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Capítulo 1 · Abril
Abril
Estación instalada. A partir de hoy recibirá mis instrucciones por esta vía. Confirme recepción. A. Lasarte
A la una y diez tenía el maletero cerrado, el abrigo puesto y ciento tres días de contrato por delante. Guillermo me alcanzó en el pasillo con el portátil abierto sobre el antebrazo, como un camarero con la bandeja.
—Abril, un segundo. Solo mirarlo.
Era la decimocuarta vez desde septiembre que alguien del grupo me decía «solo mirarlo». Las contaba sin proponérmelo.
—Tengo dos horas y media de carretera.
—Es que me caen en Somalia.
Giró la pantalla. Eran sus Perseidas de agosto, el primer trabajo que iba a firmar, y en el mapa todas las trayectorias cruzaban la costa del Índico. Las había grabado una estación de Huesca.
—¿Todas?
—Todas.
Dejé las llaves del coche encima del extintor y cogí el portátil. Cuando fallan todas, el error es uno y está al principio. Subí hasta la línea donde el código leía la posición de la estación. Tardé cuatro minutos, y tres se me fueron en entender cómo había llamado a las variables.
—Aquí. Le das primero la longitud y después la latitud. La función las espera al revés.
—¿Y por eso?
—Huesca está a cuarenta y dos grados norte. Tú la has puesto a cuarenta y dos este, en el ecuador.
Cambió el orden. El mapa se rehízo y las Perseidas volvieron a caer sobre el Pirineo, que era donde habían caído.
—Eres la mejor —dijo sin levantar la vista.
Se fue pasillo adelante leyendo la pantalla y entró en el despacho que compartíamos. Oí la silla.
En la puerta de ese despacho había una hoja con mi nombre y, debajo, a mano: «Fuera hasta el 5 de enero». La había pegado yo el viernes. En cuatro días nadie me había preguntado adónde.
Recogí las llaves del extintor y entré a por la mochila. Guillermo tecleaba de espaldas.
En la pizarra del grupo estaban las tareas de la semana. Mi nombre salía cuatro veces, siempre detrás del de otro y entre paréntesis: «Guillermo, trayectorias (preguntar a Abril)», «Lucía, fotometría (Abril lo mira)». La campaña de la Muela no estaba apuntada.
Cogí el rotulador negro y la añadí abajo, donde quedaba sitio: «Abril: Muela, cinco». El rotulador se secó ahí. Escribí «noches» con el verde.
Bajé.
En conserjería me esperaba la hoja de préstamo. Marisa la tenía rellena desde la víspera, con el número de inventario de cada cosa.
—Dos cámaras de vídeo, un receptor, cuatro discos —leyó—. Devolución, 31 de enero.
—Vuelvo el 5.
—Ya. Pero el sistema pone solo la fecha en que se te acaba el contrato. —Me pasó el bolígrafo—. No es nada personal. Al de la limpieza le pone el 30 de junio.
Firmé encima de la fecha.
—¿Y adónde te llevas todo esto?
—A Teruel. A la sierra.
—Qué frío —dijo, y metió la hoja en su carpeta.
En el aparcamiento volví a abrir el maletero, aunque lo había cerrado yo.
Las dos cámaras iban en su espuma. El receptor que pone la hora a los fotogramas, en una caja aparte.
Los cuatro discos, de pie. Los cables, repetidos, por si fallaba el primero de cada clase.
En el asiento de atrás había un trípode y mi maleta, que era lo más pequeño que llevaba.
Mi contrato con el instituto terminaba el 31 de enero.
De los ciento tres días me importaban cinco noches: las Oriónidas el 21 de octubre, las Leónidas el 17 de noviembre, las Gemínidas el 13 de diciembre, las Úrsidas el 21 y las Cuadrántidas el 3 de enero.
Las cinco lluvias de estrellas del invierno.
Llevaba tres años grabando con cámaras lo que queda de un cometa o de un asteroide cuando sus restos se deshacen contra el aire.
Aquel invierno quería grabarlos también contra la Luna.
Para eso las cámaras no bastaban. Hacían falta dos telescopios apuntando al mismo sitio y alguien vigilándolos, y ese alguien era yo.
Tres de las cinco lluvias vienen de cometas y dos de asteroides, y yo quería saber si se rompen igual. Si fallaba una de las dos de asteroide no había comparación. Sin comparación no había artículo, y aquel iba a ser el primero con mi nombre delante.
Los dos telescopios estaban en el Observatorio de la Muela, a mil novecientos metros, donde tenía mi estación desde septiembre de 2023. La había instalado en un día y no había vuelto. Desde entonces la atendía un técnico al que no le había visto la cara.
Antes de arrancar abrí la hoja en el móvil.
Tenía una hoja de cálculo para casi todo. Aquella se llamaba «Muela_respuestas» y la había empezado para optimizar. En la primera columna iba la hora a la que yo mandaba una instrucción al técnico. En la segunda, la hora a la que él contestaba. La tercera restaba.
N. Villarroya tardaba cincuenta y dos minutos de mediana. Los martes tardaba nueve. Nunca había buscado la causa. Me bastaba con saber que lo urgente convenía mandarlo en martes.
Sus correos sonaban distinto de los demás. Les había puesto otro tono para no mezclarlos con los del instituto. También eso era para optimizar.
La última fila era del 5 de octubre. Le había escrito que ese año subía en persona, que llegaba el día 20 y que iba a necesitar los dos telescopios.
Contestó a los cuarenta y un minutos con el parte de siempre: nubes, viento, humedad, incidencias.
En observaciones puso que la carretera ya amanecía con hielo.
El 20 de octubre caía en martes. Lo había escogido por eso. No tenía ningún dato de que en persona los martes fueran mejores, pero era el único dato que tenía.
En el asiento del copiloto iba el programa de la campaña, seis páginas grapadas. Se lo había mandado en abril, a él y al comité. Lo llevaba impreso para dárselo en mano, porque de un papel entregado en mano no se puede decir que no ha llegado.
Paré en Las Fuentes a la una y cuarenta y seis. La administración cerraba a las dos.
—Creí que este año no venías —dijo la lotera, y sacó un sobre de debajo del mostrador—. Lo tengo apartado desde julio.
—Vengo siempre la tercera semana de octubre.
—Mujer, es un decir.
En el sobre ponía «Lasarte hija». Dentro estaba el 58.317. Lo jugaba desde 2011, cuando cobré mi primer sueldo por dar clases particulares de Física a un chico de bachillerato, y lo primero que pagué con aquel dinero fue ese número en esa ventanilla.
Dejé un billete de veinte en la bandeja.
—¿No lo quieres partir con nadie? Aquí casi todo el mundo lo lleva a medias.
—No.
—Tú sabrás. A ver si este año.
—La probabilidad es la misma que el año pasado.
—Eso no lo sabes.
—Una entre cien mil. Sí lo sé.
Se rio como si le hubiera contado un chiste. Me pasaba a menudo.
No le dije que llevaba un registro de las terminaciones premiadas desde 2011, ni que lo actualizaba cada 22 de diciembre antes de comer. El bombo no se acuerda del año anterior y el registro no servía para nada. Lo llevaba igual.
—Dale recuerdos a tu madre.
—Se los daré.
Guardé el décimo en la cartera, detrás del carné del instituto. La ferretería de mis padres estaba a dos calles. Miré la hora en el salpicadero y puse el intermitente hacia la ronda.
Hasta Teruel no pasó nada que apuntar. Autovía, el cierzo empujando el coche de lado hasta que la carretera se metió entre montes, y un camión de cerdos al que adelanté dos veces.
La segunda fue porque paré a echar gasolina. Al entrar en la tienda se me empañaron las gafas y pagué casi a ciegas. Junto a la caja había rascadores de hielo. Compré uno. El parte decía hielo, y los partes de N. Villarroya no se habían equivocado con el tiempo ni una vez.
Después de Teruel la carretera se estrechó y empezó a subir. El termómetro del coche seguía bajando. En la primera curva cerrada oí moverse algo en el maletero y levanté el pie. En la segunda supe que era la caja de los cables, la que menos importaba. Seguí despacio de todas formas.
A media subida el móvil perdió la cobertura y el navegador dejó la flecha clavada en mitad de un pinar. Llevaba la ruta impresa en la guantera. Siempre la llevaba. No me hizo falta, porque no había ningún cruce.
Sin cruces me sobraba tiempo. Lo usé en la N.
No era la primera vez, y siempre me pasaba conduciendo. En el directorio del instituto figuraba como «N. Villarroya, técnico de observatorio» desde 2014, sin foto. Con tantos años en el puesto le calculaba más de cuarenta.
Nicolás. Lo dije en voz alta en una recta. Un Nicolás podía contestar en nueve minutos.
Norberto me duró un par de curvas. Los partes llevaban las comas justas y ni una palabra de adorno, y no conseguí imaginar a un Norberto que escribiera así.
A Nemesio lo defendí por estadística. Torrelucero tenía ciento doce habitantes en el padrón, y un pueblo de ese tamaño guarda los nombres más tiempo que una ciudad.
En tres años no se lo había preguntado. Para dar instrucciones me bastaba con que contestara, y contestaba.
Para verlo en persona sí iba a hacer falta decir algo. Probé también eso.
—Buenas tardes. Soy A. Lasarte.
Sonaba a correo. Lo intenté con «señor Villarroya» delante y me pareció que le estaba entregando una citación. Lo dejé en «buenas tardes» y decidí que el resto lo llevaba escrito en el programa.
A la salida de una curva encontré la carretera llena de ovejas.
Frené. Un perro me miró desde la cuneta con más autoridad que el pastor, que venía detrás con una mano levantada.
Bajé la ventanilla para oír lo que decía y entró el frío de golpe.
Empecé a contar las ovejas y lo dejé. Pasaban demasiado juntas, lana contra lana, y durante un rato solo las miré.
—¡Ya está! —gritó el pastor.
Quedaba una, parada delante del capó. Me miraba. Esperamos las dos.
En las umbrías el asfalto brillaba de agua. Por la noche sería hielo. El rascador iba en la puerta del copiloto.
Entré en Torrelucero a las cinco menos diez.
A la entrada salía otra carretera a la izquierda, con un cartel: «Observatorio de la Muela, 11 km». Paré en el arcén. Arriba, en lo alto de un monte plano como una mesa, se veía una cúpula blanca. A ella todavía le daba el sol.
No subí. El programa decía que el 20 era para llegar, descargar y dormir, y que la primera subida era el 21 al anochecer, con la Luna ya arriba. Yo misma había escrito el programa. No iba a ser la primera en saltármelo.
El pueblo se terminaba pronto. Una calle en cuesta y una plaza con el ayuntamiento, la iglesia y una fuente.
Enfrente, un solo bar, con un letrero de chapa: La Osa.
Alguien había pintado una osa con siete estrellas encima.
Estaban mal repartidas. El carro tenía el mango doblado hacia el lado contrario.
Encima del bar había un balcón con la persiana a medio subir. Esa era mi habitación. La había reservado en septiembre por teléfono con una mujer que apuntó mi apellido, dijo «ya nos apañaremos» y colgó antes de que yo preguntara el precio.
Aparqué pegada al bordillo, delante de la puerta.
La puerta estaba cerrada. Por dentro del cristal había un papel sujeto con celo: «CERRADO LOS MARTES».
Lo leí dos veces. La segunda no decía otra cosa.
Llamé con los nudillos. Luego marqué el número del letrero y oí el teléfono al otro lado, detrás de la barra, hasta que se cortó. El móvil tenía una raya de cobertura. Para el navegador no había dado. Para llamar a un bar vacío, sí.
Un hombre mayor cruzaba la plaza con un perro pequeño. Se paró a mirarme marcar otra vez.
—Los martes cierra.
—Lo pone en el papel.
—Pues eso.
Esperé a que añadiera algo. Tiró del perro y siguió hacia la iglesia.
De N. Villarroya tenía una dirección de correo. Teléfono no, porque nunca se lo había pedido. Podía escribirle. Le había mandado cuatrocientas doce instrucciones, y «¿dónde está mi llave?» no era una instrucción.
Repasé lo que había. El ayuntamiento tenía la persiana echada. La iglesia, un candado. El coche marcaba cuatro grados y el sol ya no llegaba a la plaza. Dentro del maletero iban dos cámaras que no debían pasar la noche bajo cero, y eso lo decía el fabricante.
Desde el café de las siete no había tomado nada. En la guantera, debajo de la ruta impresa, quedaban dos galletas de otro viaje. Me comí una de pie, apoyada en el coche. La otra la guardé.
A la derecha del bar había otra puerta, estrecha, de madera, con un tres pintado y sin timbre. Al lado, en el suelo, una sola maceta. Tenía un geranio podado hasta los nudos.
Soy hija de ferretero. En la tienda de mis padres se hacían copias de llaves, y la gente, mientras espera una copia, cuenta dónde la va a dejar. Debajo del felpudo. En el hueco del contador. Casi todos, debajo de una maceta. Mi padre nunca les decía nada. Yo llevaba la cuenta.
Levanté el geranio.
Había una bolsa de congelar con el cierre pasado. Dentro, dos llaves en un aro con una chapa de madera y un papel doblado en cuatro. Por fuera ponía «Dra. Lasarte». Lo abrí allí mismo, agachada, con la maceta en la otra mano.
«La del balcón, segunda puerta. El radiador tarda media hora en enterarse. Hay un termo con caldo colgado del pomo. N.».