Prohibido leerme así Capítulo 18
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Capítulo 18

Manual noruego para corregir una escena sin dejar supervivientes

«Julia»

P or la mañana, el café ya está hecho.

Cómo no.

La cafetera está sobre la encimera, limpia, caliente todavía, con el depósito lleno y una taza esperándome al lado, porque Soren Nørgaard sabe dejar resaca emocional con eficiencia escandinava de calidad.

La cabaña huele a madera húmeda y ese frío reciente de la noche que se queda pegado a las esquinas aunque la chimenea lleve un rato encendida.

Fuera, el fiordo tiene el mismo color de siempre, esa mezcla imposible entre gris y acero. La lluvia ha parado, casi educada, después de pasarse la noche golpeando el coche mientras un hombre que se suponía tranquilo me destrozaba la boca en un arcén.

Me siento a la mesa con la taza entre las manos e intento parecer una mujer que no acaba de despertarse pensando en la lengua de Soren Nørgaard.

Al llegar a la cabaña el muy desgraciado me dio las buenas noches.

«Buenas noches».

Igual que si acabáramos de volver de una reunión de vecinos con bollería seca.

Me llevo la taza a los labios y bebo un trago demasiado caliente. Me quemo un poco. Perfecto. Añadamos daños por bebida a los daños por noruego.

Lo más irritante es que recuerdo perfectamente aquella conversación. Él fue el primero en mirarme con esa lógica suya, seca y peligrosa, y decir que no entendía por qué dos adultos que se desean pararían en un beso si quieren más.

Lo dijo con la tranquilidad de quien considera el mundo un sitio sencillo, el deseo una línea recta y la gente que se queda a medio camino lo hiciera por falta de sangre en las venas.

Y ahora, míralo.

Es él quien frena.

Maldita sea.

Ahora entiendo lo absurdo que debía de parecerle mi teoría de los besos. En la práctica, es una putada muy elegante, muy nórdica y muy difícil de desayunar.

Sobre la mesa están mi portátil, una libreta abierta y el documento que trabajé ayer.

Oigo la puerta del baño.

Levanto la vista con la taza a medio camino de la boca y, durante unos segundos, mi cerebro decide abandonar su puesto de trabajo.

Soren aparece de nuevo recién duchado, con el pelo húmedo, la piel erizada por el frío y una toalla blanca anudada a la cadera.

La cabaña, muy amable ella, no se derrumba. Yo tampoco, aunque lo mío tiene menos mérito y más sufrimiento.

Está descalzo. Tiene gotas de agua pequeñas bajándole por el cuello, una justo en la hendidura de la clavícula, otra siguiendo el borde de un pectoral antes de perderse por esas ondulaciones bajas que no necesitan presumir porque ya están ahí, ordenadas, indecentes, bajando hacia la toalla con una falta de respeto absoluta por mi desayuno.

Dios.

Qué sufrimiento tan poco sostenible.

—Buenos días —dice.

Ya.

«Buenos días».

—Buenos días —respondo, y me felicito internamente por no añadir ninguna información sobre el estado actual de mi circulación.

No sigue hacia su habitación como es lo habitual. Hoy se queda. Apoya una mano en el respaldo de una silla, todavía con el vapor pegado al cuerpo, y mira la mesa, el portátil, mi taza, la libreta abierta. Luego me mira a mí con calma, el muy canalla.

—He salido a correr —dice, y lo ofrece como explicación oficial del despliegue de piel masculina que acaba de traerme a la cocina.

—Ya veo.

La frase me sale demasiado seca, pero bastante hago con no estar aplaudiendo la política deportiva del país.

Soren baja la vista un instante a la toalla o tal vez al modo en que estoy intentando mirar cualquier punto de la habitación que no sea la línea bajo su abdomen.

La comisura de su boca se curva hacia arriba.

—También he dejado leña junto a la entrada.

—Claro —digo, asentando la taza con cuidado sobre la mesa—. Has corrido, has partido leña, has hecho café y probablemente has cruzado el fiordo a nado para comprobar si el agua estaba suficientemente fría para tu agenda de eficiencia personal.

—Lo he considerado.

Soren sostiene mis ojos con una tranquilidad que debería estar penada.

—¿Has considerado nadar en un fiordo noruego en noviembre?

—Sí.

—¿Y?

—He decidido que necesitar agua fría no justificaba complicar la entrega del adelanto con una muerte absurda.

Me quedo mirándolo un segundo.

—Qué detalle por tu parte. Erik se habría puesto insoportable con el retraso.

—Ese fue el argumento principal. Hoy tenemos que dejarlo cerrado.

Tardo medio segundo en recordar que existe una novela.

—Sí. El avance.

—Sobre todo el capítulo del sexo.

Naturalmente.

El universo tenía que añadir esa palabra con él delante, medio desnudo, oliendo a jabón y hombre que sabe contenerse con una crueldad exquisita.

—Tenemos tres días. —Apoya los dedos sobre el borde de una carpeta donde dejamos nuestras notas—. —Ayer escribiste una versión de ese capítulo —dice—. Tenemos que ponerla en común y decidir qué tiene fuerza y qué solo ocupa espacio.

—¿Así? ¿Ahora?

Soren baja la vista a sí mismo, luego vuelve a mirarme. No parece incómodo. Esa es la parte ofensiva. Yo estoy intentando no mirar una toalla como si hubiera entrado en mi vida para destruirla y él parece perfectamente capaz de hablar de estructura sexual en mitad de la cocina con el torso desnudo.

—Voy a vestirme primero.

—Estupenda decisión. Muy celebrada por las instituciones.

Su casi sonrisa vuelve a aparecer, esta vez más clara, y yo me odio un poco por querer verla de nuevo incluso mientras sufro.

—¿Te distraigo?

Por favor, que soy una profesional de la romántica erótica y he visto torsos masculinos ficticios como para montar una exposición itinerante…

—Sí —reconozco, sin energía para ocultar mi falta de disciplina visual—. Distraes muchísimo. Pero supongo que esa información no aporta nada.

—Aporta más de lo que crees —dice, deslizando un dedo por el borde de las notas, despacio—. Dijiste que mirar también era una forma de entender y que el cuerpo de un hombre no se escribe igual cuando quien lo mira lo desea que cuando alguien se limita a enumerar anatomía.

Me quedo inmóvil. El muy canalla lo dice sin énfasis, sin sonrisa. Y ahora está ahí, ofreciéndome exactamente eso sin decir que lo hace.

—Vístete —consigo decir al fin, con una decencia que merece una placa conmemorativa.

Él recoge su ropa de una silla cercana, donde debió de dejarla antes de ducharse, y se encamina hacia su habitación sin prisa.

—Buena decisión —se burla—. Muy celebrada por las instituciones.

La puerta de su habitación se cierra detrás de él demasiado suave para el golpe que me deja en el cuerpo.

Bebo otro trago de café.

Esta vez está templado.

Menos mal.

Algo tenía que estarlo.

Diez minutos después, Soren vuelve vestido. Gracias a todos los dioses menores de la convivencia profesional.

Lleva pantalones oscuros, una camiseta gris de manga larga y el pelo todavía húmedo, peinado hacia atrás con los dedos, lo cual no disminuye su atractivo, pero al menos reduce el riesgo de que yo derrame café sobre documentos importantes.

Se sienta al otro lado de la mesa con su portátil, mi carpeta y una libreta donde ha escrito varias notas en una letra pequeña, ordenada y ofensivamente tranquila.

Yo abro mi documento.

La ficción, al final, es una herramienta de supervivencia.

—Léemelo —dice.

Levanto la vista.

—¿Perdón?

Soren abre su libreta y coloca el bolígrafo entre los dedos, sin mirarme todavía.

—Necesito oír cómo la has construido. En una escena así, el ritmo cambia la intención. Las pausas importan. También dónde respiras.

Quiere que le lea en voz alta la escena donde un hombre le come el coño a una mujer porque las pausas importan.

Naturalmente.

Me quedo mirándolo durante un segundo, esperando algún parpadeo de humanidad, una señal de que entiende perfectamente la clase de prueba de resistencia que me está pidiendo

Soren solo levanta los ojos de la libreta y me mira tan tranquilo que casi parece inocente.

—¿Quieres que lea mi escena sexual en voz alta? —pregunto.

—Sí. No estoy pidiendo una interpretación. Solo la cadencia.

La comisura de su boca se mueve un poco, pero no baja la mirada. Ese hombre tiene un talento muy serio para quedarse quieto mientras el resto del planeta se cae a su alrededor.

—Si prefieres que lo haga yo…

—No. Ni hablar. Bastante hemos sufrido ya todos con tu defensa del sexo como consecuencia inevitable.

—Empieza, Julia.

Él baja la vista a sus notas y yo respiro hondo, abro el archivo y busco el fragmento.

Empiezo a leer.

Al principio mi voz sale demasiado técnica y protegida. Soren no dice nada, y esa ausencia de interrupciones me obliga a meterme poco a poco en el texto.

La escena empieza en el salón de una casa, con la protagonista sentada en el sofá, la falda subida hasta los muslos y las manos apoyadas detrás del cuerpo para no caerse cuando él se arrodilla.

Él no le quita la ropa interior enseguida. La mira. La hace esperar. Le besa la parte interna de una rodilla, luego el muslo, y cuando ella intenta cerrar las piernas por vergüenza, él apoya las manos en sus caderas y le pide que no se esconda.

Soren toma una nota.

Ese pequeño ruido del bolígrafo sobre el papel me roza la nuca.

Sigo leyendo.

La voz se me vuelve más baja cuando llego a la parte en que él aparta las bragas con la boca, porque una cosa es escribir con la boca a solas en una habitación y otra muy distinta pronunciarlo delante de un hombre que anoche me lamió el labio como si tuviera intención de aprender una lengua nueva.

Soren no se mueve, pero la quietud le cambia. Lo noto en la forma en que deja el bolígrafo, en cómo se reclina apenas en la silla, en el pulgar que roza el borde de la libreta sin pasar página.

Cuando termino el primer bloque, Soren me interrumpe.

—Estás haciendo que él vaya demasiado pronto a por el clítoris.

Levanto la vista del documento y lo encuentro mirando sus notas, serio, con el bolígrafo quieto entre los dedos. Pensativo.

—¿Perdón?

Se pasa el pulgar por el labio inferior, despacio, apenas una presión distraída sobre la boca, y mi cuerpo late entre mis piernas.