Prohibido leerme así Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

Él inclina apenas la cabeza, acepta el golpe como quien sabe reconocer a una adversaria digna, y durante un segundo hay algo casi cálido en su cara.

Casi.

Qué manía tiene este hombre de no terminar de hacer nada del todo.

—¿Sabes qué es lo peor? —murmura Erik, todavía cerca de mi oído, aunque ahora su voz no tiene tanta mala intención como antes—.

Que lo adoran por esto. Por no hacerse el simpático ni rebajarse para gustar.

Soren Nørgaard tiene a media Noruega comiendo de la palma de la mano y aun así parece que le han obligado a venir bajo amenaza.

Lo miro de reojo.

—¿Media Noruega?

—Estoy siendo generoso con la otra media.

Hay gente que todavía defiende que prefiere autores más luminosos, más sociables, más capaces de sonreír en una foto sin parecer que acaban de encontrar un cadáver en el jardín.

Pero luego todos lo leen o tienen una opinión sobre él.

Saben qué premio ganó, qué traducción salió en Alemania, qué editorial francesa pagó una barbaridad por su anterior novela, qué crítico británico dijo que había convertido la novela negra escandinava en algo íntimo sin volverla doméstica.

La frase me deja mirando a Soren de otra manera.

—Están orgullosos de él —dice Erik, más bajo.

Esta vez no suena burlón.

—Es el escritor noruego más leído fuera ahora mismo, quizá no el más cómodo, ni el más mediático, ni el que sonríe en ferias como si le hubieran puesto pilas nuevas, pero sí uno de los que más lejos ha llegado sin cambiar el centro de lo que escribe.

Miro a Soren otra vez.

La moderadora le pregunta algo y él responde con una frase breve que hace reír a la sala. Luego continúa más serio, con esa minuciosidad suya que parece colocar cada palabra en su sitio.

Hay algo irritante en verlo así. Porque el traje, la corbata, la voz baja, la sala llena, la gente escuchando, todo parece confirmar una versión de él que yo había intentado reducir a «noruego seco que desprecia mi género y se pone duro en coches empañados con preocupante incoherencia física».

La reducción, por lo visto, se me ha quedado pequeña.

—¿Qué ha dicho ahora? —pregunto.

—Le está preguntando por la hija de su última novela.

Dice que todo el mundo habla del padre, del asesino, del secreto familiar, pero que para ella el personaje más importante es esa hija que sabe la verdad y aun así tarda tanto en decirla.

Quiere saber si Soren la escribió como una cobarde o como víctima de su propia lealtad.

Siento que algo en mí se inclina hacia delante.

Soren deja pasar un segundo antes de responder. La sala espera. Yo también, aunque solo voy a entenderlo con retraso, a través de Erik.

—Dice que la escribió como una persona que había confundido amor con deuda —traduce Erik, más despacio—. Que a veces la lealtad no es noble, solo es miedo. Y que no le interesaba juzgarla por callar, sino entender qué había aprendido para creer que hablar sería una traición.

Soren continúa hablando y, aunque no entiendo las palabras, veo cómo la chica baja la mirada a su libro, cómo aprieta el pulgar contra una esquina de papel, cómo asiente una vez. La moderadora escucha con los labios juntos. Un hombre de la primera fila lo mira absorto.

—Lo adoran —murmuro.

—Sí.

—Y él parece ofendido por eso.

Erik suelta una risa baja.

—No ofendido. Desconfiado. Soren siempre desconfía de cualquier emoción. Eso lo convierte en un invitado pésimo para bodas.

Sigue hablando, y Erik baja la voz.

—Dice que sus mujeres no son más intuitivas por naturaleza, ni más puras, ni más sabias. Solo han tenido que aprender antes que la realidad no siempre las protege. Por eso miran mejor. Porque no pueden permitirse mirar tarde o mal.

Esa respuesta me calienta por dentro de otra manera distinta a la corbata.

—Te ha gustado esa respuesta —dice Erik.

Asiento con la cabeza.

Y yo, que había venido convencida de que iba a pasar una tarde mirando a un hombre demasiado guapo con traje, empiezo a sentir algo bastante más peligroso que deseo.

Qué fastidio.

Me va a matar.

—Está muy bueno cuando es amable —suelto sin pensar.

Erik gira la cabeza hacia mí con una lentitud teatral.

Mierda.

—Interesante observación crítica.

—Eso no ha salido de mi boca.

—Lo has dicho en voz alta.

—Imposible.

—Qué interesante —dice, sin apartar del todo la vista de Soren—. Yo creía que no era tu tipo.

—¿Te lo ha contado él?

Erik levanta una ceja, y durante un segundo parece valorar si darme la respuesta completa o solo la versión que no implique a Soren en una conversación privada. Por desgracia para mi estabilidad, elige una especie de punto medio.

—Lo mencionó.

Él levanta una mano, falsamente rendido.

—Solo digo que me parece fascinante. Todas mis parejas han pasado por una fase de comparar mis virtudes, escasas pero luminosas, con las de Soren. Normalmente para mi desgracia. Y tú llegas aquí, lo miras, decides que no es tu tipo y consigues que él lo archive con categoría de dato irrefutable.

Me río, pero la risa se me queda un poco rara.

Porque puedo imaginarme perfectamente la imagen de Soren archivando mi frase y guardándola sin discutirla. Repitiéndosela a Erik con esa calma suya de hombre que convierte todo en un dato más.

No contesto porque ahí está el problema.

Soren no me pide que sobreviva a él.

Y, por alguna razón absurda, eso me asusta más.