Sin título #2
—Vas a empaparme el pantalón antes de decidir si esto cuenta como follar —dice contra mi pecho, y su voz no suena recriminatoria. Suena fascinada. Grave. Rota por una satisfacción masculina indecente.
—Estoy haciendo un esfuerzo por estar a la altura de tu nueva línea editorial.
—Mi nueva línea editorial exige menos ropa.
—Por fin una directriz clara.
Se inclina hacia un lado sin soltarme, lo justo para alcanzar el cordón de su pantalón de chándal. Lo deshace con una mano. La otra sigue en mi espalda, manteniéndome sobre él.
Afloja la cintura de su pantalón y su polla queda libre entre los dos, gruesa, dura, con el glande húmedo y las venas marcadas a lo largo.
La miro sin disimulo. Él se da cuenta de que lo miro y algo en su cara se vuelve más primitivo, más vulnerable también, como si ser observado ahí, así, por mí, le importara más de lo que esperaba.
—Madre mía —susurro.
—Eso no parece una corrección técnica.
—Es una valoración de mercado.
—¿Competitivo?
—Abusivo.
Soren suelta una risa breve que se rompe cuando le toco.
Le acaricio la base, subo despacio, cierro los dedos, bajo otra vez.
Pesado, caliente, hermoso de una manera brutal.
Me inclino y le beso la mandíbula, la comisura, la boca, mientras mi mano aprende el ritmo que le hace respirar peor.
Su glande roza mi vientre cuando me acerco, dejando una línea húmeda bajo el ombligo.
Él mete los dedos en el lateral de mis bragas.
Las aparta.
El aire me toca donde estoy empapada, abierta, tan sensible que el simple roce de sus nudillos me hace estremecer.
Soren baja la mirada y por primera vez parece verdaderamente al límite.
Su pulgar me roza el clítoris.
Se me corta la frase que iba a decir.
Menos mal.
La palabra condón aparece en mi cabeza con una lucidez ofensiva.
La digo contra su boca antes de perderla.
Soren se queda quieto un segundo. Y, por primera vez desde que lo conozco, parece odiar profundamente una pausa razonable.
—En el cajón de la mesa auxiliar —dice, con la voz destrozada.
—Qué poco espontáneo.
—Soy un hombre preparado.
—Eso es muy sexy y muy irritante.
Me inclino para cogerlo sin bajarme del todo de sus piernas.
La postura hace que mi pecho le roce la boca y Soren, que está perdiendo virtudes a una velocidad preciosa, aprovecha para chuparme un pezón mientras abro el cajón a tientas.
Casi tiro una libreta, un marcador y una linterna pequeña antes de encontrar la caja.
Consigo sacar un preservativo y se lo doy.
Él lo coge con manos que siguen siendo firmes, pero ya no tranquilas.
Eso me gusta. Me gusta tanto que me aparto un poco para verlo.
Rasga el envoltorio con los dientes, se coloca el preservativo despacio, y yo sigo el movimiento con una atención obscena, la goma bajando por la longitud dura, el glande brillante desapareciendo bajo el látex, sus dedos ajustándolo en la base por encima de los testículos.
Se me aprieta todo por dentro.
—Así que esto era la sensatez noruega —murmuro, apretándolo apenas con la palma.
—Una versión muy deteriorada.
—Me gusta más.
—Eso me preocupa menos de lo que debería.
Soren vuelve a cogerme por las caderas.
Me levanta apenas.
La punta me toca la entrada.
El mundo se reduce a ese punto.
A la presión del glande contra mí, al calor de sus manos, a mi humedad abriéndose, a los dos respirando como si la cabaña entera se hubiera quedado esperando.
No hay cama, ni velas, ni una escena perfecta.
Solo el sofá, la manta en el suelo, la lluvia fuera, su pantalón a medio bajar, mis bragas apartadas a un lado y una conversación tan honesta que nos ha dejado sin ninguna defensa decente.
No retrocede ni un centímetro, y esa inmovilidad suya, con el glande presionando justo donde mi cuerpo ya está abriéndose para él, me parece casi más obscena que si hubiera empujado de golpe.
—Gracias a Dios —susurro contra su boca, con las uñas clavadas en sus hombros y una risa temblorosa que no consigue esconder del todo lo desesperada que estoy—. Por un momento he creído que ibas a salir otra vez con que no era el momento.
—No lo es —dice, y la frase no suena a negativa, sino a una verdad dicha demasiado cerca de mi boca, con la respiración rota y las manos hundidas en mis caderas—.
Tenemos un adelanto que entregar en dos días, una amenaza que no está resuelta y yo llevo horas sin dormir.
Este es, objetivamente, un momento pésimo.
—Qué forma tan excitante de pedir que te empuje contra el respaldo y te tape la boca.
La comisura se le mueve, pero no llega a sonreír porque su cuerpo está demasiado ocupado intentando no entrar en el mío antes de terminar la frase.
—Creía que te gustaba así —continúa, más bajo, y sus pulgares se mueven sobre mi piel con una lentitud que me hace apretar los dientes—. La espera. Dosificar el deseo. Que el sexo no llegara demasiado pronto. Lo haces en tus libros.
El aire se me queda atrapado.
—Joder —digo, y la palabra se me rompe en la boca porque de pronto tengo ganas de besarlo, de llorar un poco y de hundirme sobre él hasta que se le borre de la cara esa concentración insoportable—. Has estado aprendiendo lo que me gusta.
—Lo que pensé que quizá nadie se había tomado la molestia de darte.
Le cojo la cara con las dos manos y apoyo la frente en la suya, tan cerca que nuestras bocas casi se tocan, tan llena de él antes de tenerlo dentro que por un segundo entiendo que esto no va solo de deseo, ni de follar, ni de escribir por fin una escena que no me salga hueca.
Va de que este hombre ha leído mis fantasías y ha intentado cuidarme dentro de ellas.
—Soren —murmuro, rozándole los labios con los míos—. Lo que quiero ahora no es que esperes más.
—No podría esperar más ni aunque quisiera —dice, ronco, casi enfadado consigo mismo.
Me baja sobre él.
La punta entra apenas y ya me parece demasiado. Estoy tan mojada que el cuerpo lo acepta, pero no sin hacerme sentir la anchura, el estiramiento lento, la forma en que me abre. Me agarro a sus hombros, cierro los ojos y dejo que el aire salga en un gemido largo, desordenado.
Soren me sostiene. Sus dedos se hunden en mis caderas y siento el temblor contenido de sus brazos, el esfuerzo brutal de no tomar más de lo que le doy.
Bajo otro poco.
La polla entra más, gruesa, lenta, llenándome con una presión que no se parece a ninguna de las fantasías fáciles que he escrito tantas veces. No hay un hombre roto reclamándome para curarse en mi cuerpo ni hay daño convertido en intensidad.
—Joder —susurro, apoyando la frente en la suya—. Vas a arruinarme para cualquier otro hombre.
—Me alegro.
Me río, pero la risa se rompe cuando bajo del todo.
Lo siento entero.
Hasta el fondo.
Durante un segundo ninguno de los dos se mueve.
Soren respira contra mi boca como si acabara de quedarse sin idioma y habla cuatro perfectamente.
Entonces me muevo.
Subo y bajo despacio, sintiendo cada centímetro saliendo y volviendo a entrar. Soren me ayuda con las manos en las caderas, pero deja que sea yo quien marque el ritmo al principio hasta que pierde un poco más el control.
Lo noto en cómo me levanta y me baja con más fuerza, en cómo su pelvis empuja hacia arriba, en cómo deja de esperar a que yo marque todo el ritmo y empieza a follarme desde abajo.
El sofá cruje bajo nosotros. La piel suena donde chocamos, húmeda, íntima, cada vez menos cuidadosa. Mis bragas, apartadas a un lado, se empapan más con cada embestida. Su boca vuelve a la mía y ya no hay casi pausas, solo lengua, saliva, dientes, respiración compartida.
Me folla tan hondo que se me llenan los ojos de algo que no es llanto, pero se le parece demasiado.
Me corro con la frente pegada a la suya, la mano en su nuca, la boca abierta contra su respiración y su polla dentro, llenándome mientras mi cuerpo se cierra alrededor de él en oleadas lentas, profundas, casi dolorosas.
Soren me sujeta cuando empiezo a temblar, después empuja una vez más, dos, pierde el ritmo por fin, maldice bajísimo contra mi cuello y se derrama dentro del preservativo con un gemido ronco que me deja una satisfacción absurda, feroz, en mitad del pecho.
Se queda dentro de mí.
No dice nada.
Apoya la boca en mi hombro y respira como si acabara de volver de un sitio al que no pensaba ir tan lejos.
Yo le acaricio el pelo, la nuca, la espalda sudada.
La lluvia sigue golpeando los cristales.
El fuego casi se ha apagado.
Y, por primera vez desde que entré en esta cabaña, no pienso en el adelanto, ni en la editorial, ni en el hombre que ya no sé escribir.
Pienso en este.
En el que no ha necesitado romperme para hacerme sentir entera, perdiendo la sensatez centímetro a centímetro y aun así haciéndome sentir que cada parte de mí importa.
Y en que quizá, por fin, acabo de enamorarme del protagonista correcto.