Capítulo 20
El mueble caro venía con funciones indecentes
«Julia»
M e despierto porque la cabaña está demasiado quieta. Rodeada de esa clase de silencio que empieza a parecer alguien conteniendo la respiración.
Durante unos segundos no me muevo.
Estoy cansada.
Debería estar dormida con la inconsciencia de una persona que lleva días escribiendo, discutiendo, deseando mal y sobreviviendo peor.
Me incorporo despacio.
El frío me toca los muslos en cuanto saco una pierna de la cama y busco a tientas los calcetines con el pie, sin encontrarlos.
Naturalmente. Una mujer puede escribir novelas de ochenta mil palabras, recordar plazos editoriales, controlar una escaleta con tres tramas cruzadas y aun así perder dos calcetines en una habitación de doce metros cuadrados.
Salgo al pasillo con el jersey largo cayéndome por encima de las bragas.
El salón está casi a oscuras.
Soren está en el sofá.
Sentado.
Despierto.
De espaldas al fuego muerto, está inclinado hacia delante, con los antebrazos apoyados en las rodillas.
No lleva zapatos. Solo un jersey oscuro y unos pantalones de chándal que no deberían tener absolutamente ningún poder narrativo a estas horas, pero lo tienen porque él está ahí, en silencio, ancho, inmóvil, demasiado atento a la casa.
Muy de hombre que cree que estar sentado a oscuras como un guardián funerario cuenta como comportamiento razonable si nadie lo comenta.
Me apoyo en el marco de la puerta con los brazos cruzados sobre el pecho.
—¿Qué haces aquí, Soren? —pregunto en voz baja, porque no sé si la amenaza está fuera, dentro o en mi capacidad para encontrar atractiva esta escena—.
Por favor, dime que no estás haciendo de macho alfa nórdico, quedándote despierto en el sofá para vigilar que no aparezca nada malo entre los árboles.
Él gira la cabeza hacia mí.
La poca luz del fuego le marca el perfil, el rastro de barba, los ojos claros convertidos en algo más gris que azul.
—No estaba haciendo de macho alfa —responde, con esa voz baja que tiene de noche, menos pulida, como si la hubiera usado poco y todavía estuviera tibia por dentro—.
Estaba intentando no parecer un hombre que hace guardia en su propio salón porque hay huellas junto a una ventana y una mujer en la habitación de al lado a la que no sabe si debería dejar dormir o despertar para decirle que sigue inquieto.
Me quedo callada un segundo.
Maldito sea.
Cuando Soren contesta así, con una frase entera y no con uno de sus monosílabos de edificio gubernamental, resulta mucho más difícil atacarlo con justicia.
—Pues casi prefería lo del macho alfa —murmuro, entrando en el salón—. Era más fácil de ridiculizar.
Parece cansado. Y eso me enfada más que si estuviera fingiendo una pose. Porque Soren no posa. Soren hace cosas absurdas con la misma naturalidad con la que otros hombres se justifican.
Me acerco al otro sofá, cojo la manta de lana que está doblada sobre el respaldo y vuelvo hacia él antes de pensar demasiado en lo que hago.
Soren me observa sentarme a su lado y, por primera vez desde que salí del dormitorio, parece perder un poco el hilo de su vigilancia. Baja la vista cuando coloco la tela sobre los dos.
—No puedes pasarte la noche aquí, sentado como si fueras a detener el crimen organizado tú solo.
No contesta enseguida.
—No eres útil cansado —digo, dejando la burla a un lado porque, de pronto, me pesa verle así.
—Qué forma tan amable de preocuparte por mí.
—No te emociones. Me preocupa el manuscrito. Tú eres, ahora mismo, parte del mobiliario crítico del proceso.
—Me tranquiliza saber que he ascendido a mueble.
—Un mueble caro. Nórdico. Incómodo al principio, pero con buenas reseñas. No va a pasar nada porque cierres los ojos dos horas —digo, más bajo, acomodándome sobre el sofá con las piernas recogidas a un lado—. Si pasa algo, prometo gritar con mucha claridad.
Su mirada vuelve a mí.
—Eso no me tranquiliza.
—Porque eres un hombre difícil de complacer.
La sonrisa le cambia la cara de una manera injusta. No lo vuelve otro. Lo vuelve más él. Menos defendido.
—No siempre.
La frase cae despacio entre nosotros.
—Además —añado, buscando terreno menos peligroso y encontrándolo fatal—, has hecho trampa. Hoy me has hecho escribir y leer mucho y tú no lo has hecho.
Soren gira un poco el cuerpo hacia mí. La manta se ajusta entre los dos y mi muslo roza el suyo con más claridad.
—¿Crees que no he colaborado suficiente con tu escena?
El calor me sube al cuello de una forma indecente.
—Eso fue trabajo de campo con una metodología bastante discutible.
—Parecías conforme con los resultados.
—Estaba en desventaja. Tú tenías la boca ocupada y yo había perdido toda capacidad de evaluación académica.
Esta vez sí se ríe. Poco. Una carcajada cansada, casi privada. Luego se inclina hacia delante para coger el vaso de agua de la mesa baja, bebe un trago y lo deja de nuevo con un cuidado.
—No se me da bien escribir sobre el deseo —dice, y lo hace de una manera tan llana que al principio creo haber entendido mal—. No sobre este tipo de deseo. En mis libros suele aparecer desplazado.
Me remuevo un poco bajo la manta porque su confesión me toca en un sitio raro.
A Soren se le dan bien muchas cosas. Demasiadas.
Pensar, observar, corregir sin levantar la voz, preparar café, comerme igual que si la paciencia fuera una forma avanzada de indecencia.
Que diga que algo no se le da bien no suena a falsa modestia. Y por eso me desarma más.
—No consigo que el deseo suene como debe.
—Qué raro en un hombre que esta mañana decidió corregir un cunnilingus con una implicación muy admirable.
—Eso fue más sencillo.
—Claro. Mucho más natural. Una mañana cualquiera en la oficina. Café, notas, anatomía aplicada.
La comisura se le mueve otra vez, pero su mirada sigue en el ventanal. Hay cansancio ahí. Y otra cosa. Una especie de pudor seco, no moral, sino íntimo.
—Cuando lo escribo —dice, despacio—, se queda demasiado lejos. El cuerpo está, pero no arde. O arde de una forma que no me creo. Tú lo escribes de frente.
La mano de Soren se queda sobre mi muslo.
Sus dedos encuentran el borde de la manta, la apartan un poco, lo suficiente para tocarme de verdad con el pulgar.
Un movimiento pequeño, lento, casi distraído si no fuera porque Soren no hace nada distraído.
Nunca. Ni siquiera cuando lleva una noche sin dormir, la mandíbula demasiado firme y esa vigilancia suya convertida en una forma de castigarse por no poder controlar lo que ocurre fuera.
El pulgar se mueve sobre la parte interna de mi muslo.
Una vez.
Otra.
Sin subir. Sin prometer. Sin pedir todavía nada.
Y, aun así, mi cuerpo lo recibe como si acabara de empezar una conversación muchísimo más antigua que la que estamos teniendo.
Yo no digo nada, porque Soren hablando así es un animal raro y si hago un movimiento brusco puede volver a esconderse detrás de una estructura.
—Lo tuyo es deseo con aislamiento térmico —digo, buscando una broma porque necesito una barandilla y mi cerebro suele construirlas con sarcasmo—. Excitación de bajo consumo. Pasión con eficiencia energética.
—Eso ha sido horrible.
—Estoy medio dormida. Mi ingenio trabaja con recursos limitados —respondo, apoyando la cabeza en el respaldo del sofá y mirándolo de lado—. Pero confieso que últimamente lo miro de frente y él me mira de vuelta con cara de cobrador de deudas.
—Porque ya no quieres escribirlo igual.
—Qué manía tienes con acertar cosas que no te he pedido que aciertes.
—Es una costumbre desagradable.
—Mucho.
—Yo sabía enamorarme de ellos en la página…
y en la realidad —digo, y mi voz suena más tranquila de lo que me siento—.
Por eso escribía tan bien el deseo hacia esos hombres.
Los difíciles y los crueles a ratos. Los que te apartan con una frase y luego te miran como si fueras la única cosa que puede salvarles.
El que te arrastra, te revienta el juicio, te convierte en alguien capaz de justificar casi cualquier cosa porque, claro, el hombre duele, el hombre no sabe querer, el hombre tiene heridas, el hombre necesita tiempo.
Soren no me interrumpe. Eso es una de las cosas más peligrosas que hace. Escucha lo que digo sin tener que arreglarlo antes de que termine.
—Ahora leo eso y me dan ganas de gritarle a la protagonista que salga de ahí —continúo, y mi voz se rompe apenas por el roce de su mano, por la hora, por la intimidad absurda de estar medio desnuda debajo de una manta hablando del tipo de hombres que he deseado y escrito y excusado durante años—.
Que no confunda intensidad con daño y no se quede porque él quizá cambie si ella encuentra la palabra exacta, la paciencia necesaria o el modo perfecto de quererlo sin molestarle demasiado.
Detiene el pulgar solo un segundo.
Luego vuelve a moverse, más despacio, una forma muda de decirme que sigue ahí sin interrumpirme.
—Mi padre bebía, sí, y se emborrachaba constantemente.
Aprendió a no saber respirar sin estar bebido—continúo, y la frase no sale dramática, gracias a Dios, sino cansada.
Vieja—. Bebía para estar y no estar. Para que una niña aprendiera a leer si la llave entraba bien en la cerradura, si la puerta se cerraba demasiado fuerte, si el vaso estaba en la mesa o ya no estaba, si convenía ser graciosa, invisible, útil o muy buena. Sobre todo muy buena.
Noto que Soren respira más despacio. Estamos tan cerca que su respiración me toca la mejilla.
—Y supongo que una parte de mí se quedó ahí —digo, porque ya he abierto la puerta y ahora cerrarla sería peor—.
Intentando lograr que un hombre difícil me eligiera de verdad y me quisiera un poco más o, no sé, mejor.
Como si una pudiera corregir una infancia entera consiguiendo que un adulto inaccesible haga una excepción contigo.
Es una fantasía preciosa para escribir. En la vida real te deja hecha polvo.
La última frase me raspa. La boca de Soren se posa ahora en mi sien.