Prohibido leerme así Epílogo 2
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Epílogo 2

«Soren»

Hace meses, Julia decía que nunca podría vivir con un hombre que ordenaba los lápices por tamaño.

Ahora tiene tres de mis lápices en su moño.

No lo ha notado.

Está sentada en el sofá junto a la mesa grande del salón, con las piernas dobladas bajo el cuerpo, el portátil abierto, una libreta a la derecha y una taza de café que dejó de estar caliente antes de que yo terminara mi primer capítulo de la mañana.

Lleva una camiseta mía, unos pantalones cortos y esa expresión de guerra íntima que pone cuando una frase no obedece.

Madrid entra por las ventanas con tráfico, luz de tarde y voces en la calle. El aire acondicionado deja un zumbido constante. En la cocina hay una olla a medio tapar y dos platos esperando.

Hace cuatro meses que vivo aquí.

Julia dice que técnicamente no fue una decisión, sino una ocupación progresiva de espacios.

Un día dejé un jersey en su silla. Luego libros en una balda. Después una maleta que nunca terminé de deshacer. Más tarde traje una cafetera porque la suya cometía crímenes diarios contra la dignidad humana.

Ella no protestó durante todo el proceso. Solo hizo sitio en el armario antes de admitir que lo estaba haciendo.

Ahora mi mesa de trabajo está junto a la ventana y la suya ocupa el centro del salón, porque Julia necesita creer que domina el territorio aunque luego escriba descalza, con el pelo recogido de cualquier manera y el móvil enterrado debajo de papeles que dice haber perdido.

Cada uno trabaja en su libro.

Eso fue importante para ella.

Después de La materia del deseo , después de la gira, de las traducciones, de las entrevistas, de las lectoras hablando de nuestro protagonista con una mezcla de deseo y enfado personal, y de mis lectores más solemnes explicando que la presencia del sexo explícito respondía a una decisión formal interesante, Julia necesitó volver a escribir algo suyo sin el bloqueo que la ahogaba.

Me gusta verla escribir desde lejos.

Pelea con el texto, lo provoca, lo persigue, lo insulta por lo bajo y después lo acaricia con una frase tan certera que a veces tengo que dejar mi propio documento abierto, sin tocarlo, solo para escuchar cómo respira la habitación cuando ella encuentra algo verdadero.

Hace diez minutos que no teclea.

Eso no es buen signo.

Tampoco se ha levantado a buscar cualquier cosa para fingir que pensar cuenta como movimiento. Está mirando el móvil con el ceño fruncido, demasiado callada para ser simple cansancio.

—Si sigues mirando esa pantalla con tanta desconfianza, va a terminar confesando —digo, cerrando mi portátil.

Julia levanta la vista apenas.

—Instagram me ha puesto delante una lista de preguntas para construir una relación segura. El algoritmo está empeñado en hacerme un examen de madurez afectiva antes de que llegue la cena.

—Ambicioso.

—Mucho. También un poco ofensivo. Antes me enseñaba hombres con abdominales y recetas de pasta. Echo de menos esa etapa sexy de nuestra relación.

Me acerco a la mesa y retiro un vaso vacío antes de sentarme en el borde, junto a sus papeles. No leo la libreta entera. Solo lo que ella ha dejado en medio, subrayado dos veces con una impaciencia visible.

«¿Cómo sabes que es amor de verdad?»

Debajo hay otras frases tachadas. Ninguna le sirve. Se nota por la violencia de la tinta.

—Esa sí es una buena pregunta —digo.

Julia suelta una risa seca, breve, sin levantar del todo la cabeza.

—Es una pregunta horrible. De esas que, si no tienes cuidado, convierten una escena íntima en una charla prematrimonial con cojines beige.

Estoy intentando que ella se lo pregunte sin parecer una mujer haciendo inventario emocional, y que él responda sin sonar a señor que ha leído tres libros de apego y quiere demostrar que subrayó bien.

—Quizá te molesta porque no es una pregunta para la escena.

Ahí sí me mira.

—Cuidado, Nørgaard. Esa frase tiene pinta de venir con bisturí.

Sabes que me cuesta escribir mujeres que preguntan lo que necesitan saber —dice, más bajo—.

Me sale mejor escribirlas resistiendo, contestando, provocando, deseando, haciendo como que no les importa.

Pero preguntar… preguntar de verdad, sin envolverlo en una broma, me parece un desamparo que no sé cómo sostener en una página.

—Lo es.

—Gracias por tu apoyo.

Julia apoya la pluma sobre la libreta y se recuesta un poco en la silla. Tiene una expresión cansada que no consigue esconder del todo la curiosidad.

—Vale, escritor difícil. Ya que estás tan generoso con tus observaciones, dime cómo respondería él sin dar vergüenza ajena.

—Depende de lo enamorado que esté.

Tal vez esa sea la parte de mí que ella aún no sabe.

No cuánto la deseo. Eso lo sabe. Lo ha sentido en la cabaña, en hoteles, en cocinas, en pasillos, en mañanas demasiado tempranas y noches donde ninguno de los dos ha tenido intención real de dormir.

Tampoco ignora que me importa, porque Julia tiene una forma muy particular de hacerse la distraída ante los gestos que la conmueven, pero rara vez se le escapan del todo.

Sabe que con ella he aprendido a reírme de mis propias solemnidades y que me gusta el ruido que hace Madrid cuando entra por sus ojos. Sabe que me ha dado un espacio donde no necesito ser el escritor correcto, sino simplemente el hombre que se sienta a su lado a ver cómo cambia el mundo.

Lo que no sabe, o no del todo, es cuándo empezó.

Yo tampoco lo supe mientras ocurría.

Erik dijo su nombre en una sala de reuniones de Oslo, semanas antes de que ella llegara a la cabaña.

Julia Galiano.

Lo pronunció con esa ansiedad irritante de los editores que ya han visto una posibilidad y esperan a que el autor tropiece con ella por su cuenta.

Yo estaba cansado de propuestas brillantes por fuera y huecas por dentro, de proyectos diseñados para sonar audaces antes de tener una sola página necesaria.

Romance erótico, colaboración híbrida, dos autores superventas. Sobre el papel, aquello parecía una trampa con demasiadas luces. Decidí que era una mala idea. Y, aun así, pensé en ella más de lo razonable para alguien que acababa de rechazar el proyecto por dentro.

Erik me envió sus libros esa misma tarde. Los abrí con recelo y muchos prejuicios, cosa que ahora puedo admitir sin miedo a reconocer que fui un gran idiota.

Esperaba exceso. Repetición. El romance construido para empujar al lector hacia una reacción fácil.

Encontré una mirada cruda sobre el cuerpo de los hombres, directa, sin la timidez habitual.

Había escenas sexuales donde la claridad no empobrecía nada, donde una frase podía ser explícita y aun así sostener pensamiento, rabia, ternura o poder.

La deseé antes de verla.

No a ella como cuerpo concreto, porque aún no existía para mí de esa forma.

Deseé la inteligencia que había en esas escenas.

La falta de disculpa. El descaro y la valentía de escribir lo que sentía.

Deseé la boca que imaginé detrás de ciertas frases, aunque entonces no supiera su forma, ni esa manera que tiene ahora de morderse el labio cuando una escena se le resiste.

Cerré el libro.

Volví a abrirlo diez minutos después.

A veces, cuando Julia habla de lectores que se esconden detrás de argumentos literarios para no reconocer que una escena les ha tocado el cuerpo, pienso en aquel momento y me callo.

La hipocresía no me favorece.

Cuando la vi por primera vez, entendí que había cometido otro error al sugerir ese retiro.

No porque fuera más hermosa de lo que esperaba, aunque lo era y no estaba preparado para que me gustara de manera tan complicada.

Entró en la cabaña con el frío en la cara, la maleta en una mano y una distancia muy bien colocada sobre el miedo.

Tenía los ojos demasiado atentos para alguien que acababa de hacer un viaje tan largo. Miró la casa buscando salidas, costumbres, posibles amenazas. Midiendo el terreno para ver dónde sostener el personaje de escritora segura sin que se notara lo mucho que le pesaban las dudas.

También me miró a mí.

No como una autora impresionada por un colega. Me miró como una mujer agotada que sospechaba que venía a un examen y había decidido que, si aquello iba a ser una guerra, al menos no pensaba perder la primera frase.

Me gustó. Me descolocó la velocidad con la que acepté el reto.

Durante los primeros días hice lo que sé hacer cuando algo me importa antes de tiempo.

Ordené. Observé. Tomé distancia. Convertí mi cautela en criterio, mi silencio en método y mis objeciones en una forma aceptable de mantenerla lejos.

Julia me desafió en cada conversación, en cada escena, en cada frase donde yo intentaba señalar una debilidad y ella me obligaba a distinguir entre prejuicio y lectura.

Después ocurrió algo peor.

Empecé a leerla con ella cerca.

Sus escenas cambiaron cuando su cuerpo ocupó la misma casa que las páginas. Una descripción de una mano ya no era solo una mano, porque yo había visto las suyas cerrarse alrededor de una taza, apartarse el pelo, golpear una tecla con demasiada fuerza.

Una frase sobre una mujer deseando a un hombre ya no pertenecía solo al personaje, porque Julia podía estar al otro lado de la mesa, mordiéndose el interior de la mejilla, y yo sabía que esa boca existía fuera del papel.

Las escenas sexuales dejaron de ser un territorio técnico y se volvieron una forma de tortura privada.

Leía una línea suya por la noche y oía su risa en la cocina. Corregía una escena por la mañana y recordaba cómo se le había movido la garganta al defender un detalle que ella necesitaba dejar ahí porque, aunque no lo dijera, era verdad.

Me asustó la velocidad con la que quise hacerle sitio. El instinto casi inmediato de retirar mis cosas para no invadirla, al darme cuenta de que venía de un lugar donde la habían mirado mal, usado mal, o al menos, no querida con el cuidado que merecía.