Capítulo 25 #2
—Me gustó la escena, el cambio y encontrarme en un lugar donde no esperaba estar.
También me molestó un poco comprobar que has descrito mi deseo mejor de lo que yo habría sido capaz de explicarlo.
—Se detiene un instante, y la forma en que me mira los labios me hace apoyar mejor las manos en la isla—. Me ha gustado mucho, Julia.
Tardo un segundo en poder responder.
—¿Quieres que comprobemos la sostenibilidad de algún punto concreto de la escena?
Soren se levanta. Despacio. Rodea la isla sin apartar los ojos de mí, y la cocina se hace pequeña con cada uno de sus pasos. Cuando llega a mi lado, se coloca delante de mí. Cerca. Demasiado cerca para que la conversación siga fingiendo ser conversación.
—Sí —responde, y su mano sube hasta mi cara.
Me toca los labios con el pulgar.
Primero el inferior. Después el centro de la boca, donde la presión me obliga a abrir los labios.
El gesto es íntimo, dominante. La yema se desliza hacia dentro y se apoya sobre mi lengua.
Yo cierro los labios alrededor de su dedo antes de pensar si voy a hacerlo.
Lo chupo despacio, mirándolo, y noto cómo algo cambia en su cara.
—Soy un hombre sencillo —dice, con la voz ya menos estable.
Le suelto el pulgar con un roce lento de lengua.
—No, Soren. No lo eres.
Su mano sigue en mi mandíbula. El pulgar, húmedo, vuelve a pasar por mi labio inferior, extendiendo el calor de mi boca sobre mi propia piel.
—Complicado, entonces.
—Complicadísimo. Hasta que una acaba entendiendo que lo difícil no es llegar a ti. Es dejar de fingir que no estás llegando.
La frase se queda entre nosotros.
—Deja de explicarme —dice con la voz áspera—. Hoy no puedo escucharte tanto. Tengo necesidades muy básicas.
No me da tiempo a contestar.
Me besa de una forma que no tiene paciencia, ni educación, ni esa compostura suya que suele ponerle bordes a todo. Su mano entra en mi pelo, me sujeta la nuca, me inclina la cara y me abre la boca con la suya.
Y luego, lengua, saliva, barba raspándome la piel, el sabor amargo del café que no se ha terminado y algo más oscuro, más físico, algo que lleva acumulado desde la primera vez que ha leído mi escena y se ha encontrado allí sin permiso.
Me agarra por la cintura y me sienta sobre la isla.
La piedra fría me muerde la parte posterior de los muslos. El golpe de temperatura me arranca un sonido pequeño, pero él lo traga con la boca antes de que pueda convertirse en nada.
Me abre las piernas con el cuerpo. Sus manos suben bajo el jersey y la lana me raspa los costados cuando me lo arranca hacia arriba.
Tiene prisa.
Tiro de él. Soren gruñe contra mi boca y ese sonido, tan bajo, tan suyo, tan poco razonable, me baja directo entre las piernas.
—Así no era el capítulo —murmuro, más por necesidad de aire que por ingenio.
—El capítulo se quedaba corto.
Su mano vuelve a mi boca. Dos dedos esta vez.
Me toca los labios, los abre. Yo los recibo sin pensarlo, los chupo, rodeándolos con la lengua, y noto cómo se le endurece la mirada de golpe. La mano que tiene en mi cadera se cierra un poco más.
Empieza a deshacerse delante de mí por una cosa tan pequeña como mi boca alrededor de sus dedos.
Los saca mojados.
Los baja por mi garganta, por el centro del pecho, por el abdomen.
Va más abajo, directo, casi brusco por pura impaciencia. Mete la mano bajo mis bragas y encuentra la humedad con un sonido seco de respiración que le rompe la calma.
—Joder, Julia.
Me agarro a sus hombros.
Los dedos bajan, me abren, entran apenas, vuelven a subir.
Mi cuerpo se inclina hacia él, blando, entregado, sin una sola frase útil.
Me quita las bragas con una impaciencia casi torpe.
La tela se engancha en un tobillo. Tira, la libera, la deja caer. Después vuelve a mí.
Me chupa un pezón con fuerza.
Abro la boca, pero no sale nada decente.
Sus manos están en todas partes. Una en mi espalda, acercándome.
La otra entre mis piernas, mojada, segura, usando el ritmo que ya ha aprendido de mí y ensuciándolo con la prisa.
Su lengua rodea el pezón, los dientes lo rozan, la barba me araña la piel.
Le agarro el pelo y lo mantengo ahí porque necesito que no pare, que siga siendo menos perfecto, más humano.
—No pienses —dice contra mi pecho, con la voz ronca—. Ahora no.
Y por una vez, no pienso.
Me dejo llevar.
La palabra rendición siempre me ha dado rabia. Suena a derrota, a bandera blanca, a mujer perdiendo algo.
Esto no es perder.
Se parece a dejar caer, por fin, esa versión de mí que aprendió a follar mirándose desde fuera. Es apagar el control de calidad, el miedo a no encajar en su fantasía y esa maldita necesidad de comprobar si mi cuerpo está gustando mientras intento sentirlo.
Soren me toca y mi cuerpo deja de negociar con la cabeza. Me vuelvo piel, saliva, piernas abiertas, uñas en su nuca, una serie de gemidos que ya no sé controlar y tampoco quiero.
Le bajo el cierre del vaquero con manos torpes y él se queda quieto un segundo cuando lo agarro.
Duro.
Caliente.
Pesado en mi palma.
Le rodeo la polla con los dedos y noto el pulso ahí, la piel tensa, la humedad en la punta.
Su garganta se mueve. Su mano se apoya en la isla junto a mi cadera, y veo otra vez sus nudillos, las venas marcadas y los dedos largos cerrándose sobre la piedra.
La misma mano que anoche estampó a Arturo contra un coche y ahora tiembla porque la estoy tocando.
Esa contradicción me calienta de una forma vergonzosa.
Mi otra mano baja un poco más, despacio, hasta encontrarle los testículos. Los cubro con la palma, calientes, pesados, tensos contra mis dedos.
Soren suelta el aire de golpe, casi un gruñido, y su mano se cierra sobre mi muslo.
—Julia.
Soren inclina la cabeza, me besa con los dientes, me muerde el labio inferior y me aparta la mano de allí solo lo suficiente para llevarla de vuelta a su cuello.
—Luego —dice contra mi boca—. Si haces eso ahora, no voy a durar lo suficiente para sentirme ni un poco orgulloso.
Me río, pero la risa se me queda partida cuando me mete dos dedos de golpe.
El cuerpo me responde antes que la voz. Me abro más, le rodeo la cintura con las piernas y apoyo la frente en su hombro.
Soren me folla con los dedos durante unos segundos, rápido, profundo, con el pulgar arriba y la boca pegada a mi oído. Me toca hasta que la humedad le resbala por la mano y mi cuerpo empieza a apretarse alrededor de sus dedos.
—Así —murmura—. Esto era lo que faltaba.
No sé si habla del capítulo.
No me importa.
Me saca los dedos antes de que llegue al borde, y mi protesta se convierte en un gemido indignado cuando lo veo abrir el cajón de la isla y buscar un preservativo con una rapidez demasiado preparada para ser casual.
—Eficiencia escandinava —susurro, sin aire.
—Desesperación ordenada.
Esa frase, esa imagen, su jadeo roto, el vaquero abierto, el torso tenso bajo el jersey que todavía lleva puesto, me dejan ridículamente blanda. Intento tirar de la prenda para quitársela, pero él me detiene con una mano en la muñeca y niega apenas con la cabeza.
—Después.
—Quiero verte.
—Ahora quiero entrar.
La crudeza de la frase me deja callada.
Se pone el preservativo con una mano que ya no parece tan firme y me agarra de la nuca para acercar mi cara a la suya.
La punta de su polla roza mi entrada. Mi cuerpo se adelanta, hambriento, sin vergüenza. Él lo nota y cierra los ojos un instante, solo uno, como si ese gesto mío le hubiera quitado la última defensa.
Cuando me penetra, lo hace de una sola embestida lenta al principio y brutal al final.
Se me rompe el aire en la garganta.
Le clavo las uñas en los hombros, abro más las piernas, me agarro a él entera. Soren se queda dentro de mí sin moverse durante un segundo mínimo, apenas el tiempo que necesita para no perderse en el primer golpe. Su frente roza la mía. Respira por la nariz, fuerte, con la mandíbula apretada.
—Gud —dice en noruego, o eso creo, porque la palabra me llega áspera, caliente, desconocida.
Me da igual lo que signifique.
Me gusta.
—Más —pido.
Ahí se le termina la paciencia.
Me folla con una fuerza que no tiene nada de elegante. Mi culo golpea contra la isla, el portátil tiembla a un lado, la taza de café se desliza unos centímetros y se queda allí por pura suerte.
Soren me sujeta por las caderas, entra hondo, se retira un poco, vuelve a hundirse. Cada embestida me arranca un sonido distinto, más bajo, más roto.
Él ya no intenta parecer tranquilo. La boca busca mi cuello, mi mandíbula, mis labios, cualquier sitio donde pueda morderme sin dejar de moverse.
No pienso en nada.
Solo en Soren dentro de mí, en sus manos apretándome la piel, en sus testículos golpeando contra mi culo en cada entrada, pesados, calientes, indecentes, recordándome la frase que escribió mi propia cabeza antes de que mi cuerpo decidiera probarla.
Está conteniéndose por un hilo, follándome como si se estuviera desquitando del texto, de la noche, de haber intentado ser razonable con el cuerpo en llamas.
Y yo, que hace semanas habría convertido esto en una broma para no admitir que me gusta, solo apoyo mejor las manos, abro más las piernas y dejo que me mire romperme.
Me corro con la boca abierta.
Con un sonido roto que Soren recoge contra sus labios cuando me besa a mitad del orgasmo. Me sacude entera. Las piernas me tiemblan alrededor de sus caderas, los dedos se me aferran a su espalda, el placer me deja sin una sola parte útil del cuerpo.
Soren aguanta hasta que empiezo a bajar.
Ese último resto de control suyo, hermoso y terrible.
Después me agarra más fuerte, entra una vez, dos, tres, ya sin ritmo reconocible, con la respiración hecha pedazos y la cara hundida en mi cuello.
Se corre dentro de mí con un sonido bajo, casi rabioso, que me atraviesa la piel y se me queda debajo de las costillas. Sus manos tiemblan en mis caderas. El cuerpo entero se le queda tenso, pesado, pegado al mío.
Durante un rato no existe nada más.
Solo la lluvia fina contra el cristal, el olor a café abandonado y Soren respirando en mi cuello.
Le acaricio la nuca.
Me gusta este silencio, que no haya prisa para cerrar lo que acaba de pasar. Me gusta sentirlo todavía dentro, cansado, caliente, vivo, con esa respiración suya que poco a poco vuelve a parecer humana.
Cuando levanta la cabeza, tiene la boca marcada, los ojos todavía oscuros y una expresión tan poco compuesta que se me aprieta algo en el pecho.
—El capítulo da resultados —dice.
La risa me sale pequeña, ronca, agotada.
—Menos mal. Estaba preocupadísima por la crítica especializada.
Soren no sonríe del todo. Me aparta un mechón de la cara con el pulgar, el mismo que he tenido dentro, y me mira serio.
—Entrégalo.
Miro el portátil abierto a un lado.
Mi escena está ahí, escrita antes de que esto ocurriera y, aun así, menos verdadera que ahora. Tendré que tocarla y ensuciarla un poco más.
Quitarle paciencia y dejar al hombre menos perfecto y a la mujer menos ingeniosa.
Dejar que se note que el deseo, cuando por fin aparece sin viejas mentiras, no tiene por qué ser delicado.
Puede ser rápido, duro y torpe, capaz de dejarte temblando sobre la encimera de una cocina con un escritor noruego dentro y la certeza de que el bloqueo no era falta de ideas.
Era falta de este hombre.
—Lo entregaré —digo.
Soren apoya la frente en la mía.
—Luego —murmura.
Yo cierro los ojos. Tiene razón. Nunca hay demasiado sexo. Hay demasiada gente empeñada en contar cuántas veces una mujer abre las piernas y muy poca dispuesta a preguntarse cuántas veces ha tenido que cerrarse por dentro para no incomodar a nadie.