Sin título
Soren me mira como si le hubiera dicho algo mucho más desnudo que cualquier frase sexual.
Puede que lo haya hecho.
—No soy ese hombre ahora mismo. El sensato, el que sabe quedarse en su sitio. Estoy tocándote después de decirme diez veces que no tenía derecho a hacerlo —murmura contra mi cuello, con una aspereza nueva.
—No soy una pobre víctima de tu cabaña, ni de tu informe, ni de tu erección, Soren. No estás aprovechándote de mí. Soy muy consciente de dónde estoy, de quién eres y de lo que quiero.
Su boca se queda quieta contra mi piel.
—Lo sé —dice—. Pero sigo intentando no convertir eso en una excusa demasiado cómoda.
—Pues estás fracasando con mucha elegancia.
—Todavía no he empezado a fracasar.
Madre mía. La frase me baja directa entre las piernas.
Me muevo sin pensarlo, buscando más contacto, y su mano abandona mi pecho para rodearme la cintura. De pronto me atrae hacia él con una firmeza que no tiene nada de prudente.
Me coloca encima de sus muslos, una pierna a cada lado, sin dejar de besarme, y la manta resbala al suelo en una caída torpe que ninguno mira.
Estoy sobre él, con el jersey subido por las caderas, las bragas húmedas contra la tela de su pantalón y su erección dura, enorme, evidente, presionando justo entre mis piernas.
—Hay muchas cosas malas en mí —responde, con esa absoluta honestidad—. Tiendo a decidir en silencio. Me cuesta pedir lo que quiero antes de haberlo convertido en una conclusión aceptable. Cuando algo me importa, intento ordenarlo, y sé que eso puede parecerse demasiado a controlarlo.
—Sí.
—No esperaba que aceptaras tan rápido.
—No estaba intentando tranquilizarte. Estaba siendo sincera.
Me sujeta por las caderas sin moverme todavía, respirando con la boca cerca de la mía como si estuviera negociando con algo mucho más primitivo que su sentido común.
Me acomodo apenas, solo un movimiento mínimo para encontrar sitio sobre él, y ese gesto basta para que mi cuerpo resbale a lo largo de la dureza que le tensa el pantalón.
La noto entera, caliente incluso a través de la tela, marcada contra mí con una claridad que me deja la boca seca.
Al volver hacia delante, la punta queda justo debajo de mi humedad, separada apenas por mis bragas y su chándal, tan cerca que Soren deja de respirar durante un segundo.
Sus dedos se hunden en mis caderas para mantenerme quieta.
—¿El sexo en seco es compatible con tu «quiero follarte, pero no voy a hacerlo»? —pregunto, y mi burla sale rota porque el placer de sentirlo me ha mordido por dentro.
Soren me mira desde abajo.
La penumbra le oscurece los ojos. Tiene la boca mojada, el pelo revuelto por mis dedos y esa expresión de hombre que ha pasado demasiado tiempo creyendo que podía controlarse.
—Es compatible con mi intención de no hacerte creer que todo lo que quiero de ti termina donde empieza mi polla —responde, y sus manos, traidoras, me deslizan un centímetro sobre él—. Bastante menos compatible con seguir pensando como una persona sensata.
Me río contra su boca. O intento reírme. El movimiento de sus manos me arranca otra cosa.
Me agarro a sus hombros y vuelvo a deslizarme, esta vez a propósito, sintiendo la longitud de su erección bajo la tela, el relieve grueso, caliente, inconfundible, apretando contra la humedad de mis bragas.
La fricción me parte el pensamiento en dos. Soren cierra los ojos un instante y los abre enseguida.
—Puede que no haya pensado con verdadera sensatez desde que entraste por esa puerta, sonreíste a medias y actuaste como si no estuvieras aterrada, cansada y dispuesta a perder una pelea contra tu propia maleta antes que pedirme ayuda.
Se me queda el aire atrapado.
—¿Desde entonces?
—Sí.
—Yo creía que estabas evaluándome.
—Lo estaba haciendo. También estaba intentando entender por qué una mujer que acababa de llegar con barro en las botas, frío en la nariz y una defensa preparada para cada gesto me obligaba a quedarme mirándola demasiado tiempo.
La frase me alcanza en sitios que suelo mantener cerrados por pura supervivencia. Esa zona ridícula donde una empieza a creer que quizá alguien la vio antes de que ella se colocara bien la armadura.
—Soren…
—No lo digo para que hagas algo con ello —añade, acercándose un poco más, moviéndome lentamente sobre él—.
Lo digo porque llevas toda la noche hablando de hombres que se vuelven importantes porque duelen, y quizá deberías saber que no fuiste importante para mí por ninguna herida.
Lo fuiste antes de que supiera qué hacer contigo.
Meto las manos bajo su camiseta.
La piel de su abdomen está caliente, firme, atravesada por una tensión que se contrae bajo mis dedos. Lo toco despacio porque quiero aprenderlo con la misma indecencia con la que él me está aprendiendo a mí.
Subo por los músculos del vientre, por el pecho, por esa línea de vello suave que desaparece bajo la cintura del pantalón y que me hace saliva.
Soren inclina la cabeza hacia atrás un segundo cuando le araño el abdomen con las uñas. No mucho. Lo justo para que vea el cuello tenso, la mandíbula marcada, el modo en que su autocontrol empieza a perder bordes.
—Quítatela —le digo, tirando de la camiseta.
Él obedece.
Se incorpora y deja que la prenda suba por el abdomen, por el pecho, por los hombros, y yo aprovecho para besarle la piel que va apareciendo. Primero el centro del pecho. Luego la clavícula. Luego un pezón, que lamo.
Soren suelta aire entre los dientes.
Me encanta demasiado.
Entonces agarra el bajo de mi jersey.
Y yo levanto los brazos.
Soren me lo quita por la cabeza con una lentitud que me hace sentir cada roce de la lana contra la piel, cada segundo de aire frío en la cintura, en el pecho, en los pezones endurecidos. El jersey cae al suelo junto a la manta.
Me quedo sobre él solo con las bragas, el pelo revuelto, las piernas abiertas a cada lado de sus muslos y una vulnerabilidad tan franca que por un momento me dan ganas de hacer una broma.
No me sale.
Porque Soren me coge la cara con una mano y me besa. La otra mano baja por mi espalda y me arrastra hacia él hasta que mi pecho se aplasta contra su piel desnuda. Gimo dentro de su boca.
El contacto es demasiado. Sus pectorales duros contra mis pechos, sus manos calientes, la erección empujando debajo de mí, el olor de su piel sin camiseta, limpio y humano y peligrosamente mío durante ese instante.
Me aparta para bajar la boca a mi pecho.
La conversación se rompe, pero no desaparece. Se queda en sus manos, en la forma en que me sujeta la espalda, en cómo lame primero el borde de un pezón antes de metérselo en la boca.
Chupa despacio, con la lengua plana, caliente, rodeándolo antes de tirar apenas con los labios. El placer me sube por la columna con una brusquedad que me hace cerrar los dedos en su pelo.
Me muevo sobre su erección, un vaivén involuntario al principio, luego más consciente, más sucio, más necesitado. La tela de su pantalón raspa contra mis bragas mojadas. Demasiado poco y demasiado a la vez.
—Joder —se me escapa, porque su boca cambia al otro pecho y los dedos pellizcan el pezón que acaba de abandonar—. Soren, así no se vigila una cabaña.
Su risa me vibra contra la piel.
Una risa baja, rota, pegada a mi pecho.
—Estoy revisando otra clase de perímetro.
—Eso ha sido una frase horrible.
—Llevas cinco minutos frotándote sobre mí. Mi ingenio trabaja con recursos limitados.
Me río y el movimiento me hace bajar sobre él con más presión.
La risa se convierte en un jadeo. Soren alza la cabeza, me mira la boca, me mira el pecho húmedo por su saliva, mira cómo mi cuerpo se mueve sobre su polla todavía encerrada en el pantalón.
La contención le dura exactamente hasta que vuelvo a deslizarme, más lento, apretando hacia abajo para sentirlo entero.
Sus manos me agarran las caderas.
Esta vez sí me mueve él.
Me guía en un vaivén profundo, lento, con una presión que me arranca un gemido más alto.
La costura de mis bragas se clava justo donde estoy hinchada, sensible, mojada hasta el punto de notar la tela pegada a mí.
Cada roce me pasa por el clítoris como una descarga baja, constante, y la erección de Soren responde debajo, dura, palpitante, atrapada en esa fricción que empieza a parecer una crueldad compartida.
—No va a ser así —dice, y tiene la voz tan áspera que la frase no suena a negativa, sino a amenaza contra sí mismo—. No con los dos medio vestidos y tú pensando que esto sigue siendo parte de una demostración literaria.
Le muerdo el labio inferior, despacio, y tiro apenas.
—No estoy pensando en literatura.
—Mientes.
—Un poco. Estoy pensando que el sexo en seco estaba infravalorado como herramienta de construcción de personaje.
Soren me besa con una violencia súbita y controlada, una de esas contradicciones que solo él puede hacer creíble.
La lengua entra profunda, la mano se me abre en la espalda, la otra baja hasta mi culo y me aprieta contra él con menos prudencia.
El roce se vuelve más duro. Más exacto. Mi humedad empapa la tela, noto la forma de su glande empujando bajo el pantalón, el eje grueso por capas ridículas de ropa que ya no esconden nada.
Él gime dentro de mi boca. Por fin. Un sonido bajo, casi enfadado, que me sube a la cabeza más que cualquier frase preciosa.
—Ahí estás —susurro, rozándole la boca—. Tanto hombre tranquilo y resulta que debajo había un noruego a punto de morder el sofá.
Soren me levanta para cambiar el ángulo y dejarme caer otra vez sobre él.
La presión me da de lleno en el clítoris.
Se me abre la boca, pero no sale palabra.
Me agarro a sus hombros, las uñas contra su piel, y repito el movimiento por puro instinto.
Soren me ayuda. O me arruina. A estas alturas no distingo.
Sus manos me sujetan con firmeza, me suben, me bajan, me marcan un ritmo que no llega a ser rápido, pero sí profundo, insistente, obsceno por lo contenido.