Capítulo 17
Los hombres prudentes no avisan: reducen la velocidad
«Julia»
A l salir del restaurante, Erik se detiene bajo el toldo, se sube el cuello del abrigo y consulta la hora con una mueca de hombre que acaba de recordar que mañana vuelve a tener una vida profesional.
—Yo os dejo aquí —dice, guardando el móvil en el bolsillo—. Tengo una reunión temprano y vosotros tenéis tres días para entregarme algo que pueda leerse sin que yo tenga que defenderlo con fe religiosa.
Soren le dedica una mirada plana.
—Tendrás páginas.
—Eso espero. Páginas, dirección y una novela que no parezca escrita por dos personas mirándose desde extremos opuestos de una mesa con demasiado orgullo y sueño —responde Erik, y esta vez su sonrisa es más leve, menos descarada, consciente de que ya ha empujado bastante por hoy—.
Trabajad. Discutid. Romped algo si es necesario, pero que sea narrativo.
—Gracias por tus consejos imprescindibles —dice Soren, con esa calma suya que convierte cualquier frase amable en una amenaza bien planchada.
—Para eso me pagan. Poco, según mi criterio.
Erik se inclina hacia mí para despedirse con dos besos rápidos. Aun así, antes de apartarse, me mira con una sonrisa más suave de lo habitual.
—Dile que te ha encantado su charla —me sugiere—. Le gustará que se lo digas tú.
—¿Siempre te despides dando deberes?
—Solo cuando veo que alguien puede hacerlos bien.
Se aparta antes de que pueda contestarle, le da a Soren una palmada breve en el hombro y cruza hacia su hotel con las manos en los bolsillos, dejando atrás una última frase en noruego que no entiendo y que Soren decide ignorar con una eficacia admirable.
El portal iluminado se traga a Erik en unos segundos, y de pronto el ruido de su presencia desaparece de la noche como si alguien hubiera apagado una luz.
Nos quedamos bajo el toldo, con la lluvia cayendo delante en una cortina fina y Bergen moviéndose alrededor sin prestarnos demasiada atención.
Soren abre el paraguas y lo despliega con un sonido seco sobre nuestras cabezas, negro, amplio, insuficiente para dos adultos que llevan todo el día manteniendo que la distancia entre ellos se puede medir en centímetros y no en cosas que no han dicho.
—El coche está cerca —dice.
—Vale.
El paraguas no cubre del todo.
Por supuesto que no.
Soren se da cuenta antes que yo. Lo noto en el modo en que mueve la muñeca, en ese ajuste mínimo que lleva la mayor parte de la lluvia hacia su hombro y me deja a mí bajo la parte más seca.
El todoterreno está bajo una farola, oscuro, limpio, con los neumáticos nuevos y el aire sólido de un animal que ha vuelto a ponerse en pie. Soren abre el coche con el mando y, antes de ir a su puerta, rodea el coche por mi lado para abrirme la del copiloto.
Me siento con el abrigo húmedo pegado al cuerpo y el vestido de tubo burdeos, demasiado ceñido, se me sube por los muslos al doblar las piernas.
Erik lo había registrado antes con una apreciación silenciosa, rápida, bastante masculina y nada disimulada. Soren, en cambio, no había dicho nada.
Era lo esperado.
La tela se me sube algo más cuando busco el cinturón, ceñida a las caderas, dejando demasiada pierna a la vista.
Él rodea el coche, cierra el paraguas, entra y deja la lluvia fuera con un golpe seco de la puerta que convierte el interior en algo demasiado pequeño.
Su mirada baja un segundo a mis piernas.
Luego organiza cosas mínimas: los guantes en el hueco junto al cambio, su cinturón, el retrovisor, la llave, el teléfono conectado al soporte.
Todo correcto, todo normal, todo condenadamente suyo. El problema es que Soren vestido con traje oscuro convierte hasta comprobar un retrovisor en una actividad sexy.
—La charla ha sido impresionante —digo cuando Bergen se va quedando atrás.
—Has entendido muy poco —responde, aunque no lo dice con burla.
—He tenido traducción simultánea bastante completa, en realidad.
Aprieta los labios.
—Se le da bien hacerte reír.
La frase sale tranquila. Soren sigue mirando la carretera, con las dos manos sobre el volante y la voz colocada en el mismo tono que usaría para comentar que el asfalto está mojado o que el depósito tiene combustible suficiente.
Precisamente por eso me llega tarde, como esas gotas de lluvia que resbalan por el cristal muy despacio hasta que de pronto entiendes el recorrido entero.
Me vuelvo apenas hacia él.
—A Erik se le da bien hacer reír a cualquiera.
Soren cambia de carril con una suavidad impecable. El intermitente suena tres veces, discreto, casi elegante, y la ciudad empieza a quedarse atrás del todo, convertida ya en luces borrosas sobre el cristal.
—Contigo se esfuerza más.
—A Erik se le da bien encontrar el punto exacto en que una conversación se vuelve cómoda —respondo, intentando que la frase suene ligera y no como una defensa construida a toda prisa—. Es un talento natural. Traduce tres palabras, añade una gracia y luego sonríe con cara de haberte hecho un favor.
—No hablaba de su trabajo como traductor.
Ah.
—Pareces cómoda con él, incluso cuando se te acerca mucho.
—Es invasivo, sí —respondo, con más cuidado del que pretendía—, y probablemente debería venir con instrucciones de uso.
—Pero tú sabes cómo funciona. Erik no es sutil.
La frase cae más seca.
Me quedo un segundo sin contestar.
Porque tiene razón de una forma que me molesta.
Erik pertenece a una especie masculina que mi cuerpo reconoce demasiado rápido. Es el encantador de serpientes, el hombre que habla cerca, que mira, invade con gracia y luego te convence de que fuiste tú quien abrió la puerta mientras él ya va hacia la salida.
—Eso no significa que tenga que interesarme —murmuro, y la frase sale más sincera de lo que pretendía.
—Parecía lo contrario.
Soren me mira entonces. Un instante. Demasiado breve para ser imprudente y largo para no significar nada.
—La sala estaba contigo —añado, cambiando de terreno antes de que el anterior me obligue a quitarme los zapatos y meterme en el barro—. Se notaba incluso sin entender una sola palabra.
Él tarda un momento en aceptar el cambio y responder.
—La sala estaba con los libros.
—Qué forma tan elegante de esquivar un elogio. ¿También firmas así? ¿Gracias por leer a mi personaje, yo pasaba por aquí?
Soren mantiene la mirada al frente, pero el tono se suaviza lo justo cuando responde:
—Los libros son más fáciles de admirar que quien los escribe. No llegan tarde ni responden mal a los correos y tampoco decepcionan en persona durante las entrevistas.
—Eso es discutible. Hay libros que decepcionan muchísimo en persona. Sobre todo cuando ocupan demasiadas páginas y no besan a nadie hasta el setenta por ciento.
—Vuelves siempre a los besos —dice al fin—. Por tu forma de hablar sobre la trama, parecen tener más peso que algunas escenas de sexo.
—Porque lo tienen.
La respuesta me sale rápida, casi demasiado, y Soren gira apenas la cabeza hacia mí antes de volver a mirar al frente.
—Explícame eso —me pide.
—Con un buen beso ya sabes si el otro te desordena de verdad o solo te calienta un rato.
—Le concedes mucho poder a un beso.
—Sí —respondo, mirando su boca antes de poder evitarlo—.
Hay besos que son técnicamente correctos y no dejan poso.
Labios, lengua, un poco de respiración, manos bien colocadas…
y ya. Bonito. Útil. Olvidable. Luego están los otros.
Los que te dejan inútil para fingir y te obligan a saber si el otro te lee o solo te está usando para quitarse hambre.
Porque follar se puede hacer desde lejos, incluso estando dentro.
Besar exige estar delante. En la cara. En la boca del otro.
No puedes esconderte del todo ahí y notas si la otra persona se abre, duda, te sigue, le afecta, se tensa o si se abandona un poco. Hay que escuchar con la boca.
Soren guarda silencio.
El coche sigue avanzando unos metros.
Diez.
Veinte.
Luego pone el intermitente.
De golpe.
Mira el retrovisor, reduce, se aparta hacia un pequeño ensanche al borde de la carretera y detiene el todoterreno junto a la sombra negra del fiordo.
La lluvia golpea el techo con más fuerza ahora que el motor baja de intensidad, y el mundo se queda reducido al sonido del agua, los faros iluminando la grava húmeda y mi corazón comportándose como una criatura sin educación.
—¿Qué haces? —pregunto, aunque mi voz ya sabe la respuesta antes que yo.
Soren apaga el motor.
El silencio que queda es enorme.
No me mira enseguida. Deja una mano sobre el volante y la otra en la palanca, quieta, como si todavía estuviera sujetando el coche para no sujetarme a mí.
—Comprobarlo —dice.
Me quedo sin aire.
Se me olvida contestar.
La luz tenue del salpicadero le marca la mandíbula, la garganta, el nudo de la corbata. Traga una vez, y ese movimiento pequeño me baja por el pecho con una lentitud indecente.
Luego suelta el volante, se inclina hacia mí y ya no hay esa lentitud educada con la que lleva días dejándome salidas, espacios correctos y gestos cuidadosamente medidos. Esta vez no se acerca como un hombre dispuesto a preguntar tres veces si puede existir en mi espacio.
Esta vez viene a por mi boca.
Se inclina hacia mí con la respiración más corta, con la mandíbula tensa y la mirada fija en mi boca de una manera tan cruda que me deja sin la última mentira que me quedaba.
Todavía me da un segundo. Uno solo. El último.
Su aliento me roza antes que sus labios, tibio, contenido, cargado de una impaciencia que en él resulta casi obscena.
Yo noto cómo se me entreabre la boca antes de decidirlo, cómo mi cuerpo llega primero y mi cabeza se queda atrás, inútil, mirando.
Su labio inferior roza el mío, lo presiona, vuelve a buscarme mejor y, cuando por fin encaja de verdad, siento el impacto de todo lo que no ha hecho hasta ahora.
Calor. Hambre.
Una brutalidad contenida que deja de estar contenida en el segundo en que mi boca cede y la suya aprovecha.