Capítulo 20 #2
Un beso tan suave que casi duele más que una caricia evidente.
No dice nada enseguida, y se lo agradezco con una intensidad absurda, porque cualquier frase rápida habría parecido un parche.
Él deja que la confesión respire, y mientras lo hace, su pulgar empieza a acariciarme el dorso de la mano con un movimiento lento, pequeño.
—No era culpa tuya —dice al fin, con la boca todavía cerca de mi pelo—. No era falta de amor en ti. Era falta de capacidad en él. Y una niña no debería pasarse la infancia intentando volverse más fácil de querer para compensar la torpeza de un adulto.
Trago saliva. Me enfada un poco que no suene a frase de consuelo, que sea tan simple, tan imposible de discutir. Giro apenas la cara, buscando no sé qué, y mi boca roza su mandíbula.
—Joder, Soren.
—¿He dicho algo mal?
—No. Eso es lo peor. Que lo has dicho demasiado bien y ahora no sé dónde meter la cara.
—Puedes esconderla bajo la manta.
Se me escapa una risa. Pequeña, húmeda, ridícula.
—Qué generoso.
—Soy tu mueble caro. Tengo funciones útiles para ti.
Esta vez la risa me sale más clara.
Subo los labios por la línea áspera de su barba, lento, sin besar del todo, respirándolo primero.
Soren se queda quieto, pero no rígido. La mano en mi muslo se cierra apenas, una presión breve que me dice que ha sentido el roce en todo el cuerpo aunque no se aparte y todavía mantenga la frente cerca.
Le beso la mandíbula.
Una vez.
La piel raspa un poco bajo mi boca y el sonido que él suelta no llega a ser un gemido, pero tampoco pertenece a un hombre tranquilo.
Me gusta tanto que deslizo una mano por su nuca, despacio, hasta meter los dedos en su pelo.
Es más suave de lo que esperaba, más revuelto también, y la idea de que la culpa sea mía me enciende de una forma absurda.
—Háblame de tu familia —murmuro contra su piel.
—Mi padre es una buena persona —dice, y mientras habla su mano avanza por debajo del borde del jersey, desde mi muslo hasta la cadera, sin prisa, igual que si cada centímetro necesitara una razón que no piensa dar en voz alta—.
Parco en palabras. Muy sencillo. Amable de una forma poco visible.
Mi madre es feliz. Canta mal cuando cocina, se enfada si alguien deja las botas donde no debe y todavía toca la nuca de mi padre al pasar junto a él, como si el gesto llevara treinta años diciéndole algo que no necesita repetir en voz alta.
Crecí con amor, Julia. No con perfección.
Con amor y gente que sabía volver después de equivocarse.
Su palma se mete bajo el jersey.
La piel de mi cintura recibe el calor de sus dedos y mi cuerpo se queda sin interés por cualquier reflexión inteligente durante dos segundos bastante graves.
—Qué indecencia —susurro, con los labios todavía en su mandíbula.
—¿Mi familia?
—Que vengas de una casa donde la gente se quería sin obligar a nadie a hacer de intérprete del desastre.
—También discutían.
—No me estropees la fantasía doméstica nórdica. Estoy intentando procesar que tu padre no convirtió su manera de estar en casa en una prueba que los demás tenían que interpretar.
Soren gira un poco la cara y su boca queda a nada de la mía. Ese espacio mínimo empieza a tener pulso propio.
Sus dedos suben bajo el jersey. Se quedan explorando el límite de mi pecho con una paciencia que empieza a parecer venganza.
Pongo mi mano en su nuca. Le acaricio el nacimiento del pelo, lo araño un poco sin querer y la respiración se le rompe lo justo para que el pulgar de su otra mano, el que sigue en mi muslo, se hunda un poco más.
—Entonces no tienes una gran herida secreta —digo, y la frase intenta sonar ligera, pero me sale más sofocada de lo que pretendía.
—No.
—Ni una madre que justificara con gritos horribles sus problemas.
—No.
—Ni un padre glacial que te enseñara a convertir el silencio en armadura.
—Mi padre usa el silencio para no molestar.
—Qué falta de respeto al arco del protagonista masculino. ¿Y ahora qué hago contigo?
Apoya la frente en la mía, con cuidado. Su nariz roza la mía. Su respiración me toca los labios. La mano sigue en mi cintura, cada vez más caliente, cada vez menos inocente.
—Siento decepcionarte.
—No lo haces.
La respuesta me sale demasiado rápida. Demasiado cierta.
—Dijiste que no era tu tipo.
—Eso era un halago, Soren —respondo, y giro más el cuerpo hacia él, haciendo que la manta resbale un poco por mi pierna—.
Mi tipo ha sido históricamente una catástrofe con buena mandíbula.
Hombres que había que interpretar, justificar, salvar o esperar.
Y que tú no lo seas debería tranquilizarme, pero me descoloca muchísimo.
Solo estabas ahí, seco, atento, demasiado correcto, haciendo café, leyendo mis notas y sin pedirme que te arreglara nada.
—No estoy seguro de que no necesite arreglo.
—Todos necesitamos algo. Pero tú no pareces exigir que una mujer te pague entrada para entrar en tu vida ni colocas tu dolor en el centro de la habitación para que todo el mundo tenga que girar alrededor.
No me diste placer para cobrarlo después.
Me tocaste como si lo importante fuera entenderme.
Fue una entrega muy rara para alguien que parecía tan quieto.
Parece que toda esa calma tuya sirviera precisamente para escuchar mejor.
Su mano sube.
Esta vez sí.
Los dedos se abren bajo el jersey, recorren la curva de mis costillas y encuentran el borde inferior del pecho.
No llevo sujetador. Y él también se da cuenta porque su respiración cambia contra mi boca, más profunda, menos ordenada, y porque se queda ahí un instante, suspendido, como si la contención fuera ya una cuerda demasiado tensa.
—No lo hice por exceso de generosidad —dice, y estira el pulgar.
Me roza el pezón. Solo eso.
La yema pasando por encima, lenta, sin pellizcar todavía, sin cogerme el pecho entero, apenas una línea de calor sobre un punto que se endurece al instante. El jadeo me sale antes de poder evitarlo. Abro la boca contra la suya y Soren aprovecha ese mínimo abandono para besarme.
Al principio despacio, entrando con la lengua comprobando cuánto puedo darle antes de tomar más. Después más hondo. Más mojado.
La lengua roza la mía y el calor me sube tan rápido que cierro los dedos en su pelo, no para apartarlo, sino para impedir que siga besándome con esa prudencia insoportable, con esa boca que entra y se retira, que me busca y se contiene, que parece decidida a recordarme a cada segundo que él cree no tener derecho a esto.
Él entiende el tirón y el beso cambia. Su boca se abre más sobre la mía, me lame, me muerde el labio inferior, vuelve a entrar con la lengua mientras su pulgar repite el roce sobre mi pezón y esta vez lo aprieta de forma que el sonido que hago se pierda dentro de su boca.
Soren se aparta solo un poco para rozar mi cuello con sus labios sin dejar de jugar con la yema de su dedo sobre mi pezón.
—No cambiaría nada de lo que eres —digo, con la voz ya inútil para cualquier debate serio, mientras le acaricio la nuca y bajo la otra mano por su pecho, buscando el calor bajo la camiseta—.
Y no porque ahora esté en esta especie de cruzada absurda de no intentar cambiar a los hombres para que se conviertan en lo que yo necesito.
No. Es porque no te hace falta cambiar. Puede que al principio odiara esa reserva tuya, esa manera de estar sin perturbarte, de mantener la entereza sin despeinarte aunque el mundo se te caiga al lado.
Me parecía irritante. Un poco arrogante.
Muy poco compatible con mi sistema nervioso.
—Una crítica muy precisa.
La mano de Soren me cubre el pecho entero.
El pecho se acomoda en su palma, pesado, sensible, y él baja la boca a mi cuello mientras el pulgar y el índice encuentran el pezón.
Lo acaricia primero, luego lo pellizca con una presión lenta, medida, y me obliga a arquearme hacia él como si el cuerpo hubiera decidido contestar antes que yo.
Su boca sube por mi garganta, húmeda, abierta, con dientes.
Me muerde apenas debajo de la mandíbula y el ruido que me sale ya no tiene nada de conversación.
—Déjame terminar. Ahora que me he acostumbrado un poco, creo que quizá es lo mejor que le puede ocurrir a una mujer.
Un hombre tranquilo sin necesidad de convertir cada emoción en un incendio para que los demás deban correr con cubos.
Alguien en quien se puede confiar incluso cuando no sabes qué siente, porque lo que hace pesa más que lo que promete.
Alguien atento, leal a sí mismo, amable de esa forma tuya que no pide aplauso y sensato cuando yo estoy demasiado cansada para serlo.
No entiendo qué habría de malo en alguien como tú.