Prohibido leerme así Capítulo 19
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Capítulo 19

No iba a hacer nada y otros cuentos nórdicos

«Soren»

M e seco las manos con una toalla limpia y sigo teniendo a Julia en la boca.

El agua caliente no sirve de nada. Tampoco el jabón.

Puedo quitarme su humedad de los dedos, puedo limpiar la piel hasta que no quede rastro visible de lo que acabo de hacerle, pero el cuerpo tiene una memoria bastante más insolente que las manos.

La tengo en la lengua, en la mandíbula, en la garganta.

La tengo en la respiración baja, en la tensión del abdomen, en la erección dura y molesta que sigue empujando contra el pantalón como si mi capacidad para tomar decisiones le pareciera una ofensa personal.

Dejo la toalla sobre la encimera y apoyo las manos en el borde, fijando la vista en la madera.

Esta cabaña fue pensada para trabajar. Eso me digo. Este retiro tiene una finalidad concreta, un contrato, un calendario.

También le dije a Erik que no iba a hacer nada, y lo pensaba cuando lo dije. Esa es la puta parte que vuelve todo incómodo.

No fue una frase para parecer mejor de lo que soy, ni una de esas declaraciones que los hombres usan cuando quieren que les reconozcan el mérito de no comportarse como animales. Cuando le dije que no iba a cruzar la línea, hablaba en serio.

Pero la dejé mirarme, entenderme, cargar también con esa tensión, y una parte de mí disfrutó al descubrir que Julia Galiano, que había dicho que yo no era su tipo con una seguridad casi ofensiva, podía temblar por mi cercanía.

Y en el coche, dejé que viera hasta qué punto me afectaba y luego esperé a ver qué hacía con él.

Eso no me gusta.

No porque desearla sea malo. Eso es sencillo. Brutal, incluso. Quiero volver al sofá, bajarle otra vez la ropa, meterme entre sus piernas y dejar de pretender que abrir un documento puede tener alguna importancia ahora mismo.

Lo que no es sencillo es el resto.

Este retiro fue pensado para escribir. Estamos en mi casa, en mi territorio, aislados del mundo y bajo mis condiciones.

Traer a una autora a mi terreno para trabajar en su novela y terminar metiéndola en mi cama me convertiría en un miserable.

No puedo cruzar esa línea y después ignorar que no había una ventaja.

Y, sin embargo, soy yo el que ha terminado arrodillado en el sofá, conteniendo la respiración.

Porque he leído páginas enteras donde detalla exactamente qué le gusta. Una y otra vez. Y yo quiero dárselo.

La idea me deja quieto un segundo.

Me aparto de la encimera y regreso a la mesa antes de que mi cabeza decida que la decencia es un concepto sobrevalorado.

Julia ya está sentada, con los leggins puestos, el jersey enorme cayéndole sobre los muslos y el pelo desordenado alrededor de la cara. Tiene las mejillas calientes y los ojos oscuros de una manera que me cuesta enfrentar.

—Si estás esperando que escriba una frase brillante después de eso, creo que deberíamos revisar tus expectativas sobre el cerebro humano —dice, sin mirarme del todo.

Me siento al otro lado de la mesa y acerco mi libreta sin decir nada.

Necesito que lo escriba antes de que otra sensación lo cubra. Que atrape esa escena mientras sigue viva en la piel, todavía con el sonido de su humedad en el silencio de la cabaña, la presión de mis dedos, el momento en que su voz perdió filo y su cuerpo empezó a contestarme antes que ella.

Quiero leer lo que ha sentido.

Acepto que la idea tiene algo de egoísta.

No se trata solo de saber si lo he hecho bien, aunque esa formulación exista ahí, pobre e incómoda.

Me interesa dónde ha estado ella mientras yo creía estar leyéndola.

Si lo describe como un desahogo o si admite la fuerza de lo que nos ha pasado.

Esa diferencia me importa demasiado, y me incomoda que sea así, porque es algo que ya no pertenece solo al trabajo, ni siquiera solo al sexo.

Julia levanta los ojos hacia mí.

—Estás pensando demasiado —dice.

Tiene razón. Siempre llevo varias capas de pensamiento encima, pero esta mañana todas están enfocadas en lo mismo.

—Probablemente.

Su ceja se mueve apenas.

—Qué respuesta tan poco defensiva. Me inquieta.

—Estoy reservando energía.

—Para corregirme.

—Para no volver al sofá.

La frase sale antes de que la pula.

Julia mueve el bolígrafo sobre la libreta, pero todavía no escribe.

—No puedo empezar si me estás mirando con cara de evaluar mi respiración otra vez.

—La respiración ha sido muy relevante.

—No sé si puedo escribir ahora mismo —dice, con la voz algo más baja de lo habitual.

—Sí puedes.

Me odia un poco por la seguridad de mi respuesta. Lo veo en la forma en que me mira, en el brillo oscuro que le queda todavía, en la boca sensible que intenta no morderse.

—Me parece precioso que tengas tanta fe en mis capacidades motoras.

Dejo el bolígrafo sobre la mesa y miro su documento para no mirar su boca.

—Tu escena no estaba bien encaminada.

—Acabas de hacerme que me corra en tu boca después de leértela y tu conclusión profesional es esa.

—Mi conclusión profesional es que el texto no parecía tuyo. Tenía ritmo y oficio. Pero no la ferocidad con la que escribes estas escenas.

Julia se queda callada.

—Madre mía —murmura.

Se le escapa una risa baja, corta, incrédula.

Julia baja la vista a la pantalla, coloca los dedos sobre el teclado y escribe tres palabras. Las borra. Escribe otras. Se queda mirando el documento con la boca apretada, y esa concentración suya me parece pornográfica después de haberla visto perderse. O quizá todo me lo parece ahora.

—Esto es ridículo —farfulla—. Quieres que escriba lo que siento ahora y quieres leerlo porque eres un escritor enfermo.

Tiene razón.

—Y porque te pone.

Sostengo su mirada. No voy a negarlo porque sería absurdo.

—Y porque quiero follarte —digo, sin suavizarlo, porque suavizarlo sería mentir—. Mucho. Así que escribe —añado, empujando la libreta hacia ella—. Es lo único sensato que podemos hacer ahora mismo.

La decepción le cruza la cara antes de convertirse en enfado. Es rápida, orgullosa, preciosa de una manera que no debería registrar si quiero seguir sentado.

—Eres autoritario cuando estás frustrado.

Casi sonrío.

—Si escribo una mierda, será culpa tuya —dice, y la frase le sale con una naturalidad sorprendente.

—Eso puedes ponerlo en los agradecimientos.

—Voy a ponerlo en la dedicatoria. «A Soren, por arruinar mi concentración y mi suelo pélvico».

Se me escapa aire por la nariz, algo parecido a una risa.

—Eso vendería muchos ejemplares.

Julia vuelve al documento, borra una frase, escribe otra y deja el bolígrafo al lado del teclado decidida al parecer de que la pantalla merece toda su atención.

Al principio teclea despacio. Luego encuentra una cadencia. No necesito leerla para saber cuándo ha encontrado algo verdadero. Separa los labios, le cambia la respiración y se pasa la lengua por la boca. Qué peligrosa es para mi cordura.

Me obligo a mirar mi libreta, aunque las palabras que tengo escritas parecen de otro hombre. Flechas, observaciones, notas sobre ritmo y ángulo. Todo correcto y anterior a Julia levantando las caderas para que le quitara los leggins.

Julia se detiene de pronto y me mira.

—Estás callado de una forma muy molesta.

—Estoy siendo considerado.

—Estás siendo considerado de una forma muy molesta.

Apoyo el bolígrafo sobre la mesa y me levanto. Julia sigue mis movimientos con los ojos, pero vuelve a la pantalla en cuanto me acerco a la ventana, quizá porque si me sostiene la mirada más tiempo ninguno de los dos va a hacer nada que Erik pueda facturar como avance profesional.

El cristal está frío cuando apoyo dos dedos en el marco.

El cobertizo de la leña está a la izquierda, junto al camino lateral, y más allá la grava baja hacia la curva donde empieza el tramo estrecho de carretera.

Todo debería estar igual que por la mañana, cuando volví de correr y dejé los troncos secos junto a la entrada.

No lo está.

Tardo un segundo en ver qué falla.

Primero es la puerta del cobertizo. Está mal encajada. Un palmo menos cerrada de lo que la dejé, apenas lo suficiente para que el viento empuje la esquina y la haga golpear de vez en cuando contra el marco.

Luego veo las marcas.

Huellas oscuras en el barro junto al lateral de la cabaña que no son mías, donde la grava no llega a cubrir del todo la tierra. La lluvia las está deshaciendo, pero todavía conservan el dibujo de la suela. Anchas. Torpes. Demasiado cerca de la ventana lateral.

Me quedo inmóvil.

Miro hacia dentro. La ventana lateral da al salón. Al mismo sofá donde Julia estaba hace unos minutos con mi boca entre sus piernas.

Ese pensamiento me obliga a cerrar los dedos contra el marco.

—¿Soren?

Me vuelvo lo justo para mirarla.

—La puerta del cobertizo está suelta —digo.

Julia mira hacia la ventana. Luego a mí.

—¿Suelta como en «Noruega y sus maderas dramáticas» o suelta como en «vas a salir ahí fuera con cara de señor que ha encontrado un cadáver en el jardín»?

—No he visto ningún cadáver por ahora.

—Qué frase tampoco tranquilizadora.

Me aparto de la ventana antes de que vea mi cara con demasiada claridad. Cojo el móvil de la encimera.

—Voy a cerrarla bien —digo, metiendo el teléfono en el bolsillo.

El frío me golpea la cara y, durante un segundo, agradezco la violencia sencilla del aire. La lluvia se me mete en el pelo, en el cuello de la camiseta, en los puños.

Cierro la puerta despacio a mi espalda y bajo los tres escalones del porche y camino hacia el cobertizo.

Las huellas siguen deshaciéndose. Me agacho junto a la primera y saco el móvil. Hago dos fotos antes de que la lluvia termine de borrar el dibujo.

La suela tiene una marca irregular en el borde exterior, como si una parte estuviera gastada o rota.

La puerta del cobertizo golpea otra vez.

Toc.

Pausa.

Toc.

Un ruido idiota, pequeño.

Aun así, me tensa la espalda.