Prohibido leerme así Capítulo 16
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Capítulo 16

La desgracia de que un hombre esté bueno y encima tenga profundidad

«Julia»

B ergen aparece después de un trayecto de lluvia, túneles y carreteras pegadas al agua, como si Noruega hubiera decidido construir una ciudad en el único sitio donde el cielo, el mar y la montaña podían ponerse de acuerdo para mojarte desde todos los ángulos posibles.

No es una ciudad enorme, al menos no en mi escala española de ruido, terrazas llenas y gente cruzando en rojo con vocación suicida, pero después de la cabaña, el fiordo y los árboles que parecían llevar días observándome con juicio moral, Bergen me parece casi indecente de animada.

Hay tráfico, escaparates encendidos, gente con paraguas oscuros, autobuses, cafeterías llenas, tiendas con luz cálida y calles de piedra que brillan bajo la lluvia como si alguien las hubiera barnizado para que todos los zapatos sufrieran un poco más de lo necesario.

—Esto ya parece civilización —digo, pegando la frente un segundo al cristal.

—Bergen se ofendería por ese «parece» —responde Erik—. Lleva siglos creyéndose el centro emocional de Noruega.

—¿Y lo es?

—Depende de a quién preguntes. Si preguntas a alguien de Bergen, sí. Si preguntas a alguien de Oslo, también, pero con más resentimiento.

Soren no dice nada desde el asiento del copiloto. Mira la ciudad con esa expresión suya de hombre que podría estar recordando una dirección, reconstruyendo un crimen o preguntándose si la lluvia tiene una intención narrativa.

La luz gris le marca el perfil, la línea seria de la boca, los dedos quietos sobre el muslo, y yo intento no pensar que esos mismos dedos estaban hace poco ajustándose una corbata.

Bergen no ayuda porque parece hecha para que un hombre como Soren se ponga un traje oscuro y hable de crímenes en una sala llena de lectores inteligentes mientras fuera llueve sobre los adoquines, las ventanas se empañan y una escritora española intenta recordar que mirar a un compañero de trabajo como si fuera una escena caliente pendiente de escribir no entra dentro de la categoría de comportamiento profesional.

—Siempre se pone su uniforme de autor sombrío para entrevistas, charlas y actos donde pretende que no sabe que medio auditorio está pensando en quitarle la corbata —me comenta Erik.

—Nadie piensa en mi corbata.

Erik me mira.

Yo finjo que el paisaje me tiene fascinada, lo cual sería más convincente si el reflejo de la ventanilla no me devolviera la cara exacta de una mujer que acaba de pensar en la corbata de Soren con más intención de la aconsejable.

Soren vuelve la vista al parabrisas, pero no antes de que yo vea cómo sus dedos rozan apenas la parte baja de la corbata, un gesto mínimo, automático, quizá para comprobar que sigue en su sitio o quizá porque Erik ha logrado exactamente lo que quería.

Ahora es consciente de ella, de mí y de la distancia ridícula que separa un comentario de una imagen mental bastante menos profesional.

El taller está en una zona menos bonita de la ciudad.

El todoterreno de Soren espera dentro, limpio, sólido, con cuatro neumáticos nuevos.

Soren habla con el mecánico en noruego mientras Erik se queda conmigo junto a una máquina de café que parece haber visto más tragedias que algunas sagas familiares.

—Le están confirmando que los cortes eran limpios —me traduce Erik en voz baja, inclinándose hacia mí hasta que su hombro roza el mío—. Una hoja buena, un gesto deliberado y ninguna intención de robar nada. Era un mensaje, no una avería.

—Soren está mirándonos —murmura Erik, sin apartar los ojos de mi cara.

—¿Por qué iba a mirarnos?

Erik se encoge de hombros con una inocencia tan falsa que casi resulta decorativa.

—Porque Soren observa todo. Los cortes de las ruedas, las cámaras de seguridad, la mano del mecánico cuando le da el bolígrafo, la distancia entre dos personas…

—Está hablando con el tipo del taller.

—Soren puede hablar con alguien, reconstruir un crimen y registrar una amenaza emocional de baja intensidad sin despeinarse. Es uno de sus defectos menos publicitados.

Lo miro de reojo.

—Estás inventando —digo.

—A veces. Esta vez, poco.

Luego miro a Soren, que sigue hablando con el hombre con la misma calma de siempre, la cabeza un poco inclinada y el traje oscuro impecable bajo la luz fría del taller.

Erik juega conmigo porque le divierte mover piezas y ver quién respira peor.

Saca dos vasos de café de la máquina, me da uno y saluda a Soren con el suyo cuando este se acerca con las llaves en la mano, el abrigo oscuro abierto sobre el traje y la camisa blanca tan limpia que me parece casi ofensiva en un taller lleno de aceite, metal y lluvia.

—Todo arreglado —dice Soren en inglés, guardando los documentos en el bolsillo interior de la chaqueta.

—Cuatro neumáticos nuevos, una investigación privada implícita y una charla literaria en hora punta —resume Erik—. Qué día más lleno para un hombre que afirma no buscar emociones fuertes.

Soren le sostiene la mirada con una serenidad peligrosísima.

—Tú eres una emoción fuerte.

Me río antes de poder evitarlo, y Soren me mira. Solo un segundo. Pero vestido así, con el traje, un segundo de Soren Nørgaard es demasiado.

Deja el coche fuera del taller porque el lugar al que vamos está a pocas calles y, según Erik, Bergen se entiende mejor andando, aunque esa afirmación venga con cero respeto por las personas que nacimos aceptando la lluvia a regañadientes.

La charla de Soren es en una librería grande con una sala al fondo, uno de esos establecimientos que parecen más cálidos que una casa y bastante peligrosos para cualquiera que haya entrado alguna vez solo a mirar .

Hay mesas con novedades, estanterías altas, una pared con novela negra nórdica, otra con traducciones extranjeras y un rincón lleno de sillas donde ya se han sentado unas cincuenta personas.

Hay gente con ejemplares de Soren con post-its, y eso me da una ternura absurda. Están organizados para interrogarlo.

Soren saluda a la moderadora, una mujer de pelo plateado, gafas negras y una elegancia seca que parece capaz de cortar una mala sinopsis en dos.

Hablan en noruego. Ella se ríe. Él no, pero la comisura le hace una cosa mínima que me deja con la desagradable sensación de que, en su idioma, Soren tal vez es más simpático.

Erik me conduce hacia la segunda fila y se sienta a mi lado. En cuanto la moderadora empieza a hablar, se inclina hacia mi oído.

—Dice que Soren escribe sobre la culpabilidad como si fuera una segunda piel. Que en sus novelas nadie se libra de lo que ha hecho, solo aprende a vivir con ello sin ensuciar demasiado los muebles.

—¿Ha dicho lo de los muebles?

—No, eso lo he añadido yo para que no te aburras.

—Qué servicio tan completo.

—Soy un traductor excepcional por méritos propios.

Soren está de pie junto a la mesa, con una botella de agua delante y su último libro apoyado sobre un atril pequeño.

En la cubierta hay una cabaña aislada, un fiordo y una luz amarilla encendida en mitad de un paisaje demasiado oscuro. Me parece una broma privada del universo.

La moderadora le hace la primera pregunta, y Soren responde en noruego con esa voz baja suya que no intenta dominar el lugar, pero lo consigue de todos modos.

La sala se calla de una manera casi física. Los móviles desaparecen, las personas se inclinan hacia él, y yo entiendo algo que hasta ahora solo había intuido: Soren no busca atención. La obliga a quedarse.

—Está diciendo que el crimen no le interesa por la muerte —traduce Erik, muy cerca de mi oreja—. Le interesa el segundo posterior, cuando alguien entiende que el mundo sigue funcionando aunque ya no pueda mirarlo igual.

Miro a Soren.

Tiene una mano apoyada en el borde de la mesa. Los dedos largos, quietos, limpios; las uñas cortas, los nudillos marcados y las venas sobresalientes.

—Eso es bueno —murmuro.

—Es muy bueno —responde Erik—. Y lo más molesto es que no lo dice para parecer profundo, sino porque realmente piensa así. Una tragedia para los hombres atractivos con menos contenido. No podemos competir contra él.

Soren continúa hablando, serio, correcto, y de pronto la sala se ríe. No una carcajada enorme, sino una risa inteligente, sorprendida. Miro a Erik con urgencia.

—¿Qué ha dicho?

—Le han preguntado si sus protagonistas son tan poco comunicativos porque son noruegos o porque él odia escribir diálogos.

Ha dicho que, hasta hace poco, él creía que un hombre callado resultaba interesante por lo que no decía.

—Erik me mira de reojo, disfrutando muchísimo—.

Pero que últimamente alguien le ha sugerido que, a veces, un hombre callado solo es un hombre dejando que una mujer haga todo el trabajo.

Se me escapa una risa.

—Me está robando las frases.

—Sí. Pero con admiración.

Soren nos mira entonces.

La mirada cae primero en Erik, demasiado inclinado hacia mí, con la boca cerca de mi oído. Después vuelve a mi cara, a mi sonrisa y luego sigue contestando como si nada. Como si pudiera hablar de personajes, culpa y silencio mientras registra cada centímetro a su alrededor.

Me gusta demasiado verlo así de brillante y descubrir que Soren puede sostener una sala entera con una frase.

—Esa señora acaba de decirle que su asesino era evidente desde la página ciento diez y que esperaba más de él —susurra Erik.

Soren responde en noruego, y esta vez la risa de la sala es más abierta. Incluso la señora peligrosa sonríe con una satisfacción feroz.

—Ha dicho que le agradece mucho que le atribuya intención donde quizá solo había torpeza, pero que el secreto no era quién mataba, sino por qué la hija decidió protegerlo.

Y que, si ella lo descubrió en la página ciento diez, le debe un café por haberlo acompañado hasta el final del libro sin abandonarlo.

La señora peligrosa levanta el mentón, satisfecha, y le dice algo más a Soren que provoca un murmullo divertido en la primera fila.