Prohibido leerme así Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

No espero su última palabra. Bajo el móvil despacio, lo dejo boca abajo sobre la encimera y miro mis dedos apoyados en la piedra.

Tiemblan.

Soren se acerca sin prisa. Se limita a rodear la isla de la cocina y se coloca frente a mí, al otro lado de la piedra, con el frío todavía pegado a la ropa.

Apoya las palmas sobre la encimera. Cerca de mis manos, pero sin tocarlas. Las deja abiertas sobre la piedra, grandes, quietas, bonitas de una forma que me parece profundamente injusta.

Llevo días mirándole las manos. Las he visto escribir, traer leña, cocinar y también quedarse quietas sobre una mesa, a ambos lados de mis muslos, convirtiendo en tortura la distancia entre lo que podría hacer y lo que decide no hacer.

—Pon tus manos sobre las mías.

—¿Esto es apoyo emocional? —pregunto, aunque la voz me sale más baja de lo previsto.

—Presión constante —responde—. Ayuda a que el temblor baje.

Casi me río.

Claro. Soren Nørgaard no ofrece consuelo; ofrece presión constante, como si mi sistema nervioso fuera un mueble mal montado de una tienda carísima y él acabara de encontrar la pieza que faltaba.

Y, aun así, hay algo en esa respuesta que me rompe un poco, porque no me pide que explique nada, no me felicita por ser fuerte, no me da una frase preciosa para que yo tenga que agradecerla con cara de mujer iluminada.

Coloco mis manos sobre las suyas.

Despacio.

El primer contacto es frío. Sus palmas todavía traen la mañana de fuera, la lluvia, la madera húmeda, el metal de las herramientas.

Luego aparece el calor debajo, más lento, más estable, y mis dedos, que hace un segundo parecían no pertenecerme del todo, encuentran la forma de apoyarse en los suyos sin tener que sujetar nada. Soren cierra las manos solo cuando yo ya estoy allí.

Sus pulgares se mueven primero, apenas, una presión suave sobre mis nudillos.

Después desliza uno de ellos hacia el dorso de mi mano derecha, despacio, siguiendo el hueso fino que baja desde el índice hasta la muñeca.

La caricia es mínima, pero demasiado lenta para parecer casual. Me sube por el brazo con un cosquilleo caliente y absurdo.

—Has sido clara —dice.

—Me ha temblado todo después —murmuro.

—Eso no cambia lo que has hecho.

Sigue acariciándome el dorso con el pulgar, ida y vuelta, sin prisa, rozando la piel que se tensa entre los tendones, bajando hasta la muñeca y volviendo a subir por el mismo camino, enseñándole a mi cuerpo que una mano masculina también puede dar consuelo.

Su pulgar cambia de sitio.

Esta vez se mete en mi palma.

Me abre la mano con una delicadeza casi insoportable, trazando una línea desde el centro de la palma hasta la base del pulgar, con una lentitud que me deja la piel despierta.

La palma es una zona absurda. Una parte del cuerpo que una no considera erótica hasta que alguien con manos bonitas decide prestarle atención.

El roce me hace cosquillas al principio, una sensación leve, casi infantil, pero enseguida se vuelve otra cosa. Más baja, íntima y difícil de disimular.

—Soren —digo, y ni siquiera sé si es advertencia, queja o rendición preventiva.

Él levanta la mirada.

—¿Demasiado?

—Sigue —respondo.

Soren respira una vez, apenas, y vuelve a moverse.

Esta vez sus dedos se deslizan entre los míos, sin enlazarlos del todo. Primero el índice, rozando el hueco entre mi índice y mi corazón. Después lento, cálido ya, separando apenas mis dedos, ordenando el temblor desde dentro.

El roce entre los dedos tiene algo obsceno precisamente porque no pretende serlo. Y, de alguna manera, eso resulta casi más íntimo que un beso.

Me acuerdo de Arturo tocándome para reclamar, para comprobar, para calmarse él. Enfadándose si yo me apartaba.

Las manos de Soren no piden eso.

Me recorren los dedos con una paciencia casi indecente, dibujan círculos pequeños en la base de mis nudillos, pasan por el dorso y vuelven a la palma, alternando presión y caricia hasta que el temblor empieza a confundirse con otra cosa.

Calor.

Nervios.

Deseo.

Una mezcla bastante problemática, en realidad.

—Esto no está ayudando como crees —murmuro.

—El temblor ha bajado.—dice.

—Eso es discutible.

Esta vez sí sonríe.

Erik está junto a la entrada de la cocina, con el pelo mojado, una caja metálica apoyada contra la cadera y la expresión exacta de un hombre que lleva al menos medio minuto viendo una escena que no debería haber visto.

—Joder, Nørgaard —dice al fin, dejando la caja en el suelo con un golpe sordo—. Qué manera tan indecente de no hacer nada.

Soren mantiene la postura, pero algo mínimo le cruza la mandíbula. Una de esas traiciones diminutas que en otro hombre no significarían nada y en él parecen una confesión con membrete.

—Pensaba que estabas fuera —dice.

—Estaba fuera. Luego he entrado. Es una transición muy habitual en las casas con puerta.

—Vuelve a salir.

—Café primero —decreta, quitándose el abrigo—. Morir después. En ese orden.

Soren no me mira.

O finge no hacerlo.

Y yo sigo notando el camino de los dedos de Soren en la palma, en el dorso, entre los nudillos; una memoria caliente, ridículamente viva para algo que, según todos los datos disponibles, no ha sido nada.

Y, aun así, sigo sintiéndolo en la piel.