la iglesia.
Limpié el ocular con el paño bueno. Saqué el escalón de los críos y le apreté una pata.
El motor de seguimiento hacía un ruido que el verano pasado no hacía, así que lo abrí, le quité una pelusa del tamaño de un ratón y lo cerré.
Arriba esas cosas las arreglaba yo, porque no había otro que supiera.
Luego entré en la sala de control a colgar la lista en el tablón.
Me gusta leerla entera antes de una noche.
Venían los Marqués, de Valencia, que no han fallado una lluvia desde 2021 y se suben la tortilla hecha.
Venía la Mari Carmen de Alcañiz, que tiene siete nietos y pide un deseo por cada uno, por orden de edad, y si en mitad se nubla se queda hasta que abra para no dejar a ninguno sin el suyo.
Venían noventa y tantos más a los que yo les iba a decir lo mismo que les decía siempre: una estrella, un deseo, y no vale repetir.
Yo no pedía. No daba tiempo. Alguien tenía que estar contando cabezas.
Arriba solo hay cobertura en esa sala, y el teléfono me sonó con la última chincheta en la mano. Era Fermín. Fermín es el alcalde y lleva el grupo del pueblo, que tiene más gente dentro que el padrón.
—Nacho, majo, ¿te pillo arriba?
—Me pillas.
—Un momentico. Que vienen mañana los de mi cuñada, los de Castellón. Cuatro. Entradas tienen, ¿eh?, que las sacaron en agosto. Pero si pudieras ponerlos delante en la cola, que el pequeño se duerme a las diez.
—Claro. Sin problema.
—Si es que da gusto. Mira, eso mismo me decía ayer la Maribel.
—La Maribel es la diputada de Turismo y a Fermín le gusta mucho que lo llame—.
Que está encantada contigo. Que en mayo te preguntaron si las cinco lluvias del invierno estaban libres para vender y dijiste que sí a la primera, sin una pega. Que así da gusto trabajar.
—Ya.
—Las cinco a la venta, Nacho, y la de mañana llena. Esto no se había visto.
—No.
—Oye, y la de Zaragoza, la que le ha cogido la habitación a tu madre para tres meses. ¿Esa a qué viene? ¿A contar estrellas?
—Algo así.
—Pues mira, una más para mañana.
Se rio él solo. Yo tenía la vista en la mesa.
En la mesa, debajo de la cafetera, estaba el programa de la doctora Lasarte.
Seis páginas. Me lo mandó en abril, a mí y al comité, y lo imprimí en el ayuntamiento porque la impresora de arriba se come los márgenes.
Lo tenía subrayado con el fosforito amarillo de los turnos.
En la primera página había subrayado cinco fechas.
En la segunda, una frase: «Noche del 21 al 22 de octubre: calibración conjunta de los dos telescopios. Explanada sin vehículos».
Lo subrayé para acordarme. Y me acordaba.
—¿Nacho? ¿Se ha cortado?
—No, no. Que sí, que los pongo delante.
Colgó contento. Fermín siempre cuelga contento, que es una de las razones por las que nadie le dice que no.
Cambié el programa de sitio. Lo puse encima del archivador. Luego me pareció que encima del archivador se veía mucho y lo metí en el cajón de la cafetera, debajo de los filtros. Tampoco lo estaba escondiendo. En ese cajón guardaba todo lo que tenía que mirar con calma.
Con la Luna que iba a haber el miércoles, gorda como un queso, ella no iba a cazar ningún destello. Eso lo sabía yo sin tablas. Así que, bien mirado, la primera noche casi no chocábamos.
A la doctora Lasarte no la había visto nunca.
Montó la estación un jueves de septiembre de hace tres años, que yo estaba de permiso, y cuando subí por la noche ya había cinco cámaras en el mástil de la azotea y un correo esperándome.
Desde entonces me mandaba órdenes y yo le mandaba el parte: nubes, viento, humedad, incidencias y observaciones.
Firmaba N. Villarroya porque Nacho me llama todo el mundo, hasta el instituto, que así me puso en la ficha.
Ella nunca había preguntado de qué era la N.
Sus correos los leía empezando por abajo.
Arriba iba lo que había que hacer, y eso no se movía de ahí.
Abajo, alguna vez, quedaba una línea que no mandaba nada.
No siempre. Había abierto correos de doce órdenes para encontrar al final «Confirme recepción».
Pero empezaba por abajo igual, por si acaso, y cuando había algo lo leía antes de saber si la cámara 3 estaba torcida.
De leerla así se aprenden cosas. Escribía las horas con la de Greenwich, y yo llevaba tres años restando.
Cuando no se fiaba repetía la orden. Cuando se fiaba no decía nada, o eso quería creer yo.
Mandaba correos a las dos y media, a las tres y a las tres y media, y de ahí saqué que no comía, o que comía delante del ordenador, que para mi madre es lo mismo.
Una vez escribió «enfoqe» y al minuto llegó otro correo con una palabra y la firma: «enfoque. A. Lasarte». Ese lo guardé aparte.
Así que antes de bajar hice un par de cosas que nadie me había mandado.
Les pasé el paño a las cinco cámaras, una por una.
Despejé media mesa de la sala de control y le puse la silla buena, la que no cojea.
Dejé la segunda pantalla con su estación.
Y colgué otro reloj en la pared, al lado del de siempre, con dos horas menos.
Lo compré en un bazar de Teruel en verano.
Lo tuve en la guantera hasta ese día porque no encontraba el momento de colgar un reloj para alguien que no estaba.
Me quedé mirándolos. Hacían tictac a destiempo.
Bajé a las tres.
El bar cerrado olía a caldo y a lejía. En la cocina había una olla con un plato encima y un papel de mi madre sujeto con el salero: «Para la de Zaragoza».
Mi madre no la había visto en su vida. Le cogió la habitación por teléfono y dice que la otra ni preguntó el precio.
De ahí sacó que era gente seria, y a la gente seria mi madre le deja caldo.
Llené un termo y subí a la habitación del balcón.
El radiador tarda media hora en darse por enterado y mi madre no deja encenderlo sin nadie dentro, así que eso tenía que ir en la nota.
La cama tenía una manta sola. Abrí el armario del pasillo.
Dentro había dos de cuadros, de la fundación, dobladas con mucho cuidado.
Le dejé una a los pies de la cama y no hice preguntas.
Colgué el termo del pomo, por fuera, y cerré.
Faltaba la nota.
Cogí el bloc de las comandas. La primera me salió de corrido: que bienvenida, que el bar cierra los martes y perdone, que mi madre vuelve a las ocho, que la clave del wifi está pegada debajo del mostrador y no funciona, que el agua caliente hay que dejarla correr, que si necesita algo yo estoy.
La leí. Parecía un parte con todos los campos llenos, y ella ya me había dicho una vez lo que pensaba de eso. La arranqué.
La segunda fue más corta. Tres líneas de casa y una cuarta: «Mañana por la noche hay visita de la fundación arriba».
La leí con la voz que yo le ponía a ella, que era una voz que no había oído nunca. No sonaba bien. Aquello era para decirlo mirando a la cara, con el programa delante y tiempo para explicarse. En un papel de comandas, debajo de un geranio, quedaba feo.
Eso me dije. La arranqué también.
—¿Qué tiras?
Jara estaba en la puerta de la cocina con dos cartones de huevos. Jara es mi prima. Tenía veinticuatro años y ayudaba en el bar. Los martes venía a dejar lo que le encargaba mi madre y a decir lo que pensaba, que es gratis.
—Nada. Una nota para la de la habitación.
Dejó los huevos en la encimera y cogió el papel del suelo antes que yo. Lo leyó de pie.
—Esta está bien. ¿Por qué la tiras?
—Porque no es manera de decirlo.
—¿Y cuál es la manera?
—En persona.
—Pues está al llegar. Espérala.
—Tengo lo de la Benita. El butano.
—La Benita lleva ochenta y cuatro años sin que le explote nada. Aguanta una tarde.
—Se lo dije el domingo.
Jara me miró como mira ella, sin prisa. Se parece a mi madre en eso y en nada más.
—Mañana sube a trabajar y se encuentra a cien tíos en la puerta. Eso lo sabes.
—Mañana se lo explico arriba, con calma.
—Con calma y con cien tíos.
—Jara.
—Yo no digo nada, majo. Yo dejo los huevos. —Dobló el papel por la mitad y me lo metió en el bolsillo del plumífero—. Por si cambias de idea antes de que llegue.
Se fue por donde había venido.
La tercera nota se quedó en la habitación, el radiador y el caldo. Firmé con la N., por no cambiarle ahora la costumbre.
Metí las llaves y el papel en una bolsa de congelar y la dejé debajo de la maceta de la puerta de las habitaciones.
En este pueblo todo el mundo sabe dónde está la llave de todo el mundo.
Que una de Zaragoza podía no saberlo se me ocurrió una hora después, en casa de la Benita, con una bombona en brazos.
La Benita tiene la bombona de repuesto en el corral, detrás de la leña.
Con la bombona vino la goma, que estaba cuarteada.
Con la goma, la abrazadera. Con la abrazadera, un café con leche y la historia de su sobrina la de Reus, que ya me sé.
Podría haberle dicho que tenía prisa. No se lo dije.
La cocina de la Benita no tiene ventana a la plaza.
Salí a las siete menos cuarto. El viento se había quedado en cierzo flojo y se había llevado las nubes altas del lunes. Con eso ya tenía el parte del miércoles: raso de punta a punta.
Bajé por la plaza. Podía haber ido por detrás.
Delante de la puerta del bar había un Ibiza gris, viejo, aparcado recto y pegado al bordillo, como si hubiera rayas. En esa plaza no ha habido rayas nunca. La maceta de mi madre estaba en su sitio, pero un dedo más a la izquierda, fuera del cerco que deja en el suelo.
La había encontrado. Y a la primera, porque el felpudo del bar estaba sin tocar.
Me acerqué al coche. Por el programa yo sabía lo que traía: dos cámaras, un receptor, discos, un trípode.
Los asientos estaban vacíos y por la luna de atrás se veía el maletero vacío también.
Lo había subido todo ella sola por esa escalera, que tiene diecinueve peldaños y uno suelto. Nadie le había dicho cuál.
El balcón estaba a oscuras. Mi madre aún no había vuelto de Teruel, que los martes se le hacen largos.
Me senté en el pilón de la fuente. Estuve un rato que no pienso decir. Pasó Marcelino con la perra.
—Ha venido una —me dijo—. Le he avisado de que los martes cierra.
—Lo pone en el papel.
—Eso me ha dicho ella.
Siguió hacia su casa. Helaba, y yo sin gorro.
En un bolsillo llevaba el papel de Jara.
En el otro, el mosquetón con todas las llaves de arriba y, sueltas, las del bar.
Con las del bar se entra por la cocina y se sube sin pasar por la calle.
Subir, llamar a la segunda puerta y decirle quién era. Y luego lo otro.
Se encendió la luz del balcón.
Detrás de la cortina no se veía a nadie. Solo la luz, amarilla, de la bombilla que mi madre no quiere cambiar.
Tenía las llaves en la mano. Las volví a guardar.