Capítulo 26
Primero el libro, luego ya veremos cuánto sobrevivimos
«Julia»
T res días después de enviar el adelanto, mi capacidad para fingir tranquilidad ha empezado a parecerse a una performance financiada con café.
Durante esas setenta y dos horas he escrito, he borrado, he vuelto a escribir, he recibido dos correos de Vanesa con demasiados signos de exclamación para una mujer adulta y ninguno de Erik, lo cual me ha parecido más inquietante que una crítica mala.
Soren ha impreso la escaleta, los tres primeros capítulos y la escena sexual en un orden que solo entiende él, los ha leído con un lápiz en la mano y ha tenido la indecencia de no hacer ni un solo comentario durante horas, salvo para decir «esta frase aguanta» o «aquí te escondes».
Yo le he odiado con bastante entrega durante esos momentos.
He descubierto que discutir con un hombre que no se dedica a defenderse atacando es una experiencia rarísima. Soren no discute; se sienta conmigo a escuchar mis objeciones, a pensarlas, a desmontarlas una a una o a darme la razón si cree que la tengo.
Con él he aprendido que puedo hablar en un tono normal y, aun así, ser escuchada. Puedo quejarme, reclamar mi espacio o pedir lo que necesito sin que use mis argumentos para llamarme histérica, pesada o intensa.
Y, sobre todo, que puedo equivocarme sin sentir que la conversación es una batalla campal por ver quién consigue hacer más pequeño al otro.
Y he decidido que la convivencia creativa con un noruego tranquilo debería venir con una advertencia en la puerta de la cabaña: riesgo alto de enamoramiento involuntario.
La videollamada empieza a las seis de la tarde, con el cielo ya oscuro al otro lado de los cristales y una lluvia fina que lleva todo el día golpeando la madera.
Soren está sentado a mi lado en la mesa del salón, demasiado cerca para una reunión formal y lo bastante lejos para que ninguno de los dos pueda alegar accidente si nuestros brazos se rozan.
Tiene una copia del dossier delante, porque al parecer incluso cuando una editorial entera está a punto de decidir si un proyecto vive o muere, él necesita tener papel bajo los dedos.
Yo llevo un vestido decente, los labios mordidos y la sensación de estar esperando una sentencia en bragas metafóricas.
Vanesa aparece en pantalla con unas gafas enormes, un moño alto y la cara de una mujer que ha leído algo que quiere vender, defender y quizá enmarcar en la pared del despacho.
—Antes de que nadie hable con voz prudente, aviso de que hoy tengo prohibida la prudencia por prescripción emocional —dice, acomodándose en la silla con una taza gigante entre las manos—.
He leído el adelanto tres veces. La primera como editora, la segunda como lectora y la tercera como mujer que ha tenido que levantarse a abrir una ventana aunque fuera noviembre.
Si alguien intenta decir que esto «promete», cierro la llamada y me voy a gritar a un pasillo.
Erik entra dos segundos después, con el pelo perfectamente peinado, una corbata azul y esa expresión de hombre que ha nacido para decir cosas devastadoras sin mover demasiado la cara.
—Yo iba a decir que promete —responde en inglés, con una calma que no consigue esconder del todo la diversión—, pero adaptaré mi entusiasmo a los estándares de Vanesa para evitar un incidente internacional.
—Gracias, cielo. Hoy no tengo energía para educar escandinavos —contesta ella, señalando la cámara con un bolígrafo—. Julia, cariño, estás pálida. Soren, tú tienes cara de haber dormido poco y haber tomado decisiones estupendas. Todo en orden.
Soren apoya un antebrazo sobre la mesa y no concede la menor satisfacción a esa provocación, aunque su rodilla roza la mía bajo la superficie con una lentitud que me hace apretar los dedos alrededor de la taza.
—Hablemos del texto —dice.
—Qué sorpresa, el hombre quiere hablar del texto —murmuro, sin apartar la vista de la pantalla.
—Es una reunión editorial —responde él, y esta vez sí me mira de lado—. O eso estamos intentando fingir.
Vanesa se queda inmóvil.
Erik sonríe.
Yo bebo café para no decir una barbaridad.
—Bien —dice Erik, entrando en materia con esa serenidad suya que, por desgracia, suele venir cargada de criterio—.
La escaleta ha cambiado mucho respecto a la primera versión, pero ahora tiene una dirección clara.
La investigación ya no parece un andamio para sostener la tensión romántica, y la tensión romántica tampoco parece un adorno encima de la trama.
Los dos elementos se empujan. Eso es raro. Y útil.
—Útil, dice —interviene Vanesa, llevándose una mano al pecho—. Erik, de verdad, algún día leerás una escena que te atraviese el esternón y dirás «ejecuta un trabajo adecuado en términos de respuesta lectora».
—Lo diría si fuera así.
—Me vas a matar antes de llegar a los cincuenta.
Soren baja la mirada a sus papeles, pero la comisura del labio se le curva hacia arriba en una sonrisa.
Ese desajuste mínimo en su cara seria me basta para saber que se lo está pasando mejor de lo que piensa reconocer.
Yo, en cambio, sigo con el estómago tenso, porque los elogios me entran peor que las críticas cuando importan de verdad.
—Los tres primeros capítulos tienen voz —continúa Erik, ignorando la amenaza de Vanesa con la elegancia de quien ha sobrevivido a cosas peores—.
Una voz reconocible, con carácter, vulnerable sin volverse complaciente, capaz de sostener el deseo y la herida en la misma página.
El conflicto editorial entre vosotros no se siente artificial.
Se entiende por qué Julia necesita demostrar algo y por qué Soren no puede limitarse a aprobarlo o rechazarlo desde fuera.
Ahí sí noto que Soren se queda quieto.
—¿Y la escena sexual? —pregunta Vanesa, que ya no puede aguantarse ni medio segundo más—. Por favor, lleguemos al elefante empotrado en la habitación.
—Vanesa —digo, tapándome media cara con la taza.
—No me van a callar en mi propio entusiasmo. Esa escena no es solo caliente, que lo es, gracias a Dios y a quien corresponda. Es reveladora. Julia, ahí está el libro. Ahí. El sexo no es solo físico. Es más adulto y peligroso, pero por razones que no dan vergüenza al leerlas al día siguiente.
Soren no me mira, pero su mano se mueve bajo la mesa y sus dedos rozan mi muñeca.
—Estoy de acuerdo —dice él al fin, con la vista puesta en Vanesa—.
La escena cambia el centro del proyecto.
Antes teníamos una colaboración interesante entre dos voces distintas.
Ahora tenemos una novela. La escena sexual no está ahí solo para subir la temperatura ni para cumplir una expectativa de mercado.
Está ahí porque, después de ella, la protagonista ya no puede tomar la misma decisión que habría tomado antes.
Vanesa abre la boca.
La cierra.
Milagro.
Erik, que no tiene piedad ni siquiera ante los acontecimientos sobrenaturales, inclina la cabeza hacia la pantalla.
—Eso ha sido casi una defensa apasionada, Soren. Estoy preocupado.
—No te acostumbres.
—Demasiado tarde. Ya he tomado nota.
Yo miro a Soren, pero él sigue con la atención en la reunión. La seriedad le queda demasiado bien. La seguridad también.
Hace unos días, que él tuviera tanto peso sobre este proyecto me habría puesto nerviosa de una forma distinta, más áspera, más defensiva.
Ahora me pone nerviosa porque sé que de verdad puede decir que no. Porque su sí no depende del entusiasmo de Vanesa, ni del informe de Erik, ni de mis ganas de que esto siga.
La última palabra es suya y todos lo sabemos.
Vanesa también. Por eso deja la taza sobre la mesa y se inclina hacia la cámara con menos teatro.
—Mi informe es claro. Seguimos. Hay libro, hay tono, hay conflicto, hay mercado y hay algo muy difícil de fabricar y es esa química entre dos escritores de géneros tan distintos.
El pulgar de Soren se mueve sobre mi muñeca justo entonces, lento, distraído solo en apariencia.
—Yo puedo defender esto en España con los ojos cerrados y un cuchillo entre los dientes, cosa que no pondré en el correo porque Legal se pone muy susceptible con las imágenes bélicas.
—Mi informe también será favorable —añade Erik—.
Recomendaré avanzar con contrato definitivo, calendario de entregas y revisión conjunta de estructura cada dos semanas.
Hay riesgos, claro. El proyecto depende de una convivencia creativa muy intensa durante unos meses más y de que los dos mantengáis la tensión en la página el tiempo suficiente antes de llevárosla a otra parte.
—Qué forma tan fina de decir que no nos distraigamos demasiado —digo.
—No he dicho eso.
—Lo has pensado.
Erik sonríe sin molestarse en negarlo.
—Hay circunstancias atenuantes.
Soren, a mi lado, sigue demasiado tranquilo.
Esa tranquilidad ya no me engaña. Está pensando.
Mide las consecuencias de continuar con el libro en la cabaña, compartiendo una rutina de mañanas, inviernos y escenas discutidas a medias en un silencio demasiado lleno.
Sabe, igual que yo, que lo que ha empezado entre nosotros ya no se puede justificar como parte del trabajo.
Es algo mucho más real, definitivo y peligroso.
Vanesa carraspea.
—La decisión final la tienes tú, Soren.
Ahí está, la frase que llevamos toda la reunión esperando detrás del entusiasmo.
Él es el hombre de los premios, el niño mimado de las críticas favorables, el tipo que vende literatura seria en mayúsculas. El autor prestigioso que arriesga su reputación y ese respeto sagrado de la industria solo por ligar su nombre al mío.
Yo no digo nada.
Me obligo a no mirarlo de inmediato, aunque cada parte de mi cuerpo se gira hacia él por dentro. Soren toma el dossier, pasa una página que ya conoce de sobra y deja el papel alineado con el borde de la mesa. Un gesto pequeño, absurdo, muy suyo. Después mira a Erik, a Vanesa y, por último, a mí.