Capítulo 18 #3
—Escribe la humillación de la espera —continúa, y sus dedos presionan un milímetro más contra mi piel, recordándome exactamente dónde tiene el control—.
El momento en que ella nota la boca de él tan cerca de su sexo que es probable que pueda percibir el olor de su humedad, y se da cuenta de que no manda en sus propias piernas.
Haz que se desespere porque él no se da prisa.
Entonces, con una frialdad que me parece casi una falta de respeto, aparta la mirada y busca con los ojos la carpeta abierta en el suelo, como si de verdad estuviera leyendo los apuntes.
—Hay otra cosa que no está bien, Julia.
Si Soren Nørgaard va a corregirme la escena de cunnilingus entera de esta forma, quizá el problema ya no es mi anatomía literaria, sino mi esperanza de vida.
Él levanta los ojos hacia mí.
—No entiendo cómo él puede apartarle la ropa interior con los dientes.
—Dices que él le aparta la ropa interior con los dientes. Eso es mentira.
La brusquedad de la frase me corta el cuerpo. Su boca está a un palmo de mis muslos y mi cabeza, en lugar de pensar en literatura, imagina exactamente la presión de sus dientes contra mi piel. Me cuesta respirar.
—Es una escena de ficción, Soren —consigo decir, aunque la voz me sale demasiado fina, sin fuerza—. Eres demasiado persistente con los detalles.
Soren mira mi boca un segundo. Después vuelve a mis ojos.
—Eso es cierto. Pero también puedo demostrártelo. Tendría que quitarte la ropa.
El pulso me da un golpe salvaje en la garganta. No hay rodeos en cómo lo dice, ni rastro de duda.
Se inclina un poco más. Me mira antes de tocar nada, y esa pausa suya, ese segundo en el que me deja decidir si esto sigue siendo una demostración o una locura, me pone peor que cualquier avance brusco.
—Si paras ahora, voy a considerar que tu compromiso con la verosimilitud es bastante mediocre.
Esta vez sí se le escapa una sonrisa devastadora.
—Entonces observa.
Como si pudiera hacer otra cosa.
Desliza las manos hasta mi cintura. Se detiene ahí, con los nudillos rozándome la piel del abdomen bajo el jersey, y espera a que yo levante las caderas.
Soren me quita los pantalones con una lentitud exasperante, sin rozar más de lo necesario y, aun así, haciéndome consciente de cada centímetro que descubre.
La tela resbala por mis caderas, mis muslos, mis rodillas. Él me levanta un pie, luego el otro, y luego tira la prenda por encima de su hombro con una falta absoluta de cuidado en contraste que me provocaría una carcajada si no estuviera tan tensa.
Me quedo en bragas y jersey, tumbada sobre el sofá, con las piernas todavía abiertas y el aire de la cabaña tocándome la piel.
Esta vez su mirada baja y registra la ropa interior, el ángulo, la humedad que ya debe empapar el algodón, la forma en que mi cuerpo se ha convertido en algo vivo debajo de sus manos.
Después vuelve a mirarme a la cara.
—El problema no es que no pueda hacerlo —explica, y la voz le sale empañada, densa—. Podría. Pero tal como lo has escrito, el gesto queda torpe. Exige movimientos que estropean el ritmo.
—No lo entiendo —consigo decir, con una capacidad de conversación francamente heroica.
—La boca no puede desplazar el tejido y avanzar a la vez. Si emplea los dientes, pierde el control. Si tira con demasiada fuerza, la tela regresa a su sitio o entorpece el paso. Y si lo intenta cuando ya está sobre el sexo, se queda sin espacio para respirar.
Me limito a mirarlo, con los dedos hundidos en el cojín y el cuerpo completamente blando, esperando que rompa el último centímetro de distancia.
—Si no usa las manos para sujetar la prenda, la escena no es creíble, Julia.
Soren afianza la palma en la cara interna de mi muslo izquierdo. Su mano desnuda está caliente y el contacto me arranca un temblor inmediato que él registra sin inmutarse.
Engancha el dedo índice en el elástico de mis bragas y tira un poco de la goma, apenas un par de centímetros, sin llegar a introducirlo ni apartar el tejido por completo.
—Un hombre que sabe lo que hace —continúa, y la vibración de su voz me da directamente en la piel desnuda— se asegura de despejar el camino antes de tocar.
Se aproxima un poco más al hueso de la cadera, justo donde el elástico dibuja esa línea que sube hacia el lateral de la pelvis.
Luego levanta los ojos hacia mí desde esa posición y yo entiendo que, si sobrevivo a esto, debería recibir algún tipo de premio.
Se aproxima un poco más al elástico.
—Desde este ángulo —murmura, con los labios rozando la tela— es más limpio atrapar el borde con los dientes y apartarlo.
—Ah.
Maravillosa aportación, Julia. Profunda. Llena de matices.
Atrapa el algodón con los dientes justo en esa costura lateral y lo desplaza hacia un lado sobre el hueso de mi pelvis.
Es un movimiento muy controlado, pero el sonido mínimo de la tela tensándose y el calor denso de su aliento me obligan a clavar las uñas en la tapicería del sofá.
Tira un poco más. La tela cede, pero la elasticidad del tejido impide que la boca sola pueda sostener la ropa apartada.
Soren suelta la prenda, dejando que el elástico regrese un poco a su sitio, y espira contra la piel que queda descubierta antes de incorporarse para mirarme.
—¿Lo entiendes ahora? —pregunta, con una voz que me deshace por dentro.
Asiento porque ya no me quedan palabras útiles. Tengo el pulso desbocado y el cuerpo completamente blando bajo sus manos.
—La boca no basta para mantener el espacio despejado —explica, mientras desliza los dedos de la mano libre hasta el borde de las bragas y lo sujeta con firmeza—. Necesita la ayuda de los dedos.
Aparta el algodón hacia un lado con firmeza esta vez y el aire frío de la cabaña me toca de una forma tan íntima que se me corta la respiración.
Soren no desvía la vista hacia lo que acaba de descubrir. Sigue mirándome a la cara, leyendo la agitación de mis ojos y la forma en que mi pecho sube y baja.
—Así —dice—. Primero los dedos. Después la boca.
Su pulgar retiene la tela en la cadera, liberando todo mi sexo.
—Los dientes no se usan para desnudar —añade, y su tono es un murmullo denso que me retumba en el vientre—. Se usan para avisar.
Me cuesta horrores articular la siguiente frase.
—¿Avisar de qué?
Soren tarda un segundo en contestar.
—De que está dispuesto a todo —responde.
El calor me sube tan deprisa que casi me mareo.
Soren baja entonces la mirada. Siento mi humedad con una claridad brutal y asumo que él también la ve. No hay manera elegante de esconder lo empapada que estoy.
Él ladea el rostro y busca la cara interna del muslo, muy arriba, en esa línea oblicua donde la pelvis se tensa.
Su boca es firme, ancha, húmeda. No hay delicadeza en el gesto; es un reconocimiento del territorio.
Percibo la textura de sus labios contra la piel desnuda y, en cuanto la punta de la lengua traza una línea húmeda sobre la zona sensible, mis músculos ceden.
La pierna cae hacia el lado, pesada, ganando una apertura que yo no he autorizado.
—Así —murmura contra mi piel, y su aliento me enciende la zona—. Primero aquí. Donde ella todavía cree que puede mantener el control.
—Soren…
El nombre se me quiebra en la garganta y a él le afecta porque su mano se tensa en mi muslo.
—Luego miraría si se abre o si intenta cerrarse —continúa, y la naturalidad con que lo dice me vuelve loca—. Si se tensa, no iría al clítoris todavía.
Sus dedos bajan a mi sexo.
Ahora sí.
Separa mis labios con el índice y el corazón, despacio, abriéndome para mirarme y para que yo sienta el aire contra la humedad.
El sonido es mínimo, un roce mojado, casi vergonzoso, pero en el silencio de la cabaña parece amplificado, como si el fiordo entero hubiera decidido callarse para escuchar a mi cuerpo perdiendo la compostura.
Cierro los dedos sobre el sofá.
Soren mira lo que hace y después me mira a mí.
—Esto deberías escribirlo.
Se me escapa una risa sin aire y luego un gemido cuando él extiende la humedad y el pulgar me roza el borde externo, sin tocar todavía el clítoris.
—Si está así de mojada, él lo oye y lo huele. Y aquí —dice, con la voz más ronca— es donde tu escena deja de ser creíble si sostienes que él podría seguir siendo un hombre razonable.
La habitación se queda sin aire.
—¿Y tú lo eres? —pregunto.
—Lo intento —dice.
—¿Lo consigues?
—Cada vez menos.
Baja la cabeza.
La primera pasada de su lengua esquiva el clítoris.
Recorre la entrada desde abajo con un trazo largo y cargado de saliva que dibuja todo el contorno sin llegar a presionar arriba.
Me arqueo contra el cojín en un movimiento reflejo, emitiendo un sonido roto, corto, completamente descolocado.
Soren contiene el avance un segundo, asimila el latido de la carne contra su boca y repite el recorrido, esta vez más lento, delineando el orificio vaginal en un círculo concéntrico que insiste donde el flujo es más denso.
Me falta aire.
Muchísimo.
Soren separa un poco más mis labios con los dedos y su lengua vuelve a pasar, ahora de un lado al otro, lenta, recogiendo humedad, presionando lo justo para que el roce me suba por el vientre.
Cuando llega cerca del clítoris, no se queda ahí.
Lo roza apenas y se aparta, igual que quien toca una cuerda para oír cuánto vibra antes de volver.
—Tú ibas muy directa —murmura—. Daba resultados, pero perdías esto.
Solo soy capaz de gemir porque él acaba de bajar otra vez, porque me lame la entrada con una paciencia cruel, porque su nariz roza el vello del pubis, porque su respiración me calienta la piel abierta y yo estoy tan mojada que cada movimiento suyo suena pequeño y obscenamente húmedo.
La mano que tiene libre desciende por mi muslo y se encaja más abajo, entre las nalgas. Dos dedos ejercen una presión profunda en el perineo, deteniendo mi pelvis justo cuando intentaba buscar su boca en un impulso involuntario.