Capítulo 23
El Toyota blanco y otras superficies útiles para explicar límites
«Soren»
B ajo al pueblo para reunirme con Erik y averiguar si alguien ha visto a Arturo por la zona. Me pongo las botas en la entrada, cojo el abrigo y guardo en el bolsillo el teléfono con la foto de ese imbécil. Tengo los dedos rígidos de pura rabia.
—No quiero verlo —me ha dicho Julia hace un momento, sentada en el sofá—.
Ni en una cámara de hotel, ni en una gasolinera, ni en el reflejo de un escaparate.
Hoy no quiero ser la mujer fuerte que mira al hombre que la ha jodido y encuentra una frase brillante para enfrentarse a él.
Estoy cansada, Soren. No quiero tener que demostrar que puedo con esto también.
—No tendrás que verlo —le he respondido, terminando de atarme las botas—. Yo me ocuparé de esto.
Julia ha asentido una vez, con los ojos en la ventana y la mandíbula apretada.
—Gracias.
Salgo sin añadir nada más. Hay frases que solo sirven para tranquilizar al que las dice y yo no tengo ninguna intención de calmarme.
Aparco en la entrada del pueblo, detrás del coche de Erik.
El pueblo es pequeño. Tiene cuatro calles alrededor del puerto, un par de tiendas, la cafetería que huele a pan incluso desde fuera, el supermercado donde Julia y yo ya hemos estado, el bar, la gasolinera al otro lado de la carretera y dos alojamientos para turistas que vienen buscando fiordos.
Si Arturo ha pasado por aquí, alguien lo ha visto, le ha cobrado, le ha servido café o le ha dado una llave.
Erik está apoyado en la puerta de su vehículo. Tiene la cara de un hombre que lleva horas hablando con abogados, editores, plataformas y gente de comunicación.
—Tienes una cara horrible —dice en noruego, mirándome de arriba abajo—. Y teniendo en cuenta que internet lleva media mañana intentando convertirte de escritor sombrío y taciturno en dios del sexo, eso casi tiene mérito.
Me detengo delante de él.
—No hagas eso.
Erik levanta una mano.
—Lo sé —responde, ya sin humor—. Perdón. Estoy agotado, furioso y he tenido que escuchar a una persona de comunicación decir: «esto es una oportunidad» tres veces antes de las nueve de la mañana.
—Dime qué tienes.
—Tengo enlaces retirados, una denuncia en marcha por publicación de imágenes íntimas sin consentimiento y un abogado que quiere saber si podemos probar quién estaba físicamente junto a la cabaña.
También tengo a Legal diciéndome que, si encuentras a ese hombre y le rompes la cara, nos complicas la vida.
—No he dicho que vaya a romperle la cara.
—No hace falta que lo digas. Lo llevas escrito por todas partes.
Miro hacia el pueblo. Arturo podría haberse marchado ya, claro. Las fotos han aparecido esta mañana y una publicación anónima puede hacerse desde cualquier sitio.
Pero hay hombres que no se conforman con encender una cerilla y marcharse antes de ver qué arde.
Arturo conoce a Julia. Ha querido mirarla, exponerla, colocar su intimidad en una vitrina y esperar a que todos opinen sobre ella.
Cuesta creer que no quiera ver el resultado y comprobar si ha conseguido que ella vuelva a pensar en él, aunque sea con asco.
—Esto es lo que haremos —dice Erik, siguiendo mi mirada antes de que yo diga nada—. Preguntar. Escuchar. Tomar notas. No amenazar a nadie, no empotrar a nadie contra una pared, no convertirte en el novio furioso de una historia predecible cuando la historia real ya es bastante fea.
—No soy su novio.
La palabra sale antes de que pueda decidir si me conviene.
—Soren, eres un tío que congela los problemas a base de burocracia y distancia.
He visto a gente intentar hundirte profesionalmente y tu respuesta siempre ha sido ignorarlos hasta que han desaparecido.
Esta mañana estabas dispuesto a prenderle fuego a la editorial porque le han robado un momento a Julia.
Llámalo como quieras. Pero camina con cuidado, porque si ese tipo está aquí, no necesita que seas violento. Necesita que parezcas violento.
—No voy a tocarlo.
—Más vale. Vamos primero a la cafetería. Sin hacer ruido.
—Sé preguntar sin hacer ruido.
—Sí. El problema es que hoy pareces a punto de preguntar con los dientes.
Entramos en la cafetería con la campanilla sonando por encima del murmullo bajo de dos mesas ocupadas.
Erik hace las preguntas y le enseña la foto de Arturo.
La mujer mira la pantalla el tiempo justo para decir demasiado antes de abrir la boca. Después se limpia las manos en el delantal aunque las tiene limpias, un gesto inútil y humano que me ayuda a no interrumpirla.
—Lleva una semana merodeando por aquí —dice en noruego, bajando un poco la voz—. Dijo que buscaba a una amiga española y que los mapas no le cargaban bien. Quería saber si había una carretera secundaria, una entrada menos visible desde la carretera principal para visitar el fiordo.
Erik mantiene la expresión abierta, amable, aunque su mano se ha quedado inmóvil sobre la carpeta.
—¿Iba solo?
—Sí. Compró café y pagó en efectivo. Hablaba inglés, pero insistía mucho, como si repetir la misma pregunta con más sonrisa la hiciera menos rara.
—¿Dijo dónde se alojaba? —pregunto, con la voz lo bastante controlada para que Erik no intervenga.
La mujer me mira ahora a mí. No hay morbo en sus ojos, pero sí cautela, y no puedo culparla por protegerse de una historia que no le pertenece.
—Preguntó por habitaciones el primer día. Le dije que el alojamiento pequeño de Solveig solía tener sitio fuera de temporada, aunque no sé si fue allí.
Erik le da las gracias, compra dos cafés que ninguno de los dos quiere y salimos con una pieza más y ninguna respuesta suficiente.
El alojamiento de Solveig está dos calles más arriba, una casa estrecha pintada de azul oscuro con cortinas blancas y una pizarra junto a la puerta.
Erik habla primero con la mujer que atiende. Explica que estamos colaborando con una denuncia y enseña la foto. La mujer reconoce a Arturo, aunque al principio intenta esconderlo detrás de una norma sobre huéspedes y privacidad.
—No le estamos pidiendo datos íntimos —dice Erik, con esa sonrisa suya de hombre capaz de venderle una alarma a un ladrón mientras yo intento no parecer la razón por la que alguien la necesitaría.
—Solo necesitamos saber si este hombre estuvo aquí y qué coche conducía —intervengo, con menos paciencia de la que debería—. Si prefiere esperar a la policía, lo entiendo, pero tendrá que repetirlo dentro de veinte minutos con papeleo hasta las cejas.
Solveig suspira y mira hacia la ventana, como si el puerto pudiera librarla de nosotros.
—No aparece durante el día. Sale temprano y vuelve tarde. Pero cena casi todas las noches en el bar del muelle, sobre las siete. Lo sé porque Ingrid, la dueña, me lo ha contado tres veces esta semana.
Erik ladea la cabeza con una amabilidad peligrosa.
—¿Ingrid habla de todos sus clientes?
—Solo de los que le interesan —responde Solveig, y por primera vez se le escapa algo parecido a una mueca—. Dice que los españoles son muy ardientes y que este, además, es muy guapo.
No sé qué cara pongo, pero Erik me mira de reojo y carraspea antes de que yo diga nada.
—¿Y el coche?
—Un Toyota blanco de alquiler. Lo deja en el puerto, junto a las casetas de los pescadores cuando va a cenar.
Fuera, Erik saca el móvil y llama a alguien. Habla en noruego rápido, con esa cortesía suya.
Cuando cuelga, me mira.
—Ahora sí vamos —dice Erik, guardando el móvil—.
Y antes de que empieces a caminar como si fueras a una ejecución privada, escúchame.
Si está allí, hablo yo primero. Si se marcha, le sacamos foto, matrícula y llamamos a la policía.
Si te provoca, respiras. Si menciona a Julia, respiras dos veces.
Si te toca, entonces me das el enorme placer de denunciarlo por agresión.
—¿Has terminado?
—No. Si le rompes algo, te dejo en comisaría con una copia de tu propia nota de prensa metida en la boca.
—Ahora sí pareces mi editor.
—Gracias. Intento conservar algo de autoridad después de que medio internet haya visto que tu método creativo incluye habilidades que nunca mencionaste en las entrevistas.
Lo miro muy serio.
Erik suspira.
—La última vez que lo comento. Lo prometo.
—Que sea la última de verdad.
Sigue andando, pero la prudencia le dura lo mismo que un caramelo en la puerta de un colegio.
—Aunque voy a necesitar años para superar que hayas sido tú quien ha terminado en esa postura.
Joder, Soren. Eres el señor de las elipsis.
Llevo una década editando tus manuscritos y jamás has escrito una escena de cama.
Estaba convencido de que eras puramente decorativo de cintura para abajo.
Y resulta que sabes usar la boca para algo más que para corregir adverbios.
No le contesto. Mi silencio no lo desanima.
—Me interesa el fenómeno, de verdad —continúa, esquivando un charco junto al bordillo—. Julia escribe sobre sexo con una seguridad que intimida, y tú vas por la vida con esa rigidez de manual. Solo reconozco tu mérito. Y mi envidia.
—Has dicho que habías terminado.
—He mentido por cortesía profesional —admite, sin el menor arrepentimiento—. Camina más despacio, anda. La hostilidad te alarga la zancada y no pienso correr detrás de ti.
La grava aparece al final, junto a un cobertizo rojo con pintura saltada y varios coches aparcados de frente a la salida. El Toyota blanco está allí.
Arturo está dentro.
Inclinado sobre el teléfono, con una chaqueta azul, el pelo oscuro demasiado bien colocado para un día que debería haberlo tratado peor. Levanta la cabeza cuando mi sombra cae sobre el parabrisas. Durante un segundo no me reconoce. Después mira a Erik, mira mi cara, entiende lo suficiente y sonríe.
Abre la puerta con una lentitud ensayada.
—Soren Nørgaard —dice en inglés, pronunciando mi apellido bastante mal—. ¿En qué puedo ayudarte?
La frase tiene una familiaridad que no se ha ganado. Me irrita más que una amenaza abierta.