Prohibido leerme así Capítulo 26 #2
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Capítulo 26 #2

—Es una decisión difícil —dice—. El libro necesita terminarse aquí, en este lugar.

El proceso que hemos empezado no puede trasladarse a ningún otro sitio.

Necesitamos el tiempo, el aislamiento y la forma de trabajo que ya tenemos.

Y meses en una cabaña aislada, con lluvia, nieve, una autora que discute cada adjetivo y un manuscrito que exige comprobar demasiado a menudo si ciertas escenas son sólidas…

Yo siento que el café se me va por el camino equivocado. Soren continúa con la misma voz tranquila, el muy desgraciado.

—El sacrificio profesional es evidente.

—Durísimo —consigue decir Vanesa, ya sin ninguna intención de comportarse—. Estoy por redactarte una carta de apoyo emocional.

—No te molestes, no la leeré —responde él—. Estaremos ocupados.

Madre mía.

Madre mía.

Vanesa golpea la mesa fuera de cámara.

—¡Ya está! ¡Eso es un sí! ¡Erik, dilo tú con tu voz de hombre serio para que parezca oficial antes de que yo empiece a llorar encima del contrato!

Erik se incorpora un poco, todavía con esa sonrisa medida que no le resta ni un gramo de autoridad.

—Entonces queda aprobado avanzar con el proyecto. Prepararemos el acuerdo definitivo, fijaremos entregas y mantendremos la confidencialidad hasta que tengamos una estrategia común. Soren, necesitaré tu confirmación por escrito.

—La tendrás hoy —responde él y luego se vuelve hacia mí—. ¿Tú quieres escribir este libro?

Nadie en esa mesa me lo ha preguntado. Nadie se ha parado a pensar si yo de verdad quería meterme ahí dentro. Solo él.

—Sí —respondo—. Quiero escribirlo. Me da miedo, me va a costar y probablemente batallaré contigo hasta por el clima emocional de una coma, pero quiero hacerlo.

—Pues entonces seguimos —dice, más bajo.

Seguimos.

La palabra se queda en la mesa, entre el portátil, los papeles, la lluvia y la mano de Soren que vuelve a rozarme la muñeca bajo la superficie.

La llamada se alarga todavía un rato con fechas, contratos, entregas parciales, confidencialidad y el tono de la campaña que Vanesa quiere proteger de cualquier persona con acceso a una plantilla horrible de marketing.

Erik promete enviar un resumen.

Soren responde poco, pero cuando lo hace tiene esa sequedad suya, ahora contaminada por todo lo que ya ha pasado entre nosotros, que consigue que cualquier frase normal me llegue con otra intención.

Al despedirse, Vanesa me señala con el bolígrafo.

—Tú, duerme. Come algo que no sea café. Escribe. Y no dejes que este hombre te intimide con sus silencios de señor que ha leído a Ibsen demasiadas veces.

—A estas alturas, sus silencios ya no me intimidan tanto.

Soren gira la cabeza hacia mí con una mirada que no tiene nada de inocente.

—Eso habrá que comprobarlo.

Erik cierra los ojos, resignado.

Yo corto la llamada con una rapidez absolutamente culpable y la pantalla se queda negra.

Él no aparta la mano de mi muñeca. Tiene el pulgar apoyado en la cara interna, justo donde el pulso no sabe mentir, y lo mueve apenas, sin prisa, con esa presión mínima que debería ser insignificante y, sin embargo, me deja demasiado consciente de mi piel.

—Has dicho que sí —digo, mirando la pantalla apagada.

—Tú también.

—Me da miedo —admito, y la frase sale sin hacer aspavientos, pero con todo el peso que lleva días empujándome por dentro—.

No el contrato, ni Vanesa, ni Erik, ni siquiera tener que escribir una novela con un hombre que subraya con cara de juez.

Me da miedo esto que ha empezado entre nosotros, porque ya no puedo fingir que es solo trabajo.

Y me da pánico pensar en qué pasará cuando se termine.

—Si se rompe, lo sabremos antes de destrozar la novela —dice—.

Esa es la ventaja de escribir juntos. También es el riesgo.

No voy a prometerte que será cómodo, porque sería una estupidez y porque tú no me creerías.

Pero sí puedo prometerte que no voy a dejar el libro a medias solo porque lo que nos pasa fuera de la página nos esté sobrepasando.

—Qué maravilla —murmuro, con una risa pequeña que me salva de romperme demasiado—. Una declaración romántica con cláusula de productividad.

—Pensé que agradecerías la honestidad.

—La agradezco. Me preocupa que me caliente un poco.

Ahora sí sonríe.

Soren inclina la cabeza, más cerca, sin besarme todavía. Tiene la boca a milímetros de la mía y la mano todavía sobre mi pulso.

—Vamos a tener mucho trabajo.

—Muchísimo —respondo, dejando que mi boca roce la suya al hablar—. Escaleta, capítulos, escenas difíciles, personajes que no obedecen, editores con demasiada energía y un retiro creativo que empieza a parecer una trampa muy bien financiada.

—Podemos ir por partes.

—Qué raro. Soren Nørgaard proponiendo orden.

—Primero el libro.

—¿Y después?

Su pulgar se mueve sobre mi muñeca una vez más, lento, diligente, casi cruel en lo poco que necesita hacer para cambiarme la respiración.

—Después ya veremos cuánto de esto cabe fuera de la cabaña.

La frase no es enorme ni intenta serlo. Está lejos de prometer un futuro con música, certezas grandes o una versión sencilla de nosotros que ninguno de los dos sabría habitar todavía. Me ofrece algo suyo, sobrio y bastante peligroso: esperar lo suficiente para averiguarlo.

—Seis meses —susurro.

Él asiente, sosteniéndome la mirada.

—Vamos a tener que ser profesionales.

—A ratos.

—Responsables.

—Cuando sea necesario.

—Y mantener cierta disciplina.

—La disciplina se me da bien.

—Pobrecito. Una existencia durísima.

Soren roza mi labio inferior con el suyo antes de contestar.

—Sobreviviré.

Se me escapa una sonrisa.

—Qué ironía tan discreta, Nørgaard. Casi parece que tengas sangre en las venas.

—Poca. La reservo para emergencias.

Me quedo quieta, con su aliento mezclándose con el mío.

—¿Qué clase de emergencias?

—Esta —dice, con la voz un tono más baja.

Y me besa. Me río contra su boca, porque hay hombres que se vuelven más peligrosos cuando aprenden a bromear poco y bien. Soren me recibe con una mano en la nuca y la otra todavía en mi muñeca, sujetándome el pulso como si quisiera asegurarse de que la decisión sigue ahí, debajo de la piel.

Y, por primera vez desde que llegué a Noruega, el futuro no me suena a huida, ni a examen, ni a una habitación en la que tengo que demostrar que merezco quedarme.

Me suena a páginas abiertas, a café en la mesa, a lluvia contra los cristales y a Soren a mi lado, difícil, seco, estricto, imposible de resumir y dispuesto a escribir conmigo hasta que la última escena encaje en su sitio.

Nuestra historia, pienso.

Pero todavía no lo digo.

Aún hay que escribirla.