Prohibido leerme así Capítulo 18 #4
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Capítulo 18 #4

Me despierta una sensación desconocida, más llena, como si el placer tuviera una raíz oculta que él acaba de desenterrar con la misma facilidad con la que localiza las incongruencias de un párrafo.

Luego presiona con más firmeza cuando mi cuerpo responde con un tirón involuntario.

La lengua sigue lenta, por los labios externos, sin meterse todavía en el centro.

Los estimula de arriba abajo, de un lado al otro, los besa, los chupa con una presión breve y húmeda, los suelta.

Cada vez que se acerca al clítoris, se desvía.

Cada vez que creo que por fin va a darme ese contacto directo, baja otra vez a mi entrada o se queda lamiendo los bordes, abriéndome con los dedos para que la lengua encuentre piel nueva, más sensible, más expuesta.

Yo ya no sé dónde tengo las manos.

Una está en el sofá. La otra termina en su pelo.

Soren se queda inmóvil al sentir mis dedos en su nuca. Solo un instante. Después hace un sonido bajo contra mi sexo y esa vibración me revienta más que la lengua.

Le agarro el pelo con más fuerza, sin darme cuenta, y él responde subiendo al clítoris por fin, pero no con prisa. Lo toca con la punta de la lengua, una vez. Otra. Pequeños roces lentos que no buscan acabar nada todavía, solo comprobar cuánto aguanto antes de romperme.

—Soren, por favor…

No sé qué estoy pidiendo.

Él sí.

O decide que sí.

Vuelve a bajar, me lame la entrada con un movimiento circular más firme y al mismo tiempo presiona el perineo con los dedos, una presión acompasada que me hace cerrar los ojos y abrir las rodillas más de lo que creía posible.

Luego su boca se desplaza, no al clítoris, sino más atrás, siguiendo una línea húmeda y lenta hasta rozar con la lengua la piel cercana al ano.

Me quedo rígida.

La intimidad de ese gesto es brutal por lo expuesta que me siento y lo mucho que me excita que lo haga.

Estoy empapada.

No he estado así de mojada y excitada en mi puñetera vida.

Cuando por fin cierra la boca alrededor del clítoris y succiona el mundo se queda blanco en los bordes. Soren no acelera. Ese es el milagro o el castigo.

—No pares ahora —susurro, o gimo, o lo que sea que hace una cuando ha perdido por completo la autoridad sobre su propia voz.

Él no contesta enseguida. Desliza los dedos por mi humedad y los hunde despacio en mí. Primero uno. Luego otro. Mi cuerpo lo acepta con una facilidad obscena, mojado, abierto, desesperadamente preparado.

Entra hasta los nudillos y gira la muñeca, curva los dedos hacia arriba y acaricia dentro. Se me escapa un gemido tan roto que ni siquiera intento convertirlo en algo digno.

Se me arquea la espalda sobre el cojín y las rodillas se me abren más. Soren apoya la otra mano en mi vientre, firme, para mantenerme ahí, para sentir cómo me contraigo alrededor de sus dedos.

—Ahí —susurro, sin saber si se lo estoy pidiendo o confesando.

—Lo sé.

Dos palabras.

Secas.

Devastadoras.

Sus dedos se mueven otra vez, con una precisión que me deja sin escapatoria. Entran y retroceden apenas, se curvan dentro de mí, rozan las paredes, la acarician con un movimiento corto, insistente, mientras su boca vuelve al clítoris y lo toca con la lengua de una forma más directa que antes.

La combinación me parte en dos. Arriba, la lengua. Dentro, los dedos. Abajo, el peso de su cuerpo entre mis piernas y la certeza de que me tiene leída hasta un punto humillante.

—Soren…

Mi voz ya no sirve para nada.

No me rompo en uno de esos orgasmos que llegan como una descarga rápida. Esto se acerca como una ola demasiado grande, acumulándose desde todas partes.

El gemido que sale de mí no tiene nada de literario. Es sucio, alto, desesperado. Le agarro el pelo con tanta fuerza que debería disculparme, pero Soren hace un sonido bajo como si eso también le gustara.

Ya no sé si estoy empujando hacia él o intentando sobrevivirlo. Solo sé que viene enorme. Que no se parece a nada de lo que esperaba.

—Soren, voy a…

Ni siquiera puedo terminar.

Él no cambia el ritmo.

Y entonces llega.

El orgasmo me coge entera.

Me sube desde dentro, desde el sitio exacto donde sus dedos siguen curvados, y estalla hacia fuera con una fuerza que me deja sin voz durante un segundo antes de arrancármela de golpe.

Aprieto las piernas alrededor de su cabeza, arqueo la espalda, tiro de su pelo, digo su nombre o algo parecido, y todo mi cuerpo se contrae alrededor de sus dedos en oleadas tan profundas que me dejan sin pensamiento.

La chimenea, la lluvia, el fiordo, la mañana, el manuscrito, todo desaparece. Solo existe su boca, su mano, el placer rompiéndome por dentro y la certeza absurda de que esto no ha sido un orgasmo.

Ha sido el orgasmo.

El que no se escribe bien si no se siente y te deja el cuerpo sin huesos y la cabeza sin defensa.

Soren sigue conmigo mientras bajo, dejando que los dedos se queden dentro hasta que la última contracción se afloja alrededor de ellos. Luego me besa el interior del muslo, una vez, muy despacio, y apoya la frente allí durante un segundo, respirando contra mi piel.

Yo no puedo moverme.

Ni hablar.

Ni pensar nada útil.

Él levanta la cabeza al fin. Tiene la boca mojada, los ojos oscuros, el pelo revuelto por mi mano y una expresión que no es satisfacción, ni orgullo, ni esa calma fría que se pone cuando intenta ordenar el mundo.

Es otra cosa.

Algo más peligroso.

Más serio.

—Ahora —dice, con la voz baja, destrozada por la respiración— puedes reescribir la escena.

Me río o eso intento. Lo que sale es un sonido roto, sin fuerza, medio perdido.

—Ahora no puedo ni recordar dónde lleva la palabra clítoris la tilde.

Soren me mira durante un segundo.

Después se limpia la boca con el dorso de la mano, despacio, y ese gesto, después de lo que acaba de hacerme, casi me provoca otro cortocircuito.

—Entonces espera diez minutos.

«Diez minutos».

El muy cabrón dice diez minutos como si acabara de corregirme un párrafo complicado y no de dejarme abierta, temblando y completamente inútil sobre su sofá.

—Soren —digo, y no sé si suena a pregunta, a queja o a prueba de que todavía recuerdo su nombre.

—Dime.

Me humedezco los labios, todavía torpe, todavía con restos de placer desordenándome la respiración, y veo cómo su atención cae a mi boca.

Se endereza despacio. El movimiento le tira de la camiseta sobre el abdomen y me recuerda, con una falta de compasión absurda, que debajo de esa ropa hay un cuerpo preparado, y que él está eligiendo no usarlo.

Se coloca la polla con una brusquedad contenida, apenas un ajuste rápido en la tela oscura, pero lo bastante claro para que yo entienda exactamente cuánto le está costando apartarse.

Está duro. Mucho. Dolorosamente, probablemente. La clase de erección que un hombre no puede disimular.

—Eres consciente de que tienes la polla a punto de reventar y me estás pidiendo que abra un documento.

—Soy consciente —responde.

—Bien. Me tranquiliza saber que sigues conectado con la realidad.

—Precisamente por eso. Ahora todavía tienes en el cuerpo la espera, la rabia. Si lo escribes dentro de una hora, no quedará igual.

—Qué bonito. Me has hecho correrme por integridad artística.

—No.

Se inclina un poco, y el aire cambia otra vez.

—Te he hecho correrte porque quería.

Se me corta la respiración.

Soren mantiene los ojos en los míos, sin dulzura impostada, sin sonrisa fácil, sin esconderse detrás del trabajo aunque acabe de usarlo como cuchillo.

—Y quiero follarte —añade—. Mucho. Eso también deberías escribirlo bien.

El calor me sube por el cuello.

Soren va hacia la cocina y abre el grifo.

Se lava las manos con movimientos lentos, demasiado conscientes.

El sonido del agua me provoca un escalofrío absurdo porque todavía puedo sentir esos dedos dentro de mí, curvándose, buscándome, arrancándome un orgasmo que no cabe en una frase ni en un párrafo, puede que necesitara un libro entero para describirlo.

Se seca las manos sin mirarme enseguida, y cuando lo hace tiene esa expresión suya de hombre que ya ha tomado una decisión y sigue sufriéndola.