Prohibido leerme así Capítulo 22
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Capítulo 22

Buenas noticias: la almohada era excelente. Malas noticias: todo lo demás

«Julia»

M e despierta el sonido del móvil de Soren desde algún lugar de la casa.

Durante unos segundos no sé qué es. Solo una vibración lejana, insistente, una nota aguda cortando la oscuridad de la mañana antes de que mi cabeza consiga recordar dónde estoy, quién respira debajo de mí y por qué tengo la mejilla apoyada en un pecho desnudo que no formaba parte del mobiliario original de la cabaña.

Soren no se mueve enseguida. Eso es lo primero que registro.

A estas horas, cualquier otro día, Soren ya habría salido a correr bajo la lluvia, talado tres abedules, preparado café y reorganizado mentalmente el sistema de drenaje del fiordo.

Hoy sigue acostado conmigo con un brazo alrededor de mi cintura, la pierna entre las mías y la respiración baja, aún tomada por el sueño. O por la noche. O por las dos cosas.

En algún momento después de follar por segunda vez, mi cuerpo hubiera decidido que Soren Nørgaard era una superficie estable y con una capacidad indecente para producir apego.

El móvil vuelve a sonar. Soren abre los ojos.

—No —murmuro contra su pecho—. Sea quien sea, dile que has muerto.

Soren me besa el pelo, un gesto breve que me despierta más que el teléfono.

—Si es Erik, me obligará a resucitar.

El aparato insiste desde el salón. Soren se incorpora, desnudo, y el frío entra en el hueco que deja su cuerpo. Coge los pantalones, se los pone y sale de la habitación. Oigo sus pasos descalzos por el pasillo, el pequeño crujido de la madera y, después, su voz contestando en noruego.

Al principio no entiendo nada, pero hay algo en su manera de responder, un tono bajo que de pronto se frena en seco, lo que hace que me incorpore.

Luego dice una palabra que sí reconozco: Erik.

Nunca le he oído hablar así. El noruego se le vuelve rígido, un runrún espeso que no necesita traducción para entender que está conteniendo un estallido.

Me levanto, me pongo un jersey que encuentro sobre una silla y salgo.

Soren está de pie junto a la mesa del salón, con el móvil pegado al oído y la otra mano apoyada en el respaldo del sofá.

Al verme entrar, se le tensa la mandíbula de una forma nueva.

Me sostiene la mirada, pero la seguridad de su rostro se vacía, como si acabara de encajar un golpe que iba directo a mí.

—Ponlo en manos libres —le dice Erik al otro lado, en inglés—. Julia tiene que oír esto. No me lo discutas.

Soren pulsa la pantalla sin apartar los ojos de los míos.

—Ya está —dice.

La voz de Erik llena la habitación, despojada de cualquier amabilidad corporativa.

—Julia, siento muchísimo que te despiertes así. Alguien ha subido fotos vuestras a las redes sociales. Varias. Hay una imagen previa en la que se os ve entrando juntos y luego un carrusel tomado desde el porche, a través de la ventana del salón. Os han etiquetado a los dos.

Durante un segundo, mi cabeza no coloca bien las piezas.

—¿Qué fotos? —pregunto. Mi voz suena extrañamente tranquila.

Soren cierra los ojos. Erik tarda un segundo en responder, y ese silencio me lo dice casi todo.

—Son íntimas —contesta al fin, midiendo cada sílaba—.

No muestran todo, pero estás de espaldas en el sofá y Soren está en el suelo, de cara a ti.

Se ve perfectamente el perfil, la inclinación de su cabeza, las manos.

.. Se entiende todo. Quien haya sacado las fotos sabía exactamente lo que estaba encuadrando.

No hay forma de desmentir lo que está pasando ahí.

La descripción cae en el salón con el peso de un bloque de plomo. Miro a Soren. Sigue inmóvil, con el rictus tan apretado que se le marca el hueso del cuello.

—Haz que las retiren ya —corta Soren, y la voz le sale baja y dura—. Llama a quien haga falta, Erik. Abogados, plataformas, la editorial entera. Muévelo todo, pero bórralas ahora mismo.

—Ya estoy en ello —responde Erik—. He avisado a Legal y a Comunicación para denunciar las publicaciones, pero ya hay capturas. Dos cuentas grandes de cotilleo literario lo han replicado y una ya insinúa que es una campaña encubierta de la editorial.

—Joder —suelta Soren.

—Lo sé. Necesito sacar una nota de prensa ya, antes de que el sector lo convierta en una fantasía promocional.

Soren aprieta los dedos contra el sofá.

—Hazlo.

—Pero tened claro el escenario —añade Erik, y el tono de oficina se le tiñe de una gravedad muy humana—. Da igual la nota que saquemos; el público va a comprar el relato de que el libro ha nacido mientras os acostabais.

—No uses eso —suelta Soren, con un tono cargado de hostilidad—. Ni una línea ni una insinuación ni una maldita palabra que convierta esto en publicidad.

—Claro que no —responde Erik, bajando el tono—. Sé perfectamente dónde están los límites. El problema es que el resto del mundo no los tiene, y la única forma de blindar a Julia es que no entremos al trapo. Ni nosotros ni vosotros. Silencio absoluto.

Una parte de mí, una parte pequeñísima que todavía intenta procesar el impacto, casi agradece a Erik esa frialdad racional.

—Julia —llama él después—, necesito saber qué quieres que figure en el texto. Puedo redactarlo sin nombrarte más de lo inevitable, pero ya te han etiquetado. Si intentamos borrarte de la comunicación, parecerá que te escondemos. Si apareces demasiado, parecerá que te exponemos otra vez.

Miro a Soren. Me mira con la rabia intolerable de quien ve venir el desastre sobre mí y se sabe incapaz de detenerlo.

—Quiero que diga que no hay consentimiento —respondo, y me sorprende lo estable que se mantiene mi voz—.

Que no es una filtración descuidada, ni un error privado, ni una estrategia de marketing.

Alguien tomó imágenes desde fuera de una propiedad privada y las publicó. Eso es lo único que va a constar.

Soren baja la cabeza un instante, asumiendo mis palabras, y se pasa una mano por la nuca en un gesto cargado de una frustración sorda.

—Lo pondré así —dice Erik—. Y, Soren, antes de que me mates por teléfono, hay un comentario inevitable sobre tu famoso «no voy a hacer nada».

Soren dirige la vista hacia el aparato.

—Ahórratelo.

—No voy a insistir ahora —aclara Erik—. Sobre todo porque esto no tiene gracia. Cuando salgamos de esta, te recordaré que tus planes de autocontrol han tenido una curva narrativa bastante pobre.

—Elimina las imágenes primero.

—En eso estoy. Os envío los enlaces, las capturas y el material disponible. Sigo conectado. Julia, lo siento mucho. De verdad.

El móvil de Soren empieza a vibrar casi enseguida con una sucesión de mensajes. Él no lo toca al instante. Mira la pantalla, luego a mí, y ese segundo de retraso me dice más que cualquier advertencia.

—Enséñamelas —pido.

—Te va a hacer daño verlas.

—Ya me lo está haciendo imaginarlas.

Abre los mensajes de Erik y coloca el teléfono entre los dos, sobre la mesa, para que ninguno tenga que sostener solo aquello.

Hay enlaces, capturas, nombres de cuentas, horas de publicación y titulares que destacan con comentarios sobre «pasión literaria en los fiordos» o «método creativo extremo».

Soren selecciona el primer archivo con la mandíbula tan apretada que el gesto le cambia la cara.

La fotografía inicial muestra el exterior de la cabaña. Nosotros dos cruzando el umbral, envueltos en lluvia, desdibujados por la distancia, pero reconocibles para cualquiera que llegue a la imagen con nuestros nombres ya escritos debajo.

En la siguiente se ve el sofá y mi cuerpo, la curva de una pierna, la cabeza de Soren entre mis muslos. No es explícita de la forma más cruda, pero se entiende perfectamente qué está captando.

Paso a la siguiente con un dedo que no parece mío.

Otra imagen más artística, si no fuera una agresión. Ese pensamiento me da asco y rabia a partes iguales.

Si no fuera una agresión, la composición sería preciosa.

Tiene esa atmósfera perfecta de refugio, tormenta y dos cuerpos entregados.

Ver mi propia intimidad empaquetada con esa estética de catálogo me revuelve el estómago.

La persona que estuvo ahí fuera estaba acostumbrada a mirar a través de una cámara, a encuadrar.

—Joder —murmuro, y el móvil pesa demasiado entre mis manos.

—Estuvo cerca —dice, con la atención clavada en la imagen—. Más cerca de lo que pensé.

Soren está mirando la fotografía de otra manera. Su mirada pasa por encima de nuestros cuerpos y reconstruye el punto exacto desde el que fue tomada, la altura, la inclinación del cristal, el tramo de porche que permite colocarse sin quedar justo delante de la ventana.

—Esto no lo hizo alguien borracho dando tumbos alrededor de una casa —dice.

El recuerdo del hombre del bar ni siquiera consigue abrirse paso del todo. Ya lo habíamos descartado antes, pero ahora la imagen termina de enterrarlo.

—No.

—Sabía dónde ponerse. También esperó. La primera foto es anterior. No se quedó solo cinco minutos ayer.

Siento la garganta cerrarse, aunque debajo del asco empieza a formarse una idea. Una idea horrible, ordenada, con piezas que encajan demasiado deprisa.

—No son simples fotos tomadas con el móvil. Son fotografías profesionales de alguien que sabe muy bien qué dejar fuera, cómo hacer que parezca íntimo sin mostrarlo todo. También, que una foto bonita circula mejor que una sucia.

Soren vuelve la cara hacia mí.

—Sí, pero un fotógrafo profesional las hubiera vendido a la prensa, no las subiría a internet. Quería hacernos daño.

—Yo conozco a un fotógrafo que querría hacerme daño.

—La frase que Arturo dijo entonces, esa estupidez que yo aparté por ridícula, vuelve entera, colocándose donde antes solo había distinguido celos ridículos—.

En tus fotos oficiales sales con traje, corbata y esa cara de hombre que corrige mentalmente a periodistas por usar mal una subordinada y él…

Arturo me dijo que eras mi noruego de los jerséis oscuros.