Capítulo 17 #2
Se me escapa el aire por la nariz en un jadeo pequeño, ridículo, y él responde como si ese sonido le terminara de romper el control.
Entonces sí. Entonces me besa de verdad.
Su mano me entra en el pelo por la nuca, los dedos se hunden entre los mechones, firmes, casi bruscos, y me sujeta para dejar constancia de que ha perdido la paciencia con su propia prudencia.
Abre mi boca con la suya, caliente, exigente, con un hambre tan poco elegante que se me borra el mundo. No hay beso bonito ni nada suave. Hay respiración rota, saliva, el golpe húmedo de su boca devorándome.
Joder.
Se me escapa un sonido contra sus labios y eso lo empeora todo.
Soren gruñe, bajo, dentro de mi boca, y el sonido me baja al vientre como una mano.
Me muerde el labio inferior, lo bastante para que se me abra un jadeo torpe que él aprovecha al instante, metiéndome la lengua, hondo, sucio, lamiéndome como si quisiera aprenderse mi sabor sin dejarme sitio para esconderme detrás de ninguna teoría literaria sobre besos.
El cinturón me cruza el pecho, la consola se clava entre los dos, el coche es un desastre de ángulos, cuero y lluvia, pero él parece no tener intención de dejar que la física nos salve.
Su mano libre sube a mi cara, me cubre la mandíbula, me inclina un poco más hacia él y me besa desde otro sitio, con más lengua, más saliva, más dientes.
Y entonces soy yo la que lo agarra. La corbata. Por fin. La encuentro con los dedos, tiro del nudo y lo acerco más, porque si va a besarme así y poner mi mundo patas arriba, al menos que tenga la decencia de despeinarse un poco.
Soren pierde aire contra mi boca.
Suena mejor que una risa.
Un sonido bajo, ronco, casi roto, que me dice que no soy la única a la que se le ha ido el control a algún sitio.
Sus dedos se cierran en mi pelo, tiran para echarme la cabeza hacia atrás, y su boca baja a la comisura de mis labios, a mi mandíbula, al punto sensible bajo la oreja.
Me lame allí, lento, caliente, y después me muerde la piel con una suavidad obscena al descubrir que también puede besarme fuera de la boca y eso le pareciera una idea peligrosísima.
—Soren… —se me escapa, pero no sé si es una advertencia o una súplica para que no pare.
Él regresa a mi boca antes de que pueda decidirlo. Vuelve peor. Más hondo. Más deshecho.
Me besa con una necesidad física, urgente, hambrienta.
Su lengua roza la mía, se retira, vuelve, me obliga a seguirle el ritmo y luego lo cambia sin avisar, más lento, más húmedo, más cruel.
La corbata se me deshace en la mano.
Eso lo vuelve loco.
O tal vez ya lo estaba.
La mano en mi nuca me aprieta contra él, me mueve para tener mi boca a su entera disposición. Un escalofrío me baja por la espalda y me deja las piernas inútiles.
Soren se aparta solo para respirar, pero sigue tan cerca que sus labios rozan los míos al hacerlo. Tiene la respiración rota, la boca brillante, la mandíbula tensa y los ojos oscuros de una forma que no le había visto nunca.
Nada de calma ni de hombre correcto que coloca la distancia prudente entre dos cuerpos para no meterse en problemas.
Hay una brutalidad quieta en la forma en que me mira la boca, mientras parece decidir si parar o terminar de perderlo todo.
Yo tiro otra vez de la corbata.
Soren cierra los ojos un instante, igual que si ese gesto le doliera en algún sitio, y después me besa de nuevo.
Esta vez abandona cualquier intento de parecer razonable.
Me come la boca con una mezcla de rabia y deseo que me deja sin aire, me lame el labio superior, me muerde el inferior, me chupa la lengua cuando se la doy y el calor me golpea tan bajo que tengo que agarrarme a la solapa de su chaqueta para no deshacerme del todo en el asiento.
La lluvia suena más fuerte, o tal vez es mi sangre, o es él respirando como si el beso también le estuviera arrancando algo.
Cuando por fin se detiene, no se aparta del todo.
Se queda con la frente casi rozándome, los dedos todavía enterrados en mi pelo, la boca a un centímetro de la mía, tan cerca que cada respiración suya me moja los labios.
La corbata cuelga torcida entre los dos, deshecha por mis dedos, y ese detalle absurdo me da una satisfacción tan feroz que casi me río.
Pero estoy demasiado ocupada intentando recordar cómo funciona mi propio cuerpo sin su lengua en mi boca.
Soren abre los ojos.
—Esto —dice, con la voz baja, ronca, destrozada—. Esto no calienta solo un rato.
No tengo defensa posible.
Ninguna.
Así que hago lo único sensato que puede hacer una mujer en mi situación.
Tiro de la corbata otra vez y vuelvo a besarlo.
Esta vez Soren no espera ni medio segundo.
Viene a por mí con un sonido bajo, casi furioso, y su boca me atrapa como si la primera vez solo hubiera servido para abrirle el hambre.
Su mano baja de mi nuca a mi cuello, me cubre la piel con la palma abierta y me acaricia con el pulgar justo debajo de la mandíbula.
Me nota tragar a través de su pulgar. Me roza otra vez con la yema y presiona y su respiración se rompe contra mi boca cuando inclino la cabeza y le doy más sitio.
Pierdo la cuenta del tiempo que llevamos besándonos en el coche como dos desesperados con demasiada boca cuando una luz blanca atraviesa de golpe el parabrisas.
Un coche pasa por la carretera y los faros nos barren enteros.
Soren se queda quieto, con la boca a un dedo de la mía, respirando fuerte, y esa quietud repentina me parece casi más obscena que el beso, porque noto el esfuerzo en la mano que tiene en mi cuello, en cómo los dedos se le tensan antes de aflojar, en la mandíbula apretada, en el modo en que cierra los ojos un instante como si necesitara apagar algo por dentro antes de poder volver a mirarme sin tocarme.
El coche que ha pasado sigue alejándose.
Sus luces rojas se pierden en la lluvia y la carretera vuelve a quedarse oscura, pero nosotros ya no estamos en el mismo sitio.
O sí. Ese es el problema. Seguimos en un arcén perdido junto al fiordo, en un todoterreno apagado, con los cristales empañándose por dentro y mi boca hinchada por la suya.
Soren abre los ojos.
Me mira la boca.
Luego a mí.
Ese orden empeora las cosas.
—Si sigo —dice, y la voz le sale tan baja, tan ronca, que apenas parece suya—, no voy a querer parar en un beso.
El estómago se me cae.
—¿Y quieres parar? —pregunto.
La frase me sale sin defensa y me arrepiento casi al mismo tiempo, porque hay preguntas que una lanza para hacerse daño y luego se sorprende cuando sangran.
—No.
Una sola palabra.
Seca.
Honesta.
Brutal.
El pulso me golpea en la garganta.
Sigue encendido con los labios húmedos, el pelo revuelto donde se lo he agarrado, la respiración baja y la mano todavía cerca de mi cuello como si le costara recordar que ya no está tocándome.
—Por eso voy a hacerlo —dice.
Eso sí es Soren.
Retira la mano de mi cuello despacio, muy despacio. El pulgar me roza una última vez debajo de la mandíbula, un gesto que sus dedos hacen antes de obedecerlo del todo.
Después se aparta hacia su asiento y el espacio entre los dos se llena de golpe de aire frío, cinturones torcidos y todo lo que su boca acaba de dejar sin terminar.
Joder.
Hay hombres que te calientan porque empujan.
Este me está destrozando porque se contiene.
—Qué manera más cruel de ser decente —murmuro.
—Estoy siéndolo mucho menos de lo que debería.
Me paso la lengua por el labio inferior sin pensarlo y me escuece un poco donde me ha mordido. Soren mira al frente con una concentración excesiva, casi heroica.
—No hagas eso.
—¿Tocarme el labio?
—Sí. Me estás complicando mucho la parte responsable de la noche.
Se me escapa una risa pequeña, rota, más nerviosa que divertida.
Soren arranca el coche. El motor vibra bajo nuestros pies, pero él aún no se incorpora. Se queda con las manos en el volante, mirando al frente, respirando despacio, con una concentración casi feroz.
—Dame un segundo —dice.
Se lo doy porque yo también necesito que mi cuerpo entienda que no vamos a volver a besarnos ahora mismo, que él no va a meterme las manos bajo el vestido y que esta noche no vamos a convertir un arcén oscuro en algo que mañana tengamos que mirar desde el otro lado de una mesa con café, documentos abiertos y la cordura en estado crítico.
Mi cuerpo recibe la información.
La procesa fatal.
Soren se incorpora por fin a la carretera.
Durante varios kilómetros ninguno dice nada.
La lluvia cae con una constancia casi ofensiva, el fiordo aparece y desaparece a un lado como una mancha negra, y yo permanezco con las manos sobre los muslos, la boca sensible y la certeza incómoda de que hay hombres que te arrastran porque no saben parar, y otros que te dejan temblando precisamente porque sí saben hacerlo.