Prohibido leerme así Capítulo 24
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Capítulo 24

Los hombres decentes también follan, cariño

«Julia»

M e conecto a la videollamada con Vanesa, desde el sofá, con el portátil abierto entre una taza de café frío y un documento en blanco que lleva veinte minutos mirándome con la misma compasión que un médico antes de darte una mala noticia.

La cabaña está demasiado tranquila. Ese es el problema. Después de una noche en la que todo pareció cuerpo, fuego, boca, piel y sexo, la mañana tiene una normalidad casi ofensiva.

Y yo siento una especie de electricidad desagradable bajo la piel, porque él está en el pueblo con Erik, Arturo está allí también y, según mi imaginación, que jamás ha respetado una orden de alejamiento, hay demasiados problemas que pueden surgir de eso.

Vanesa aparece en pantalla con unas gafas enormes, un moño sostenido por lo que parece un lápiz y la cara de una mujer que ya ha pasado por el horror, la culpa, el cabreo y una fase bastante avanzada de intento de homicidio.

—Antes de que me digas que estás bien, te aviso de que hoy tengo tolerancia cero para las mujeres que insultan mi inteligencia mientras llevan cara de haber dormido en una centrifugadora emocional —dice, acercándose a la cámara con una taza gigante entre las manos—.

He dormido cuarenta minutos y he mandado a Comunicación a un rincón a pensar en sus pecados.

Si me ves temblar, no es por la cafeína.

Estoy intentando no cometer nada denunciable.

Me río, aunque la risa sale rara, un poco torcida y con demasiada mañana encima.

—Estoy enfadada, agotada y muy tentada de vivir bajo la mesa hasta que internet decida obsesionarse con otra persona —respondo—.

También estoy esperando a que Soren me escriba, lo cual me parece una evolución personal alarmante, porque hace unos días ese hombre era un noruego serio con opiniones muy estrictas sobre la planificación narrativa y ahora mi sistema nervioso lo trata como un órgano vital.

—Cariño, si un hombre te hace ver el techo de una cabaña noruega como si fuera la bóveda de una catedral y luego baja al pueblo a buscar a tu ex con ganas de convertirlo en un mueble plegable, el sistema nervioso tiene derecho a reorganizar prioridades —contesta Vanesa, con más emoción de la que debería permitirse—.

Hablando de ese cabrón… siento haberle dado más pistas de las que se merecía.

Ahí se me enfría algo.

La culpa se le nota en los hombros.

—¿Qué le dijiste? —pregunto, despacio, sin acusarla, aunque la pregunta nos deja a las dos en un sitio menos cómodo.

Vanesa apoya la taza fuera de cámara y se frota la frente con dos dedos antes de responder.

—Me llamó hace unos días. Me pilló entre reuniones, con Producción persiguiéndome por una cubierta y Comunicación intentando venderme que «romance con prestigio» era una frase aceptable para una nota interna, así que le dije lo que pensé que podía decirle cualquiera: que estabas trabajando con Soren Nørgaard en un retiro literario.

Supongo que le confirmé lo bastante para que se sintiera amenazado.

Me apoyo en el respaldo de la silla y miro un segundo hacia la ventana, hacia el gris del exterior.

—Según el último mensaje de Soren, hay pruebas suficientes contra él y la policía le está tomando declaración —digo, mirando el móvil—. Me parece bien y horrible. Y puede que esté a dos segundos de bajar en bragas al pueblo, lo cual sería una decisión mala incluso para el estándar de hoy.

Vanesa vuelve a la vida con una especie de chasquido.

—Por favor, no salgas en bragas al pueblo.

Primero, porque seguro que hace frío. Segundo, porque ya tenemos bastante material escandaloso para que Comunicación se haga pis encima.

Tercero, porque si alguien va a presentarse allí con aspecto de desequilibrada y ganas de arrancarle extensiones emocionales a Arturo, tengo más antigüedad en la empresa y me corresponde a mí.

La risa me sale antes de poder evitarlo.

—Gracias.

—No me des las gracias. Estoy haciendo mi trabajo y, de paso, intentando compensar que he contribuido sin querer a que tu ex desarrollara una excursión criminal con vistas al fiordo.

Además, hay una parte de mí, muy pequeña y profesionalmente enferma, que sigue aplaudiendo el hecho de haber descubierto que tú y Soren habéis convertido una colaboración editorial en el retiro creativo más inmersivo de la historia reciente.

La miro.

Ella levanta una mano.

—Lo digo con asco institucional y fascinación narrativa. Puedo contener ambas cosas porque soy una mujer compleja y porque he editado trilogías con menos capas que vuestras semanas de retiro.

Me río sin poder contenerme.

—Hasta hace poco tenía a una autora superventas bloqueada, un proyecto raro y un noruego no convencido del todo con la idea. Hoy tenemos a Soren pasando de «autor sombrío que mira fiordos» a «señor que se pone de rodillas para observar otra clase de humedades».

Me tapo la cara con una mano, pero la risa se me escapa entre los dedos.

—Eres una pirada.

—Soy una profesional bajo mucha presión y con muy poco azúcar. Hay matices.

—Me da mucho miedo que me guste demasiado y más que me guste que haya ido a buscar a Arturo con esa pinta de vengador tranquilo.

Vanesa apoya los antebrazos sobre la mesa al otro lado de la pantalla.

—Que te guste que alguien se enfade por ti no te hace débil, ni antigua, ni tonta, ni menos feminista, ni menos adulta.

Arturo se enfadaba para ocupar espacio y que tú tuvieras que adaptarte a su temperatura, a su versión, a su mal día, a su herida, a su ego con goteras.

Soren se ha enfadado porque alguien invadió el tuyo.

La diferencia es bastante grande, cariño.

Una cosa es un hombre convirtiéndote en la culpable.

Otra, uno que ve a alguien cruzar una línea y decide que esa línea no se cruza gratis.

Eso ya lo sabes, Julia. Lo has estado escribiendo en los márgenes desde hace tiempo.

Hay algo pecaminoso en lo bien que me sienta oírlo formulado así.

—Lo que me da miedo —digo, despacio, porque esta frase no se merece salir disfrazada de chiste— es que me guste por los mismos motivos de siempre.

Que mi cabeza esté haciendo otra vez lo de convertir la tensión en deseo.

Hombre enfadado, hombre peligroso, hombre que se mueve por mí, y de pronto mi sistema nervioso aplaudiendo como una idiota en primera fila.

Vanesa me mira un segundo largo.

—Vale, pero ahí estás haciendo trampas contra ti misma —responde, señalándome con un dedo que aparece enorme en la cámara—.

Soren no te ha tenido días con el alma colgando de un hilo para luego darte una migaja y que tú la confundas con banquete.

Ese hombre ha sido atento, te ha leído de verdad y, por lo que me has dicho con bastante menos detalle del que merezco como editora y como mujer, te ha dado una noche capaz de fundar una religión pequeña.

Pienso en sus manos sobre mi cuerpo, en su voz junto a mi oído, en la paciencia con la que fue acercándose hasta que dejó de poder ser paciente.

—El mejor sexo de mi vida —digo, y al oírlo así, tan simple, tan brutalmente claro, se me mueve algo en el pecho.

Miro la página en blanco. El cursor parpadea con una paciencia insoportable, pero esta vez no parece estar burlándose de mí, sino esperando. Como Soren. Sin empujar, sin hacer ruido, sin pedirme que corra detrás de nada.

—He escrito demasiadas veces la misma esperanza con distinta cara —digo, y la frase me atraviesa con una claridad que casi duele—.

Y no quiero despreciar eso, porque lo he escrito con hambre, con verdad, con trabajo, y mis lectoras lo han sentido porque yo también lo sentía.

Pero ahora me pregunto si he estado escribiendo rehabilitación emocional de hombres que en la vida real jamás cambiarían.

La pregunta se queda entre nosotras sin necesidad de adornos.

Me paso una mano por la frente. Tengo sueño, rabia, vergüenza, deseo y unas ganas absurdas de que Soren vuelva.

No para poner orden en mi vida con esa eficacia suya de hombre que parece capaz de alinear hasta una tormenta, sino porque me gusta la forma que tiene de estar.

Cómo escucha sin abalanzarse sobre lo que una dice y deja que una frase acabe antes de contestarla y la manera en que me mira cuando trabaja, como si me estuviera leyendo también a mí con atención.

—Creía que no era mi tipo —digo, y la confesión me sale con una vergüenza casi dulce—.

Porque no me activaba como los hombres de antes.

No me obligaba a perseguirlo, ni a traducir sus silencios, ni a preguntarme qué parte de mí tenía que retorcer para que se quedara.

Al principio confundí esa calma con falta de chispa.

Qué ironía tan imbécil, ¿no? Resulta que el hombre no estaba apagado.

Era yo la que solo reconocía el fuego cuando venía con humo.

Vanesa asiente despacio.

—Tu cuerpo esperaba fuegos artificiales y el noruego llegó con calefacción central.

La carcajada se me escapa sin elegancia, y la agradezco porque me permite respirar antes de seguir.

—Eres idiota.

—Sí, pero exacta. Continúa.

—La calma de Soren no es falta de deseo —digo, mirando el documento—. Es espacio. Eso es lo que no entendía. Espacio para que el deseo no nazca del miedo, ni de la duda, ni de la necesidad de ganarme algo.

Vanesa se lleva una mano al pecho.

—Acabas de encontrar el libro.

—Creo que acabo de encontrar cómo escribir deseo hacia un hombre que no necesita dejarme en carne viva para hacerme sentir algo —respondo.

—Y porque está buenísimo —añade Vanesa, sin mover un músculo de la cara.

—También.

—Gracias. Me estaba preocupando que la revelación emocional nos hubiera dejado sin criterio visual.

Sonrío. Ese nunca fue el problema.

—Julia, ponte las pilas y escribe lo que acabas de descubrir.

—¿Y qué he descubierto?

—Que los hombres decentes también te ponen —responde, llanamente.

Miro la página en blanco. Esta vez no me parece una acusación.

—Puedo escribirlo. Sí que me ponen. Al menos él lo hace —digo.

—Pues escribe, cariño. Y que Arturo, internet y el comité de Comunicación con una neurona compartida se vayan a tomar por saco en fila india.

Bajo la vista al documento.

—Vanesa —digo, colocando los dedos sobre el teclado—. Creo que ya sé cómo empieza la escena.

—Menos hablar y más delito literario, cariño.

Soren vuelve en algún lugar del mundo.

Yo empiezo a escribir.

«Había pasado años confundiendo el deseo con la falta de aire.

Hombres que apretaban, se iban, volvían, brindaban una caricia como quien concede un premio.

Él no le hacía eso, la dejaba respirar. Y resultó que respirar junto a un hombre que podía hacerla temblar era mucho más indecente que ahogarse por cualquiera».