Capítulo 19 #2
La cierro bien y reviso el cierre. No está roto. Alguien lo ha abierto y lo ha dejado mal. Dentro no falta nada que pueda ver a simple vista. Leña. Hacha. Una caja con cuerdas. Herramientas. Todo sigue en su sitio. Eso descarta robo y confirma algo más irritante.
Alguien ha estado aquí sin motivo para estar aquí.
Miro hacia la carretera. No se oye ningún motor. En la curva inferior hay marcas débiles de neumáticos sobre el barro blando del arcén. Podrían ser de cualquier vehículo que hubiera dado la vuelta allí. Podrían ser del taller, de un vecino, del cartero, de alguien perdido buscando otra casa.
Podrían ser del merodeador.
La idea me produce una rabia fría. Si alguien estuvo mirando, no vio una escena abstracta. Vio a Julia en mi sofá, en un momento que no le pertenecía a nadie más.
Vuelvo hacia el porche. Me limpio las botas en la rejilla, demasiado tiempo quizá, porque necesito entrar con una cara que no la alarme.
Cuando abro la puerta, Julia está en la ventana.
Tiene el portátil abandonado sobre la mesa.
—Has hecho fotos —dice.
Me quito la chaqueta despacio, la cuelgo en el perchero y dejo el móvil boca abajo sobre la encimera antes de contestar. Necesito unos segundos para decidir cuánta información puede recibir sin que mi propia rabia la contamine.
—Había huellas junto al lateral de la cabaña —respondo al fin—. La lluvia las está borrando, pero he podido sacar un par de imágenes.
—Vale. Eso supera bastante la categoría de «madera noruega con problemas de carácter».
—La puerta del cobertizo no estaba forzada y dentro no falta nada que haya podido ver —continúo, acercándome al fregadero para lavarme las manos—. Puede haber sido alguien perdido. Un curioso con muy poco sentido común.
—O el borracho del bar —dice ella, y esta vez la ligereza le sale peor—. El de aquella noche. El que parecía tener una relación muy intensa con el equilibrio y tus ingresos.
—Es una posibilidad.
Entorna los ojos, y durante un segundo vuelve a parecer la mujer que se sienta frente a un manuscrito y detecta la frase falsa antes de que nadie más sepa dónde está el problema.
—Has dicho «una posibilidad» con voz de capítulo dos de novela negra.
—Ha estado cerca de la ventana del lateral que da al salón —digo, bajando la voz—. Al sofá.
Julia entiende la frase. No hace falta añadir nada más. El color que le quedaba en la cara cambia de sitio, se le va de las mejillas a algún lugar más profundo, más incómodo, y la ironía se le queda quieta antes de nacer.
—¿Crees que alguien estaba mirando?
—Creo que alguien estuvo demasiado cerca de esa ventana —respondo, porque darle una certeza que no tengo sería tan irresponsable como quitarle importancia—.
No sé cuándo. No sé si miró. No sé si fue antes, durante o después.
Pero necesito hacerte una pregunta importante y que respondas con la gravedad que corresponde.
—Eso ha sido una introducción espantosa.
—Lo sé.
Dejo la toalla sobre la encimera y apoyo los dedos en el borde, manteniendo distancia. La mesa entre nosotros, el sofá a un lado, la ventana detrás de ella. Todo me parece de pronto mal colocado.
—¿Has recibido amenazas? —pregunto—. Mensajes, correos, comentarios que hayan pasado de la grosería habitual a algo más concreto. Alguien que haya insistido con dónde estabas, a qué hora salías, en qué hotel te alojabas. Cualquier cosa que en su momento te pareciera desagradable pero manejable.
Julia baja los ojos al suelo.
—Escribo romántica erótica, Soren. La mitad de los hombres que se aburren con Wi-Fi creen que eso les da derecho a explicarme qué harían conmigo, qué debería escribir o qué clase de mujer debo de ser por usar la palabra coño sin desmayarme.
Bloqueo las cuentas y sigo con mi vida, que es lo que hacemos siempre, porque si una se detiene cada vez que un desconocido decide ser asqueroso, al final no escribe, no sube nada, no sale a la calle y encima ellos ganan.
Por dentro, algo se mueve de una forma seca y desagradable.
—¿Guardaste capturas?
Julia levanta la vista con la boca apretada.
—Algunas.
—Necesito verlas.
—Necesitas —repite, y ahí sí aparece el enfado, rápido, protector, mucho mejor que el miedo—. Qué palabra tan cómoda para dar órdenes sin parecer que las das.
Acepto el golpe porque lo merece.
—Tienes razón —digo—. Pero prefiero parecer autoritario durante cinco minutos a descubrir tarde que no hice una pregunta obvia. Quiero saber si esas huellas pertenecen a alguien que pudo venir por mí, por la casa o por ti.
Eso la descoloca más que si discutiera.
—Qué lista tan reconfortante de posibilidades.
—Voy a llamar a Erik.
—¿Para que venga a defendernos con ironía?
—Para que revise un par de cosas desde Bergen y para que alguien más sepa que ha pasado.
Saco el móvil y abro las fotos. Las envío a Erik sin explicación larga. El mensaje queda entregado.
—La gente que bebe demasiado no suele actuar así —dice al fin.
Su voz ha bajado una capa, como si la frase viniera de un sitio al que no suele dejar entrar la luz.
Julia se da cuenta de que la estoy mirando y aprieta los labios, incómoda, pero no se desdice. Eso me mantiene quieto. Hay momentos en los que una pregunta puede cerrar más que abrir. Este parece uno de ellos.
—O sea —continúa, más despacio—, no digo que no pueda. La gente hace cosas rarísimas borracha. Rompe, amenaza, llama veinte veces, aparece donde no debe, se pone pesada, se cree trágica, importante, abandonada por el universo entero. Pero esto…
Mira otra vez hacia la ventana lateral.
—Esto tiene otra pinta. Acercarse a una ventana.
Irse sin montar ruido. No parece obra de hombre fuera de control.
Mi padre bebía —murmura—. Y cuando alguien vive cerca de eso aprende algunas cosas feas, como distinguir cuándo una persona está buscando pelea y cuándo solo está intentando hacerse notar porque necesita descargar su rabia, su alegría o lo que toque sobre alguien.
La pregunta me sube a la boca con una facilidad casi indecente, porque una parte de mí quiere entenderlo todo, ordenar cada pieza, encontrar la relación exacta entre su padre, los hombres de su vida y la forma en que Julia reconoce ciertas amenazas antes de saber explicarlas.
—Pero qué sé yo de borrachos nórdicos. Igual tienen otro código. No lo descartes, por si acaso —añade, dando el tema por cerrado.
—Pero tienes razón —añado—. No encaja bien.
Algo en su expresión cambia. Apenas. Una tensión que se afloja sin llegar a desaparecer.
—Gracias por no preguntar más —dice, mirando todavía hacia la ventana.
—He estado a punto —admito—. Pero habría sido muy impropio de mí y bastante imbécil.
—Ya lo he visto venir.
—Lo sé. Por eso me he corregido antes de merecer que me lanzaras algo.
Se le escapa una risa preciosa.
—Milagro nórdico.
—No te acostumbres. Somos un pueblo lento para algunas revelaciones.