Capítulo 21
A dormir y otras mentiras de hombres desnudos
«Julia»
S oren tarda en moverse.
Separarse parece exigirle una decisión que ninguno de los dos tiene ganas de tomar todavía. Sigue dentro de mí, con la boca apoyada en mi hombro y los brazos cerrados alrededor de mi espalda, respirando despacio, cada vez más hondo, intentando regresar a su cuerpo sin soltar del todo el mío.
Yo tampoco me aparto.
Moverme con el amor propio intacto parece una exigencia excesiva después de haberme corrido así sobre él, sin una sola parte de mí moviéndose con control o elegancia.
El fuego casi se ha apagado y la cabaña huele a lana caliente, a piel, a sexo y a esa clase de silencio que llega después de algo demasiado grande para caber enseguida en una frase.
Soren levanta la cabeza y me mira.
Tiene una marca roja junto al cuello que no recuerdo haberle hecho, aunque mi cuerpo, al parecer, ha estado tomando decisiones por su cuenta.
—Deberías dormir —dice, y la frase sale baja, áspera todavía, sin el orden pulcro de antes.
—Tú también deberías haber dormido hace horas —respondo, acariciándole la nuca con la punta de los dedos—. Y aquí estamos.
—Aquí estamos —repite.
Me gusta demasiado cómo suena en su voz. Me gusta que no intente vestirlo de sensatez.
Su boca roza mi hombro. No es exactamente un beso. O sí. Con Soren empiezo a desconfiar de todas las categorías sencillas.
—Voy a llevarte a la cama.
—Qué considerado por tu parte anunciarlo.
—Estoy intentando que no te duermas sobre mí y luego me acuses de mala gestión poscoital.
La risa me sale floja, inevitable, pegada al cansancio y a esa ternura rara que no sé dónde colocar.
Me río contra su cuello y noto cómo su pecho se mueve debajo del mío.
Es una intimidad absurda. Peligrosa. Reírme encima de él mientras sigue dentro de mí, mientras los dos estamos deshechos y calientes, mientras su mano me recorre la espalda con una lentitud que ya no parece buscar nada y aun así lo encuentra todo.
Sale de mí despacio.
El vacío me sacude con una intensidad ridícula, y tengo que cerrar los ojos un instante porque esa parte también me afecta, la retirada, la pérdida inmediata de su peso dentro.
Me acomoda las bragas sin decir nada, con los dedos aún calientes sobre mi piel sensible.
Después tira de sus pantalones para cubrirse y se incorpora conmigo encima.
El movimiento me arranca una protesta pequeña que no llega a palabra.
Mis piernas se cierran alrededor de su cintura por instinto y mis brazos se aferran a sus hombros mientras Soren me sostiene por debajo de los muslos con una facilidad que hace que una parte muy básica de mi cerebro deje de redactar pensamientos y empiece a emitir sonidos primitivos contra una pared.
—Esto es innecesario —digo, aunque no le suelto ni hago absolutamente nada que respalde mi argumento.
—Seguramente.
—Me impresiona la poca seriedad con la que tratas mi protesta.
Su pulgar se mueve sobre la parte interior de mi muslo, no con intención de empezar nada, pero sí para recordarme que mi cuerpo sigue escuchándolo con una atención vergonzosa.
—Estoy escogiendo mis batallas.
Me quedo callada mientras avanza hacia el pasillo. El suelo cruje bajo sus pies descalzos.
Él sigue teniendo el preservativo puesto y los pantalones bajos en las caderas, detalle incómodo, humano y profundamente real que no rompe la escena. La vuelve más nuestra. Menos perfecta.
—Deberías quitarte eso —digo contra su cuello.
—Lo sé.
—Solo quería comprobar que sigues teniendo alguna zona del cerebro con luz.
—Muy poca.
Se detiene frente a la puerta de mi habitación y me mira de cerca, con una expresión que no sé leer del todo. Cansancio, deseo residual, algo parecido al cuidado y algo mucho menos civilizado debajo.
—La suficiente para saber que si no te dejo en la cama ahora, no voy a hacerlo.
La manera en que lo dice me baja directa al vientre.
Después de haberlo visto perder el ritmo dentro de mí, después de haber notado sus manos temblar en mis caderas, esa honestidad me parece pecaminosa.
Me deja sobre la cama con cuidado.
La habitación está fría. Las sábanas siguen deshechas, abiertas de mi sueño interrumpido, y la luz gris que entra por la ventana apenas alcanza para dibujar el borde de los muebles y la línea de sus hombros.
—Ahora vuelvo —dice y se gira hacia el baño.
Oigo el agua correr. El sonido de algo en la papelera.
Un cajón. La toalla. Detalles reales, mínimos, nada novelescos, que deberían devolverme al mundo y, sin embargo, me hunden más en él.
En lo que acaba de pasar y en el hecho de que no ha convertido el después en una retirada elegante ni en una distancia que yo tenga que interpretar.
Se está limpiando para volver.
Me tumbo despacio, más por falta de fuerza que por decisión, y miro el techo mientras intento colocar el cuerpo.
Los muslos todavía me tiemblan. La piel del cuello me arde donde me ha mordido.
Tengo los pezones sensibles, la boca hinchada y una sensación baja, pesada, de haber sido abierta no solo por la polla de Soren, sino por una forma de atención que no sé cómo se sobrevive sin querer más.
Entonces vuelve.
Completamente desnudo.
Joder.
Y la poca sensatez que me quedaba se apaga sin hacer ruido.
Sale con el pelo húmedo en las puntas, la toalla pequeña en una mano y el cuerpo entero expuesto a la penumbra.
Lo miro.
Por supuesto que lo hago.
Primero los hombros, anchos, sólidos, el pecho marcado por mi boca, el abdomen duro, respirando todavía con un resto de esfuerzo y la línea de vello que baja desde el ombligo.
Las caderas estrechas y luego su polla.
Sin preservativo ya, limpia, pesada, todavía medio despierta entre los muslos.
No está completamente dura y aun así tiene una presencia indecente, gruesa, hermosa de una forma casi brutal, con el glande más oscuro, las venas suaves bajo la piel y ese peso tranquilo que me hace entender, con una claridad muy poco literaria, por qué llevo años escribiendo mujeres que miran el sexo masculino como algo deseable sin tener que justificarse por ello.
Le miro los testículos, llenos, vulnerables, tan íntimos en reposo que me producen una mezcla absurda de pudor y hambre. Y cuando deja la toalla y el pantalón en la silla y se gira, veo su culo.
Me quedo sin una sola frase inteligente.
Ni una.
Soren nota mi silencio.
Y se vuelve hacia mí. No sonríe, pero algo le cambia en la cara. Parece que ser mirado así por mí lo afecta.
—No digas nada. Estoy ocupada.
Sus ojos bajan hacia mí, tumbada en mi cama que en realidad es su cama, despeinada, con las bragas torcidas y una expresión que probablemente no tiene nada de sutil.
—¿Ocupada en qué?
—En arrepentirme de no haber leído más novela negra noruega por si esto era una característica del género.
Ahora sí sonríe.
Despacio.
Cansado.
Demasiado desnudo.
—Pensaba acostarme y dormir —dice sin apartar los ojos de mí, pero la voz ya no tiene la firmeza de una decisión tomada, sino el cansancio oscuro de un hombre que sabe que yo sigo mirándolo como si el sueño fuera una idea menor.
—Entonces me obligarías a fingir que no acabo de descubrir una parte muy seria del problema.
—¿Qué problema?
—Que quizá no estaba bloqueada —digo, acercándome al borde del colchón hasta quedar frente a él—. Quizá solo estaba mirando al hombre equivocado.
—No digas eso si quieres que duerma —murmura, y la frase sale áspera, casi contra su voluntad.
—No estoy intentando que duermas ahora mismo —respondo, poniéndome de rodillas frente a él sobre el colchón y apoyando una mano en su muslo, donde el músculo es duro bajo mi palma—. Estoy intentando entenderte un poco mejor y me estoy enamorando del material.
La frase sale antes de que pueda medirla. Es Julia haciendo de Julia, escondiendo una verdad dentro de una frase con margen para la broma.
Él levanta la mano y me aparta el pelo de la cara.
—Entonces míralo bien —dice, bajo—. Pero luego deja de llamarlo material.
Ay.
Me inclino hacia él.
Lo beso cerca de la cadera, donde la piel está caliente y el músculo se tensa bajo mi boca.
Mi mano avanza por la parte interior de su muslo.
Lenta.
Él abre un poco más las piernas. Me deja sitio para mirar y tocar. Bajo la mano hasta rodearle la polla.
La siento calentarse en mi palma casi al instante, crecer despacio, endurecerse con una honestidad que me deja aturdida.
La miro entre mis dedos, más gruesa a medida que la acaricio, con la piel moviéndose sobre la dureza y el glande oscureciéndose mientras la sangre termina de llenarlo.
Me inclino hacia su vientre y lo beso, mientras la mano sigue moviéndose despacio.
El abdomen se le contrae. La polla se endurece del todo entre mis dedos, y una gota aparece en la punta, clara, brillante en la penumbra.
Paso el pulgar por encima y la extiendo con una lentitud que le arranca un sonido bajo, contenido, casi doloroso.
La mano de Soren se cierra en mi pelo.
Me gusta demasiado.
Me inclino un poco más y beso la base de su polla, luego el lateral para sentir cómo se le desordena el cuerpo.
Su piel huele a jabón y a él, limpia, caliente, más íntima.
Le paso la lengua por la vena que sube hacia el glande y Soren maldice en noruego, bajo, roto, con una falta de control que me golpea directamente entre las piernas.
Me coge por la cintura, me tumba de espaldas y se coloca sobre mí con una naturalidad que no necesita violencia para dejarme sin aire.
Su cuerpo desnudo me cubre entera. El peso de sus caderas entre mis piernas, el calor de su pecho contra el mío, la polla dura apoyada contra mi vientre.
Ahora sí. Todo lo demás queda fuera de la cama. El sofá, la escaleta, las frases a medias, las precauciones que Soren ha ido colocando entre nosotros o la conversación a medias donde esconder lo que queremos.