Prohibido leerme así Capítulo 25
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Capítulo 25

Desesperación ordenada y otros métodos de revisión literaria

«Julia»

S oren me llama antes de que me duerma.

Lo hace cuando ya he perdido la cuenta de las veces que he leído la misma frase en la pantalla sin saber si está viva, muerta o solo esperando a que yo deje de meterle los dedos para comprobar si respira.

Tengo el portátil sobre las piernas, en el sofá, el jersey de lana arrugado contra los muslos y una taza de café frío sobre la mesa, porque esta noche mi sistema nervioso ha decidido que dormir es una afición de gente sin ex criminales, fotos robadas y escritores noruegos en comisaría.

Descuelgo en cuanto veo su nombre.

—Estoy bien —dice antes de que me dé tiempo a hablar, con la voz baja, gastada, y un rumor de fondo que no sé ubicar—. Arturo me ha denunciado por agresión. Tengo que declarar, esperar al abogado y esto va a alargarse más de lo que quería. Erik está conmigo.

Aprieto el móvil contra la oreja y cierro los ojos.

—Cuando dices agresión, ¿hablamos de la versión Soren de «lo he apartado con cierta energía» o de la versión legal?

Al otro lado hay una pausa breve. Como si tuviera que decidir cuánta verdad puede darme sin traer la comisaría entera hasta mi cama.

—Lo agarré del cuello y lo estampé contra un coche —responde al fin con esa honestidad brutal que lo caracteriza—. Arturo decidió que eso era denunciable.

Me quedo muy quieta, con la mano apoyada en el teclado y el cursor parpadeando sobre una frase que ya no me importa.

—Joder —murmuro.

—Sí.

—Qué manera tan poco nórdica de resolver conflictos.

—Erik ha dicho algo parecido, pero con más decepción profesional.

La risa me sale floja, cansada, casi contra mi voluntad. No debería reírme. Debería estar horrorizada, quizá.

Arturo está denunciando a Soren por haberle puesto una mano encima, y lo lógico sería que una parte de mí se encogiera, preocupada por el desastre legal, por lo que puede pasar, por todo lo que se nos está cayendo encima cuando el libro ni siquiera está entregado.

Y me preocupa.

Sin embargo, pena por Arturo, ninguna.

Ni una gota.

—Supongo que vino a controlarme disfrazándolo de preocupación —digo, despacio, porque de pronto la frase necesita salir así, sin chiste encima—.

A comprobar si seguía siendo un sitio al que podía agarrarse.

Y cuando vio que no, que estaba contigo, hizo lo que siempre ha sabido hacer mejor que nadie.

Sentirse herido y herirme a mí para equilibrar la balanza.

Soren no contesta enseguida. Oigo una puerta cerrarse, un murmullo, una voz masculina. Después, su respiración vuelve más cerca.

—No va a volver a acercarse a ti de esa forma —dice.

No lo dice para que yo le dé las gracias. Lo sé muy bien.

—Vuelve cuando puedas —le pido, y esta vez ni siquiera intento que mi voz suene menos desnuda.

—Eso haré.

Cuelgo poco después, con su nombre todavía caliente en la pantalla y el cuerpo lleno de una inquietud que no sé dónde poner. Así que hago lo único que sé hacer cuando algo me supera sin matarme.

Escribo.

Escribo hasta que los ojos me pican, hasta que la rabia deja de ser ruido y se convierte en ritmo, hasta que la escena sexual que llevaba días resistiéndose empieza a salir con una facilidad insultante.

Ya no escribo al hombre roto que necesita una mujer para volverse habitable.

Tampoco al mujeriego que se vuelve fiel por iluminación vaginal, ni al distante que reparte afecto en dosis pequeñas para que la protagonista confunda alivio con amor.

Y mucho menos al que no tiene brújula moral para nadie, pero de pronto descubre un código sagrado porque ella le importa.

Escribo a un hombre que no necesita destrozar nada para tener peso. Que se sienta cerca y cambia la temperatura de una habitación sin convertirla en una batalla. Uno que toca con manos grandes, exactas, pacientes solo hasta que la paciencia deja de servirle.

Escribo a Soren sin poner su nombre.

Cuando abro los ojos en mi cama, la habitación está gris.

Durante unos segundos no sé qué hora es.

Solo sé que he dormido mal, atravesada, con el jersey subido hasta la cintura y la espalda torcida de esa forma absurda en que una cae rendida después de escribir como si estuviera sacándose cristales de debajo de la piel.

La cabaña huele a café.

Soren ha vuelto.

Camino descalza por el pasillo, con el pelo cayéndome por un lado de la cara y las bragas medio cubiertas por el jersey.

Lo encuentro en la cocina.

Está sentado en uno de los taburetes de la isla, con mi portátil abierto delante, una taza de café a medio terminar.

Lleva el pelo recién lavado todavía algo húmedo en las puntas y la cara de no haber dormido lo suficiente.

La barba le sombrea la mandíbula y el cansancio le vuelve el azul de los ojos más claro que nunca.

Pero lo que me detiene es la forma en que está leyendo.

Hay algo demasiado físico en su manera de no moverse. Como si cada línea del texto estuviera entrando en él por un sitio que no piensa enseñarme.

Lee mi capítulo.

El capítulo sexual.

Me quedo en la entrada de la cocina y él levanta la vista.

Los cambios en su cara son pequeños, pero ahora soy capaz de percibirlos siempre. Primero el alivio de encontrarme despierta. Después algo más bajo, más difícil de esconder, cuando sus ojos bajan para registrar el jersey, mis piernas desnudas, el pelo revuelto, la marca de sueño en mi mejilla.

Vuelven a mi cara enseguida, porque Soren es Soren y su educación tiene reflejos más rápidos que algunos animales de caza, pero ya no estamos al principio y yo ya no soy tan amable con las cosas que finge no mirar.

—Has llegado —digo, con la voz ronca.

—Hace algo más de dos horas —responde, dejando la mano junto al portátil sin cerrarlo del todo—. No quería despertarte. Fui a correr. Me he duchado. He hecho café.

Lo miro.

—Claro. Una denuncia, una declaración, una noche en comisaría y tú decides completar el paquete con cardio y pelo limpio.

—Necesitaba moverme.

—La gente normal necesita dormir.

—No soy especialmente útil tumbado mirando el techo.

—Eficiencia noruega. Me fascina y me preocupa a partes iguales.

La comisura se le mueve apenas.

—Necesitaba sacarme la rabia del cuerpo.

Ahí se me va un poco la broma porque lo dice sin drama, pero entiendo que no haya querido entrar en esta casa oliendo a Arturo, a policía, a papeles, a una noche en la que mi nombre volvió a usarse como una cosa que otros podían mover de un lado a otro.

—¿Estás bien? —pregunto, y esta vez no lo hago para que me tranquilice, sino porque quiero oír la verdad aunque salga torcida.

Soren gira la taza entre los dedos, sin beber.

—Cansado. Enfadado todavía. Algo impaciente con la parte de mí que sabe que debería lamentar haberle puesto una mano encima a Arturo y no termina de conseguirlo. Pero estoy bien de la forma que toca ahora.

Qué peligro tiene un hombre que no te obliga a cargar con lo suyo para demostrar que le importas.

—Pues yo estoy mejor de lo que esperaba —digo al fin, apoyando la cadera en la isla—.

Lo de las fotos me da asco. Lo de Arturo me enfada, pero ni siquiera me sorprende.

Cuando Arturo se siente pequeño, intenta hacer pequeña a la mujer que tiene delante.

Es su gimnasia emocional. Muy triste y de hombre que debería pagar terapia en vez de gasolina.

Soren levanta la mirada hacia mí, y la cocina se queda quieta de una manera distinta.

—Bien.

—Qué palabra tan escueta para una superdeclaración de crecimiento personal.

—No te ha hecho pequeña.

Qué frase más simple y bonita.

—No —respondo—. Esta vez no lo ha conseguido… ¿De verdad lo agarraste del cuello y lo estampaste contra un coche?

Soren sostiene mi mirada.

—Sí.

—Madre mía —murmuro, y el calor que me baja por el cuerpo no tiene la decencia de esperar a que terminemos de hablar de consecuencias—. Otra vez haciendo de macho alfa, Soren. Te voy a tener que colgar la etiqueta en el jersey.

—No soy un macho alfa.

—No, lo tuyo es una energía masculina muy rara. Muy atractiva, vale, pero rarísima.

Me hace un gesto con el dedo para que me acerque a él, sobrio casi seco, que me afecta más que cualquier abrazo enorme. Luego sus ojos vuelven al portátil, y todo lo demás se aparta un poco.

Arturo sigue ahí fuera, legalmente vivo y emocionalmente miserable. Pero en la cocina empieza a ocupar espacio otra cosa.

Mi texto.

Su lectura.

—Ya que has decidido leer mi escena en vez de dormir —comento, mientras me acerco—, espero algo más elaborado que «está bien», porque te aviso de que tengo poca paciencia para reseñas de frigorífico.

Soren baja la mirada al texto, luego a mis manos sobre la isla.

—La primera lectura fue profesional —dice, con la voz más grave—. En la segunda vi el cambio. En la tercera ya no estaba leyendo como coautor.

Me quedo mirándolo y dejo que continúe o se calle. Cualquiera de las dos opciones me sirve para seguir aumentando temperatura interna.

Soren apoya el pulgar en el borde del portátil.

—Antes escribías el deseo como una cuerda tensa entre daño y recompensa. Aquí no. Es… —Hace una pausa breve, no teatral, más bien molesta consigo mismo por tener que buscar una palabra—. Es peligroso de otra forma.

—¿De qué forma?

Soren levanta la vista.

—Me reconocí —añade, sin desviarse, y esta vez la frase viene más baja—. No en todo. Pero con la claridad necesaria para entender que ese hombre no había salido de ninguna técnica narrativa.

Trago saliva.

—No.

—Y lo suficiente para ponerme duro leyéndolo.

Ahí sí se me va cualquier broma de las manos.

Me sostiene la mirada. Cansado, serio, guapísimo de una forma que debería considerarse desleal después de una noche sin dormir.

—Esa sí es una valoración literaria completa —murmuro.

—No lo era.

—Ya.