Prohibido leerme así Capítulo 23 #2
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Capítulo 23 #2

Me quedo a un metro de él y bajo la vista a sus botas mientras sale del coche. Barro seco en los bordes, suela ancha, desgaste irregular en el exterior derecho. La misma marca que fotografié junto a la ventana de la cabaña.

—Has venido muy lejos para preguntar por carreteras secundarias —digo, en español, y el idioma le cambia apenas la mirada porque no le permite refugiarse del todo en el malentendido.

—He venido a hablar con Julia. No contestaba y me preocupé. Supongo que eso no es delito.

—Te preocupaste buscando una entrada secundaria hacia una casa donde nadie te había invitado —respondo, sin acercarme más porque cada centímetro que no avanzo me cuesta más de lo que debería—. Mucho menos ella.

—No sé qué te ha contado, pero te conviene tener cuidado con lo que das por hecho. Julia tiene mucho talento para narrar las cosas de forma que parezcan más interesantes de lo que son.

Erik se mueve a mi izquierda. No se coloca entre nosotros, pero entra en el borde de mi campo de visión como una cuerda tensa.

—No hables de ella así —digo, y noto mi voz hundirse en lugar de subir.

Arturo me observa con más atención.

—¿Y cómo quieres que hable de ella? ¿Como si fuera una víctima perfecta? Te habrá contado una versión. Julia siempre tiene una versión. Es escritora, al fin y al cabo.

—Vas a hablar de las fotos, del coche al que rajaste las ruedas y de por qué estabas cerca de la cabaña —digo, dejando que cada palabra tenga sitio.

Erik mueve apenas la cabeza, una advertencia mínima.

—No tengo por qué darte explicaciones solo porque llevas unos días encerrado con Julia y ahora te crees con derecho a algo con ella.

—¿Y qué derechos tienes tú sobre ella? Julia no es tuya.

La sonrisa vuelve, pero esta vez más fea.

—Tampoco es tuya, aunque después de que se te abriera de piernas con tanta facilidad entiendo que te hayas confundido, pero no eres el único a quien engaña.

La mano de Erik se mueve hacia mi brazo. Llega tarde.

Agarro a Arturo por el cuello y lo estampo contra la puerta del coche con tanta fuerza que el Toyota se sacude sobre la grava y el metal devuelve un golpe seco, feo, mucho más satisfactorio de lo que debería.

Los ojos se le abren, levanta las manos hasta mi brazo y, durante un segundo, deja de parecer ese hombre soberbio y arrogante.

—Has elegido muy mal la frase —digo, tan cerca que el aliento le toca la cara—. Podías haber mentido para defenderte, pero tenías que abrir la boca para hablar mal de ella.

Arturo traga contra mi mano. Lo siento en la palma.

Hay hombres a los que no se les convence con razones porque llevan años usando las razones como una puerta trasera.

Arturo entiende la vergüenza, el veneno dicho bajo, el daño que no deja marca. Así que le doy una marca.

—Vuelve a hablar de Julia así —continúo, apretando lo justo para que deje de intentar recomponerse— y voy a hacer que esta conversación te parezca la parte amable del día.

—Soren —dice Erik, a mi lado, en noruego, con una calma muy tensa—. La policía está a punto de llegar y necesito que ese cabrón pueda hablar cuando le pregunten.

Aflojo un poco los dedos, pero no lo suelto. Arturo respira peor ahora. Su cuello empieza a enrojecer bajo mi mano, y la imagen tiene una justicia simple, primitiva, que no pienso discutir conmigo mismo.

—Me estás amenazando.

—Te estoy dando información —respondo, acercándome más, bajando la voz hasta dejarla donde solo él pueda oír bien cada palabra—.

La amenaza sería decirte lo que me apetece hacerte.

Esto es bastante más civilizado. Vas a quedarte aquí, vas a enseñar tu documentación, vas a explicarle a la policía dónde están tus teléfonos, tus cámaras y cualquier archivo relacionado con Julia, y si aparece una sola imagen más, una cuenta anónima, un comentario empujado por ti o por alguien que te deba un favor, voy a encontrarte otra vez.

Arturo intenta apartar mi mano con los dedos.

Le dejo intentarlo un segundo. Después aprieto más.

—Y la próxima vez —añado, sin apartar los ojos de los suyos— sin testigos.

Al fin entiende que hay una diferencia entre provocar a un hombre para que parezca violento y descubrir que el hombre violento existe de verdad, aunque haya decidido durante años vestir mejor sus impulsos.

Erik suelta aire despacio.

—Maravilloso —murmura en noruego—. Muy claro todo. Ahora suéltalo, Soren.

Suelto a Arturo de golpe.

Él se queda pegado a la puerta del Toyota, llevándose una mano al cuello, con la chaqueta torcida y la respiración rota.

—Te has equivocado de hombre —dice, intentando recuperar la compostura.

La frase casi me divierte.

—Tú te has equivocado de mujer —respondo—. Y de lugar. Aquí no tienes un teléfono para envenenarla despacio, ni una pantalla desde la que mirar sin que nadie te mire a ti. Aquí me tienes a mí, con muy pocas ganas de seguir escuchando cómo intentas convertir lo que hiciste en una excusa.

Arturo traga saliva.

—La próxima vez que uses su nombre para defenderte —continúo, acercándome lo justo para que Erik tenga que volver a detenerme con una mano en el brazo—, voy a tomarme eso como una invitación personal a recordarte que la boca también se cierra desde fuera.

Y te aseguro que puedo hacerlo con bastante menos paciencia que la que estoy usando ahora.

La marca roja empieza a salirle despacio, sucia, visible, y una parte bastante poco civilizada de mí la observa con una satisfacción que no me avergüenza.

Me habría gustado apretar más y que entendiera, aunque fuera durante unos segundos, cómo se siente tener el cuerpo convertido en algo que otro decide usar.

—Aquí hay gente que te ha visto preguntar por la cabaña —añade Erik, con una serenidad tan pulcra que casi suena amable—. Y ya hay una denuncia en marcha por publicación de imágenes íntimas sin consentimiento.

Arturo lo mira con un odio más honesto que todo lo que ha dicho hasta ahora.

—Esto no demuestra nada —dice, llevándose la mano al cuello.

—Entonces no tendrás problemas en explicarlo —responde Erik, inclinando apenas la cabeza hacia la carretera, donde ya se acerca el coche policial sin sirenas—.

A la gente correcta, quiero decir. Soren tiene una paciencia limitada y una mano muy descriptiva, pero la policía suele preferir otro tipo de conversación.

El coche blanco entra en la zona de grava con una lentitud sobria, casi ofensiva para la tensión que nos rodea y salen dos agentes.

Arturo intenta intervenir en inglés, ya sin la arrogancia suave de antes.

—He venido por motivos personales —dice, tocándose otra vez el cuello como si quisiera que los agentes mirasen mi mano antes que sus botas—. A visitar a una amiga. Esto es una confusión.

El agente más alto le responde algo en noruego que Erik traduce sin esperar a que se lo pidan.

—Quiere tu identificación y los datos del coche de alquiler.

Arturo me mira como si yo hubiera cambiado las reglas.

—Te va a salir caro haberme puesto la mano encima —dice en español.

Me acerco solo medio paso, menos de lo que mi cuerpo pide, más de lo que Erik aprueba.

—Lo mío se arregla fácil con un abogado. Lo tuyo necesita una versión mejor elaborada y creíble —respondo, igual de bajo.

Arturo aprieta la mandíbula.

Erik vuelve a mi lado mientras Arturo entrega la documentación.

—Has decidido ser moderadamente problemático —murmura en noruego, sin mirarme del todo—. Para tus estándares actuales, supongo que debería felicitarte.

—No lo hagas.

—No pensaba. Legal va a querer beber lejía cuando se lo cuente.

Uno de los agentes me llama, y camino hacia él con las fotos de las huellas abiertas en el móvil. Respondo en noruego, ordenando los datos uno a uno. Hora aproximada. Distancia desde la ventana. Marca de la suela. Ángulo posible de las imágenes. Todo lo que sé.

Eso basta por ahora.

Pero tengo la certeza de que, si vuelve a acercarse a Julia, la próxima vez será mucho más difícil encontrar una razón para apartar la mano.

Anoche perdí el control dentro de ella. Ahora, contra Arturo porque él ha intentado manchar exactamente eso y la parte de mí que lo ha estampado contra el coche no encuentra un solo motivo decente para arrepentirse.

Esa es la parte que debería preocuparme más y, sin embargo, no lo hace. Me molesta la torpeza, no el impulso.

Arturo me sigue mirando desde el otro lado del coche, ya sin sonrisa, con una rabia más intensa que su preocupación falsa.

Le sostengo la mirada para que entienda que la policía, Erik y el pueblo son, ahora mismo, la única distancia real entre él y yo.

—Soren —advierte Erik, sin apartar la vista de mí.

—Estoy quieto.

—Tu cara no.

—Entonces mira a otro lado.

Erik suelta aire por la nariz, pero no insiste. Vuelvo al coche con Erik con una certeza simple, nada hermosa.

Si vuelve a hacer daño a Julia, voy a procurar que no nadie ni nada me detenga cuando lo encuentre.