Prohibido leerme así Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

—Él parece concentrado en un único objetivo —dice Soren, sin levantar la voz—. Va directo a darle placer.

—Esa frase está peligrosamente cerca de una clase magistral de cunnilingus —digo, intentando que suene a broma y no a defensa.

—Voy a decirte qué me resulta poco interesante desde el punto de vista de él —responde, dejando el bolígrafo sobre la libreta—. No desde la técnica. Desde el deseo.

—Adelante, por favor. Ilumíname con tu visión masculina.

Soren ignora el veneno porque el veneno solo da resultados con personas menos seguras de sí mismas.

—Desde mi lado, el cunnilingus es un ejercicio de contención agónica.

Si él lleva mucho tiempo deseándola no está pensando en «hacerlo bien» para que ella se corra.

Está tratando de no estallar antes de tiempo.

No es un servicio, es una persecución —explica.

Su voz baja hasta convertirse en un murmullo ronco y denso—.

Cuando él baja, no busca un resultado, busca la reacción más cruda de ella, esa que no puede esconder.

Se trata de observar cómo sus caderas se arquean buscando un alivio que él decide dosificar.

Es una mezcla de egoísmo y entrega total.

Él quiere ver cuánto puede exigirle antes de que ella, con la voz rota, le implore que termine con la espera.

No está cumpliendo un papel, está intentando poseer el placer de ella mientras pelea, centímetro a centímetro, por mantener su propia cordura.

Joder.

Me quedo muy quieta.

Soren no aparta la vista. Se ha quedado ahí, en esa postura que debería parecer casual pero que en realidad es una emboscada, observando cómo sus palabras hacen efecto. El aire en la cabaña parece haberse vuelto tan denso que cuesta respirar.

—Esa es la diferencia —añade, y su voz, ahora, tiene un matiz eléctrico que no estaba ahí hace un segundo—. Tú lo has escrito como un hombre que quiere demostrar hambre. Yo lo pondría como un hombre que quiere tener tiempo.

Soren se reclina un poco en la silla, sin romper el contacto visual. Su lenguaje corporal es una lección de control que me está desarmando.

—Tú escribes el placer de ella como un destino —prosigue—.

Yo lo escribiría como un proceso de erosión.

Lo llamas «preliminares» —dice él, y una sombra de sonrisa, apenas una curva amarga, asoma en sus labios—.

Pero eso es una etiqueta cómoda. Quiero que dejes de escribir como una autora y empieces a escribir como alguien que sabe perfectamente lo que se siente cuando alguien te obliga a esperar, contra tu propia voluntad, mientras te lo está dando todo.

—¿Y eso es lo que quieres para el capítulo? —pregunto, con la voz casi en un susurro—. ¿Esa clase de... crueldad?

—No lo llamo crueldad —responde, y el tono le baja un octavo, arrastrando esa cadencia densa que se le pone cuando decide ser letal—. Lo llamo rigor. Si el lector no siente la urgencia física de ella, el texto solo acumula adjetivos.

Sostenemos la mirada. El silencio en la cabaña pesa ahora de otra manera, cargado con el rastro de la lluvia que acaba de parar fuera y el calor que sube desde la chimenea. Ninguno de los dos se mueve, pero el aire entre nuestras sillas se vuelve impracticable.

—Hay un error geométrico en este párrafo —continúa Soren, rompiendo el pulso al bajar la vista hacia mi pantalla con una naturalidad que me resulta ofensiva.

Tardo un segundo completo en recuperar el flujo de aire.

—¿Un error?

—La postura. Dices que él le separa las piernas con los hombros, le sujeta las caderas con las manos y, al mismo tiempo, introduce dos dedos.

—¿Y? —intento que la réplica suene profesional, pero la voz me sale demasiado seca.

Soren deja el bolígrafo sobre la libreta abierta. El sonido del plástico contra el papel me roza la nuca.

—Le faltan manos, Julia.

Me quedo callada. Releo la frase en el documento. Maldita sea. Tiene razón.

—Puede apoyar el hombro —propongo, a la defensiva.

—No así. Si tiene la boca donde pretendes, los hombros pierden el ángulo. Y si busca el apoyo que describes, se queda sin espacio para los dedos. A menos que la escena incluya que fue criado por acróbatas, la anatomía no encaja.

Se me escapa una risa antes de poder frenarla. El amago de humor alivia la rigidez de mis hombros, pero la tregua dura poco. Por debajo del apunte técnico sigue flotando lo anterior. Las palabras que acaba de dejar suspendidas en la cocina. Erosión. Esperar. Contra tu voluntad.

—Vale —cedo, apoyando los codos en la mesa—. Profesor de anatomía aplicada, ¿cómo lo resuelves tú en tu cabeza?

—Es más fácil verlo.

Mi risa muere del todo.

Soren se levanta. No hay prisa en sus movimientos, pero maneja la situación con esa solemnidad escandinava que vuelve grave cualquier nimiedad. Camina hacia el sofá, retira la manta que dejé caer anoche y acomoda un cojín grande en uno de los extremos con una concentración metódica.

A tus personajes les vendría bien un poco de estabilidad. —Se gira hacia mí y señala el sofá con una seguridad que convierte el gesto en una orden irreversible—. Túmbate aquí. Coloca la espalda hacia el fondo y acerca las caderas al borde.

La instrucción me recorre la piel. Camino hacia el sofá intentando recordar que soy una autora adulta que escribe sexo explícito, aunque note el pulso desbocado solo porque este hombre ha pronunciado la palabra caderas .

Me tumbo. La tela está tibia por la cercanía del fuego. Llevo leggins y un jersey amplio, una combinación inofensiva que no justifica la vulnerabilidad inmediata que siento en cuanto acomodo el cuerpo y doblo las rodillas hacia los lados.

Soren se queda de pie un momento. No busca el espectáculo ni el descaro fácil; comprueba mi cara antes de evaluar la postura de mis piernas, y ese respeto me hace más daño que cualquier provocación.

—¿Bien? —pregunta.

—Sí.

Soren se arrodilla delante del sofá.

Joder.

Hay situaciones que una puede imaginar muchas veces y aun así no estar preparada para verlas a medio metro de su cuerpo.

Soren, de rodillas entre mis piernas, con la camiseta gris ajustándosele a los hombros y el pelo aún húmedo me parece una idea pésima ejecutada con una calidad visual extraordinaria.

—En tu versión —explica, con esa voz baja que anula cualquier distancia—, él se coloca demasiado abajo. Si hace eso, fuerza el cuello.

Se inclina hacia delante. No llega a tocarme, pero su cabeza queda entre mis rodillas y su hombro roza el interior de mi pierna izquierda por encima del tejido. El contacto, mínimo y cubierto, hace que curve los dedos sobre la tapicería del sofá.

—Así tendría que forzar la espalda —continúa—. Podría hacerlo unos minutos, pero después perdería exactitud. Y una escena de este tipo no debería depender de la resistencia cervical del protagonista.

Me río o intento reírme, pero me sale algo lamentable.

—Estoy aprendiendo muchísimo —murmuro, con el aire justo.

—Todavía no.

Soren desliza el cojín grande bajo mis caderas. El movimiento me eleva la pelvis, modificando el ángulo de forma drástica. Las rodillas me caen mejor hacia los lados y la parte baja del cuerpo queda expuesta, abierta, a pesar de estar completamente vestida.

—Así —dice.

La palabra tiene el peso de una caricia física. Soren avanza un paso más hacia el borde, apoyando una rodilla en el suelo y flexionando la otra para ganar altura. Coloca una mano en el respaldo del sofá, junto a mi costado, sin rozarme todavía.

—De esta forma, el peso de su cuerpo mantiene el ángulo sin necesidad de aplastarla. Y la mano queda suelta para abrirla si ella intenta cerrarse por el estímulo. Para retenerla desde el vientre si se mueve demasiado. O para usar los dedos.

Alzo la cabeza del cojín para mirarlo. Soren sostiene el contacto visual mientras desplaza la mano del respaldo despacio, y toca mi rodilla por encima del tejido.

Su palma grande, firme, abriéndome apenas unos centímetros más como si estuviera ajustando una postura de yoga absolutamente indecente.

—Y la otra mano —continúa, con la voz igual de baja, aunque ya no suena tan neutral— también queda libre. Si él tiene la boca ocupada, no tiene sentido que la mano esté decorando el sofá.

El calor me sube tan deprisa que casi me mareo.

—Es una perspectiva muy práctica.

—Lo es.

Soren se queda quieto sobre mí, con una mano firme en mi muslo y la otra apoyada a mi lado. Ninguno de los dos se mueve, pero noto cómo le cambia el ritmo de la respiración. Entonces, levanta los dedos del sofá y me toca.

Presiona el vientre con el índice y el corazón, justo por encima del elástico de los leggins.

Es un toque suave pero muy firme, que me vacía los pulmones de golpe.

La poca fuerza que me queda en las piernas desaparece y mis rodillas caen del todo hacia los lados, abriéndose sin que yo pueda controlarlo.

Soren lo nota enseguida. Mira mis muslos, vuelve a mirarme a los ojos y la expresión se le vuelve más dura, más seria. Mueve el pulgar despacio, arrastrando la tela del jersey contra mi piel. Es apenas un centímetro, pero me recorre un escalofrío entero.

Ese límite me está volviendo loca. Sus dedos se quedan fijos ahí, quietos sobre la ropa, a una distancia mínima de donde mi cuerpo ya ha dejado de ser racional.

Aunque no se mueva, noto perfectamente todo su peso: la dureza de su rodilla abriéndose paso entre mis piernas, el calor de su mano, la presión de su mirada y el roce de su hombro contra mi muslo cada vez que coge aire.

Soren me sostiene los ojos y baja un poco la cabeza, acercando la boca a mi oído, aunque no retira la mano de mi vientre.

—Si él baja ahora mismo a por el clítoris, arruina la escena, Julia —murmura, y la voz le sale más ronca, más baja—. Un hombre que lleva meses deseando esto no va a buscar un resultado rápido. Va a buscar que ella colapse y le suplique.

Me quedo sin aire, escuchando cómo mi propio pulso retumba en el silencio de la cabaña.