Capítulo 21 #2
Me besa sin prisa al principio, como si aún quisiera recordar que veníamos a dormir. Pero yo tengo la mano en su nuca, las piernas abriéndose bajo él y su polla entre mi vientre y el suyo, y la mentira dura poco.
Su boca se abre más. La lengua entra. La respiración cambia. Sus dedos bajan por mi costado y se meten en el lateral de mis bragas.
—Estas sobran ya —dice contra mi boca.
Alzo las caderas.
Ese es el único diálogo que hace falta.
Soren me las baja por las piernas y las bragas desaparecen en algún lugar de la cama. Vuelve sobre mí y se queda un segundo mirándome desnuda debajo de él.
—No recuerdo ninguno de los motivos por los que esto era una mala idea —dice, y su voz me cae en la boca mientras se acomoda entre mis muslos.
—Perfecto. Solo recuerda que quiero esto —susurro.
Soren apoya la frente en la mía.
—Eso me importa más de lo que debería importar tan pronto. Joder, me importa demasiado.
Le cojo la cara con las dos manos.
—No lo ordenes ahora. Solo hazlo.
Su polla se desliza contra mi vientre, luego más abajo, entre mis pliegues, recogiendo la humedad que ya vuelve a abrirme sin vergüenza. Me roza la entrada una vez. Otra. El glande empuja apenas, sin entrar todavía, y yo arqueo las caderas con una impaciencia que me arranca un gemido.
—Condón —digo, antes de que la palabra se nos caiga a los dos por algún precipicio.
Soren gruñe y estira el brazo hacia su pantalón de chándal que se ha quedado sobre la silla.
—Para ser un hombre que iba a llevarme a dormir, has tomado decisiones muy interesantes.
Él mete los dedos en el bolsillo y saca el envoltorio plateado. Ni siquiera soy consciente de en qué momento se lo ha guardado.
—Esa era mi intención —responde, con la voz baja y la mandíbula demasiado tensa para sonar tranquilo—. Llevarte a dormir. Ser prudente. Hacer una cantidad heroica de cosas sensatas.
Rasga el envoltorio con los dientes, se arrodilla entre mis piernas y se lo coloca con movimientos rápidos y firmes.
—Te ha salido regular.
Yo lo miro. Las manos, el glande cubriéndose, la goma bajando por la longitud dura, los testículos tensos debajo, los muslos abiertos, la respiración cada vez menos ordenada.
—Bastante —admite, y hace una mueca con la boca—. Aunque, para ser justos, la previsión inicial ni siquiera era mía. Erik los dejó en el salón convencido de que acabaría necesitándolos.
La risa me sube al pecho, pero se rompe antes de salir porque él vuelve sobre mí.
Entra de una sola vez. Estoy mojada, abierta y con su forma aprendida desde el sofá.
Aun así, la presión me arranca un gemido profundo.
Lo recibo entero, con las piernas subiendo a sus caderas y las uñas hundiéndosele en la espalda.
Soren se queda quieto solo el tiempo justo para cerrar los ojos y coger aire.
Después empieza a moverse.
La primera vez ha sido lenta, sostenida, una espera que nos obligaba a aprendernos.
Esta no.
Esta tiene el ritmo de algo que vuelve porque no ha terminado. Sus embestidas son más hondas, más directas.
La cama cruje. La sábana se nos enrolla en las piernas. Su boca baja a mi cuello, muerde, lame, vuelve a mi boca con un ruido húmedo.
Le agarro el culo con las dos manos.
Firme, duro, moviéndose bajo mis dedos cada vez que empuja.
Soren suelta un sonido contra mi garganta y el ritmo se le rompe un poco. Cuando deja de ser impecable, me entra una satisfacción tan feroz que aprieto las piernas alrededor de su cintura y lo atraigo más hondo.
—Así —digo, aunque apenas me reconozco la voz—. Sin pensar tanto.
Me mira desde arriba, con el pelo cayéndole sobre la frente y la boca abierta.
—Estoy pensando muy poco.
—Mejor.
Su risa se rompe en un jadeo cuando me mueve la cadera con una mano y cambia el ángulo.
Me alcanza tan dentro, de forma tan arrolladora, que dejo de tocarlo un segundo porque el cuerpo entero se me queda pendiente de ese golpe.
Repite. Más lento. Más hondo. La base de su polla presiona contra mí, el vello roza mi clítoris con cada entrada y el placer empieza a cerrarse abajo, denso, urgente.
Esta vez la sensación es más sucia, más simple y más animal.
—Vas a hacer que no pueda levantarme mañana —murmuro.
—Mañana escribirás sentada.
—Qué considerado.
—Estoy intentando adaptarme a tus condiciones laborales.
Le muerdo el hombro.
Fuerte.
Soren me agarra una pierna, me la sube más arriba, contra su costado, y empieza a follarme con un ritmo que ya no tiene conversación posible. La cama golpea la pared.
Me corro antes de poder avisar siquiera.
No llega como antes. No sube despacio ni me da tiempo a entenderlo.
Me alcanza en mitad de una embestida honda, con su boca en mi cuello, mis uñas en su espalda y su polla llenándome de una manera tan insistente que el cuerpo decide rendirse sin consultarme.
Me cierro alrededor de él con una fuerza que le arranca un gemido ronco, precioso, casi furioso.
Soren intenta aguantar.
No puede.
Empuja una vez más, profundo, roto, y se corre dentro del preservativo con mi nombre apenas convertido en un sonido ronco contra mi piel que no intenta ser hermoso, pero lo es.
Se queda encima de mí un momento, pesado, caliente, respirando cada vez más hondo, vencido por fin por el cansancio.
Yo le acaricio la espalda.
La nuca.
El pelo húmedo.
Soren levanta la cabeza lo justo para mirarme.
—Ahora sí —dice, rozándome la mandíbula con la boca—. A dormir.
Y cuando vuelve del baño por segunda vez, no hay puerta de invitados ni distancia que interpretar. Se mete a mi lado, me atrae hacia su pecho y apaga la luz sin decir nada más, como si dormir conmigo fuera, por fin, la única decisión sensata que le queda.