Epílogo
«Julia»
L a última firma de la gira europea es en Madrid y, a estas alturas, mis cervicales tienen más kilómetros que mi maleta.
Hemos pasado por Oslo, Copenhague, París, Roma, Lisboa y Barcelona antes de aterrizar aquí, en La Central de Callao, una librería enorme cerca de la Gran Vía, con una cola que dobla la esquina, un cartel con nuestras caras colgado del escaparate y una mesa cubierta de ejemplares de La materia del deseo que desaparecen a una velocidad de vértigo.
Vanesa lleva toda la tarde diciendo que no va a llorar, lo cual significa que va a llorar en cuanto alguien le diga algo mínimamente bonito.
Erik, que vino solo para las presentaciones de Oslo y Madrid, está apoyado junto a una estantería con una copa de agua en la mano y cara de hombre que contempla el éxito ajeno con la satisfacción de quien ya lo había previsto.
Soren está sentado a mi lado.
Ese dato, que hace meses habría sido solo una circunstancia, ahora ordena la habitación de una forma ridícula.
Lleva traje, corbata y esa expresión sobria que algunas lectoras han empezado a interpretar como misterio literario cuando en realidad es una mezcla de concentración, timidez mal disimulada y una tolerancia muy baja al ruido innecesario.
Firma despacio, con su letra minuciosa, escucha más de lo que habla y cada cierto tiempo me observa.
No me pregunta si estoy bien delante de nadie para obligarme a contestar con una sonrisa. Solo deja su mano cerca de la mía por si necesito sostenerme a algo.
Eso es Soren.
La mayoría de la gente se fija primero en lo evidente, claro.
En la altura, en esa belleza nórdica de facciones duras y ojos inmensamente claros, en la envergadura de los hombros, en las manos firmes de dedos largos, en la línea severa de su boca y en esa manera de mirar que te evalúa y, aun así, se te instala en los huesos.
Yo también me fijé en eso, aunque entonces tuve la decencia de disfrazarlo de irritación profesional. Pero lo que termina volviendo peligroso a Soren no es lo evidente. Es lo que pasa cuando reduce el ritmo del mundo a su propia velocidad.
La forma en que se inclina hacia una lectora nerviosa para escucharla mejor, sin prisa, como si en ese instante no hubiera cincuenta personas esperando detrás.
El modo en que aparta una pila de libros a punto de caerse con la misma mano con la que, anoche, me sujetó contra la pared del hotel hasta dejarme sin una sola frase útil.
También esa paciencia con la que escucha una pregunta estúpida hasta el final, sin regalarle al otro el placer de verlo molesto, y luego responde con una frase tan seca que la sala tarda medio segundo en darse cuenta de que acaba de dejar un cadáver educado sobre la mesa.
—Me ha gustado mucho el protagonista —dice una chica de unos veintitantos, sujetando el libro con cuidado—.
Al principio crees que va a ser el típico personaje hermético que esconde un trauma, pero no.
Es un hombre que está entero, que se sostiene solo.
Da gusto leer a alguien así, y ver cómo se va complicando la vida por pura honestidad.
La frase se le queda ahí, suspendida, porque de pronto se acuerda de que Soren está sentado a mi lado, con un bolígrafo en la mano y esa cara de hombre que parece no enterarse de nada cuando, en realidad, se entera de todo.
Yo también sé dónde se le ha ido la cabeza.
Lo sé porque durante toda la gira ha pasado varias veces.
En las preguntas que no terminan de formularse, en las miradas rápidas a Soren cuando alguna lectora menciona el cunnilingus, en ese silencio breve y cargado que aparece cada vez que alguien habla del protagonista arrodillado con la devoción de un caballero y la boca de un hombre que no tiene nada de santo.
Las fotos fueron una invasión.
Una mierda.
Una violencia pequeña y sucia disfrazada de morbo público.
Pero aquello no consiguió convertir ese momento en vergüenza. Ni para él ni para mí. Y, por lo visto, tampoco para las lectoras, que han hecho algo mucho más peligroso que compadecerme. Han convertido a Soren en una fantasía sexual con nombre, acento noruego y una rodilla en el suelo.
La chica se pone colorada y aprieta el libro contra el pecho.
—Quiero decir… que no parece un hombre escrito para que te calme y ya está —continúa, buscando las palabras con una torpeza preciosa—. Te calma, sí, pero luego te deja fatal. En el buen sentido. Fatal de cerrar el libro y mirar al techo. Madre mía. Perdón por ser tan intensa.
Soren baja la vista al ejemplar que está firmando.
—No pidas perdón por entender un libro mejor que algunos señores con columna literaria —le digo a la chica, firmándole la portada—. Eso debería dar puntos en algún sitio.
Soren levanta por fin la vista y le devuelve el libro firmado.
—Gracias —dice en español, arrastrando las eses con esa cadencia grave y rota que se le queda flotando en el pecho a cualquiera—. Eso es todo mérito de Julia. Yo solo tuve que dejar de estorbar.
La chica se queda mirándolo con la misma cara con la que una mira una frase que acaba de subrayarse sola.
—Madre mía —susurra.
No sé si lo dice por lo que ha dicho, por el protagonista, por Soren o por la combinación bastante injusta de las tres cosas. Yo tampoco estoy en condiciones de juzgarla.
Vanesa tiene el aspecto de una mujer que lleva dos meses durmiendo poco y vendiendo mucho.
Está preciosa de puro caos.
Ha defendido el libro en reuniones, entrevistas, ferias, cenas con editores extranjeros y una mesa redonda en París donde un crítico con gafas redondas intentó preguntarme si la romántica erótica no corría el riesgo de banalizar la literatura.
Vanesa tardó ocho segundos en intervenir, once en sonreír y menos de un minuto en dejarlo con cara de haber pedido el postre equivocado.
Yo contesté después.
Con calma.
Eso fue nuevo.
Antes habría sentido la necesidad de defenderlo todo a la vez. Mi género, mis lectoras, mis escenas sexuales, mi manera de escribir, mi derecho a existir en una mesa donde algunos todavía se sorprenden al descubrir que las mujeres saben pensar mientras desean.
Me habría puesto firme, rápida, afilada, agotada antes incluso de abrir la boca.
Ahora sigo defendiéndolo. Por supuesto.
Pero ya no siento que cada pregunta torpe sea una prueba de supervivencia.
Hay una diferencia enorme entre ser fuerte y vivir preparada para el golpe. Durante años no supe distinguirla. Confundí la autosuficiencia con carácter, el silencio con control, la tristeza privada con elegancia.
Me fui de muchas habitaciones antes de que nadie pudiera notar que me caía a pedazos, porque aprendí demasiado pronto a resolver sola.
Me volví buena en eso. Buenísima. Tanto que terminé convirtiendo mi capacidad para sostener a los demás en una casa sin ventanas.
Pasé tanto tiempo transformándome en lo que otros necesitaban que olvidé qué forma tenía mi propio deseo.
Y luego llegué a una cabaña en Noruega para escribir con un hombre tranquilo, seco, irritantemente correcto, y descubrí que, por primera vez, no tenía que construirle un refugio a nadie. El refugio ya estaba allí, y estaba hecho para mí.
Y eso te descansa.
Qué palabra más sencilla y qué trabajo me costó entenderla y sentirla.
Descansar en alguien.
No recostarte sobre un hombre que luego te pasa factura emocional por sostenerte un rato. No entregar tus pedazos a quien los usa para sentirse imprescindible. No convertirte en enfermera, psicóloga, madre, abogada y refugio de alguien que llama intensidad a no saber regularse.
Descansar de verdad.
En una presencia que no te pide que bajes la voz para que su ego no se agriete. En un cuerpo que puede desearte sin castigarte antes. En un hombre que se enfada cuando te dañan, pero no espera que tú le limpies después la rabia de los nudillos.
Soren no llegó a mi vida para arreglarme, ni para enseñarme una versión luminosa de mí misma con una paciencia de santo nórdico.
Gracias a Dios.
Habría sido bastante poco sexy.
Pero cuanto más tiempo pasaba a su lado, menos emocionante me parecía la vieja montaña rusa.
Qué faena, por cierto.
Una se pasa media vida creyendo que el amor tiene que alterarte el cuerpo hasta confundirte, que si no hay ansiedad no hay química, que si un hombre no te obliga a interpretar cada gesto quizá no te importa lo suficiente.
Luego llega alguien, te deja respirar, te toca con manos expertas, te mira como si tuviera tiempo y te destroza toda la teoría con una taza de café bien hecha.
Malísimo para las tramas tóxicas.
Buenísimo para la piel.
La firma continúa casi dos horas más. Hay lectoras que vienen solas, otras en grupos, algunas con ejemplares llenos de post-its , otras con los ojos brillantes y una vergüenza preciosa al confesar que han leído determinadas escenas en el metro y han tenido que cerrar el libro por salud pública.
Una mujer de unos cincuenta me cuenta que hacía años que no se reconocía en una protagonista sin sentirse juzgada por haber deseado mal antes. Otra me dice que el libro le ha dado ganas de dejar de llamar amor a tener que adivinar el humor de un hombre antes de entrar en una habitación.
Esa me deja tocada.
Soren no dice nada en ese momento. Firma su nombre junto al mío, cierra el libro con cuidado y se lo entrega a la lectora con una inclinación leve de la cabeza.
Ella se va colorada, feliz, abrazada al ejemplar. Yo sigo mirándola hasta que se pierde entre la gente, y entonces Soren apoya su mano en mi espalda, entre los omóplatos, en un gesto que nadie más entendería.
Yo sí.
Es su forma de decirme que me ha visto.
Que sabe lo que esa frase acaba de abrirme por dentro.
—Estoy bien —murmuro, sin mirarlo.
—Lo sé —responde él, y su mano se queda un segundo más antes de apartarse.
Me giro hacia él con una sonrisa pequeña, un poco cansada.
—Qué desagradable es que me conozcas tanto.
—Estoy aprendiendo a usarlo con moderación.
—Mientes fatal.
—Estoy aprendiendo otras cosas mejor.
Vanesa aparece por detrás justo en ese momento, con una caja de ejemplares en los brazos y una expresión de sospecha absolutamente merecida.
—No sé qué estáis diciendo, pero si implica desaparecer antes de terminar la cola, os recuerdo que tengo tacones, hambre y autoridad contractual.
—Estábamos hablando de moderación —digo.
—Qué asco. No me interesa.
Soren se levanta para cogerle la caja antes de que se le caiga. Vanesa se la entrega con alivio.
—Gracias. Eres muy útil. Entiendo el enamoramiento colectivo.
—No lo animes —dice Erik, que se acerca con el móvil en la mano y una seriedad demasiado ensayada—. Aún necesito que firme otros cuarenta ejemplares sin descubrir que cae bien en público.
Soren recoloca la caja bajo la mesa.
—Sobreviviré.
—Eso dices ahora —responde Erik, mirando la cola—. Cuando la quinta lectora consecutiva te explique con rubor que tu protagonista le ha arruinado las expectativas con los hombres reales, hablaremos.
Vanesa se vuelve hacia él con una sonrisa peligrosa.
—¿Ves? Eso sí es análisis de mercado.
—No. Eso es una amenaza para el resto de los hombres —contesta Erik, antes de señalar la mesa con el móvil—. Siguiente tanda. Sonríe poco, Soren. Conserva la marca.
Y así seguimos firmando, hablando, escuchando.
El éxito tiene un ruido muy particular cuando ocurre en una librería.
No se parece al de las cifras, ni al de los rankings, ni al de los correos con muchos signos de exclamación.
Suena a páginas pasando, a bolsas de papel, a bolígrafos destapándose, a lectoras que dicen «esta parte» y apoyan un dedo sobre una frase como quien señala una cicatriz compartida.
Soren firma el último ejemplar casi a las diez de la noche. Yo me quedo sentada con la mano dolorida, el pelo bastante peor que al principio y una pila de post-its que varias lectoras me han regalado con frases marcadas:
«No quiero volver a llamar amor a quedarme esperando a que un hombre aprenda a no hacer daño. Esta vez quería leer a una que entendiera que quizá el cambio importante era levantarse e irse.»
«Antes me gustaban las historias donde él cambiaba por ella. Ahora me ha pegado más esta: ella cambia lo suficiente para dejar de elegir a hombres que necesitan cambiar.»
«No quiero un hombre que me haga daño y luego me premie por aguantarlo. Quiero uno que no necesite herirme para que su cariño parezca enorme.»
«No volveré a llamar intensidad a estar pendiente del humor y la atención de un hombre.»
«Este libro me ha dejado pensando que quizá la pregunta no era ¿cambiará por mí?, sino ¿por qué sigo eligiendo hombres que tendrían que cambiar tanto para quererme bien? »
Me las quedo mirando demasiado tiempo.
—Te han gustado —apunta Soren.
—Me han dado una hostia elegante.
—Son buenas frases.
—Es terrible que mis lectoras escriban mejor el resumen emocional de mi vida que yo.
Cuando por fin salimos a la calle, Madrid está fría, brillante de lluvia reciente, llena de taxis, luces y gente que todavía camina como si no fuera martes.
Caminamos hacia el hotel sin prisa. Su mano encuentra la mía a mitad de la calle y sus dedos se entrelazan con los míos.
Qué sencillo.
Qué enorme.
—¿Estás contenta? —pregunta al cruzar el semáforo.
—Estoy agotada, muerta de hambre, emocionalmente vapuleada por mujeres con post-it y bastante segura de que Vanesa va a vender derechos hasta en Marte si alguien no le quita el móvil. Pero sí. Estoy contenta.
—Bien.
—No uses tu palabra favorita para cerrar mi epílogo personal.
—Estoy orgulloso de ti —dice entonces, sin mirarme de inmediato, con los ojos puestos en la calle mojada y la bolsa de libros golpeándole suavemente la pierna—. Mucho.
Tengo que apretar los dedos contra los suyos para no quedarme quieta en mitad de la acera.
—Soren.
—También tendrás que aprender a recibir elogios.
—Eres muy pesado con mi crecimiento personal para ser un hombre que presume de hablar poco.
—Solo hablo cuando compensa.
Me río, y la risa me sale cansada, rota por los bordes, pero mía.
Al llegar a la esquina, el escaparate de una librería pequeña refleja nuestras figuras un segundo. Yo con el pelo deshecho por la humedad, el abrigo abierto y la sonrisa demasiado blanda. Él a mi lado, oscuro, alto, con una bolsa llena de libros y la mano cerrada alrededor de la mía.
El libro ya está ahí fuera. Las lectoras lo llevan en bolsas, en fotos, en frases subrayadas, en mensajes que leeré mañana con café y probablemente llorando un poco donde nadie me vea demasiado.
Arturo queda lejos, tan lejos que ya ni siquiera necesito imaginarlo perdiendo. Mi padre también. Los hombres que no supieron querer bien pertenecen a otra vida, otra Julia, otro idioma.
Yo ya estoy escribiendo en otro.