Prohibido leerme así Capítulo 15
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Capítulo 15

Pornografía de nudillos: la fisioterapia del deseo reprimido

«Julia»

E n la cocina ya huele a café. Por supuesto.

La cafetera está llena, la taza limpia que uso desde que llegué espera junto a ella y hay un plato pequeño cubierto con un paño, con pan tostado y mantequilla.

Soren no está, pero su presencia se nota igual. En el orden de la encimera, en la cuchara colocada junto al azúcar, en el café preparado antes de que yo salga de la habitación, en esa forma suya de cuidar sin hacer ruido y luego pretender que el gesto no existe.

Gracias, Soren Nørgaard, por el café y por el daño psicológico de baja intensidad.

Me sirvo una taza grande y me acerco a la ventana con las dos manos alrededor de la cerámica caliente.

Afuera, la mañana es gris, húmeda, con esa luz azulada que parece recién lavada y bastante enfadada con el mundo.

Soren y Erik están junto al lateral de la casa, vestidos con abrigos oscuros, botas, guantes y esa seguridad corporal de los hombres que saben sostener herramientas, cables o cosas metálicas que una no sabría nombrar sin inventarse una palabra compuesta.

Hacen algo escandinavo, supongo, con una caja, una lona, dos linternas y la expresión concentrada de quien podría arreglar un puente colgante antes de desayunar.

O tal vez solo están comprobando la batería del coche de Erik. No lo sé. En mi cabeza, los hombres noruegos se levantan temprano, hablan con ardillas, talan un abeto si se aburren y luego vuelven a casa para hacer café con espuma de virilidad doméstica.

Erik dice algo en noruego.

Soren responde sin mirarlo.

Joder.

El idioma ya era bonito en abstracto, con sus erres suaves, sus vocales raras y esa musicalidad de fiordo caro. En boca de esos dos baja de tono, se vuelve grave, íntimo, indecente.

Qué injusto resulta que dos hombres adultos puedan estar fuera, mojándose, haciendo algo con herramientas y seguir sonando como una campaña turística con testosterona.

Me alejo de la ventana antes de que alguno levante la vista y me encuentre ahí, en calcetines, despeinada, abrazada a una taza como una viuda joven observando al leñador emocionalmente inaccesible del pueblo.

Me siento en la mesa, cojo el móvil y cometo el error número uno de cualquier persona que se dedica a crear algo para el público: mirar redes antes de terminar el café.

Hay demasiadas notificaciones.

Algunas son bonitas. Lectoras que han terminado mi último libro y me dejan corazones, frases en mayúsculas, amenazas cariñosas contra mi estabilidad emocional y esa clase de comentarios que a veces me salvan el día porque me recuerdan que, al otro lado del algoritmo, hay mujeres reales leyendo de madrugada, escondiendo el libro bajo la almohada o mandándome audios espontáneos llenos de cariño.

También están los otros.

Me sorprende más encontrar una cucharilla donde la dejé que leer a otro señor indignado porque una mujer escriba sexo y otras mujeres lo compren, lo lean, lo comenten y, crimen de crímenes, lo disfruten.

Últimamente, además, parece peor.

Como si hubiera una secta de gilipollas recién iluminados que han descubierto que a las mujeres también nos gusta el sexo y no saben dónde colocar la noticia.

Se les nota el desconcierto.

Bebo café.

Despacio.

Quema un poco.

Me viene bien.

Respiro por la nariz y miro otra vez por la ventana.

Soren está agachado junto a una caja de herramientas, sujetando una pieza metálica mientras Erik habla con las manos.

Erik habla muchísimo con las manos. Soren casi nada. Las suyas se mueven solo cuando hace falta: ajustan, sostienen, esperan.

Una parte absurda de mí se fija en sus dedos alrededor del metal, en la presión justa, en la manera en que no desperdicia fuerza ni gesto.

Vuelvo al móvil.

Qué buena idea, Julia. Del deseo masculino contenido al comentario de un imbécil. Un desayuno muy equilibrado.

Escribo una respuesta en la caja de texto.

«Igual el problema no es lo que leemos, sino que, por una vez, no sois vosotros quienes decidís qué leemos».

La miro. Me gusta y me quedo con el dedo sobre publicar.

Durante un segundo me imagino haciéndolo.

Dejar la respuesta ahí, afilada, con la cantidad justa de mala leche.

Ver cómo entran los comentarios, las lectoras aplaudiendo, los ofendidos ofendiéndose en cadena, el algoritmo quizá premiando el conflicto porque el algoritmo no tiene alma, pero sí una relación muy estable con las disputas.

También imagino la otra parte.

La captura. El tipo insultándome. Alguno encontrando mi foto, mi nombre, mis libros, mi cara, mi casa si se esfuerza lo suficiente.

No sería la primera vez que una mujer contesta a una tontería y el precio lo paga con tres días de amenazas de hombres convencidos de que su libertad de expresión incluye poder escupirte, pero la tuya no incluye devolverles el comentario.

Borro la respuesta.

Y entonces el móvil vibra.

Esta vez no es una notificación de Instagram.

Es Arturo.

Durante un segundo me quedo mirando el aviso, sin abrirlo, con la taza todavía entre los dedos y el comentario del señor indignado pegado a la lengua como un poso amargo.

Debería dejarlo ahí. Esa sería la opción sana, adulta, equilibrada, probablemente recomendada por terapeutas, amigas sensatas y cualquier mujer que haya tardado demasiado en comprender que responder a ciertos hombres les enseña que todavía tienen timbre.

Pero el mensaje queda en la pantalla.

Julia, por favor. Solo quiero saber si estás bien. Me parece muy injusto que me tengas así, sin contestar, como si yo te hubiera hecho algo horrible. Entiendo que estés ocupada, pero no puedes desaparecer de esta manera. Nosotros no éramos esto.

Evidentemente, no.

Nosotros éramos su necesidad entrando en mis días con la naturalidad de quien abre una nevera propia.

Éramos yo creyendo que debajo del hombre infiel había alguien roto que solo necesitaba que alguien lo quisiera bien.

Éramos, sobre todo, esa habilidad suya para convertir cualquier límite mío en una prueba de su sufrimiento.

El móvil vibra otra vez antes de que yo decida nada.

No sé qué te está pasando allí, pero estás rarísima. Vanesa me dijo que te habías ido a Noruega con un escritor. Supongo que eso te parecerá normal. A mí me cuesta entender que no tengas cinco minutos para hablar conmigo.

Y entonces el móvil vuelve a vibrar y es una llamada.

Hoy, por lo visto, no tengo el cuerpo para seguir tragando más, así que descuelgo.

—Julia —dice Arturo antes de que yo pueda respirar siquiera—. Por fin. Joder, llevo días intentando hablar contigo.

Cierro los ojos un instante.

—Buenos días a ti también —respondo, y me sorprende lo tranquila que sueno.

—No hagas eso, por favor. No me hables como si yo fuera un pesado cualquiera. Estoy preocupado por ti. Me dijiste que era un retiro, no que ibas a aislarte con un hombre. Entenderás que me resulte raro. O incómodo. O lo que quieras llamarlo.

Dejo la taza sobre la mesa porque ya no me fío del pulso de mis manos.

—Lo que te resulte raro o incómodo sobre mi trabajo ya no es responsabilidad mía. No te debo ninguna explicación. Por mucho que insistas.

La pausa que sigue es breve, pero preciosa. Casi compensa el café frío.

—Julia —dice, con ese tono que antes me habría hecho ablandarme—. Cometí mucho errores, Julia. Ya lo he reconocido. Pero tú tampoco puedes usar eso toda la vida para castigarme. Me está matando pensar que estás tú sola con otro tipo.

El impulso antiguo se despierta enseguida: explicarle que es trabajo, que Soren no es mi tipo, que no estoy haciendo nada malo.

Todas esas frases se colocan en fila dentro de mi cabeza, obedientes, conocidas, preparadas para salvar a Arturo de sentirse incómodo.

Pero explicarme sería aceptar que todavía tiene derecho a controlarme y sería entregarle material que doblaría por la mitad y usaría para construir otra versión donde yo soy la sospechosa, fría, cruel, rara, influenciable o egoísta.

He vivido demasiados años en ese bucle.

Y, debajo de todo eso, estaba la niña que tampoco consiguió que su padre se diera cuenta del daño que hacía.

A mi padre conseguí apartarlo de mi vida. Tardé demasiado, lo hice mal, con culpa y con una tristeza que todavía aparece a veces, pero no podía quedarme allí anhelando algo que nunca ocurriría igual que mi madre. Con Arturo, en cambio, sigo entrando al mismo sitio por otra puerta, pero se acabó.

Me levanto porque sentada me siento pequeña, y ahora mismo no quiero sentirme pequeña.

Fuera, Soren se incorpora y mira hacia la casa. Seguramente me ha visto. Ese hombre parece capaz de detectar una alteración respiratoria a través de madera, lluvia y orgullo femenino.

—Arturo —digo, y mi voz sale más firme—, te voy a bloquear. No quiero que me llames más.

Miro a Soren justo cuando la puerta se abre.

—¿Perdona?

—Te voy a bloquear —repito—. No me haces bien.

No soporto que me llames ni que me envíes mensajes para seguir ocupando espacio en mi vida.

Lo haces para mantenerme sujeta, obligarme a mirarte y que todo vuelva a girar alrededor de lo que tú sientes, necesitas o crees que mereces de mí. Ya no quiero darte ese sitio.

La mirada de Soren pasa por mi mano cerrada sobre la encimera, por el móvil pegado a mi oído, por la tensión que debo de llevar escrita en la mandíbula, y después vuelve a mi cara.

—¿Te crees muy fuerte ahora porque estás con otro? —pregunta Arturo, y su voz ya no suena herida, sino cruel—. ¿El tal Nørgaard? Tu noruego de los jerséis negros, las entrevistas en las que parece que está por encima de todos y esa cara de perdonavidas con la que se mueve.

—¿Cómo sabes con quién estoy?

—Me lo dijo Vanesa. La tuve que llamar porque tú no respondías.

—Y has buscado información para poder echármela encima —digo, con una calma que me sorprende—. Gracias por confirmarme que estoy haciendo lo correcto.

Arturo suelta una risa baja, incrédula.

—Ahora resulta que hago mal por mirar quién es el hombre con el que estás encerrada.

Cuelgo. Después bloqueo el número.